lunes, 12 de diciembre de 2011

LA PARTITURA MISTERIOSA

            Hace unas cuantas semanas recibí un correo electrónico de remitente desconocido. No es la primera vez que me pasa, porque suelo recibir bastantes mensajes de mis lectores comentándome cosas acerca de mis cuentos, o del libro. Pero este correo llevaba adjunto un archivo bastante pesado. Lo abrí con curiosidad, mi ordenador tardó bastante en poder leerlo, y cuando al fin lo tuve en pantalla me dejó desconcertada. Era una partitura, sin título y sin autor. La revisé entera, estaban todos los papeles correspondientes a una banda de música: saxo, tuba, flauta, trompa, trombón, trompeta, clarinete, bombardino, fagot, percusión… No entendí quién podía haberme enviado algo así. Pensé que quizá fuera una broma.
            Pasé unos días pensando en la partitura y haciéndome preguntas, pero sin llegar a ninguna conclusión. Y al fin, una semana después de recibir el archivo, encendí el ordenador, lo conecté a la impresora e imprimí el papel de saxo alto. Después, monté el instrumento y coloqué el papel en el atril; humedecí la caña, calenté con unas cuantas notas largas y toqué la pieza de principio a fin. No me sonó a nada conocido, ni siquiera parecía una canción. Sin embargo, mi hija mayor entró en mi habitación y me dijo: “Mami, ¿qué es lo que estás tocando? Suena como tú cuando vas cantando distraída por casa…” Lo pensé despacio, y la volví a tocar. “¿Ves, mamá? Eres tú mientras planchas con los cascos puestos y siguiendo las canciones de la radio”. Pero no, eso era imposible.
            Conectamos de nuevo la impresora para sacar el papel de flauta travesera, y esta vez fue ella la que montó el instrumento y tocó lo que veía escrito en los pentagramas. No se parecía en nada al papel de saxofón. Pero sonaba igual que ella cuando se acunaba de niña para dormirse: mi hija mayor, desde bebé, se canturreaba a sí misma en la cuna, y la melodía que estaba saliendo de su flauta me lo recordó inmediatamente. ¿Qué estaba pasando? ¿Quién había compuesto aquella extraña obra?
            Imprimí el papel de trompa y se lo di a mi pequeña. Ella colocó la boquilla en el instrumento, calentó el labio, estudió la partitura y tocó. Mi hija mayor y yo nos miramos. La melodía nos evocó inmediatamente a la peque cuando jugaba con sus muñecas, las peinaba, les preparaba el té, las reñía… incluso uno de los pasajes nos recordó sus frecuentes episodios de cabreo existencial con trenzas. Nos echamos a reír, y ella se enfadó con nosotras porque no sabía a qué venía tanto cachondeo.
            La partitura misteriosa estaba resultando ser aún más misteriosa de lo que pensábamos; imprimí el papel de trombón y se lo di a mi marido, sin contarle nada sobre el origen de la obra. Se puso a tocarlo con nosotras como espectadoras, y el sonido que escuchamos era él despertándonos con cosquillas por las mañanas, él llegando a casa con su sonrisa agotada del trabajo y sacando fuerzas de quién sabe qué rincón de su corazón para jugar con las niñas y ayudarme a quitar la mesa, era él cuando canta confundiendo las letras de las canciones para hacernos reír. Entonces nosotras sacamos nuestros instrumentos y nuestros papeles, y el cuarteto, sin saber por qué, sonó a algo completamente distinto que cada papel por separado. Sonó a los cuatro en bicicleta por el paseo de la playa, a cuando vamos en coche en los viajes largos, y a cuando estamos cenando juntos y a veces hablamos todos a la vez pisándonos las palabras unos a otros, y acabamos muertos de risa y sin entender nada de lo que decimos. Y así acabamos, muertos de risa y sin entender nada de lo que estábamos tocando.
            Traté de averiguar con un técnico informático la identidad del compositor, pero fue imposible rastrearlo. Pensé que debía ser alguien que nos conocía muy bien para poder retratarnos así, con nuestro sonido individual y con nuestra melodía compartida. Pero, ¿y los otros papeles? ¿Para quién estarían escritos? Experimenté con mis amigos, con resultados sorprendentes. Saxo tenor 1 se lo di a Mireia. Lo tocó y la vi a ella jugando al balón en el patio del colegio. El tenor 2 se lo pasé a Claudia, y la vi paseando por París y pasándoselo bomba con mis hijas. A Saúco le di el papel de bombardino, y todos le miramos mientras tocaba. El sonido le retrató a él, con sus bromas continuas y su swing formidable. A FJ le dimos el papel de trompeta primera y a Mabel el de segunda, y todos escuchamos expectantes; la magia se produjo de nuevo, y algo parecido ocurrió con la partitura de clarinete que le dimos a María José, o la de percusión que le pasamos a Manolo. Y al fin, tocamos la obra todos juntos, y fue como el bullicio de una larga y divertida partida de Trivial de las que echamos muchas noches de viernes, después de los ensayos. Sonaba a amistad, a trabajo en equipo, a disfrute y compañerismo, a risas y bocadillos de lomo con mahonesa, a cacahuetes y patatas fritas, a bromas y planes de futuro. Todos nos miramos, y tuvimos la misma idea: pasar la partitura a otros músicos para que la tocasen, como habíamos hecho nosotros un rato antes. Y el resultado fue disonante y desastroso. No había manera de que  armonizasen, y al sexto compás hubo que parar porque aquello era un guirigay sin sentido. La obra sin título no era para ellos.
            Sigo sin saber quién compuso y me envió aquella partitura, aunque entendí su mensaje: para que algo suene bien no basta con saber tocar, hace falta “algo más”, y ese “algo más” lo llevamos dentro. Una pieza de ejecución perfecta pero tocada sin alma no emociona. Un conjunto que no sabe divertirse en equipo y cuyos miembros no se aprecian entre sí no puede encajar las piezas que componen el puzzle de una obra para hacer que ésta tenga sentido. Para hablar de amor de verdad hay que estar enamorado, y al fin y al cabo, ¿qué es la música sino amor escrito en pentagramas?

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