viernes, 30 de diciembre de 2011

LA COMETA DE GABRIEL

            Una de las actividades favoritas de Gabriel era construir cometas con su padre y salir a volarlas los fines de semana. Las hacían con cañas que cortaban cerca del río, junto a su pueblo, y usaban cualquier plástico, trozo de tela, papel de seda y en general cualquier material que se prestase a ello y le cayese en las manos. Después, el sábado por la mañana, cogían el coche y se iban los dos, padre e hijo, a la playa en invierno, o a alguna explanada en verano, a probarlas.
            Llevaban haciéndolo desde que Gabi tenía tres años, y ahora que estaba a punto de cumplir once, ya tenían la técnica muy depurada. Habían conseguido construir algunas cometas excepcionales, y ya sabían qué tipo de materiales daban los mejores resultados para días de viento, o de brisa suave. Las cometas de playa no funcionaban igual de bien en el campo, debían ser distintas, y tener diferentes tipos de cola dependiendo del lugar en que fueran a volar. Padre e hijo compartían su afición con verdadero placer, porque eso hacía que pasaran mucho tiempo juntos. El vínculo de cariño, complicidad y confianza que se creó entre ellos a lo largo de los años era algo precioso.
            La semana en que construyeron la mejor cometa de todas hacía bastante viento. La probaron en la playa, y voló tan alto que casi se les perdía de vista. Gabi miró a su padre, y pensó una vez más que era el mejor padre del mundo. Al llegar a casa guardaron la súper-cometa en el garaje para salir de nuevo a volarla la semana siguiente, pero ya no hubo oportunidad.
            Era martes por la tarde cuando vinieron a buscar a su madre. Un accidente de tráfico tuvo la culpa de que la infancia de Gabriel se rompiera en pedazos de repente, como una mala cometa hecha con papel se rompe al recibir una ráfaga de viento fuerte.
            Durante días, el niño sólo salió de su habitación para ir al colegio. Nunca se le había ocurrido pensar que algún día fuera a faltarle su padre, el mejor amigo que había tenido nunca. Ya no habría más cometas, jamás volvería a construir ninguna ni a elevarla al viento, no sin él. Ni su madre, ni sus abuelos, ni nadie conseguía sacarle de su perenne tristeza. Ya no era un niño, era una sombra. A pesar de que el psicólogo insistía en que debía recuperar la normalidad cuanto antes, él se negaba. Pasaron varios meses, llegó el verano y después el otoño, y Gabriel seguía esperando a despertarse de su pesadilla.
            Cuando cumplió los doce años, su madre le compró una cometa acrobática, pero se echó a llorar al verla, y no fue capaz siquiera de sacarla de la caja. Katia, la hija del dueño de la juguetería, le vio entrar en la tienda para devolverla, y le preguntó si estaba defectuosa: no podía entender que devolviese un juguete tan genial. A ella también le encantaban las cometas, tenía una igual y hacía maravillas volándola en la playa. Incluso iba a las competiciones de acrobacias. Gabriel se echó a llorar de nuevo y salió corriendo de la tienda. Él no quería ninguna cometa nueva. Él quería que volviera su padre, quería verse a su lado de nuevo, con un carrete de hilo de nylon en la mano y mirando al cielo para seguir el rastro de alguna de sus cometas caseras, que eran estupendas porque las hacía con él, aunque no fuesen técnicamente perfectas.
            Katia fue varias veces a visitar a Gabriel a su casa, pero no consiguió que la acompañase a la playa hasta que un día se le ocurrió una idea: le pidió que le enseñase la cometa del garaje, la última que hicieron padre e hijo juntos. Cuando la tuvo entre las manos, tomó unas tijeras y le cortó la cola; luego le dio un rollo de papel pinocho al niño, y le propuso hacer trocitos con él para convertirlos en pequeñas pajaritas. Confeccionarían una nueva cola con ellas, más larga y mejor. Pero antes de doblar los papeles, le pidió que escribiese en ellos todo lo que le gustaría haberle dicho a su padre y no tuvo tiempo.
            Gabriel tardó cuatro días en terminar todos los mensajes que necesitaba enviar a su padre, y con cada uno de ellos fue descargando su pena, el dolor, la añoranza, la frustración, la rabia, y todos los sentimientos que guardaba dentro y que le impedían recuperar la alegría. Después, él y Katia fueron atando los papelitos a la cola de la cometa.
            El primer sábado de viento fueron a la playa juntos. Hacía sol, y soplaba una brisa estupenda para volar cometas. Conteniendo el llanto, Gabriel sacó la suya del coche. Iba a hablar por última vez con su padre, a decirle lo mucho que le quería, lo mucho que le iba a echar de menos siempre, pero también que necesitaba volver a ser el niño de antes para poder continuar creciendo, aunque fuese sin él. Y también para decirle que estaba equivocado, que no traicionaba su recuerdo volviendo a volar cometas, sino que mantenía vivo lo que habían sido juntos. Todo eso iba escrito en los papeles de colores que formaban la nueva cola.
            Fue fácil elevarla, el viento era bueno. Gabriel le iba dando hilo mientras Katia le miraba sin decir nada. Cuando ya la cometa se les perdía de vista en el cielo, el niño sacó una pequeña navaja del bolsillo y cortó la cuerda. Y mientras volvían a casa se puso a pensar cómo sería la próxima cometa que iba a construir, y qué mensaje pondría en ella para que su padre lo recibiese.

3 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Despertar emociones es la tarea del escritor, Lia. Avivar la sonrisa, hacer rodar una lágrima... Qué bonito es leer, ¿verdad? Gracias por tu sensibilidad.

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