martes, 20 de diciembre de 2011

OTRA DE ANÉCDOTAS GERIÁTRICAS

            Entre las muchas y variadas cosas que me ocurrieron durante mis años como auxiliar geriátrica en una residencia, hoy he escogido una acorde con las fechas navideñas en las que estamos ya inmersos.
            Jesús era un hombre delgado. Caminaba encorvado, como si siempre llevase a la espalda un enorme peso. Hacía ya varios años que había perdido la capacidad de hablar, y casi siempre estaba solo, sentado en su habitación, mirando la tele. Era viudo, y su único hijo vivía en Estados Unidos; en los casi tres años que anduve por allí nunca le vi.
            Era uno de los internos que cenaba en el primer turno, porque solía irse temprano a dormir. Creo que se aburría mucho, pero era imposible darle conversación, así que poco podía hacer yo. Me inspiraba mucha ternura aquel hombre. Casi solamente le veía sonreír si le daba un beso, así que le daba muchos cuando entraba y salía de turno, como si fuera mi abuelo. También era uno de los que se acercaba a la puerta de la cocina cuando, después de las comidas, lavaba los platos, vasos y cubiertos de los internos para dejarlo todo recogido. Era una tarea que podía llevarme más de una hora, y solía hacerla cantando; a veces me sorprendía al darme la vuelta y encontrar cuatro o cinco espectadores allí, y los besaba a todos antes de mandarlos a dormir.
            Una tarde navideña, ya cerca de Reyes, les puse la cena a los “tempraneros”, y a los no diabéticos les coloqué un platito con dos porciones de turrón, una figurita de mazapán y un polvorón. Jesús comenzó su sopa sin esperar a que yo le pusiera el babero y se manchó todo; le reñí como a un niño, y agachó la cabeza un poco triste. Yo seguí sirviendo mesas y atendiéndolos a todos, pelando frutas, dando pastillas, poniendo cafés con leche… en fin, lo habitual. Tardé en darme cuenta de que Jesús se estaba ahogando. Se había metido el polvorón a la boca todo entero, intentó tragarlo y se le atascó; cuando lo vi ya estaba de un color granate horroroso. Le golpeé en el pecho, y nada. No podía ponerle boca abajo yo sola, le metí los dedos en la garganta tratando de deshacer el polvorón, pero no podía. Al fin le puse de pie, me coloqué a su espalda, me cogí las dos manos cerradas sobre su diafragma y le di cuatro apretones que sentí que le iba a romper algo, pero era lo único que podía hacer. El maldito polvorón salió de su boca y cayó al suelo. Lo senté, le sequé las lágrimas y los mocos, le di un vaso de agua mientras el pobre recuperaba el color y el resuello, y me inflé a darle besos. El alivio que sentí en ese momento fue inmenso, creí que se me moría, y sólo podía pensar en que lo último que había recibido de mí había sido una riña por mancharse el jersey con la sopa. No me lo habría podido perdonar a mí misma nunca.
            Cuando se levantó de la mesa para irse a dormir hizo algo que nunca había hecho: se quedó de pie en medio del comedor, mirándome, y abrió los brazos. Me estaba pidiendo que lo abrazase. Lo hice, por supuesto, con suavidad para no lastimarle después de los meneos que le había dado un rato antes. Y él sonrió… y me pellizcó una teta.
            No pude reñirle y me eché a reír.

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