viernes, 2 de diciembre de 2011

EL MUSEO DE LOS SILENCIOS

            El museo de los silencios era un lugar atípico. Escondido en una callejuela del casco antiguo de Lugo, ni siquiera tenía rótulo en la puerta. No sé por qué mis pasos me llevaron esa mañana a traspasar el umbral de aquella casa. Quizá fue la mirada del niño con el que me crucé al salir de la catedral, o tal vez el gesto tierno del camarero del bar en el que paré a reponerme del frío y la lluvia cuando me cambió el sobrecito de azúcar por uno de sacarina sin decirme nada.
            Entré en el edificio, tan antiguo, gris y lleno de verde musgo y moho en la fachada que parecía más un mausoleo que un museo, y pedí un boleto en la taquilla. Un hombre amarillento y silencioso me lo extendió, y lo miré. El precio de la entrada era una palabra, y pagué gustosa con un “curiosidad” que llevaba suelto en el monedero. Él me abrió la puerta sin decir nada.
            El museo de los silencios estaba lleno de anaqueles de madera antigua. El muestrario en exposición se componía íntegramente de botellas de vidrio tapadas con tapones de corcho y selladas con lacre rojo, para que su contenido perdurase en el tiempo y no se viese contaminado por ningún ruido exterior que pudiese alterarlo. Todos aquellos frasquitos provenían de donaciones anónimas, todos fueron silencios que significaron algo para alguien, que quisieron decir tanto que merecieron ser conservados para que todo el mundo pudiese apreciarlos. Bajo cada una de las botellas había un rótulo para identificarlo e interpretarlo.
            Estuve el día entero recorriendo aquellas estanterías, leyendo los carteles y mirando las botellas. El museo constaba de varias salas, cuyo nombre dependía de la naturaleza de los silencios que había en ellas. Visité la “Sala de los silencios felices”, la “Sala de los silencios que dolieron”, la “Sala de los silencios de impotencia”, la “Sala de los silencios que fueron mentiras”, la “Sala de los silencios que fueron verdades”, la “Sala de los silencios cobardes” y la “Sala de los silencios que nunca debieron existir”. Ni una mosca se oía en ninguna de aquellas enormes estancias, en las que sólo mis pasos y el rasgueo de mi bolígrafo sobre la libreta de papel reciclado rompían la ausencia de sonidos. Copié algunos de aquellos carteles que ilustraban los silencios expuestos para no olvidarlos, porque no fueron mis silencios, y por lo tanto no son mis recuerdos, pero consiguieron ponerme la carne de gallina.
“Abril de 1985. Cuando entré en la habitación, ella trató de cubrirse con las sábanas de mi cama. Él ni siquiera intentó explicarse, y cubrió su culpa con un silencio eterno mientras yo metía mi ropa en una maleta para marcharme”. Un silencio cobarde, desde luego. Muy cobarde.
“Febrero de 1992. Hacía mucho frío en León. Los cinco primos nos cogimos de la mano para ver entrar al sexto de nosotros. Ni siquiera nos atrevíamos a mirarnos. Cuando se abrió la puerta del tanatorio y entró el féretro, el aire se congeló a nuestro alrededor, las lágrimas quedaron suspendidas, y sólo hubo silencio, el silencio de la voz chispeante de Carlitos, un sonido que jamás volveríamos a oír”. Salí espantada de la sala de los “Silencios que dolieron”.
“Diciembre de 2010. La besé con ternura, y le dije que la quería, como tantas veces. Ella me miró, y no me respondió. Sí me quiere, pero jamás me lo dirá. Su ausencia de palabras se llama autismo”. Silencios que son verdades. Algunas demoledoramente ciertas.
“Mayo de 2007. Yo di el sí ante el sacerdote. Pero cuando le preguntó a él sólo hubo silencio. Un silencio mentiroso para no afrontar la realidad; ojalá me hubiera dicho mucho antes que no me quería lo suficiente como para casarse conmigo. Una mujer vestida de novia sólo debería llorar de emoción”.
“Septiembre de 1999. Mamá no pudo hablar cuando alcanzó a ver la lista de supervivientes del accidente. Aferrada a mí comenzó a leer los nombres. El quinto era el de mi hermano: estaba vivo. No pudo pronunciarlo, sólo mirar al cielo, abrazarme y respirar”. Silencios felices, esperanzados, aliviados. Silencios que, si saliesen de su botella, podrían contagiar a cuantos estuvieran alrededor.
“Marzo de 2004. El silencio después del estruendo. Nunca lo olvidaré. Cuando los heridos ya volaban en las ambulancias hacia los hospitales, cuando recorríamos los trenes buscando hilos de vida entre los hierros, el silencio era aplastante. Sólo oíamos, de vez en cuando, el móvil de alguno de los muertos. Al otro lado, alguien esperaría, también en silencio, que esa llamada fuera contestada, y ya jamás lo sería. Lo peor no fueron los gritos. Lo peor fue ese silencio”. La sala de los “Silencios que jamás debieron existir” tenía demasiadas botellas.
            Pensativa y callada, busqué la salida del museo. Necesitaba ruido, música, palabras. Algo que me rescatase de mis pensamientos. El guarda que me vendió la entrada a cambio de una palabra estaba esperándome. Me dio una botella, un papel y una pluma: quería que aumentase los fondos del museo. Y decidí hacerlo.
“Agosto de 2003. Todos contuvimos el aliento, y durante unos instantes el silencio se apoderó de la sala. Me pareció un tiempo demasiado largo, y la angustia comenzó a invadirnos. La sangre y el dolor dejaron de tener importancia; aunque notase que la vida se escapaba entre mis piernas, no me importaba. Yo sólo quería que se rompiera el silencio. Y por fin se oyó su llanto, poderoso y lleno de rabia: mi niña respiraba, y con un grito le dijo al mundo que había venido para quedarse”. Soplé aquel silencio dentro de la botella, puse el tapón y calenté la barra de lacre para sellarlo. Elegí ese y no otro porque la “Sala de los silencios felices” es uno de los lugares más hermosos que he visto en mucho tiempo, y quise que aún lo fuera más.
Yo quisiera que esa sala fuera la más grande del museo, así que, por favor, si algún día vais, buscad el silencio más feliz y bonito que hayáis sentido, y dejadlo allí para que los demás podamos disfrutarlo. Cada sonrisa, cada emoción positiva que podáis provocar, vale demasiado como para desperdiciarla.

1 comentario:

  1. PRECIOSO, (y no diré mas, esa será mi palabra para poder entrar al museo de los silencios, quiero ir a la sala de los silencios felices)

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