sábado, 10 de diciembre de 2011

LA EMPERATRIZ DE LA PLAYA

            Me gusta pasear por las playas en invierno. Cuando la luz es distinta, cuando los colores son diferentes, cuando el sol no abrasa, el mar no ríe y la gente no lo inunda todo, las playas descansan y tienen tiempo de pensar en sí mismas. A mí me gusta ver el mar frío moverse con su lento vaivén de aguas grises y espumas vírgenes, e imaginar cuáles serán sus pensamientos. Hoy fui a la playa invernal, vacía y plácida, y me sorprendió ver que estaba tratando de decidir a quién le daba su corona de nácar.
            La criatura más hermosa de la playa debe ser quien lleve la corona de madreperla irisada sobre su cabeza hasta la próxima primavera. Elegirla es un privilegio que el arenal se concede a sí mismo, ya que durante el verano, cuando los humanos lo anegamos todo con nuestra presencia, es imposible que la playa pueda ser y comportarse como lo hace normalmente. En verano, se ve ocupada, asaltada, contaminada, maltratada, usada de día y de noche sin ningún cuidado, pero ahora que está libre, limpia, hermosa y feliz, es dueña de sí misma y puede escuchar la voz de cada uno de sus habitantes. Y cada año por estas fechas nombra una “Emperatriz de la Playa”.
            Tuve la suerte hoy de ser testigo de las deliberaciones por el título. El agua opinaba que la elegida debía ser la solitaria palmera que creció en medio del arenal. “Es esbelta y alta como una modelo. A veces me dan ganas de acariciarla, aunque sé que eso podría matarla”. El aire le dio la razón al mar: “Cuando paso cerca de ella mueve sus hojas, es alegre y su color verde es el más intenso y bonito de toda la playa”. La arena, sin embargo, tenía otra candidata. “Nosotros, los granos de arena, opinamos que la emperatriz debería ser este año la roca del faro. También es muy hermosa, con su linterna encendida por las noches que impide encallar a los barcos en la costa. Además, alberga vida en su interior, aunque sólo sea la de los pequeños lagartos que corretean por ella”. Las gaviotas, por su parte, también votaron: “¡Sí, sí! ¡La roca debe ser este año coronada como Emperatriz de la playa! Muchas de nosotras hacemos nuestro nido en ella. Se merece la corona”. Las caracolas, viendo el desacuerdo, propusieron que se sometiese a votación. La palmera y la roca, nerviosas, se miraban sonriendo, esperando cada una en secreto ser la elegida.
            A falta de recipiente mejor, usaron un enorme hoyo en la arena para depositar los votos. Las criaturas marinas, representadas por una gran tortuga, dejaron el suyo escrito en la concha de una  almeja. El viento, los granos de arena, el agua, las gaviotas, las algas y la colonia de gatos que vivía al final del paseo hicieron lo mismo. Una vistosa estrella de mar contaba con sus brazos: uno para la palmera, uno para la roca, otro a favor de la roca, uno más por la palmera… Yo lo observaba todo sentada en la escalera de acceso a las duchas. Y finalmente, la ganadora fue la roca del faro.
            Mientras todo a su alrededor aplaudía, una gran ola de espuma cubrió la roca, colocando en la cima de su faro la corona de madreperla que la acreditaba como Emperatriz de la playa de este invierno. Los cangrejos, contentos, tocaban las castañuelas de sus pinzas, mientras la arena saltaba de júbilo. La palmera, desconsolada, lloraba sus dátiles amarillos, pero la brisa la consolaba prometiéndole su voto para el invierno siguiente. Las caracolas marinas soplaban profundos silbidos en honor a la elegida; las algas le tejieron un manto de reina, las gaviotas cantaron en coro, chillonas y desafinadas, pero felices de tener su nido sobre toda una reina. Y la roca del faro, emocionada, saludó a todos con destellos de su linterna.
                                                 
            Cuando llegue el verano y llenemos la playa con nuestras ganas de disfrutar, todos ellos callarán su voz para albergar las nuestras, y nos darán su tiempo para que poblemos nuestra memoria de momentos felices vividos en su reino. Las charlas del mar y la arena, del viento y las algas, de las caracolas y las gaviotas, se verán ocultadas por nuestras risas, nuestras músicas, nuestras conversaciones… Yo volveré a venir el invierno que viene, a ver si acierto a ver de nuevo cómo se corona a la Emperatriz de este lugar. Tal vez sea la palmera la que sonría esta vez.

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