viernes, 23 de diciembre de 2011

EL MEJOR REGALO

            Era viernes por la tarde. Julio terminó de trabajar en su fábrica, felicitó las fiestas a todos los compañeros y se fue a casa. Violeta le esperaba con los niños preparados y la maleta hecha para volver al pueblo a pasar las fiestas con la familia. Todos iban con el ánimo alegre, aunque bastante cansados por la larga semana de trabajo y por los últimos exámenes del colegio. Hacía mucho frío y les esperaban unas cuantas horas de coche. Llegarían cuando ya fuera noche cerrada, pero el día de Nochebuena amanecerían ya en casa de los abuelos.
            Los niños se durmieron nada más arrancar. Violeta y Julio se miraron, y después de un considerable atasco consiguieron salir de la ciudad. Una vez en la autovía, Julio comenzó a sentir sueño. Los ojos se le cerraban. El calorcillo de la calefacción y la música se aliaron con las pocas horas que había dormido, y le vencían. Violeta se dio cuenta y le hizo parar. Ella cogió el volante, y Julio pudo echar un par de horas de siesta incómoda, pero efectiva. Pararon a merendar, y despertaron a los niños. Eran las seis, y ya casi no había luz en el cielo.
            En torno a las siete comenzó a nevar, y Violeta sintió miedo. No se encontraba segura al volante en aquellas condiciones, y se lo dijo a Julio. Él la tranquilizó y ocupó de nuevo el asiento del conductor. Le pidió que durmiera un poco, pero ella no habría podido hacerlo. La nevada arreciaba, era ya noche cerrada y aún tenían para, al menos, cuatro horas de coche. Las ruedas patinaron, pero Julio mantuvo el control.
            Sobre las ocho y media paró de nevar, el cielo se despejó y comenzó la helada. El termómetro exterior del coche marcaba los tres bajo cero. De seguir así se formarían placas de hielo, y no había ni rastro del camión quita-nieves con su dispensador de sal. Ahora era Julio el intranquilo, pero no dijo nada por no preocuparla a ella. Con suerte llegarían al pueblo antes de que comenzaran los problemas.
            Tomó la siguiente curva más despacio de lo habitual. Un conejo cruzó corriendo por delante del coche, y dio un frenazo instintivo para no atropellarlo. Perdió el control del vehículo por un momento, dos ruedas se salieron de la calzada, pero por fortuna aún pudo hacerse con la dirección y regresar a la carretera. El disco de villancicos seguía cantando alegre por los altavoces, pero los niños habían enmudecido y Violeta se había quedado pálida. Apagó la música, muy nervioso, tratando de recuperar el control de sí mismo como había hecho con el de su coche, pero las imágenes que habían pasado por su cabeza en el instante en que se salían de la carretera se lo impidieron: el coche dando vueltas de campana, los niños gritando mientras se golpeaban contra las ventanillas, el cuerpo amado de Violeta aplastado y sangrando, y él viéndolo todo lleno de impotencia, sin poder ayudar a su familia. La imagen del accidente que nunca ocurrió se apoderó de él y tuvo que arrimarse al arcén, poner las luces de avería y parar. Temblaba violentamente, incapaz de dominar sus nervios.
            Después de unos minutos que se hicieron interminables, se dio la vuelta. Los niños le miraban asustados, mientras Violeta recomponía su semblante para infundirles a todos un poco de tranquilidad. No se podían quedar allí, tenían que continuar su camino. Pero, ¿a costa de qué? ¿Tan importante era llegar como para arriesgar la vida intentándolo? Definitivamente no. Julio trasteó en el navegador: diez kilómetros hasta la salida de la autovía que daba acceso al pueblo más próximo. La pareja se miró, y ella asintió con la cabeza.
            “¿Mamá? Sí, estamos todos bien. Nada, mamá, que hay mucha nieve y está helando. Creo que es mejor que durmamos por el camino. No, no te preocupes. Claro que sí, llegaremos a comer. Ya, ya lo sé, nosotros también tenemos muchas ganas de veros. Precisamente por eso vamos a parar. Sí, también nosotros os queremos mucho. Buenas noches, dale un beso a papá y dile que esté tranquilo. Claro, mamá. Lo tendremos. Un beso grande”.
            Violeta colgó el teléfono y abrazó a Julio después de acostar a los niños en la habitación del hostal que habían encontrado cerca de la carretera. El precio del alojamiento era barato, comparándolo con el precio que habían estado a punto de pagar por intentar llegar al pueblo en aquellas condiciones. Al día siguiente saldrían con luz del día, la máquina ya habría pasado quitando la nieve y salando el camino para deshacer el hielo, y con toda la mañana por delante para hacer los escasos doscientos kilómetros restantes el viaje sería mucho más sencillo y tranquilo.
            Si vais a viajar para pasar estos días con la familia, por favor, tened cuidado. El mejor regalo que trae la Navidad sois vosotros. Felices días a todos.

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