domingo, 18 de diciembre de 2011

SESENTA OSITOS

            Hoy le he dicho adiós a un gran amigo. Ya hace tiempo que lo veía venir, no podía resistir mucho más, estas cosas a veces son así, pero aún sabiendo lo que tenía que pasar, no he llegado a aceptarlo de verdad hasta que al fin ha ocurrido. En el momento en que he constatado que ya no estará más conmigo, me he sentado en la cama que tantas noches hemos compartido, lo he acurrucado contra mi pecho y me he puesto a recordar.
            Se llamaba “Sesenta-ositos”, y era un pijama estupendo. Fue un regalo de Navidad que me hicieron mi hermano Nando y mi hermana Sol hace la friolera de doce años. Como todas las prendas elegidas por Sol era bonito y estiloso a más no poder, con su cuello de pico, su corte recto y cómodo, su calidad de buen algodón y el ribete granate acabado en un lacito en el escote, y con sus sesenta simpáticos y navideños ositos de peluche repartidos por la casaca y el pantalón. Recuerdo que nosotros aquella Navidad regalamos a la familia la noticia de nuestro primer embarazo.
            No os podéis imaginar la cantidad de sueños que ha conocido ese pijama, las noches plácidas en que agradecía su comodidad, y las noches “guerreras” de llanto infantil y legañas en las que bendecía su calor cuando me tocaba saltar de la cama y hacer kilómetros de pasillo acunando cólicos de lactante. Recuerdo cómo se entretenían mis vastaguillas cuando no abultaban un metro contando ositos, sobre mi regazo una y abrazada a mis rodillas la otra, alargando así la hora de irse a la cama.
            “Sesenta-ositos” significaba muchas cosas. Significaba “ya llegó el invierno” cuando me veían sacarlo del cajón en el que veraneaba. También significaba “tarde de domingo” cuando me lo ponía después de comer para estar cómoda y calentita en casa. Era sinónimo de noches cálidas, de ternura y abrazos, de sábados por la mañana remoloneando, de arrumacos, de charlas a oscuras a media noche, de biberones de madrugada, de gripes empotrada en el colchón por la fiebre y de batallas de almohadas, de furtivas visitas de los Reyes Magos y del Ratoncito Pérez…
            Me ha dado mucha pena ir viendo su deterioro, pero a pesar de los remiendos que lo iban llenando, me resistía a dejar de usarlo; hoy ya ha sido imposible salvarlo, la cinturilla se ha roto, la goma se ha salido, y los agujeros ya son tan grandes y la tela está tan pasada que no ha resistido la aguja y el hilo, y se me deshacía entre las manos. Cuando he dejado de luchar y lo he dado por perdido, sus sesenta ositos me han mirado y, sonriendo, me han dicho “adiós” con sus bracitos de trapo sin mano.
            Ninguno de los otros pijamas que tengo me sienta bien. Uno me tira de la sisa cuando me doy la vuelta en la cama. Otro tiene el pantalón más incómodo del mundo mundial. Del otro se me suben las perneras cuando me muevo y me deja las canillas al aire… echo muchísimo de menos a “Sesenta-ositos”, voy a tardar en encontrar a otro que sea tan buen compañero de cama como él.
            Nunca te olvidaré, amigo, por abrigar y acompañar estos casi doce inviernos de mi vida en los que mi cintura ensanchó y estrechó, mi pecho amamantó y mi regazo acunó, y mis sueños y mi realidad nocturna pasaron de ser sólo míos a tener múltiples usuarios. Hasta siempre, compañero. Has sido un gran pijama.

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