lunes, 19 de diciembre de 2011

LA FUENTE DE LA FELICIDAD

            Desde que era un comino, Luis había soñado con encontrar la Fuente de la Felicidad. Pensó que, si conseguía hallarla, todo el mundo conseguiría ser feliz y los problemas y conflictos del mundo dejarían de existir.
            A medida que iba creciendo y madurando, se iba dando cuenta de que su sueño no iba a ser nunca del todo posible, dada la variadísima naturaleza de los problemas que aquejan a las personas mayores. Problemas con difíciles soluciones que seguramente ninguna fuente, por milagrosa que fuera, conseguiría arreglar. Cuando no eran temas de dinero, eran de salud, o familiares, o de pareja, o accidentes, guerras… Pero aun así quería intentarlo, aunque no se le ocurría cómo. Pronto advirtió que en las farmacias existían remedios para muchas cosas, así que resolvió hacerse farmacéutico. Tal vez así consiguiera encontrar la Fuente de la Felicidad.
            Luis fue uno de los estudiantes más brillantes que recuerda la Facultad de Farmacia. Sacó la carrera a curso por año, con unas notas de escándalo, y todo movido por su afán personal de experimentar con cualquier cosa que le pudiera llevar a descubrir la ansiada Fuente de la Felicidad, el medicamento prodigioso que convirtiese a todos en personas felices. Pero no iba a ser fácil, porque ¿qué sustancia que no fuera una droga hacía que alguien sin trabajo y a punto de perder su casa fuese feliz, aunque sólo fuese por un rato? ¿Qué clase de compuesto químico se podía inventar para curar la vejez? ¿Y la envidia? ¿Qué pastilla podía crear que hiciese feliz a alguien que acaba de perder un ser querido? Cuantos más experimentos hacía, más frustrado se sentía, y a medida que iban pasando los años, su carácter se fue amargando bajo la sombra del fracaso. A pesar de todos sus esfuerzos, su empeño era del todo imposible, de modo que abandonó su meta y se limitó a una vida programada y carente de objetivos. La Fuente de la Felicidad no existía, y ya está. Punto.
            Años después, Luis se casó con una chica estupenda. Se querían mucho, y la casualidad quiso que, durante un viaje de fin de semana, en un hotel de la costa, descubrieran un  invento muy curioso. Les gustó la idea, y se regalaron una réplica del aparato en pequeñito para su aniversario de boda. Era una fuente de chocolate, de esas que se emplean para mojar trozos de fruta y nubes de azúcar. Como Luis era muy goloso, estaba encantado con su fuente. La utilizaban cada vez que alguien iba a su casa a merendar, o como postre en las cenas con los amigos, con la familia… Poco a poco, Luis se fue dando cuenta de que, cuando la fuente salía a la mesa, en todas las caras se dibujaba una sonrisa. Que él mismo, cuando la preparaba para usarla, ya lo hacía sonriendo, pensando en el buen rato que iban a pasar mojando fruta en el dulce y chorreante chocolate. Nunca había discusiones cuando la fuente hacía resbalar su contenido marrón oscuro, solamente risas, bromas y buen humor. Por un momento, quien trataba de pinchar un trozo de plátano o manzana en el palillo para sumergirlo en el chocolate caliente, olvidaba el paro, o la enfermedad, o la tristeza, o lo que fuese, y sonreía. Hasta el abuelo, con su Párkinson avanzado y sus muchos años, se reía con sólo ver a los niños de la casa felices, con las caras manchadas y metiendo los dedos bajo el chorro dulce.
            Hay un refrán que dice que a veces para encontrar una cosa hay que dejar de buscarla. Eso fue lo que le pasó a Luis: cuando dejó de perseguir la Fuente de la Felicidad, ella le encontró a él. Y es que la Fuente de la Felicidad no es más que una fuente de chocolate rodeada de cariño y de rostros queridos.

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