miércoles, 14 de diciembre de 2011

LA ISLA DE LOS BIMBACHES

14 de diciembre de 2030
            Querido diario: después de la plácida travesía en barco desde la isla vecina, por fin he llegado a la tierra de los bimbaches. Jamás imaginé que tanta belleza junta fuera posible en una isla tan pequeña. El color del mar de las calmas es indescriptible, nunca vi unas aguas iguales. La playa es tan hermosa, con su arena negra volcánica, que nada más poner los pies en ella he hecho más de doscientas fotos. No podía parar.
            Me ha resultado difícil encontrar un lugar para alojarme; el pueblo está casi abandonado, y me han dicho que el resto de poblaciones están por el estilo. No lo entiendo. ¿Qué es lo que ha pasado aquí? Veo hoteles, y todos están cerrados desde hace años, y en un estado lamentable. El aire de mar y el salitre han podrido las puertas, las barandillas de los balcones, las persianas… Seguiré preguntando, a ver qué es lo que averiguo.
15 de diciembre de 2030
            Ha sido imposible encontrar un guía turístico que me pudiese decir qué lugares no puedo dejar de visitar en la isla. Me dejé el chaquetón en el barco, y no he encontrado dónde comprar ropa de abrigo, apenas se ven tiendas y no pasan de ser pequeños colmados con un poco de todo lo más necesario, pero nada más. Me han dicho que lo que necesite lo tengo que encargar a una de las islas grandes, y el barco regular me lo traerá. O eso, o ir a la capital, pero que tampoco hay mucho para elegir. Aunque,  desde luego, no será hoy.
            La señora que regenta la casa de huéspedes donde me alojo me ha dicho que no deje de admirar las sabinas, que busque el garoé, y que si veo un lagarto grandote cruzando algún camino, que no me alarme, y que lo respete: son únicos en el mundo. Y yo me he preguntado: ¿qué más habrá en este trozo de roca volcánica que sea único en el mundo? Me da en la nariz que aquí voy a encontrar cosas que ni soñaba que existieran.
16 de diciembre de 2030
            Yo tenía razón. Jamás estuve en un lugar como este. Camino por el campo, y la naturaleza me abruma. Encontré una sabina, un árbol que, modelado por el viento, ha ido torciendo su tronco hasta tocar con la copa en el suelo, en un extraño escorzo que me recuerda a las esculturas de la Roma clásica. He visto varios dragos, y unas plantas llamadas tabaibas dulces, cuyo jugo era, por lo visto, el chicle de los primitivos bimbaches. Y pájaros, montones de pájaros. También he visto pastores, y algunos agricultores. Y muchas casas abandonadas y medio derruidas. Aquí vivía más gente que la que hay ahora, pero ¿por qué se fueron?
17 de diciembre de 2030
            Este mediodía he comido un pescado sabrosísimo, recién sacado del océano y preparado a la brasa. Y un potaje con gofio y verduras, y unas patatas arrugadas deliciosas con una salsa roja, picante y alegre que aquí llaman mojo. El mismo pescador que sacó del mar el pez que me he comido me ha explicado qué le pasó a esta isla. Allá por el 2011 un volcán submarino, más o menos cercano a La Restinga, entró en erupción. Por seguridad, se evacuó a los habitantes de esa parte de la isla. El episodio duró unos meses, no hubo heridos ni muertos, pero muchos negocios locales tuvieron que cerrar. Los gases y las lavas que emergían mataron los peces, y durante un tiempo no se pudo pescar. Los restaurantes y hoteles de la zona cerraron; algunos de aquellos negocios ya no pudieron volver a abrir porque sus dueños se arruinaron. Pero los medios de comunicación extendieron por el mundo el mensaje de que la isla podía explotar, que los gases de azufre hacían el aire irrespirable, que las emanaciones del volcán contaminaban el mar… y la gente, en lugar de venir a admirar el fenómeno natural que podía suponer el crecimiento de la isla, se asustó y eligió otros lugares como destinos turísticos. Los que vivían allí, las tiendas, las casas de alojamiento rural, los bares, las empresas de buceo que mostraban el increíble fondo marino de la isla, los guías y autobuses… uno a uno tuvieron que ir abandonando sus negocios porque ya no venían visitantes. Y terminaron marchándose a las islas grandes, o a la península llorando, deshechos por la desgracia y sin entender por qué la gente les había abandonado. Realmente sólo una población había sido evacuada, y luego todos pudieron volver a sus casas. El volcán se durmió de nuevo, posiblemente para un par de siglos, pero la falsa impresión de que venir era peligroso hizo que el motor principal de la economía de la isla, el turismo, huyera despavorido. Sólo se quedaron los pescadores, los que tenían algo de tierra para sembrar, los pastores y poco más. Igual que hace ciento cincuenta años.
            Me asustó pensar que, en plena era de la información, hubiera habido tanta desinformación como para producir semejante desastre económico.
18 de diciembre de 2030
            Cuanto más tiempo paso en la isla del meridiano cero más cuenta me doy de que no debimos permitir que esto ocurriera. El silencio, la tranquilidad y la belleza de este lugar hacen a uno enamorarse de la vida. Esta mañana he ido a bucear, y la riqueza de los fondos marinos es difícil de describir con palabras. Tenemos un pequeño paraíso al lado de casa, y ni siquiera lo sabemos. ¿Por qué estaremos tan ciegos a veces?
14 de diciembre de 2011
            Vuelvo a la actualidad después de este falso y futurista diario en el que cuento lo que podría pasar en El Hierro si no lo evitamos. La isla necesita que la normalidad regrese, y no me refiero al cese de las erupciones, sino a todo lo demás. Visitad la tierra de los bimbaches, no busquéis paraísos al otro lado del mar teniendo esta joya natural tan cerquita. Os aseguro que no olvidaréis ese viaje nunca.

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