martes, 6 de diciembre de 2011

EL ABANICO

            Isidro se sentó a oír misa en uno de los bancos de la catedral. No solía hacerlo en la nave central, sino que acostumbraba a acomodarse en una de las discretas capillas laterales; acudía allí a rezar a menudo, a pedirle a Dios que le ayudase en su empeño de llegar a ser un gran pintor, pero aquella tarde cambió de lugar. Algo en el eco de sus pasos en el impresionante templo le empujó a situarse frente al altar. Se había quitado el gorro de lana que llevaba para combatir el intenso frío de aquel enero burgalés, y se dispuso a colgarlo en una de las diminutas perchas que había instaladas por detrás de los respaldos de madera. Entonces lo vio.
            El abanico colgaba ante él, atado con una cinta de raso negra. Le pareció muy extraño, dadas las fechas. Habría sido mucho más lógico encontrar unos guantes, un paraguas o una bufanda. Además, no era probable que el abanico llevase allí colgado desde el verano, alguien lo habría visto mucho tiempo atrás. Miró a los lados; cerca de él había dos mujeres esperando el comienzo de la misa. Más allá, un matrimonio, un grupo de jóvenes, una familia con niños pequeños y una mujer muy mayor. Nadie miraba hacia allí. Nadie buscaba un abanico.
            La imaginación de Isidro echó a volar con el primer toque de campanas, de modo que no escuchó una sola palabra de lo que dijo el sacerdote. Durante todo el oficio religioso tuvo la mente ocupada imaginando de quién podía ser aquel objeto. Lo abrió y lo cerró varias veces. No era un abanico barato, sino de calidad. Las varillas se deslizaban unas sobre otras suavemente, emitiendo un leve y característico rasgueo. La madera pulida y tallada se coronaba con una tela de color negro llena violetas pintadas a mano. Era una belleza. ¿A quién pertenecería? ¿A una muchacha? No, poco probable. Las chicas de hoy en día ni tienen ni usan abanico. ¿A una anciana? Podría ser, desde luego. Quizá fuera de una mujer de mediana edad; había visto algunas en verano moviendo el abanico con gracia mientras escuchaban al sacerdote.
            Isidro recorrió despacio las varillas, y sus dedos notaron unas marcas en la primera. La miró con detenimiento. Había un nombre grabado: ISABEL. Trató de imaginarla. Isabel era nombre de reina, así que ella tendría el porte regio y el gesto altivo. Le supuso unos cuarenta y cinco años, la melena oscura recogida en un moño alto que dejase escapar algunos rizos hacia su nuca. En las delicadas orejas, perlas heredadas en forma de lágrima. Las mejillas rojas por el verano, y los labios también rojos, murmurando las oraciones durante la misa; la mirada serena, el cuello blanco, los hombros cubiertos en actitud recatada, y el vestido violeta, como las flores del abanico. Era alta, tremendamente hermosa en su madurez. Sus manos de dedos largos y cuidadas uñas sostendrían el abanico con firmeza, haciéndolo revolotear una y otra vez para aliviar el pesado calor del agosto castellano. Alguna gota de sudor se escaparía de su cuello para resbalar hacia el pecho y perderse en el ritmo acompasado de su respiración… Isidro se obligó a parar. Estaba en un templo, asistiendo a la misa: ¿qué clase de pensamientos eran aquellos para un buen cristiano? Pero la gota de sudor salado y los rizos sueltos en la nuca, animados por el aire del abanico de violetas, volvieron a su mente. Cerró los ojos en actitud falsamente piadosa, y la imagen de Isabel le llenó por completo mientras acariciaba con delicadeza el abanico cerrado.
            Cuando salió a la calle ya no había luz. El frío era intenso, pero él no sentía más que un tibio calor que emanaba del bolsillo interior de su abrigo: el lugar en el que la imagen de Isabel se escondía en forma de racimo de violetas pintadas. Al llegar a casa la dibujó tal como la había imaginado, y guardó el dibujo junto con el abanico. No quería olvidarla.
            Los meses volaron y llegó de nuevo el verano. Isidro siguió yendo a misa a la catedral, pero siempre iba a sentarse al mismo banco en el que encontró el abanico de Isabel. Pensó que quizá un día llegaría a verla. No fue así. Ese mes de agosto Isidro cumplió los diecisiete años.
            Treinta años después, un caballero que había salido de Burgos para probar fortuna como pintor y dibujante en Madrid mucho tiempo atrás volvió a su catedral, volvió a su banco, y colgó su sombrero en la misma percha en la que un día encontrase un abanico olvidado. Recordó su sueño; la imagen de Isabel fue uno de sus dibujos más celebrados en la academia de Bellas Artes, y allí estaba expuesto. Su nombre era sinónimo de grandes exposiciones y colecciones de arte, sus cuadros se vendían a precios astronómicos. Todos sus sueños de juventud habían sido colmados. Todos, excepto uno.
            Unos minutos después, cuando ya estaba a punto de comenzar la misa, una mujer se sentó junto a él. Era alta y morena, con porte de reina. Tendría unos cuarenta y cinco años, llevaba el pelo recogido en un moño alto, y algunos rizos se escapaban hacia su nuca. Las mejillas acaloradas, los labios rojos, la mirada serena, y las delicadas orejas adornadas con perlas antiguas en forma de lágrima. Vestía de amarillo, y movía con gracia un abanico blanco con rosas amarillas pintadas sobre la tela. Isidro no pudo dejar de mirarla, pero no se atrevió a decirle nada hasta que el sacerdote dio la bendición y se retiró. Entonces se acercó a ella y le preguntó: “¿Isabel?” Ella le miró extrañada. “Maribel. Isabel era mi madre. ¿Nos conocemos?” Isidro sonrió y le abrió, galante, la puerta para que saliese primero. Una vez en la calle, sacó el abanico negro del bolsillo de su americana de lino, y la expresión de sorpresa en los ojos de ella le confirmó lo que ya sabía. Del brazo, como dos viejos amigos, emprendieron el paseo del río. Tenían mucho que contarse.

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