miércoles, 28 de diciembre de 2011

UNA CAPA NUEVA

            La fabricante de cuentos se despertó temprano aquella mañana, y sintió un intenso frío. El invierno había caído con toda su crudeza, y el calendario le añadía ese mismo día un año más a sus huesos. No paraba de llover, las nubes grises lo cubrían todo, y en vez de flores no encontraba más que hojas muertas en su camino. Necesitaba una capa nueva con que abrigarse, pero no sabía cómo iba a hacer para conseguirla, porque a alguien como ella, que componía su vida de inventar historias para los demás, no le valía cualquier capa, necesitaba una demasiado especial como para poder comprarla con dinero.
            Se acurrucó bajo la manta de su cama, pero tiritaba de tal forma que resolvió levantarse para no quedarse congelada. Mientras se preparaba el desayuno, la fabricante de cuentos hilaba ideas con que escribir una historia nueva, pero tenía demasiado frío como para pensar con claridad. Unos tímidos toquecillos en su puerta anunciaron la llegada del primer trozo de tela. El mensajero venía del sur; era un retal luminoso y colorido, con lunares de gitana que sonaban a guitarra, palmas y alegría. Aún estaba acariciando el tejido cuando llegó el siguiente trozo. Del norte vino una tela roja y blanca, llena de recuerdos de camaradería y música, cosida en los extremos con las cuerdas de un laúd.
            La fabricante de cuentos se puso a pensar, a imaginar, a revivir, y de pronto llegó un tercer mensajero. Este procedía de una tierra lejana, y el retal que traía, blanco, azul y amarillo, venía lleno de ternura y cuajado de pájaros bordados: ruiseñores, canarios, alondras, jilgueros y verderones lo llenaban todo, y dejaron el aire poblado de notas musicales suspendidas, que caían lentamente sobre ella como una nevada. Sin tiempo a reaccionar, otro mensajero llegó con un retalito pequeño del color de la sobrasada mallorquina, y le inundó la cocina con el olor de los juegos infantiles, de los disfraces y las playas mediterráneas.
            Se quedó un rato sentada en su casa, con la puerta abierta porque no dejaban de llegar los emisarios que traían más trocitos de tela. Los iban dejando sobre su regazo, y se llevaban como propina un “gracias” y una sonrisa, esos bienes tan escasos y tan difíciles de encontrar en los tiempos que corren. De ultramar llegó una tela celeste que traía un sol bordado, y otra de color verde con un águila poderosa. Decidió ponerlas juntas, para que sol y ave se dieran fuerza mutuamente, y recibió un nuevo retal, a cuadros rojos y negros, como los cachirulos maños, con un demonio cojo bordado en un extremo. Pero no era una figura amenazadora, todo lo contrario: sonreía guiñando uno de sus ojos.
            Del interior del país llegó un nuevo trozo, con siete estrellas en el centro, y cuatro figuras en sus cuatro esquinas: un pensamiento cubierto de rocío, un león, un ramito de rosas y un violín. Le pareció tan bonita la combinación que casi la hizo llorar. Pero sin tiempo de buscar pañuelos para las lágrimas que querían salir, otro mensajero vino con un pedazo de tela hecha de diminutos retalillos cosidos entre sí, de todos los colores y estampados imaginables; en el centro traía un libro bordado. Aquello era más que una tela, era una fuerza compuesta por muchas miradas inquietas y curiosas.
            La fabricante de cuentos no había llegado a encender la estufa, y fuera seguía lloviendo, pero ya no sentía frío. Al contrario, un agradable calor llenaba la casa, y pronto advirtió que provenía de las telas, que se iban amontonando sobre su regazo y a su alrededor, y que no paraban de llegar. Un muchacho con acento alemán trajo un trocito de tejido de algodón; en él un laurel lucía sus hojas desafiando al invierno. Otro trozo más venía en las manos de caras amigas, vecinas, próximas. Un nuevo retal llegó con acento de sardana; el tacto le resultaba muy familiar, y mientras trataba de averiguar a qué le recordaba, recibió otra tela, bordada en plata con una torre de Hércules, y otra más, con un poema prendido en ella.
            Pasó todo el día sentada en la cocina de su casa, sin hacer otra cosa que admirar los tejidos, los bordados y los estampados de todos los retales que le habían ido trayendo los distintos emisarios. ¿Qué podía hacer con todas aquellas telas? ¿Cómo conseguir que el agradable calor que desprendían no se perdiera?
            La fabricante de cuentos sacó un carrete del hilo con el que se hacen las historias, lo enhebró en la aguja de su imaginación, y poniéndose un dedal de mármol rosa para no pincharse el dedo, se puso a coser. Unió uno por uno todos los trozos de tela que tenía, y cuando terminó, con ayuda de sus tijeras de transformar realidades en fantasías cortó las piezas precisas para una capa. Una capa a su medida, que la cubriese entera, la protegiese del frío y la mantuviese siempre llena de emociones hermosas. A punto de sonar las doce de la noche en el reloj de cuco terminó su trabajo. Era la capa más colorida, alegre y original que había visto nunca. Se envolvió en ella, y al instante supo que ese manto de cariño que había recibido por su cumpleaños era el mejor y más cálido regalo que jamás habría podido soñar, y que envuelta en él ya no volvería a pasar frío nunca más.
            La humilde hacedora de historias salió al jardín con su capa nueva, y una nube de luciérnagas vino a rodearla. Habló un rato con ellas, las besó a todas, y las envió volando hacia los cuatro puntos cardinales, para que llevasen su agradecimiento en forma de luz a todos los que aquel día  habían sonreído al acordarse de ella. 

1 comentario:

  1. Qué bonita esta historia, Sú!!! Espero que hayas pasado un día muuuy, pero que muy feliz!!

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