viernes, 16 de diciembre de 2011

VIENTO DE INVIERNO

            Neus miró por la ventana antes de salir de su casa. No le gustaba nada el fuerte viento que soplaba esa mañana. Veía el color del cielo, las nubes galopando sobre la ciudad, el baile loco de las ramas de los árboles y el balanceo de las antenas de televisión en las azoteas de las casas, y sentía miedo. Pero como no le quedaba más remedio que ir a trabajar, se abrigó bien, se puso un gorro bien calado en la cabeza para no terminar con los pelos como una punkie ochentera, y salió a la calle.
            El vendaval era impresionante. Las partículas de polvo y tierra le golpeaban en la cara, y se colocó las gafas de sol para protegerse, además de subirse las solapas del abrigo. Caminó con dificultad, y siempre que pudo procuró hacerlo por el medio de la calzada, evitando pasar bajo las cornisas. Veía volar bolsas de plástico y papeles, bandadas enteras de hojas marrones procedentes de los árboles cercanos… cerca de ella pasó un paraguas negro, como un gran cuervo roto de aceradas varillas, y se asustó. ¿Y si le caía encima una maceta? ¿Y si el viento arrancaba alguna persiana y la estrellaba contra ella? ¿Y si…?
            No lo vio venir. El jersey de rayas la atacó a traición, le dio en la cara a la vez que una fuerte ráfaga de viento la hizo caer al suelo con tan mala fortuna que se fracturó una muñeca al golpearse contra el bordillo de la acera. El dolor era tremendo, y aguantarlo nunca había sido su fuerte. Cuando Neus se miró la mano desplazada del sitio y el bulto del hueso roto, perdió el conocimiento. Se despertó en el hospital.
            A pesar del gotero con analgésicos le dolía de forma terrible, aunque el dolor disminuyó considerablemente poco después, tras el latigazo casi insoportable que sintió en el momento de la maniobra médica para colocar los huesos en su sitio y poder escayolar. En unas horas le dieron el alta para que pudiera irse a casa. Le entregaron una bolsa con sus cosas, la policía las había recogido cuando la auxilió. Allí estaban sus gafas de sol, milagrosamente enteras. También su bolso, el gorro… y el jersey de rayas. Lo maldijo para sus adentros y cogió un taxi.
            Una vez en casa, Neus lanzó con rabia el jersey a un rincón y se acostó. Pensó en tirarlo a la basura en cuanto su madre viniese a echarle una mano. Después, agotada por los acontecimientos del día, se quedó dormida. Cuando despertó por la mañana, un olorcillo delicioso a café flotaba por la casa. Mami había acudido al rescate, y después de abrazar y besar a su hija, de consolarla del susto y de hacerla engullir un desayuno enorme, se puso a limpiar y ordenar el piso. El jersey seguía en el rincón, y Elena le preguntó a su hija qué debía hacer con él. Neus lo pensó un instante y lo cogió para mirarlo. Era de talla grande, tejido a mano y con las pinzas de tender aún cogidas en sus costados. “Volaría del tendedero de alguna casa antes de acabar en mi cara”, imaginó Neus. Pero una cosa le llamó la atención: pese a ser del tamaño de un adulto, tenía cosida al interior del cuello una cinta en la que había bordado un nombre: “MARC F. L.” Una marca como la que se les pone a los niños pequeñitos cuando van al colegio, para poder identificar la ropa y que no se lleven a casa nada que no sea suyo. Se preguntó a quién pertenecería el jersey. Olía a un conocido detergente para lavar a mano ropa delicada, el mismo que usaba la propia Neus, y pensó que su dueño o dueña lo lavaba con tanto mimo por alguna razón. Aquella prenda era importante para alguien, y decidió que, ya que le había costado una fractura, al menos se merecía averiguar su historia.
            Elena también miró el jersey de rayas largo rato. Estaba tejido en un punto bastante complicado de realizar, así que quien lo había hecho debía ser un experto con las agujas, seguramente una mujer mayor. Las jóvenes de hoy en día ya no saben tejer, o sólo conocen los puntos más básicos: arroz, revés, bobo y poco más. Valía la pena intentar encontrar al tal Marc para devolvérselo, con toda probabilidad estaría lamentando su pérdida.
            Madre e hija fueron al día siguiente a pasear por la calle en que Neus había sufrido la caída provocada por el vendaval con la complicidad del jersey de rayas. Preguntaron en todos los comercios, y en los bares, pero nadie reconoció la prenda. Tal vez voló desde más lejos, así que dieron una vuelta por el barrio. Al pasar frente a una mercería, a Elena se le ocurrió entrar: si la mujer que tejió el jersey hacía ese tipo de labores con asiduidad, seguramente allí sabrían algo.
            Efectivamente, la mujer de la tienda reconoció enseguida la prenda, y afirmó incluso haber vendido la lana y las agujas con que fue tejida. La señora se lo enseñó una vez lo hubo acabado, orgullosa del resultado. Neus dejó su nombre y el teléfono anotado a la mercera, para que se lo diera a aquella mujer. Quería devolverle el jersey en persona, y rechazó dejarlo allí. Tenía mucha curiosidad por saber la razón de que estuviera marcado como el de un pre-escolar.
            Unos días después recibió la llamada. La voz temblorosa de una anciana preguntaba por el jersey de rayas. Neus anotó la dirección y fue aquella misma tarde a verla.
 Adela la invitó a un café como muestra de agradecimiento. Había hecho aquel jersey para su marido. “Está tan guapo y abrigado con él que me dio mucha pena que el viento se lo llevara. Lo tejí el año pasado para que fuera bien vestido al centro de día, no tengo demasiados recursos para comprarle ropa, así que lo que puedo se lo hago yo. Y lo de la cinta con el nombre es porque tiene Alzheimer, y muchas veces se quita la ropa y la deja por ahí sin darse cuenta. Ahora es como un niño, así que lleva marcados hasta los zapatos, por si los pierde. No sería la primera vez”. A Neus le dio mucha pena aquella mujer, la imaginó vistiendo a Marc, tejiendo para él, hablándole con todo el cariño y la ternura que veía reflejados en su cara, a pesar de saber que él ya no era más que una sombra sin memoria. Evitó contarle la relación del jersey con la fractura de su muñeca, ya había bastante tristeza en aquella anciana vida como para hacer que se sintiera mal por nada más.
            Neus visita con frecuencia al anciano matrimonio desde entonces. Muchas veces, cuando alguna de sus amigas o familiares tienen un bebé, le encarga a la experta tejedora una toquilla, una chaquetita con gorro y patucos a juego, o cualquier otra cosa que se le ocurre, y se lo paga generosamente. Hasta ha empezado a aprender a tejer dirigida por Adela, mientras Marc, que languidece en su sillón mirando la tele, acaricia al gato que duerme en su regazo y se mira después las manos sin saber qué más hacer con ellas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario