jueves, 22 de diciembre de 2011

FESTIVALES NAVIDEÑOS

            Asistir a este tipo de eventos me pone un poco nerviosa. Más que nada porque lo habitual es que la gente que va a ver los festivales infantiles navideños no calle más que en el momento que sale su niño, lo cual estropea el trabajo de los chavales y de sus profesores. A estas cosas se tendría que ir con el mismo respeto que cuando uno va a ver a una orquesta sinfónica de a sesenta euros la entrada, porque subirse a un escenario a hacer lo que sea ya merece que a uno le escuchen en silencio. Pero bueno, me armé de paciencia y por contentar a mis vastaguillas allá que me fui.
            Como yo ya preveía, el auditorio estaba lleno. Y bastante alborotado. Puntuales como relojes, a las once de la mañana se abrió el telón para los niños de tres años. Veinte enanitos vestidos de rojo salen al escenario; aproximadamente un sesenta por ciento se quedan congelados ante el público, y ni se menean en toda la actuación. La música suena, tres o cuatro bailan con gracia, otros intentan seguir el ritmo sin éxito, una se echa a llorar como una Magdalena y el resto permanecen clavados en el sitio sin mover un músculo. Los vídeos graban, los flashes centellean, las mamás y los abuelitos aplauden, se cierra el telón.
            En ese momento se va la luz. Diez minutos de espera mientras se arregla la avería. A mi alrededor se desarrollan media docena de conversaciones distintas, a cuál menos interesante. La luz vuelve, pero la del escenario no funciona. Nos tragamos un disco entero de villancicos en inglés que apenas se abren camino entre el jaleo de la gente: “mira, esa es la chiquilla de Fulanito, cómo ha crecido”, o “fíjate, ha venido Sotano a ver la función, qué poca vergüenza, después de que no le pasa la pensión a la madre del chiquillo…” En fin, crónicas de un pueblo.
            Se abre el telón y salen los niños de cuatro años: de blanco y vaquero, gorritos de Papá Noël, riquísimos. Pero cantan sin cantearse del sitio. Eso si, uno grita efusivamente saludando a su madre a media canción: “¡¡¡¡Mami, mami, holaaaaaaa!!!!!” De segundo plato, una en inglés. Con ayuda de CD, of course. ¡Ah! Tenía truco: esta sólo la bailan. Claro, es que cantar como Mariah Carey con cuatro añitos es la mar de complicado. Eso sí, están para verlos, todos haciendo la conga por el escenario, pata p’acá, pata p’allá. Muy graciosos. Estas edades es lo que tienen. Lo mejor, con diferencia, la maestra a pie de pista realizando las coreografías para guiarles. Se cae el teatro de los aplausos. Dos de los nenes, mellicitos, son alumnos míos del jardín musical. Lo confieso, se me cae la babilla.
            Llegan los de cinco años. El telón se atasca. Cosas del directo. Siete más de mis niños sobre las tablas. A estos les hace más gracia el público que la canción que tienen que cantar. Uno de ellos parece John Travolta bailando, eso sí, la poesía se la saben de maravilla. Me encanta ver que la más tímida de mis chicas le va poniendo morro y va perdiendo la vergüenza.
            Seis años. Unos padres se van, otros llegan. El trasiego es incesante, la puerta no para. La pareja de presentadores merece capítulo aparte: él está que se sale, más animado que una cumbia caribeña, y ella derrocha tanta alegría como un calabacín. En el escenario, un poco más de lo mismo: canción navideña y niños con gorrito rojo bailando como posesos. El que siempre va a destiempo es otro de mis alumnos. Va a haber que trabajar muuuuuucho ese sentido del ritmo. Después, dos cursos juntos. Cuarenta y pico chavales, armados todos con pandereta. La golpean con tanta saña que no se oye lo que cantan. Eso sí, ruido han hecho un rato. Han sido los únicos que han conseguido disimular el gallinero del patio de butacas. Un lado y otro del grupo van con la letra cambiada, no sé cuál de los dos extremos va mal, se organiza un guirigay de espanto, pero las panderetas no paran, dale que te pego, chinpún, chinpún, chinpún. Hale, y ahora otra en inglés. Curiosamente, esta ha ido mucho mejor.
            Llega uno de los momentos estelares de la mañana: la clase de mi gordita pequeña. En inglés también. El maestro de la lengua de Shakespeare se ha pegado un curro de impresión, por lo que parece. Ojo a la cancioncita: “I want a Hipopotamus for Christmas”. Quiero un hipopótamo para Navidad. Porque… ¿qué regalo será más apropiado para estas fechas que un hermoso hipopótamo? ¿Qué se fumaría el compositor de la cancioncita? Digo yo que eso, muy normal, muy normal, no es. Mi niña, cómo no, inmensa. La mejor de todos, qué va a decir su madre. Que tiene la gracia por arrobas. A su lado hay uno de segundo que baila hip-hop que se las pela, ole el salero. En el medio del escenario hay un niño sentado en una silla; pobre, se rompió la pierna y no puede bailar, pero ahí está, cantando como un campeón.
            Dos abuelas que han entrado a media canción y no se aclaraban para sentarse me han estropeado el vídeo. Pacieeeeeencia.
            Me salto varios cursos con más de lo mismo y nada destacable hasta llegar a los de sexto, en cuyas filas milita mi vástaga mayor. Los once años de ahora son los catorce de antes. Están todos pre-adolescentes perdidos, llenos de granos y con reparos que antes no tenían. A medida que han ido desfilando los cursos por el escenario, el desparpajo ha ido disminuyendo en la misma medida que aumentaba la edad, hasta ser sustituido por una aplastante vergüenza que ata y limita cada cosa que hacen porque “me están mirando, y si hago el ridículo delante de todo el pueblo estaré socialmente muerto”. Eso sí, la más alta, la más guapa y la mejor, como siempre, la mía. Lo mismito mismito que han pensado las otras madres respecto a los suyos.
            El año que viene ya sólo vendré a ver a su hermana, y cuando se lo digo me contesta: “menos mal, mamá, porque estos festivales son un rollo”. Un rollo. Me quedo recordando su ilusión cuando hizo el primero, con tres años y el traje de pastorcita, luciendo su mejor sonrisa y aporreando una pandereta. Supongo que dentro de poco yo también seré “un rollo”, y ya no querrá venir conmigo a ningún sitio. Dios, qué pena da que crezcan.

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