lunes, 5 de diciembre de 2011

LAS TRES PRINCESAS

            Todo el mundo conoce la historia de los Reyes Magos de Oriente, que llegaron a Belén guiados por una estrella brillante para llevar regalos al niño Jesús. El pobre chiquillo, doce días después de nacer aún seguía viviendo en un pesebre. Sus padres ya no sabían dónde meter tanto cordero, tantas nueces y avellanas, pollos y pavos, tambores, sonajeros y demás presentes que todo el mundo había ido dejando alrededor del establo en el que a ella le sobrevino el parto. Realmente no se habían ido de allí porque en ninguna de las posadas del pueblo admitían animales, y aparcar el burrito en la calle sin tener alarma antirrobo era un poco arriesgado en los tiempos que corrían.
            El caso es que cuando llegaron los Reyes Magos de Oriente lo hicieron en camello, como manda la tradición, y dejaron a Jesús el cofre de oro, el de incienso y el de mirra. No eran cofres muy grandes, la verdad es que para ser reyes no se estiraron demasiado. La mirra fue a parar a una de las macetas de geranios de María (eso sí, se pusieron preciosos, todo hay que decirlo), el incienso le sirvió a José para ambientar sus clases de yoga, y con el oro se compraron un adosado en Belén (con la crisis, los precios de la vivienda habían bajado mucho, y el metal amarillo había ganado tanto en valor que aún les sobraron unas monedillas para ropa nueva).
            Hasta aquí, más o menos, es la historia que conocemos todos. Lo que casi nadie sabe es que Sus Majestades tenían una hija cada uno; no viajaban con ellos, pero sí les pidieron que les trajeran alguna cosilla cuando volviesen. Y los magos, una vez cumplida su misión de adorar al niño Jesús, se dispusieron a buscar el recuerdo perfecto para llevárselo a sus princesas.
            La hija de Melchor se llamaba Amalia Furibunda, y tenía un genio tremendo. Ya había decidido independizarse en cuanto cumpliese los dieciocho años, y marcharse del reino de su padre para no tener que llevar velo y poder hablar con quien le diera la gana, fuera hombre, mujer o caballo. Su padre ya no sabía qué hacer para que entendiera que las mujeres sueltas por ahí son un peligro, que obligan a los hombres a tener pensamientos impuros y pecaminosos con sus curvas indecentes, que la virtud de una mujer pasa por que nadie pueda verle la cara excepto su marido, y que eso de hablar con cualquiera es una tontería porque las mujeres no tienen nada interesante que decir, ni nada inteligente que aportar. El buen Melchor compró para su hija una tela de preciosa seda bordada, y mandó que le confeccionasen con ella una túnica informe que la cubriese de la cabeza a los pies. Su idea era casarla en cuanto fuera posible para que otro se hiciese cargo de ella. Al día siguiente de recibir el regalo, la princesa Amalia Furibunda se marchó con viento fresco y nunca más supieron de ella.
            La hija del rey Gaspar se llamaba Gloria Esmeralda. Era estúpida y superficial, y únicamente pensaba en sí misma, en tener ropa cara, joyas y perfumes. Lo mismo le daba que los súbditos de su reino pasasen hambre los años de sequía, o que hubiese enfermedades entre la población. No le importaba nada que no fuese su pelo, sus uñas, su dieta y el contenido de su armario. El buen rey Gaspar estaba desesperado, no sabía qué hacer para que Gloria Esmeralda comenzara a pensar un poco en las cosas importantes de la vida, para que se preocupase por el bienestar del reino que iba a heredar, o para que no fuera tan rematadamente pija, así que lo pensó bien, y como regalo a la vuelta de su viaje le trajo a su hija un hermoso libro. Había sido copiado a mano, con primorosos dibujos hechos a pluma y encuadernado por los mejores maestros en cuero noble. Cuando su hija lo vio organizó una terrible pataleta, y después de darle a su padre con el libro en la cabeza, lo echó al fuego y se fue a su cuarto a plancharse el pelo.
            El rey Baltasar era negro. Todo el mundo lo sabe, ¿verdad? Pues su hija, Benita Toffe, era mulata. Por lo visto, la reina no podía tener descendencia, y una de las esclavas blancas de palacio, que tenía trato carnal (como casi todas las esclavas blancas de palacio, que eran escogidas para el servicio no precisamente mirando sus aptitudes para el trabajo, sino otras cosillas) con el monarca, cedió “gustosamente” (era eso o la decapitación) la hija que tuvieron para que la hicieran princesa. Benita creció creyendo que la reina era su madre, y no se explicaba por qué era de color café con leche en lugar de negro betún. Se sabía diferente, y eso la hacía profundamente infeliz. Además, el trato que se daba en palacio a los esclavos blancos le producía una pena y una indignación inmensas, pero sabía que no podía hacer nada al respecto. Al menos, mientras su padre reinase. Otra cosa sería cuando ella heredase el trono. Entonces podría acabar con aquella tremenda injusticia. Su padre, sin embargo, vivía atormentado y preocupado: temía que su hija pudiese averiguar que no era legítima, que su madre en realidad era una esclava sometida al capricho de su amo, despojada de su voluntad y de su bebé, obligada a callar, amenazada y desposeída de cualquier derecho. El buen Baltasar, a la vuelta de su viaje, compró para su hija una máquina de rayos UVA; así podría verse más oscura de piel, y el riesgo de que supiera que era medio blanca sería menor. Pero Benita no era estúpida, y ya había encargado a Estados Unidos una prueba de ADN que la sacase de dudas. En cuanto lo tuvo claro, denunció al rey, rescató a su madre y se fue a vivir con ella a otro país. Una vez allí, escribió una novela con la historia de su vida y se hizo rica. En el reino de su padre estalló una revuelta popular y se impuso la República.
            Unos años después, las tres princesas se reunieron en un pub de Nueva York para charlar y contarse qué había sido de sus vidas. Amalia había huido a Europa, y vivía en Alemania. No se había casado, era una activista que luchaba por los derechos de la mujer en el mundo islámico, y estaba amenazada de muerte por ello, pero no le importaba. Su padre aún reinaba, aunque no se hablaban. Para los dos, el otro era una deshonra. Benita, por su parte, vivía en Venezuela. Se había consolidado como escritora, y empleaba gran parte del dinero que ganaba en construir escuelas para blancos en su país de origen. Allí las cosas habían cambiado mucho desde que el pueblo se hizo cargo de elegir al gobierno, pero aún quedaba un camino muy largo por recorrer hasta que la igualdad entre negros y blancos fuese una realidad. Gloria las escuchaba hablar y se reía: a ella todas esas cosas le daban igual. Los derechos de la mujer, los derechos de los blancos y los negros, la abolición de la esclavitud… ¡menuda sarta de tonterías! Ella era rica, se había casado con un mega-millonario saudí, y aunque no sabía hacer la “O” con un canuto, después del divorcio se había quedado con un palacio lleno de ropa, joyas de todos los tamaños y colores, un ejército de peluqueras a su servicio y siete coches de lujo, uno para cada día de la semana. Además, su vida salía en un reality show de gran éxito en televisión. ¿Qué podía ser mejor que aquello?
            Las tres princesas eran muy conocidas. Desgraciadamente, sólo una de ellas firmaba autógrafos. ¿Adivináis cuál?

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