sábado, 17 de diciembre de 2011

TÉCNICOS

            Últimamente he detectado una creciente tendencia: la de no llamar a las cosas por su nombre. Mira que el castellano es un idioma bonito donde los haya, que tiene un término justo para cada cosa; la palabra que define aquello que deseamos nombrar es, por lo general, clara, concisa e inequívoca. Pero nos hemos vuelto tan finos, y tan rebuscados, que nos negamos a usar esos términos, y los sustituimos por complicadas frases que a veces cuesta entender.
            El otro día, por no ir más lejos, me acerqué a la frutería (ese sitio en el que venden frutas y verduras, como todos sabemos), y habían cambiado el cartel. Antes ponía “Frutería El Labrador”. Y ahora pone “Técnicos en gestión y comercio de vegetales comestibles”. Así que, cuando entré, en lugar de naranjas pedí “frutos del citrus sinensis de la variedad que más contenido líquido tenga”. Y me reí un ratillo de la cara de pasmo de la dependienta, que mucho técnico, mucho técnico, pero no se dio cuenta de que lo que yo quería eran naranjas para zumo.
            Siguiendo esa tendencia he visto ya “técnicos en reparación de conducciones hídricas domésticas” (los fontaneros de toda la vida), “gestores ayudantes de clasificación y stockaje de mercancías diversas” (mozos de almacén), e incluso “técnicos en mantenimiento y reparación de motores de explosión” (mecánicos de coches). A mí me hace gracia porque complicar las cosas parece que es el deporte nacional. Por esa regla de tres, yo debería ser algo así como “técnico creador y redactor de acontecimientos ficticios”. O algo por el estilo.  Todo esto os lo vengo a contar por una razón, y es que hoy he conocido a alguien, y el nombre de su tienda tampoco le hace justicia. No dice claramente lo que ella vende.
            Esta tarde, por casualidad, he visto su establecimiento, se me ha encendido la chispa, y he entrado. Allí estaba Carmen, con su sonrisa iluminando más fuerte que los focos del techo, detrás del cristal, dispuesta a hacer su trabajo. Yo le pedí un sueño, y ella me lo dio impreso en un papelito, igual que había hecho con todos los clientes anteriores, e igual que seguirá haciendo mientras tenga fuerzas.  Carmen ama su trabajo, y está encantada de vivir de lo que más le gusta, que es alentar los sueños de los demás, de los más pequeños a los más grandes, y tratar de ayudar a que se cumplan. Le encanta saber qué proyectos tienen sus clientes, para qué necesitan lo que ella vende, y sobre todo le encanta ver la alegría de la gente cuando saben que todo eso que soñaron va a hacerse realidad por fin. La felicidad de los demás es su gran triunfo profesional.
            Todo el mundo tiene deseos cuando va a ver a Carmen, pero nadie le pregunta nunca los suyos, y es que estamos tan acostumbrados a mirar sólo nuestro ombligo, nuestros problemas, nuestros miedos y nuestras necesidades, que no solemos pensar en las personas como ella, que cada día tratan de que tengamos lo que anhelamos. Ella también tiene un sueño, y a menudo lo acaricia con cuidado, para mantenerlo vivo y que no se le rompa: ella sueña que un día no muy lejano mucha gente irá a su tienda, pero no para comprar, sino para rociarla con cava, levantarla en hombros y gritar a los cuatro vientos la felicidad de las vidas cuya realidad va a ser distinta y mejor gracias a su trabajo. Ese, y no otro, es su mayor deseo. No quiere ser millonaria y dejar de trabajar, porque ama tanto lo que hace que se le ve en la cara cuando su mano elige, corta y te da tu papel impreso a través de la ventanilla. Aunque su boca no te lo diga, ella te desea “suerte” con el corazón.
            Cuando uno va a comprar un décimo de lotería, lo hace con una necesidad, con un anhelo, con un proyecto, con un sueño en la mente. Carmen se encarga de darte la oportunidad de cumplirlo a cambio de unas monedas. ¿No es ese un trabajo fantástico? Por eso sé que el rótulo de su tienda, “Administración de Loterías y Apuestas del Estado” no es el que debería ser. Si en la frutería venden frutas, y en la cafetería se sirven cafés, su tienda se debería llamar “La Sueñería de Carmen”.
            Yo hoy le he pedido: “Carmen, quiero no tener que recurrir a un préstamo del banco-vampiro para promocionar mi libro de cuentos”, y ella me ha vendido mi proyecto en forma de décimo de lotería de Navidad. El día 22 de diciembre está muy cerquita, y tal vez entonces se cumplirán a la vez su sueño y el mío. Y si eso ocurre nos veréis a las dos abrazadas, bailando juntas y brindando, en el telediario más bonito del año: el del día de la lotería. A lo mejor cuando salgamos en pantalla estamos llorando, pero no os extrañéis: la felicidad llena los ojos de agua bendita.

1 comentario:

  1. Que bonita historias de sueños,,pero que en algún momento se os puede hacer realidad.

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