viernes, 9 de diciembre de 2011

EL CAJÓN DE LAS MENTIRAS

            Como soy una persona muy ordenada y me gusta que cada cosa esté en su sitio, tengo en mi casa cajones para guardar casi todo. Incluso tengo uno exclusivo para las mentiras. Voy guardándolas ahí para que no se me pierdan, porque en determinados momentos me resultan muy útiles. Es un cajón grande, de color blanco y con el tirador negro; me he dado cuenta, además, de que cuanto más mayor me hago, más mentiras voy acumulando en ese cajón, y más necesarias se me van haciendo.
            Hay días en que me levanto de la cama con un ataque de “verdaditis aguda”, y entonces evito abrir el cajón, para eludir la tentación de utilizar alguna. Esos días me muestro tal como soy, pero ya van ganando las mañanas en que, casi por necesidad, me veo obligada a sacar todo el arsenal que guardo, o al menos una gran parte, y ponerlas bien visibles para escudarme tras ellas. Sé que llegará un momento en que no podré salir de casa sin mentiras, pero bueno. Así es la vida.
            He de reconocer que cuando contaba muchos menos años y experiencia, me resultaban atractivas toda esa clase de falsedades, pero en mí no eran necesarias, y tampoco creíbles. Aún podía permitirme el lujo de la plena sinceridad, pero esos años pasaron a la historia, y ya no volverán. Ahora necesito a mis mentiras, y algunas veces las necesito con desesperación.
            Recuerdo la primera trola gorda que usé. Se llamaba “tinte rubio para el cabello”. Entonces lo probé por cambiar. Ahora tengo ya tantas canas que si no me lo pongo me da un ataque de vejez. La segunda fue una mentira sutil pero eficaz, llamada “base de maquillaje”, que ocultó felizmente manchas de la edad, pecas, marcas varias e imperfecciones diversas. Me hizo verme perfecta, pero era mentira. Debajo de la capa de crema mi piel sigue siendo imperfecta, sigue teniendo marcas y manchas de la edad. Otra mentira, el colorete, que me da un rubor juvenil que hace mucho que desapareció de mis mejillas. Los polvos de sol también mienten, cuentan que soy una mujer bronceada y feliz, ocultando a la de verdad, la paliducha que ve el sol sólo de vez en cuando (y porque me obliga el perro). Las sombras de ojos hacen que mis ventanitas marrones parezcan más grandes y rasgadas, no nos engañemos, el toque oriental es mucho más atractivo para nosotros por lo exótico, y el lápiz o el eye-linner acentúan y completan el engaño. No tengo las pestañas largas, espesas y seductoras con las que una caída de ojos basta para conquistar, pero en eso también miento: hay marcas de rimmel que hace que parezcas tener una escoba en cada párpado. Si no he dormido bien, miento con una cremita maravillosa que me tapa las ojeras. El contorno de mi boca ya no es tan fresco y definido como era, pero cuento con unos lápices que dicen lo contrario. Y lo de tener los labios finos ya no es un problema, puedo hacer que parezcan jugosos y deseables con unas cuantas mentiras rosadas, marrones, rojas, anaranjadas… tengo toda una colección.
            Como veis, soy una mentirosa compulsiva, lo admito. Pero es que si no me cubriese de mentiras podría llegar a parecer que soy una mujer normal que ronda los cuarenta, y eso… ¡eso jamás! No permitiré que mis hijas vuelvan a decirme “mamá, píntate un poco, que pareces la Novia Cadáver” (la sinceridad infantil, qué cosa más tremenda), así que si quedamos algún día y yo llego un poco tarde, sabed que mi retraso se debe a que estoy mintiendo como una bellaca para luego deslumbraros con mi mejor (y bien maquillada) sonrisa.

2 comentarios:

  1. Qué nostalgia...tras años de mentira, en un momento de los más felices de mi vida volví a la verdad y redescubrí mi cara y, sorpresa! me gustaba! pero los días pasan, la felicidad también y poco a poco he vuelto a mentir...y cada vez con más capitas...

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  2. Ojala todas las mentiras fuesen asi seria precioso mentir. Muy bonito cuento

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