jueves, 29 de diciembre de 2011

EL DUELO CONTRA LA ANGUILA

            Como regalo para su familia, la Escultora decidió modelar una anguila de mazapán que pudieran compartir en Navidad. Sabía que iba a tener que invertir mucho tiempo y trabajo en aquel regalo, pero estaba segura de que todos, de los más grandes a los más chicos, iban a disfrutar como no lo habían hecho en años.
            Durante el otoño recolectó la almendra. Su marido, el Profesor, dejó su lectura para librar los frutos de sus cáscaras, y una tarde entera de martillo después, los dejó en un cesto de la cocina. La Escultora entonces escaldó el resultado para quitarle la última piel, y encendió el horno para tostarlo.
            Al día siguiente molió toda la almendra, la mezcló con la miel, las yemas de huevo, el almíbar y la vainilla, modeló una gran anguila, y se echó a la boca un trocito de la masa sobrante. Su gesto se nubló al instante: algunas almendras amargas se habían colado en la mezcla, y el mazapán amargaba. Casi se echó a llorar. ¡Cuánto trabajo perdido! Enfadada y triste tiró a la basura toda su labor. La Escultora comenzó a pensar en otro postre para la cena de Nochebuena. El Profesor no sabía qué decirle para consolarla, pocas veces la había visto tan contrariada. Resultado: Anguila 1 – Escultora 0.
            Lo consultó con la almohada, y durante la noche su parte gallega, perseverante como la lluvia del norte, se alió con su parte leonesa, testaruda y llena de coraje, y entre las dos la empujaron a comenzar de nuevo. No cambiaría sus planes. Por la mañana temprano compró la almendra, pues ya no le daba tiempo a recolectarla de nuevo, la peló, la tostó y la molió. La probó, por si acaso. Ni rastro de sabor amargo.
 Modeló una nueva anguila tras volver a añadir almíbar, vainilla, huevos… Después le dio una fuente con nueces al Profesor para que fuera abriéndolas, las picó junto con las frutas escarchadas, fue al mercado a por miel artesanal de azahar y cabello de ángel y rellenó el mazapán. Modeló la cabeza, los ojos, la lengua y las aletas, dibujó las escamas en el cuerpo del animal, lo pintó todo con huevo batido y, por fin, metió al horno su trabajo. Junto al bicho colocó la masa sobrante para cocerla también y tener un trozo de mazapán con que ir entreteniendo las sobremesas en los días que faltaban para Nochebuena. Un día entero invertido, pero sólo imaginar la cara de los nietos cuando vieran el resultado la aliviaba del cansancio. Al terminar, el Profesor cortó un trocito del mazapán sobrante, y la cara le cambió de color: no sabía cómo decirle a la Escultora que también sabía amargo. ¿Qué podía haber pasado?
“Déjalo estar, comeremos turrón, mujer”. Ella sentía tanta rabia que ni siquiera podía llorar. Probó uno a uno los restos de todos los ingredientes. Los huevos estaban sanos, la almendra también. El cabello de ángel, delicioso. La miel, delicada y dulce. Las nueces, perfectas, igual que las frutas escarchadas. El azúcar molido con vainilla resultó ser el culpable: a pesar de que la fecha era correcta, el producto estaba en mal estado. La Escultora y el Profesor se fueron a dormir tristes y decepcionados. Anguila 2 – Escultora 0.
Aquella noche, alrededor de la cama la Escultora, se congregaron las mujeres de la familia que la precedieron: voluntariosas y valientes mujeres gallegas y leonesas que trabajaron duro en la casa, en el molino, en el horno, en la cocina, en la cuadra, y le dijeron: ¿te vas a rendir? ¿Qué hubiera pasado si nosotras también nos hubiéramos rendido? No fue eso lo que te enseñamos. Descansa hoy, y mañana por la mañana levántate y pelea. ¡Pelea!
            Con las primeras luces la Escultora fue al mercado. Más miel, más almendra, más frutas, más nueces, más huevos… Cambió de proveedor para el azúcar con vainilla, probó todo antes de empezar a trabajar, y con un empacho de dulzura y todo su coraje en los brazos, amasó de nuevo con la ayuda del Profesor. Picó, tostó, modeló, pintó, rellenó y encendió el horno.
            Hacía años que no probábamos un mazapán tan bueno. Sabe a tradición y a familia, pero también al valor y la perseverancia de mi madre. Jamás comeré nada igual, estoy segura. Mamá 4 – Anguila 2. El duelo, al fin, lo ganó ella.

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