miércoles, 7 de diciembre de 2011

PANTALONES VAQUEROS

            Yo creo que el que inventó los pantalones vaqueros no sabía lo que hacía. He leído por ahí que fueron concebidos como ropa laboral, y mirad en lo que se han convertido: en el uniforme de medio mundo. Vamos, yo no me pongo otra cosa. Eso y el pijama para dormir. Bueno, y el chándal para hacer deporte, pero ya está. Y como siempre he pensado que las faldas son un invento antinatural para que las mujeres nos veamos aún más limitadas, si alguna tengo es también vaquera (fuera de los trajes de ceremonia, claro. Esos vestidos monísimos de la muerte que usamos para las grandes ocasiones y con los que casi no nos podemos mover son una tortura china, pero hay que ver qué requete-guapas estamos con ellos. O eso dicen).
            El caso es que un simple pantalón de color azul y tela de algodón se ha convertido en algo tan difícil de comprar que a veces roza lo desesperante. Hay tantas tiendas especializadas en vaqueros como estrellas en el cielo (qué poético me ha quedado, leñe), pero como resulta que cada cuerpo es distinto a los demás, la cosa se complica considerablemente. Yo he llegado a probarme cincuenta vaqueros en una tarde y he vuelto a casa de los nervios y sin pantalón, lo cual constituye una notable pérdida de tiempo y además estropea la imagen que tengo de mí misma.
            El principio del problema es la asunción de una verdad indiscutible: unos vaqueros son a un trasero lo que una barra de labios a unos morros. Un carmín de labios puede hacer que parezcas un semáforo ridículo y torcido o una Venus, dependiendo del efecto de su color con tu volumen, con el tono de tu piel, con la ocasión, el brillo, el calor… pues con unos vaqueros pasa lo mismo. Puedes ser Jennifer López, Kate Moss, la Negra Tomasa o la bruja Averías, dependiendo del vaquero que elijas. Con un mal vaquero te sientes fatal, incómoda, las costuras se te clavan, la delantera puede resultar hasta desagradable a la vista (por razones anatómicamente evidentes), y la trasera puede hacer que tu retaguardia desaparezca o resalte demasiado, con las consecuencias que ello conlleva: que te quedes sin culo o que parezcas poseer las nalgas de una india hotentote. Ambas cosas dejan la autoestima a la altura del betún. Os lo digo yo.
            He tenido tejanos de todas las maneras a lo largo de mi vida, y los que mejor me quedaron los conservo en mi memoria para ver si algún día encuentro alguno que esté a la altura. Recuerdo, por ejemplo, unos que heredé de mi tía Mariana, que me quedaban algo cortos de pata, pero en las zonas que importan me sentaban como un guante, y los usé hasta que se cayeron a trozos. También recuerdo unos que tuve cuando se llevaban lavados a la piedra y desgastados, que eran como una extensión de mí misma, y que sólo me los quitaba para dormir. Tuve unos negros con botones en lugar de cremallera, cómo amé aquellos pantalones. Lástima de caída con la moto de un compañero de orquesta, que me los destrozó. No sentí las heridas de mis rodillas tanto como la pérdida de aquel pantalón. Curioso, ¿verdad? Resulta que mis lesiones se curaron, pero el vaquero no se pudo arreglar y tuve que tirarlo. Qué penita. Y tuve otros con los que me sentía como una diosa. Eran azules oscuros, cosidos con hilo naranja, prietos, favorecedores y tremendos. Algún silbido arrancaron a mi paso y todo. Me ponían el ego por las nubes. Cuando se me murieron lloré, qué gran pérdida. Aún no me he repuesto.
            En todos estos años he tenido vaqueros de todas las maneras. Más cortos, más largos, pitillos y globos, remangados como para ir a pescar y largos casi hasta tocar el suelo, con bordados y sin nada, azules claros y oscuros, negros, lavados a la piedra, al láser… Sólo ha habido dos modelos con los que no he consentido tragar. Uno es el de los tejanos con rotos y agujeros. Lo siento, he sido y seguiré siendo incapaz de romper unos pantalones hermosos sólo porque se llevan así. Y lo de ir de zarrapastrosa por la vida, por muy de moda que esté… como que no. Si se me hace un roto, lo remiendo. Y si es muy evidente, retiro el pantalón antes de que nadie me dé limosna cuando me vea esperando el autobús. Y el otro modelo con el que no he podido es el de los vaqueros RDH (o sea, a Ras De Higo, esos que tienen la cinturilla donde empiezan los pelillos de salva sea la parte). Lo siento, pero no. Eso de ir con las mollas rebosando por encima del botón, y que cada vez que te agachas se te vea el principio de la regatilla, no va conmigo. Y no es porque sea una cuarentona, que lo soy (o casi), es que lo veo en las chavalas jóvenes y me parece tan ridículo que no lo puedo soportar. Niñas, un poco más de tela no hace daño a nadie, y si con la ropa que llevas no te puedes ni agachar, mal vamos. ¿Qué haces si se te cae algo al suelo? ¿Enseñas el trasportín de la violé para recogerlo? ¿le pides al primero que pase que te lo alcance alegando una hernia discal? Definitivamente no. A mí dadme pantalones que me permitan moverme, no que me limiten.
            Todo esto viene porque engordé y los vaqueros del año pasado no me entran ni con calzador, y me veo obligada a pasárselos a mi hija mayor y a comprarme yo un par nuevos. Sólo de pensarlo me entran sudores. Pero bueno, no queda otra. Por favor, si a las diez de la noche cierran las tiendas de los centros comerciales y yo aún no he vuelto, guardadme la cena en el microondas y no me esperéis despiertos: seguramente estaré llorando mi desgracia en un probador, con alguna dependienta al borde de un ataque de nervios dándome modelos sin parar. Pero a Dios pongo por testigo de que no volveré a casa sin los vaqueros de mi vida. Lo juro.

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