martes, 13 de diciembre de 2011

HECHO A MANO

            Llegaba de nuevo la Navidad, y Carolina se encontraba con el mismo problema de todos los años: una familia más o menos extensa y un montón de regalos navideños por comprar. No quería olvidarse de nadie, padres, hermanos, cuñados, sobrinos… pero contaba con una dificultad añadida, y es que el presupuesto para regalos se había tenido que reducir considerablemente. Llevaba más de un año en el paro, y sin expectativas de encontrar trabajo a corto plazo. Por tanto debía pensar con cuidado qué compraba para cada uno.
            Anduvo dándole vueltas durante varias semanas, mirando escaparates y catálogos, pensando en cada uno de los que iban a recibir sus obsequios y haciendo cuentas. Y éstas no le salían. Veía las tiendas con sus luces y sus músicas, veía pulular a muchísima gente cargada con enormes paquetes, pasaban los días y ella aún no había comprado nada. No quería recurrir a las tiendas de chinos, y mucho menos para los juguetes de sus sobrinos, porque le asustaba que cualquier defecto en la calidad les pudiera suponer algún susto desagradable, tal y como había visto ya varias veces en los informativos de televisión. Leía las etiquetas de todo: hecho en Hong-Kong, hecho en Bangladesh, hecho en Indonesia… Imaginó las fábricas y talleres en esos países, y recordó lo que había leído sobre las condiciones laborales de las mujeres, la explotación de los niños, y decidió no comprar nada fabricado fuera de España. Sus posibilidades se redujeron aún más.
            Lo comentó con unos amigos, y alguien la calificó de insolidaria. “¿Te das cuenta de que gracias a esas fábricas la gente de allí dispone de un sueldo para vivir?”. Pero la realidad era otra, pues en verdad eran las grandes multinacionales que los contrataban quienes se llenaban los bolsillos a costa de vender caro y pagar verdaderas miserias a los empleados de sus fábricas. Las materias primas, en algunos casos, no pasaban de unos céntimos, o unos pocos euros. La mano de obra incrementaba el coste otros escasos céntimos, y el transporte y los intermediarios le iban añadiendo precio. Por último, algo que costó dos euros producir y cuatro transportar aparece etiquetado en la tienda con una cifra muy distinta: treinta euros, de los cuales sólo llegó a quien puso sus manos para fabricarlo una parte insignificante. Si lo pensaba despacio, a Carolina esto le parecía un auténtico drama, y se daba cuenta de que, durante años, jamás se había planteado tales cuestiones. Sí, había sido insolidaria comprando productos de las grandes multinacionales. Había favorecido la desigualdad y el lucro de algunos sobre la pobreza de muchos. Y sólo abrió los ojos a esta realidad cuando ella misma se encontró en una situación económica complicada.
            Un pequeño cartelito casero, colgado en el tablón de anuncios de la panadería de su barrio, le dio la idea. Buscó, miró, preguntó, buceó por internet, y en pocos días ya casi tenía los regalos para todos. Un par de bohemios que diseñaban y fabricaban joyería en plata y aluminio en el taller instalado en su propio garaje tenían los pendientes ideales para su hermana. Después, llevó uno de los libros favoritos de su padre, que ya no se atrevía ni a tocarlo porque de tan usado y viejo tenía las páginas sueltas y las tapas a trozos, a una encuadernadora artesanal que empleaba los más diversos materiales en su trabajo, y que mimaba los libros como si de bebés se tratase. Para redondear ese regalo tan especial, la resurrección de un libro amado, le dio también un trozo de cuero rojizo procedente de una antigua saca de cartero que había guardada en el garaje, y que había pertenecido al abuelo Isidoro, para que hiciera las tapas con ese material. Así su padre tendría un recuerdo de su juventud y uno del abuelo a la vez. Una chica que fabricaba muñecas de fieltro le vendió una preciosa japonesita con kimono para su sobrina, y a un antiguo fabricante de muebles que se había quedado sin trabajo le compró un tren de madera, hecho sobre el modelo de los juguetes antiguos y con un cordel para arrastrarlo, para su sobrino. El tren estaba pintado de alegres colores, y estaba segura de que al niño le iba a encantar. Poco a poco fue reuniendo los regalos comprándolos directamente a los artesanos, como el pañuelo de seda pintado a mano que seguro iba a quedar perfecto en el cuello de su madre, o el disco de un grupito de rock local que los mismos músicos habían compuesto y editado, y que sabía que a su hermano pequeño, también músico, le iba a encantar. Los abuelos le habían dicho que no querían regalos, que no necesitaban nada, pero Carolina pensó que una caja de verduras y frutas procedentes del huerto ecológico que cultivaban unos conocidos suyos podía ser mejor que cualquier otra cosa, y acertó: el abuelo le dijo que hacía muchos años que no habían comido cebollas, tomates, pimientos y naranjas con el sabor de aquellos. Les habían recordado a su juventud, y eso les había hecho felices.
             Para terminar, Carolina se regaló a sí misma un paquete de papel grueso, unos cartuchos de tinta para la impresora y una caja de pinturas al pastel. Así, tal vez podría emplear su creatividad y su tiempo en escribir cuentos por encargo, los imprimiría y los decoraría, y las siguiente Navidad quizá habría personas interesadas en regalárselos a sus seres queridos y ella habría encontrado una manera de salir adelante.
            Esta Navidad voy a hacer caso al ejemplo de Carolina, y compraré cosas hechas a mano por personas como yo. Así ayudaré a que mantengan viva su actividad. Y de paso, hago mía una frase que oí hace poco y que no he podido olvidar: “Si el creador no puede vivir de ello, dejará de crear”. No dejemos que eso ocurra.

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