sábado, 31 de diciembre de 2011

LA FIESTA DE FIN DE AÑO

            Rafael había pasado un año horrible. Le habían despedido de su trabajo, había tenido que dejar su piso porque no podía pagar el alquiler, y no le había quedado más remedio que volver a casa con sus padres. Por un lado estaba encantado porque su madre le mimaba mucho y comía mejor que cuando estaba solo, pero añoraba su independencia. Además, desde que Laura le había dejado diez meses atrás no había vuelto a salir con nadie, y echaba de menos la sensación de estar enamorado.
            De no ser por la insistencia de sus amigos, la noche de fin de año se habría quedado en casa. Las cenas y cotillones en los restaurantes salían carísimos, y no se podía permitir ya ciertos lujos, al menos mientras no encontrase un trabajo nuevo, y eso no parecía fácil tal como estaban las cosas. Pero se empeñaron tanto que no pudo negarse, así que cepilló su traje y se vistió. La fiesta se celebraba en un salón muy elegante de la ciudad.
            La cena estuvo muy bien. Cada uno de sus amigos trajo a su pareja y a otra persona más, y a él le colocaron junto a una chica muy simpática, gordita y con el pelo lleno de graciosos rizos. Pasaron el rato contando chistes, y el vino comenzó a hacer efecto. Rafael decidió que, ya que había salido y había hecho el gasto, se lo iba a pasar lo mejor posible. Brindó siete u ocho veces con la chica de los rizos, y a los postres estaban los dos ya bastante achispados.
            Bailaron largo rato antes de las uvas. La orquesta no estaba mal, hacía calor y todos tenían la risa floja instalada en la cara. Se arrimó demasiado al bailar una salsa, y la chica de los rizos se puso algo tensa, a Rafael le tocó disculparse, ya se sabe, el alcohol que desinhibe… siguieron bailando, eso sí, guardando las distancias. Los camareros distribuyeron bolsitas de celofán con las uvas, se acercaba la hora. La hora de liquidar un año malo, la hora de desear que todo mejorase. Quería trabajo, quería enamorarse, quería empezar de nuevo en todo, ¿y qué mejor momento para hacerlo que el primer instante del año entrante? El cantante de la orquesta indicó a todos los asistentes que echaran algo de oro en la copa de cava, para tener más suerte en el año nuevo. Él no llevaba nada. ¿Y si se quedaba sin suerte? Pensó en pedirle a la chica de los rizos que le prestara una de sus sortijas, pero no se atrevía después del incidente de la salsa. Ella sonreía, tenía unos graciosos coloretes en las mejillas y le brillaban los ojos. Le adivinó el pensamiento, y se quitó del dedo un solitario con una aguamarina. Rafael le devolvió la sonrisa.
            Comenzaron a sonar las campanadas, y como solía pasarle, Rafael se atragantó con la tercera uva, le entró la risa con la cuarta y no fue capaz de llegar a la sexta a tiempo. Curiosamente, la chica de los rizos también se atragantó, y terminaron los dos muertos de risa. Brindaron, apuraron las copas de cava, y Rafael no se dio cuenta de que la sortija prestada resbalaba por la copa hasta sus labios, casi se la traga. Ella, sin dejar de reír, le tiró de la corbata para que se acercara, le quitó el solitario de entre los labios y se lo puso de nuevo en el dedo. Sintió ganas de besarla, pero se contuvo. Ya había metido la pata demasiadas veces en una sola noche.
            La fiesta se alargó hasta el amanecer; después del chocolate con churros se despidieron con un par de besos en las mejillas y quedaron en llamarse para salir otro día. Rafael se fue andando a casa, y por el camino sonrió y pensó que quizá su suerte había empezado ya a cambiar, y que iba a pelear para que este fuera definitivamente su año. En cuanto encontrase un trabajo, se apuntaría a bailes de salón, así podría llevar a bailar a la chica de rizos sin quedar como un imbécil. Que por cierto, ¿le había preguntado el nombre? ¡Uf, qué desastre de galán! También tendría que mejorar eso…

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