miércoles, 21 de diciembre de 2011

RAMBO

            A una pareja de recién casados le pasan muchas cosas en la cama. Pero una de las peores es que en ella se meta un tercero. A nosotros nos ocurrió, y superarlo fue de todo menos fácil.
            Un día de invierno fuimos al campo a coger olivas; la parcela era de mi suegro, y toda la familia estaba implicada en el trabajo. Volvimos a casa ya de noche, molidos, hechos polvo. Fatal. Nos fuimos a dormir sin más trámite que un casto beso de buenas noches, no estaban los cuerpos para líos, y cuando amanecimos nos dimos cuenta de que no habíamos dormido solos. Aparte de llenos de agujetas, estábamos cosidos a picaduras de pulga.
            Mi costillo se fue a trabajar más muerto que vivo, y con la molestia de las picaduras para acabar de rematar. Yo, en cuanto me quedé sola, comencé la cacería. Levanté la cama, pero no la encontré. Lavé con agua caliente las sábanas, subí las mantas a la terraza y las sacudí a conciencia, pasé la aspiradora por la habitación y luego fregué el suelo. Por la noche nos fuimos a dormir con recelo, y con el pijama de cuello alto abrochado hasta las orejas, pero confiando en que el intruso hubiera muerto en la lavadora, o pegado al mocho.
            Por la mañana comprobamos que no había sido así: la pulga seguía con nosotros, y se había despachado a gusto toda la noche. Maldiciendo por lo bajinis, me armé de toda la artillería pesada que tenía en casa y volví a la carga: sábanas fuera, vuelta al aspirador, y además pasé la vaporeta al colchón por los dos lados. Esta vez seguro que la maldita pulga había muerto.
            Cuando amaneció, la muy puñetera debía estar a reventar de sangre robada, porque nos puso finos otra vez. Terminábamos antes untándonos de crema de arriba abajo que poniendo sólo en las picaduras. Pero yo no iba a dejar que pudiera conmigo: volví a vaporizar el colchón, a lavar las sábanas, fregué toda la habitación con lejía, lavé las cortinas, y luego rocié el insecticida más fuerte que había en la droguería del barrio, cerré a cal y canto y tapé las rendijas de la puerta con papel adhesivo. No tenía escapatoria.
            Por lo visto, el bicho del demonio llevaba máscara anti-gas, porque por la noche se volvió a dar el lote a costa de nuestros cuerpos serranos; a mi costillo lo tuve que llevar a que le pincharan un tratamiento para que dejase de ser un botijo y volviese a tener la apariencia del hombre con el que me casé, y a mí me podía la impotencia de que algo tan enano me estuviese ganando la partida de esa manera tan vil. Cerramos la habitación y nos fuimos a dormir al cuarto de los invitados, cada uno en una camita, a ver si en un par de días o tres la pulga se moría de hambre allí sola, sin víctimas a su alcance.
            El sábado por la noche vinieron a cenar mis cuñados y sobrinas, y se morían de risa oyéndonos contar las aventuras de “Rambo”, que es el nombre que le pusimos al insecto. Les conté cómo la había acorralado (primera parte), vaporizado (segunda parte), gaseado (tercera parte), y de cómo estábamos tratando de rendirla por asedio. Vamos, fue la juerga padre imaginar a la pulga con melena a lo Stallone, con la máscara anti-gas, su mochila, sus cartucheras, y gritando “no me siento las patas, no me siento las patas, esto es un infierno…” Pero los que estaban bien jorobados por culpa del bichejo éramos nosotros.
            No pudimos más. Esa misma noche volvimos a nuestra cama, y dijimos: “Que sea lo que Dios quiera”. Pero Rambo ya no estaba. Por la mañana nos levantamos sin picaduras nuevas, y nos abrazamos contentos de que al fin hubiera muerto.
            Mientras estaba poniendo la mesa para la cena, llamó mi cuñada, y en cuanto oí su voz le dije, toda contenta: “Rambo ha muerto”, a lo que ella me contestó: “nooooooo, se vino con nosotros a casa, se nos ha metido en la cama y nos ha puesto a los dos las piernas como dos trajes de flamenca”.
            Ya sé que no hay que reírse de los males ajenos, pero no pude evitarlo. Mi costillo y yo abrimos una botella de cava y después nos fuimos a dormir.

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