jueves, 30 de junio de 2011

EL CIELO DE LOS PERROS


            Mi hija pequeña, a la que puse nombre de mar para que nadie pretendiese nunca dominarla ni someterla, me preguntó un día dónde estaba el cielo de los perros. Yo le dije que los perros, cuando se mueren, van al mismo cielo que los humanos que han sido buenos, porque ¿qué clase de paraíso sería el nuestro si no pudiéramos contar con su compañía? La felicidad no sería completa, nos faltarían ellos. Ella lo pensó despacio, y me dijo:
“Es verdad, mami. Si ahora Pelos se muriera nos quedaríamos muy tristes, sería genial poder tenerlo cerca para siempre cuando estemos en el cielo”. Y, rumiando mi respuesta, se fue a jugar.
Al rato, volvió a la carga con las preguntas. “Mami, ¿y los perros que son malos? ¿Van al infierno de los perros?” Agárrate con la preguntita, hay que tener siete años para que se te ocurran esas cosas. “No, mi niña, no hay infierno de perros, porque los perros no son malos. Sus amos les empujan a ser malos cuando no los tratan bien, o no les cuidan como se debe. A veces incluso les enseñan a propósito a ser malos”. Entonces llegaron esas temidas dos palabras que, pronunciadas por una boquita infantil, pueden abrir puertas en nuestra alma que cuesta mucho esfuerzo mantener cerradas:
 “¿POR QUÉ?”
            Me dejó toda la tarde pensando en la maldad humana. ¿Cómo explicar algo que ni yo misma entiendo? Siempre que llegan estas fechas me pregunto lo mismo. ¿Cómo se deja en la carretera a un ser que te mira con esa devoción cada vez que te acercas? ¿Cómo se abandona a un animal que se dejaría matar por defenderte? ¿Qué clase de monstruo hay que ser para hacer daño a un perro cuya mayor alegría es el rato que puede estar contigo? Hay que tener el corazón muy negro para hacer eso. En ese momento se me encendió una bombillita sobre la cabeza, como ocurre en los cómics o en los dibujos animados, y lo vi claro.
            Me senté con mi niña al lado (ya pesa demasiado para sentármela en las rodillas, que hubiera sido lo suyo, pero bueno) y le expliqué que los perros que han sido abandonados y mueren de hambre, o de enfermedades, atropellados o sacrificados en las perreras porque nadie los reclama, no van directamente al cielo; ellos tienen un cielo especial al que van durante un tiempo. Es un cielo muy bonito, lleno de juguetes, de comida y golosinas, con agua fresca, buen tiempo y campos enormes para correr, arroyos para bañarse, y ni una sola carretera, ni coches. Para ponerles de comer, lavarles, cuidarles, limpiar sus caquitas, lavar sus camas, cortar el césped y procurar que sean lo más felices posibles, están sus esclavos humanos. El Gran Jefe que pone orden en el universo (llámenle Dios, Yavé, Manitú... cada uno como crea conveniente según su fe) pone ahí a trabajar, al servicio de esos perros, a los humanos que fueron crueles con ellos. A los que entrenaron sus animales para que se pelearan y se mataran unos a otros con tal de ganar dinero en apuestas. A los que pegaron y maltrataron a su perro o al que se encontraron por la calle. A los que compraron un cachorro, y a los pocos meses lo dejaron tirado a la puerta de la perrera porque les molestaba. A los que se fueron de vacaciones y echaron del coche al animal en mitad de ninguna parte, condenándolo a morir atropellado o de hambre. A los que ahorcaron o quemaron al perro de caza que ya no podía cazar porque se hizo viejo. A los que dejaron parir a su mascota, y en vez de buscarle una familia a los cachorros los echaron a un contenedor para que agonizasen durante horas antes de morir de sed. A todos esos se les condena a servir a los perros, y a hacerlos felices durante un tiempo. Luego, los perritos se van al otro cielo, donde pueden estar con los humanos buenos. Y los hombres que los maltrataron, después de cumplir condena como sus esclavos, se van al infierno, que es donde deben estar el resto de la Eternidad.
            Mi niña se quedó satisfecha con la explicación. Y yo también. Nadie sabe a ciencia cierta lo que nos espera al otro lado, pero si cuando me muera merezco ir al cielo, espero que en él haya perros.
           

LOS MEJILLONES DE MACU


A Macu le encantaba cocinar. Lo hacía de una manera especial, a todas horas, sin importarle que el día no fuera festivo, o que fueran pocos en la mesa. Aunque no tuviese tiempo de ir al mercado, exprimía la nevera y el armario de las conservas, y siempre encontraba material para fabricar algo rico, vistoso y que provocase una auténtica marea en la boca de todo el que contemplaba alguno de aquellos platos.
Una noche preparó una ensalada de las suyas, rebosante de arte, de colores y texturas, y decidió acompañarla de unos mejillones al vapor. Limpió los moluscos con cuidado, los echó a la cazuela, encendió el fuego... nada extraño, el mismo proceso de siempre. Pero cuando destapó la olla, vio que ninguno de los mejillones se había abierto. Extrañada, subió el fuego y esperó. Volvió a destapar la olla. Nada, todos cerrados. Entonces les habló, con la misma dulzura que habla a todo el mundo:
-Chicos, ¿qué os pasa? ¿No pensáis abriros, o qué?
Para su sorpresa, de la concha del más grande salió un papelito. "Ni hablar. Estamos en huelga".
-Vale, salaos -se resignó Macu- Negociemos el convenio.
De la misma concha, la del mejillón grande-enlace sindical, salió la lista de peticiones: ”Nada de guindilla. Limón abundante. La pimienta, que sea de la negra, que la blanca no sabe a ná. Y queremos ser los protagonistas del plato.
-De acuerdo, chicos -sonrió Macu- Id abriéndoos, que voy a comprar la pimienta negra.
¿Adivináis quiénes fueron los reyes de la ensalada esa noche?

miércoles, 29 de junio de 2011

UN CRUCERO ESPECIAL

         Flor Florida estaba esa mañana especialmente contenta: se iba de vacaciones. Siempre había tenido una ilusión especial por hacer un crucero, y por fin ese sueño se iba a ver materializado. Había ido a una agencia de viajes unas semanas antes, y entre toda la oferta de cruceros, fue a escoger el “Travesía personalizada por el Mediterráneo”. El barco de las fotos era espectacular, y le habían hecho una entrevista muy extensa para conocer sus gustos, aficiones y demás. Era tan tentador que había firmado el contrato sin apenas leerlo, el folleto hablaba por sí solo. Se veía a sí misma una semana entera en bikini y pareo, con un cóctel sabroso en la mano, al borde de una piscina, y probando todo lo que hubiera en el increíble buffet del barco. Para eso había estado seis meses a dieta estricta, y haciendo aeróbic, para lucir guapísima de la muerte y gozar de todo sin remordimientos.
            Sentía una especial curiosidad por ver en qué consistía lo de “travesía personalizada”, no parecía que el barco fuera diferente al resto de cruceros de las demás agencias, pero bueno. Supuso que simplemente era un eslógan publicitario. Le dieron la bienvenida, la llevaron a su camarote (recordó que en la entrevista había dicho que le gustaban los tonos azules, y de ese color era toda la decoración de su habitación... ¡qué chulo!), y recibió como regalo una botella de agua con gas y una cestita con frutas. Flor Florida habría preferido un buen brut nature, pero bueno.
            Se puso el bañador y subió a cubierta. Un camarero, sombrilla en mano, la acompañó a su tumbona, le aplicó protección solar factor 50 y no se marchó de su lado en toda la mañana. Recordó haber dicho en la entrevista que era muy blanquita y se quemaba con facilidad. “Vaya, parece que no van a dejar que me dé el sol esta vez”, pensó. Perseguida por el tío de la sombrilla, se acercó al bar y pidió una piña colada. El camarero, sonriendo, le sirvió una copa con hielo granizado, un chorrito de limón natural y una fresa. “Cielos, esto no es lo que he pedido, qué camarero más despistado”, pensó. Reclamó, pero el camarero le dijo que “eso” era lo que había pedido. En la entrevista había dicho que habitualmente no bebía alcohol porque la dieta se lo tenía prohibido.
            Un poco contrariada, se fue a dar un baño. El tío de la sombrilla le obligó a colocarse un chaleco salvavidas. En la entrevista había dicho que apenas sabía nadar, y aunque la piscina sólo le cubría hasta la altura de los hombros, podía sufrir un resbalón, un mareo o cualquier otra circunstancia que motivase un susto innecesario.
            La cosa estaba comenzando a no gustarle demasiado. Trató de recordar qué más había dicho en la maldita entrevista que le pudiese amargar las vacaciones. No tardó en descubrir que había sido demasiado sincera.
            Bajó a cenar, y se fue directa al apetitoso buffet. Un camarero solícito le cortó el paso, y le comunicó que su cena la tenía servida en la mesa 15. Resignada, se sentó a comer el platito de acelgas y la pechuga a la plancha con el yogur desnatado y el té verde que correspondía a su dieta. A los manjares que había visto al entrar no le dejaron ni arrimarse. Francamente malhumorada, se fue a bailar. En la discoteca pidió un gin-tonic. Gesto inútil, ya que recibió una sonrisa y una coca-cola zero. Además, en lugar de pachanga discotequera, sólo ponían boleros (su género musical favorito, como puso en la entrevista), así que desistió en su intento de mover el esqueleto y se fue a dar un paseo nocturno por cubierta. El camarero la perseguía con una mantita, porque había dicho que se resfriaba con facilidad. ¡Puñetas! No iba a contestar ni un solo cuestionario más en lo que le quedaba de vida.
            A las cinco de la mañana, un amable camarero la sacó de la cama para llevarla a proa, a ver amanecer (otra de las cosas que puso que le gustaban en la maldita entrevista). Le sirvieron como desayuno leche de soja, una tostada integral y una loncha de pavo sin sal, medio litro de agua y un zumo de pomelo sin azúcar, y acto seguido un instructor personal la sometió a una hora de entrenamiento aeróbico. El resto del día lo pasó perseguida por el de la sombrilla, que además de proporcionarle un vaso de agua mineral por hora, le trajo más hielo picado con limón en lugar de la copa de helado que había pedido.
            Previendo que toda la semana iba a desarrollarse de la misma manera, Flor Florida se bajó del barco con su maleta en la primera escala del crucero, y desde allí cogió un avión y volvió a casa. Lo siguiente fue acercarse por la agencia de viajes para desahogarse a gusto, y un par de horas después, sentada al sol en la terraza de una heladería y ante un triple de fresa, chocolate y stracciatella, juró por lo más sagrado que jamás volvería a ser tan sincera en una entrevista, y que leería toda la letra pequeña antes de volver a contratar sus vacaciones.

MI PARAGUAS


Soy una persona con mucha suerte, porque tengo un paraguas estupendo. Es rojito, con rayas de colores alegres que cambian a menudo. No es muy grande, pero es perfecto para mi tamaño, porque yo tampoco soy una tiarrona gigante que digamos. Mi paraguas huele dulce cuando se abre, y es una gran tranquilidad saber que está siempre ahí, dispuesto para cuando yo lo necesite.
 No importa el tamaño del chaparrón, ya sea llovizna, tormenta gorda o chubasco normalito: mi paraguas abre los brazos y siempre me ayuda a no mojarme demasiado, se empapa conmigo y se empapa por mí. Por eso no sabría vivir si no lo tuviese cerca. Aunque yo no vaya a buscarlo, acude cuando sabe que me hace falta, de una manera o de otra se entera de cuando las nubes se aproximan y viene a socorrerme. Pero lo mejor de todo es que también lo busco en los días de sol, para que comparta conmigo el calor y la vida, y en esas ocasiones también está ahí.
 No recuerdo un buen momento ni un mal momento de los últimos quince años sin mi paraguas al lado, detrás de mí o en mis manos. Mi paraguas se llama Paqui González Corró, y es una de las mejores amigas del mundo. Pensad un poco y contadme: ¿quién es vuestro paraguas?

martes, 28 de junio de 2011

LA MUJER ES UNA LOBA PARA LA MUJER

Dispuse todos los artículos que iba a necesitar junto al lavabo del cuarto de baño, y me preparé psicológicamente para lo que iba a ocurrir. Respiré hondo, y comencé a entonar el mantra que utilizo en estos casos: no hay dolor, no hay dolor, no hay dolor... el caso es que con los partos me funcionó, pero con esto no hay manera. Sólo de ver la colección de objetos alineados en la encimera de mármol, se me ponen los pelos de punta. Y digo yo: ¿por qué a mí?
            Desde siempre hemos oído eso de “el hombre, como el oso: cuanto más peludo, más punchoso”. Bueno, algo así. ¿Y por qué las mujeres tenemos que pasar por esto? Yo os lo diré: porque las mujeres somos unos animales extremadamente piadosos con todo bicho viviente, y absolutamente despiadados con el resto de las mujeres. Cuando una fémina va en el autobús y ve a otra veinte años más joven, bella como un hada, alta y esbelta como un junco y con una sonrisa de las que iluminan el mundo, le bastará localizar dos miserables pelos en su axila para pensar: “esa ya se podía haber depilado, que parece que lleva un gato persa en el sobaco” (comentario real escuchado por estas dos orejillas que Dios me ha dado). Chicas, no os atreváis a negarlo. Somos así.
            Yo he sido testigo de una conversación de dos mujeres en la piscina, viendo a otra tomar el sol en su toalla. La pobre, menos mal que llevaba cascos y no escuchó nada de lo que se dijeron respecto a unos cuantos pelillos que asomaban por los lados de la braguita de su bikini. Fue algo así como “¡Vaya pelambrera! Su marido tendrá que usar una motosierra para encontrar el camino... estoy por darle la dirección de mi esteticién, necesita unas sesiones de láser, pero ya”.
            Así de crueles somos con las demás. De modo que, para evitar que me zumben los oídos, hoy, primer día de piscina de la temporada, miro mi colección de artículos depilatorios y vuelvo a entonar mi mantra: no hay dolor, no hay dolor, no hay dolor... Y mientras abro el paquete de bandas de cera fría me pregunto: ¿esto no se podría hacer con anestesia general?

MI ASPIRADORA Y MI ESCOBA


Esta mañana, guardados en su sitio, en el armario del pasillo, discutían mi escoba y mi aspirador. Me levanté a poner orden cuando me cansé de oír su trifulca desde la cama: que si yo soy más eficaz, que si yo no levanto el polvo, que si tú te dejas rincones, que si yo soy más silenciosa y no gasto luz, que si el ama me prefiere a mí...
Luego han pasado a mayores y han empezado a agredirse: la escoba le ha dado con el palo al filtro del aspirador, y éste casi le arranca a ella medio cepillo con la boquilla de limpiar tapicerías. Ahí he tenido que intervenir.
Los he castigado a los dos sin salir durante dos días. Me tendré que apañar pasando la mopa. Está visto que de los celos profesionales no se libran ni los artículos de limpieza.

lunes, 27 de junio de 2011

MAESTROS


            Maestros. Enseñantes, docentes, educadores. Personas que se ocupan de nuestros hijos diez meses al año, cinco días a la semana. Hombres y mujeres que hicieron una carrera universitaria, y después una oposición dura, con el único fin de trabajar construyendo el futuro de tu niño, del mío, del de la vecina. Ciudadanos normales con un trabajo extraordinario.
            Faltan pocos días para que comiencen sus vacaciones. Sólo tienen dos meses para recuperarse del desgaste que les produce el curso escolar. En su día a día tienen que ser matemáticos, académicos, sociólogos, psicólogos, estadísticos, músicos, y también maestros en el uso de la paciencia, de la conciliación, del pañuelo para secar lágrimas. Tienen que vérselas con veinte, treinta o cuarenta niños, cada uno con una serie de circunstancias detrás y un carácter que los hacen únicos, y los maestros han de saber cómo enseñarle un cierto número de contenidos a cada uno de esos pequeños individuos. A mí eso me parece dificilísimo, casi imposible, pero ellos y su maestría obran el milagro cada año.
            Se me hace duro pensar qué voy a hacer con mis dos monstruas durante los dos meses de verano. Para que no se aburran, para que piensen, lean y no olviden lo aprendido durante el curso. Sólo son dos niñas, sólo son dos meses, y no sé qué hacer. ¿Cómo se las apañan ellos con treinta niños durante diez meses? ¿Cómo se atan las ganas de dar un grito y un puñetazo en la mesa de vez en cuando? ¿Cómo se reprime el impulso de propinar un cachete en algunos momentos? Para eso hace falta ser maestro; los que no tenemos ese don, el don de la docencia bien entendida, sólo podemos asombrarnos viendo los progresos de nuestros hijos, que son el espejo de su trabajo.
            Eva, Mariana, Fernando, Concha, Esperanza, Amparo, Verónica, José Luis, Margarita, Nuria, Paz, Fabián, Carmen... los que sois mis amigos, o mis familiares, o los que sois o fuísteis mis maestros y los de mis hijas. Para todos vosotros, mi cariño, mi respeto y mi admiración. Feliz verano, maestros.

MARACUYÁ

Mario estaba enamorado de una muchacha de su pueblo. Estaba a punto de hablarle de sus sentimientos cuando se enteró de que iba a entrar como novicia en una orden religiosa.
El día que Laura entró en el convento, Mario, desesperado, se quedó de pie junto a la tapia exterior del recinto, en el punto en que se veía la ventana de la celda de su amada. Fue languideciendo día a día, tratando de adivinar el rostro de la muchacha tras el lejano cristal. Laura nunca le habló, ni se asomó a verle. Pero él juró que hallaría la forma de unirse a ella al fin, culminando el amor que sentía.
Con el paso del tiempo, Mario echó raíces junto a la tapia, y creció allí un arbusto trepador de llamativas y extrañas flores. Laura lo descubrió, contenta de poder admirar esas pequeñas obras de Dios, tan hermosas y perfectas. Después de las flores, comenzaron a madurar los frutos del arbusto. Apetitosos y de olor dulzón, Laura no pudo resistir la tentación de comerlos. Así fue como al fin Mario pudo probar los labios de su amada, y fundirse con ella para siempre...
 Todo el resto de su vida, Laura cuidó del arbusto de maracuyá que misteriosamente había crecido, de un día para otro, junto a la tapia de su convento. Todas las primaveras admiró sus flores, y todos los veranos comió sus frutos. Y de esa manera Mario consiguió amar y ser amado por Laura.
Esos amores tan intensos, tan grandes, son capaces de los mayores prodigios. Como este que hoy os he contado.

domingo, 26 de junio de 2011

MACARRONES


             Según mi particular manera de catalogar las cosas, los macarrones son un alimento de los que yo llamo “bobos”. ¿No sabes qué cocinar para comer? Cueces unos macarrones con cualquier cosa. ¿Vienen niños a casa? Pones unos macarrones con cualquier cosa. Pero, aunque sirvan en casi todas las ocasiones, ellos solos no hacen un plato, hay que darles vidilla con tomate, carne, queso, atún, gambas o lo que más a mano se tenga. Por eso los llamo “bobos”, porque no saben hacer nada solos. El caso es que hace unos días mi opinión sobre ellos cambió de modo radical.
            Fiel a mi convicción de que consumir alimentos integrales es mejor (si les quitan alguna cosa, aunque sea la cáscara del cereal, ya les están privando de algo que, si nacieron con ello, por algo será) eché a la olla varios puñados de macarrones con fibra, les di la vuelta con mi cuchara de palo y me fui a pasar el aspirador. Pero uno de los macarrones se me cayó fuera del perol, y fue a parar detrás de la cafetera sin que yo me diera cuenta. Ahí empezó todo.
            Los ladridos del perro me alertaron de que algo ocurría. Pensé que se habría colado alguna mosca gorda en la cocina, y allá me fui, matamoscas en mano. Lo que vi me dejó helada. El General Macarrón, desde arriba de la cafetera, en posición de saludo militar y con lágrimas en los ojos, acompañaba la muerte de sus soldados en la olla mientras les daba una última orden. Esto fue lo que les dijo:
            “¡Caballeros! ¡Ya que hemos de morir, hagámoslo con dignidad! Que nadie pueda decir que no le plantamos cara a la muerte como héroes. El destino nos ha puesto al servicio de los humanos, y por ello entregamos hoy la vida, pero os juro que nadie podrá decir que no lo hicimos con honor, así que...    
                                             ¡¡¡¡¡¡¡¡FIIIIIIIIRMES!!!!!”
            Y para mi sorpresa, los que no yacían ya exánimes en el fondo de la olla, se pusieron de pie y formaron batallón en posición de “firmes”. El General, perdida su tropa, se lanzó directamente al fuego de la cocina para no sobrevivir a sus soldados, pero después de tan honroso gesto no pude tirarlo a la basura, y lo enterré en la maceta de los geranios, en el balcón. La tropa fue cubierta de salsa boloñesa y vivirá eternamente formando parte del cuerpo serrano de mis niñas. ¿Qué mejor final para tan valerosos macarrones que vivir para siempre en mis dos valencianas salerosas?
            Por cierto, ya sé que pensáis que todo esto es un cuento, pero quitad las sonrisas incrédulas, porque le hice una foto al batallón puesto en pie. Para que veáis que las cosas que os cuento no son cuentos, sino verdad verdadera.

EL RINCÓN DE LOS DESEOS


Cuando era pequeña descubrí que todos tenemos dentro un rinconcito en el que guardamos un deseo precioso, ese que pensamos que es irrealizable.
Con el paso de los años fui cumpliendo esas cosas que yo creía imposibles, y cada deseo era inmediatamente sustituido por otro que me parecía igual de imposible que el anterior.
Cuando terminé de crecer me di cuenta de que los únicos deseos irrealizables son los que albergamos de adultos. Yo tengo el mío ahí, guardadito, es el mismo desde hace más de veinte años; algo que me haría muy, muy feliz y que nunca cumpliré, pero que cada día me recuerda la importancia de tener una ilusión. Cuando me encuentro mal, me siento y cierro los ojos. Saco mi deseo irrealizable, lo acaricio e imagino el momento en que lo viera cumplido: cómo me sentiría, qué emociones se apoderarían de mí... la chispa que enciende en mi interior ese pensamiento se convierte en una llamarada que me anima, e invariablemente me levanta la moral. Ese es uno de los secretos de mi sonrisa.

sábado, 25 de junio de 2011

EL TROVADOR DE SUEÑOS



El trovador de sueños abrió los ojos una mañana, y se dio cuenta de que el sol no brillaba. Dejó el cálido lecho ajeno en el que había pasado la noche y, recordando los sabios besos que le guiaran por secretos caminos pocas horas antes, cogió su laúd y su morral y salió a la calle.
Miró hacia el cielo oscurecido, pero no vio en él ni rastro de nubes. El astro Rey no se había ocultado bajo velos de humedad o tormenta. Las gentes caminaban por la calle inquietas, sin comprender el por qué de tal ausencia. Los hombres y mujeres no charlaban ni reían, sino que se afanaban en sus quehaceres diarios mirando al cielo de reojo; los niños jugaban como siempre lo habían hecho, ajenos a la extrañeza de los mayores, y los perros y gatos, infinitamente más intuitivos que los seres humanos, se removían inquietos. Hasta los pájaros parecían notarlo. El trovador de sueños estaba seguro de que algo ocurría.
Caminó, pensativo, hasta la plaza. En el reloj de la torre consultó la hora, ya que los relojes solares no funcionaban por la falta de su fundamento. Eran las diez de la mañana. En ese momento, cuando tenía la vista levantada, vio al astro aparecer a toda prisa tras una montaña cercana, y colocarse en el lugar que le correspondía. El trovador consultó su brújula, clavó una vara en el suelo y marcó las líneas horarias tal y como había aprendido de sus abuelos. Efectivamente, la hora solar coincidía con la esfera del campanario. El orden se había restablecido, pero la intriga de suceso tan anormal tuvo su mente entretenida hasta la media tarde.
Mientras tocaba sus antiguas canciones, apoyado en una esquina cerca del mercado, su lengua caminaba por un lado y su mente por otro. Cantaba romances de amor y aventuras de héroes, y mientras tanto cavilaba sobre lo que había acontecido; así fue hasta que una hermosa muchacha dejó caer unos céntimos en su sombrero, y se quedó un buen rato a escucharle, arrobada por la hermosura de su voz, el donaire de su porte, la belleza de sus canciones y la destreza de sus manos tañendo el laúd. En ese momento, el sol dejó de tener importancia frente a los dos luceros brillantes que le observaban, y el trovador de sueños pasó a desear fervientemente la llegada de la luna para que, a su amparo, las palabras de amor sonasen más mágicas, las melodías más misteriosas, y los poemas más seductores, a fin de que la muchacha se abandonase a sus brazos y a su boca proporcionándole lecho y calor para pasar una nueva noche.
Y de nuevo, un día más, no amanecía.
El trovador de sueños abandonó el roce de aquella piel blanca para echarse de nuevo a la calle, buscando con la vista el resplandor del día que no llegaba, y que aún se hizo esperar un par de horas. Su alma de inquieto aventurero le pedía buscar el motivo de tal desorden natural, y decidió subir a la montaña tras la que el sol se escondía por las noches, para así poder preguntarle y resolver sus dudas.
Después de mucho caminar llegó a la cima del monte de Poniente, y se sentó a esperar la hora en que el disco dorado tocaba la tierra para comenzar a ocultarse. Buscando entretenerse mientras llegaba el momento, afinó su laúd y cantó una hermosa canción de amor tras otra, pensando que nadie sino los árboles, el cielo y las piedras le escuchaban. Muy cerca, una pastora que cuidaba su ganado se prendó de su voz y acudió hacia él, atraída por las melodías que el viento le había hecho llegar; jamás había escuchado nada tan hermoso. El trovador decidió al instante velar aquella noche los sueños de la zagala, olvidando el propósito de su viaje, y el sol se escabulló de sus preguntas mientras él saciaba la soledad y el insospechado anhelo de la muchacha. Apenas oyó revolverse a las cabras se levantó sin hacer ruido, cubrió a la pastora con mullidas pieles para que el frío no despertase su desnudez, y caminó monte abajo. El sol, de nuevo, faltaba a su cita privándole del lento amanecer que durante milenios había tenido lugar, y apareció a toda prisa más de una hora después de lo que debía.
El trovador de sueños se dirigió entonces a la montaña de Levante, resuelto a pasar en ella la noche acechando al disco solar, para preguntarle, en cuanto quisiese levantarse, el motivo de sus retrasos. Morral al hombro y laúd en mano caminó toda la jornada, bebiendo de las fuentes y comiendo fruta silvestre de los árboles del camino. No quería parar en los pueblos, ni hablar con las gentes, para llegar a tiempo y resolver de una vez el enigma que tanta extrañeza le producía, pero una inoportuna tormenta vino a frustrar de nuevo sus planes, haciéndole pedir refugio en el molino, al pie de la montaña. Aterido y empapado, miró los gruesos muslos y la ancha espalda de la molinera, que caminaba ante él guiándole hacia la cocina, en donde ardía un fuego acogedor. Ella le proporcionó ropa seca de su difunto marido y una buena cena, y sólo le pidió a cambio algunas canciones que la sacasen de su rutina de harinas y sacos de grano. Él le regaló su voz, y también alivio a un largo luto de dos años, un período de ropas negras, sábanas frías y ausencia de risas que quedó roto por una noche mientras la lluvia caía sin parar.
En lugar del amanecer, una claridad lechosa se extendió por el cielo a la hora en que el sol debía asomarse por la cumbre de la montaña de Levante. En ese momento, el trovador de sueños, que se había escabullido del abrazo recio de la molinera siguiendo su costumbre de no despedirse jamás, ya estaba esperando a la bola de fuego para preguntarle el por qué de tanto descuido en su trabajo diario de alumbrar a la Tierra. El astro, cansado y pálido, corría para ocupar su sitio en la bóveda celeste cuando el trovador le hizo detenerse.
– No entiendo, hermano sol, qué te está pasando estos días. Desde que el tiempo es tiempo, has llegado puntual a tu amanecer según la época del año en que nos encontráramos, más temprano en verano, más tardío en invierno, pero siempre cuando te correspondía. Y sin embargo desde hace varias noches nos privas de tu luz en las primeras horas de cada jornada. ¿Me podrías explicar qué te ocurre?
El sol miró al trovador, un poco avergonzado, y con su voz de fuego milenario le respondió.
– Cantor, ¿por qué cuando yo me asomo por las mañanas siempre te encuentro en las calles? La luna me ha contado que cada noche te ve entrando a dormir en un lecho diferente, y sin embargo no permaneces nunca en ninguno a la hora de amanecer.
– Porque soy trovador de sueños, amigo sol, y no de despertares. Porque el adiós siempre es doloroso, y sin embargo el recuerdo del amor es dulce; por eso prefiero dejar la huella de mis canciones y mi abrazo más secreto a cuantas damas quieran recibirlos, en lugar de dejarles una despedida.
– Y cuando el objeto de tus deseos no accede a ellos, ¿qué haces? –preguntó el sol con una mirada de tristeza.
– Jamás me sucedió tal cosa, porque yo no busco el amor en nadie. Simplemente me dejo llevar, y son los caprichos del destino y la música quienes me guían hacia el regazo en que he de pasar la noche. No estoy hecho para pertenecer a nadie, y por lo tanto no exijo a nadie que me pertenezca.
El sol se tomó unos instantes para  pensar, y después confesó al trovador aquello que le robaba el sueño.
– Yo traté de emularte, joven cantor, y cada noche durante mucho tiempo me acerqué a una estrella distinta para avivar mi luz, pero hace unos días vi un lucero más hermoso que ningún otro de los que hay en el cielo, y por más que trato de llegar a su lado no puedo. Se aleja de mí, me muestra su cara más helada, desoye mis requiebros y no consigo tocar el fuego de su corazón. Vuelvo cada noche a buscar su resplandor, paso las horas tratando de alcanzarla, pero fracaso siempre en ese empeño. Por eso no llego a tiempo a mi amanecer, porque ella se muestra cada vez más lejana, y yo me esfuerzo tanto en seguirla que cada vez me cuesta más desandar el camino.
– ¿Y por qué razón, amigo sol, habiendo tantos millones de estrellas en el cielo, tienes que buscar precisamente la luz de aquella que se te niega? ¿Ya no te resulta hermoso el abrazo de ninguna otra?
– Mi luz, joven trovador, penetra en todos los lugares de la Tierra y del Cielo hasta más allá de donde alcanza la vista. En mis millones de años de existencia, jamás pensé que planta, animal, gota de agua o estrella alguna pudiera vivir negándose a recibir mis caricias. Únicamente la Luna, que es un espejo frío y caprichoso, se me esconde de vez en cuando, pero a ella se lo permito porque es la que me cuenta cómo es la vida cuando yo no estoy. Sin embargo, ese lucero me desafía y no puedo soportarlo.
El trovador de sueños reprendió al astro por su falta.
– ¿Te das cuenta de que tu vano empeño hace que las plantas no crezcan como deben? Los pájaros se han ido, porque creen que está llegando de nuevo el invierno al amanecer más tarde. Todo el equilibrio del mundo se trastornará por un capricho pasajero, y no debes permitirlo.
– Enséñame tú entonces, trovador de sueños, alguna canción que atraiga esa estrella a mis brazos, y mañana retornarán los pájaros, la mies podrá madurar en los campos y todo volverá a ser como siempre fue.
– Acércate a mí, amigo sol –dijo el cantor, afinando su laúd.
Aquella noche, mientras se mecía blandamente en el lecho de paja de una lavanderilla de largos cabellos e infinitas pestañas, imaginó al sol entonando la misma melodía que un rato antes él mismo cantase bajo la ventana de su ocasional amante. Suspiró y renovó sus besos para premiar a aquellos labios generosos que le estaban otorgando momentos tan dulces, y, con el canto del pájaro más madrugador, se escabulló de su tibieza y su perfume a jabón de lavanda, y salió a la calle.
Puntual por fin, el sol se alzó sobre la montaña de Levante, radiante y poderoso. El trovador de sueños, cómplice de la luminosa sonrisa del astro, cargó su morral y su laúd, y continuó su camino.

viernes, 24 de junio de 2011

NOCHE DE SAN JUAN

            Cumplimos con todos los rituales: fuimos a la playa (nosotros, y unos cuantos miles más), encendimos una hoguera en la arena, cenamos, brindamos, cantamos y bailamos en corro alrededor del fuego.
            A eso de las doce de la noche, la hora mágica, sacamos nuestros papeles. Cada uno escribió en su hojita lo que quería eliminar de su vida, y luego lo tiró a las llamas. Con un montón de deseos bonitos en los labios, nos fuimos a mojarnos los pies, y a saltar las siete olas en la orilla. El agua bullía de jóvenes bañándose. Flotaban flores y manzanas, anhelos depositados en el agua por las personas asistentes, según el ritual de cada uno. Yo, como desciendo de mujeres gallegas y supongo que algún gen de brujilla tendré, he desarrollado mi sortilegio particular, así que abrí mi bolso y metí la mano en él.
            Siempre he pensado que, aunque las cosas estén difíciles, no hay nada que no se pueda alcanzar. Incluso el agua del mar, con suficiente azúcar, podría llegar a saber dulce, así que tiré un terrón de azúcar al agua por el deseo de Rocío, y otro por el anhelo de Ana, que me da en la nariz que son bastante parecidos. Tiré uno más por la felicidad de mi paisanina, y otro para que desaparezca el tormento de Bea. Otro para que el trabajo de Suso le deje respirar, y el sexto fue para que Quela encuentre curro. Dos más por la salud de las dos familias, la que me parió y la que adopté al casarme. Un par de ellos para que la empresa de Nando no prescinda de él dejándole en una encrucijada difícil. Tres más por mis tres niñas isleñas, Tania, Guaci y Jen, y su felicidad de pareja. Dos para mi Bego saxofonista, ella ya sabe. Otro por Emma e Irene. Otro por mi Mari Paqui. Otro más, por la salud de “Amic”. Los cinco últimos los eché pensando en cierto rincón de Murcia que necesita ayuda (de la humana y de la otra). Salté las olas y me fui a buscar mi toalla, de nuevo junto a la hoguera, sobre la que también salté.
            Llegando a casa me di cuenta de que todos los deseos que había pedido eran para otros, pero realmente no es así. Realmente hice esas peticiones con la secreta y egoísta esperanza de que todas se cumplan, porque esa será la manera de que yo sea feliz. No conozco mejor forma de estar bien. Yo, al menos, no necesito mucho más.
           

SARDINAS CONTRA CHIPIRONES


Marina se sentó a la mesa en el restaurante, con toda la familia. Todos pedimos chipirones. Ella, por llevar la contraria, eligió comer sardinas. Yo le advertí: "hay que pelarlas, llevan tripa, hay que quitar la raspa..." pero Marina insistió. Sardinas.
Media hora más tarde, todo el mundo estaba saboreando los deliciosos y tiernos chipirones. Mientras, los míos se enfriaban en mi plato porque yo estaba... pelando sardinas, desmigándolas, retirando la tripa, manchándome hasta los codos con la grasilla, mientras Marina iba comiendo trocitos, feliz, con una coca-cola en la mano.
 Final del cuento: terminé comiéndome la mitad de las sardinas que ella ya no quiso (frías) y la mitad de chipirones (fríos) porque Marina los quiso probar también y se zampó la otra mitad mientras yo desmigaba sardinitas. Cosas de la maternidad que se dan cuando tienes una hija como Marina.

jueves, 23 de junio de 2011

LUNA ROJA

            Desapareció, pero no se dio cuenta nadie.
            Estaba anunciado un eclipse. Los astrónomos ya lo habían calculado, predicho y pregonado a bombo y platillo: el último oscurecimiento lunar hasta no sé qué año, un gran espectáculo, y bla, bla, bla. Siempre pasa igual, cada eclipse es único, y pasará bastante tiempo hasta que veamos otro. Como si fuera algo trascendente, importante, más allá del mero espectáculo visual. Como si cada puesta de sol no fuera única, como si cada día no fuera distinto. Pero esta vez, la Luna desapareció, sin más. Pidió la ayuda de las nubes para que los hombres no se percatasen, se descolgó de su eterna órbita, y amparada por la sombra de la Tierra, se fue.
            La Luna, como una moderna Cenicienta, había quedado para ir a un baile en Júpiter, iba a ser la princesa entre los sesenta y tres satélites de aquel planeta. Júpiter, como buen anfitrión, había preparado una fiesta magnífica, y ella sólo tenía un rato para bailar. Un rato muy corto: el tiempo que dura un eclipse.
            Antes de marcharse para volver a su lugar natural, se despidió con una sonrisa deslumbrante y lunar de todos los asistentes y salió corriendo. Pero uno de los satélites de Júpiter, que la rozó durante unos segundos en el transcurso del baile, se interpuso en su camino y le robó un beso, para no olvidarla hasta la próxima fiesta. Fue el primer beso de la Luna.
            Ella volvió deprisa a su sitio. Nadie se dio cuenta de su travesura. Pero el rubor que le produjo aquel encuentro fugaz con los labios del desconocido satélite le duró varias horas. Los astrónomos lo han explicado como un fenómeno natural. Y tan natural... yo también me ruborizo cuando me roban un beso.

EL MAL HUMOR DEL NARANJO


Salí a dar un paseo con mi ángel negro (ya sabéis, el de Machín no, mi perro, que es como un tizón) antes de desayunar. Al pasar junto a un campo de naranjos, aproveché que no había nadie por los alrededores y arranqué una naranja del árbol más cercano. La vi tan redonda, perlada de rocío y de un color tan intenso, que me tentó su promesa de jugo dulce y sabroso. Y pequé.
El árbol, con una de sus ramas más bajas, me atizó un azote en el trasero, de esos que escuecen un rato largo.
- Pero, ¿tú que te has pensado? ¿que soy una frutería? Devuélveme la naranja, ladrona. A ver si te crees que a mí no me cuesta criar frutos, como para que venga todo el mundo a quitármelos por la cara.
‎-Usted perdone -le respondí yo-. No quise ofenderle, pero es que no he desayunado, y usted tiene unas naranjas tan hermosas que no me pude resistir.
-Tonterías!! -refunfuñó el árbol-. Al campo se viene desayunado de casa. Y dile al chucho que deje de hacer pis en mi tronco. Habráse visto... ¡Gentuza!
No me comí la naranja, seguro que estaba agria, nada más había que ver la mala leche del arbolito. Y me he pasado a las fresas, que como son plantas pequeñitas y sin tronco, no me arriesgo a que me vuelvan a sacudir en salva sea la parte. No gana una para sustos.

miércoles, 22 de junio de 2011

CUMPLIR UN DESEO


            Mónica era una chica normal, una mujer de hoy en día: estudios, trabajo y muchas experiencias a la espalda. Había viajado cuanto había podido, había conocido todo tipo de gente, se había divertido, y finalmente se había casado. Todo le iba bien, no se podía quejar. Sólo le quedaba un deseo por cumplir, y ya era hora de intentarlo: con la estabilidad sentimental y económica, y los treinta rebasados, era el momento de ser madre.
            Comenzó a leer todo lo que se le puso a tiro sobre embarazos, lactancias, cuidados prenatales... revistas, libros, folletos, páginas web. Consultó a su médico, que le dio unos comprimidos de ácido fólico para prevenir problemas. La visita de la “señora de rojo” llegó puntual. Bueno, era raro tener tanta puntería.
            Los ojos se le empezaban a ir detrás de cada bebé que se le cruzaba. Visitaba a sus sobrinos con frecuencia, y la llamita del deseo maternal se iba avivando cada día un poco más. No bebía alcohol, no fumaba, evitaba el café... por si acaso. La “señora de rojo” se adelantó tres días. Lo normal, supuso.
            Compró un test de ovulación, comenzó a contar los días. Los nervios, la anticipación de “tiene que ser hoy o mañana, no puedo perder la oportunidad” hacía que estuviera siempre tensa. Su marido también tenía ganas de ser padre, pero le pidió que se lo tomara con más calma. Discutieron. La “señora de rojo” tardó una semana en presentarse, y lo hizo justo cuando Mónica estaba camino de la farmacia, llena de ilusión, para comprar una prueba de embarazo. Llorando, la guardó sin abrir.
            Comenzó a dormir mal por las noches. Se quedaba leyendo hasta tarde. ¿Y si era estéril? ¿Y si lo era él? ¿Y si el embarazo nunca llegaba? ¿Y si...? Buscó consejo en su madre, en sus tías. Tienes que ponerte así, tienes que ponerte asá, toma una infusión de esto o de lo otro, mira las fases de la luna... Nada.
            Cada mes que pasaba se observaba a sí misma con detenimiento, a ver si notaba algún cambio. Y cada mes fue acumulando una decepción tras otra, hasta que el asunto comenzó a afectarle más de la cuenta. Su carácter se ensombrecía. Dejó de tomar el ácido fólico. Pensó en buscar ayuda médica. Su marido le pidió un poco más de tiempo. Llegaba el verano, y con él las vacaciones. Nena, olvídate del tema y en septiembre ya veremos. Ella no tenía ganas de irse de viaje, sólo tenía ganas de llorar. Se había obsesionado tanto con el deseo de ser madre que no pensaba en otra cosa, ya no disfrutaba de nada.
            El vuelo hasta Argentina se le hizo largo. Les perdieron las maletas. El test de ovulación, el calendario, los libros... todo iba en ellas. Había que comprar ropa para los dos, se necesitaba mucha para las dos semanas en la Patagonia argentina que habían contratado. El hotel era precioso, en mitad de la pampa. De día, salían a montar a caballo, o de excursión. De noche, se organizaba una hoguera y todos se iban, con sus mantas, a ver la inmensidad del cielo estrellado. Era impresionante. No había televisión, ni internet. Al quinto día, su marido se cayó del caballo y se rompió una pierna y una clavícula. El miedo, las prisas, el hospital... ella se hizo cargo de la situación, el papeleo, los permisos. Hubo que operarle. Se volvió loca haciendo llamadas para cambiar los billetes de avión. Al fin, diez días después, pudieron regresar a España.
            Mónica se notó las molestias en la tripa, el dolorcillo de riñones, pero no le importó, habían podido regresar a casa, él se estaba recuperando, eso era lo primero. Ya tendría tiempo de pensar en lo demás. Pero, a pesar de la hinchazón del pecho, de la retención de líquidos y de la molestia normal, la “señora de rojo” no se presentaba. Da igual, ya vendrá cuando quiera, tengo que llevar a mi chico a rehabilitación. Además, no es posible, con la caída, el hospital, la operación... si casi ni hemos podido... Recordó la última noche de estrellas junto a la hoguera, el rato travieso antes del accidente del caballo.
            Estrella ya estaba en camino.

CLETO Y PACA


Cleto y Paca eran un matrimonio mayor, de un pueblo cualquiera. No tenían hijos, porque se habían casado ya talluditos: eran dos solterones, amigos de toda la vida, que se decidieron a pasar por la vicaría para no envejecer solos. No es que entre ellos hubiese una gran pasión, pero se querían, y sobre todo, se reían mucho juntos. Como Paca era bajita y gordita, y las camas de entonces eran muy altas, se acostaban por las noches a la misma hora, porque Cleto tenía que ayudar a su mujer a subir a la cama poniendo sus manos entrelazadas a modo de estribo, igual que la ayudaba a subir al burro cuando era necesario.
Cuando estaba enfadada con Cleto, Paca ponía un tablón bien gordo en medio de la cama. El tablón podía estar ahí días, e incluso semanas; pero cuando se pasaba el enfado y se perdonaban el uno al otro, al llegar la noche y auparla a la cama, Cleto siempre le decía:
-Paca, ¿me quieres de corazón?
-Sí. Cleto, te quiero de corazón.
-¡¡¡¡PUES QUITA EL TABLÓN!!!

martes, 21 de junio de 2011

RESFRIADOS DE VERANO

            Lorena salió el domingo, con su uniforme de la banda y el clarinete en la mano, a tocar en un pasacalles. Se celebraban las Primeras Comuniones en el pueblo, y todos los años la banda de música recogía a cada uno de los niños en sus casas, para acompañarlos a la iglesia a recibir el Sacramento. Era un día festivo y alegre para todos.
              Lorenzo calentaba de lo lindo, y Lorena se sentó con sus compañeros, durante la misa, en la terraza de un bar cercano. Pidió una cerveza bien fría, pero mientras se la estaba tomando recibió un empujón accidental, y gran parte del líquido se le derramó. Entre risas y bromas, pidió otra. Terminó la misa, tocó para acompañar a los niños a sus casas y, una vez en su cuarto, limpió y guardó cuidadosamente a Claudio (su clarinete) y se fue a comer.
            Al día siguiente por la tarde, volvió a coger a Claudio para ir a ensayar, como todos los lunes. Le puso vaselina, humedeció la caña, lo montó con el mimo de siempre, y sopló. El Do no sonaba. Ajustó las piezas, accionó las llaves, colocó de nuevo la caña y lo volvió a intentar. Un gorgoteo sordo brotó del instrumento en lugar de la nota que correspondía. Por más vueltas que le dio, no se lo explicaba. Nunca le había pasado nada parecido. Se levantó y salió fuera del aula de ensayos, teniendo la precaución de cerrar la puerta a su espalda. Quería hablar con Claudio, como siempre hacía cuando estaban a solas, pero no debía verla nadie.
– Claudio, ¿qué te pasa? ¿se te perdió el Do o qué? Mira que este ensayo es importante, tenemos un concierto muy pronto.
– Ama, estoy muy malito –le respondió el clarinete con un hilo de voz–. Me duele el barrilete, tengo las llaves entumecidas y los corchos hinchados. Creo que me he resfriado.
– ¿Y ahora qué hacemos? –le preguntó Lorena, preocupada– ¿Cómo es posible esto?
– Ayer, cuando se te cayó la cerveza, una parte nos mojó a mí y a Campanolet, el saxo de Ana, que estaba a mi lado –se quejó el clarinete–. A él sólo se le ha pegado un poco la tecla del Sol sostenido, eso se soluciona con un papel de fumar, pero yo soy de madera y me he constipado. No tengo la culpa, ama.
En ese momento, Lorena volvió a intentar hacer sonar a Claudio. El pobre estornudó, y un trozo de corcho salió despedido de su parte inferior.
– ¿Ves, ama? Estoy malito. No me toques, por favor, que me duele mucho el barrilete.
Lorena lo desmontó, lo secó con mimo y lo guardó en su maletín. Claudio era su amigo, su compañero de todos los días. Tocaban juntos en casa, en el conservatorio, en los ensayos, conciertos, pasacalles, procesiones... era algo más: era una prolongación de ella misma. Le necesitaba.
El mecánico tuvo a Claudio una semana en su taller. Se lo devolvió como nuevo, le cobró ochenta euros sin siquiera ruborizarse, y se puso a reparar una trompeta loca que alguien le había llevado con un esguince de pistón. Lorena se volvió a casa con el bolsillo dolorido, pero al menos Claudio ya estaba curado, y sonreía dentro de su maletín. Lorena volvía a ser una mujer completa.

LOS BESOS QUE NO LLEGAN A SU DESTINO


Los pájaros, aparte de su facultad de volar, tienen otra que no todo el mundo conoce: son capaces de ver todo lo que va por el aire, todo lo que al ojo humano se le escapa. Ven las almas ascender cuando alguien muere, y las ven bajar cuando un niño es concebido. Ven los ruegos que elevamos cuando necesitamos algo, y ven los besos que enviamos. Vuelan entre ellos, los atraviesan, juegan a desplazar su camino con las alas abiertas.
Los pájaros saben que los besos, que son parte de nosotros y llevan algo de nuestra esencia, suelen perderse cuando son enviados, y no llegan a la persona para quien los creamos. El aire, caprichoso y travieso, acostumbra a depositarlos en otros seres. Esos desconocidos, que de repente se ven sorprendidos por una sensación dulce en los labios o en la mejilla, a menudo se quedan preguntándose de dónde vino esa ternura que acaban de sentir.
Y el viento se ríe de nuestra inocencia y se va a buscar otras personas, otros pájaros y otros besos que transportar.

lunes, 20 de junio de 2011

EL VÍDEO DE MI BODA

             El otro día cometí el error de poner el vídeo de mi boda. Sí, he dicho bien. Cometí el error. Me dejó un mal cuerpo que me ha durado el resto de la semana.
            Empezaré diciendo que se grabó hace dieciséis años, o sea, que ya ha llovido lo suyo desde entonces. Lo vimos hasta la extenuación, con todo el mundo, durante los dos primeros años de casados, pero luego fue confinado a un cajón del que no había vuelto a salir.
            Lo primero que me hizo sentir rara fue la imagen de mí misma: tan delgada, tan joven, tan risueña... lo único que no ha cambiado es lo de risueña. Mi chico sí que, a mis ojos, está igual. Igual de bueno, igual de rubio, igual de azules los ojos, y hasta le vale el mismo traje (a mí en el de novia sólo me cabe una pierna). Y me quiere igual, con lo cual también me doy por contenta. Recordé las palabras del sacerdote, la música de mi orquesta, la tuna en la puerta, el pasillo de capas y la emoción y el cariño que lo envolvían todo. Hasta ahí la cosa fue bien. Lo malo llegó con el repaso, mesa a mesa, de los invitados.
            Los pelos. Dios mío, qué pelos se llevaban. El estilo de las gafas era terrible. Las hombreras de las chaquetas, que hacían que todos pareciesen jugadores de rugby. Hasta mi traje de novia, que entonces era lo más de lo más, ahora no lo elegiría ni harta de vino, a no ser que fuera a casarme con Farruquito o similar. No dejaba de ser hasta cierto punto gracioso el ver los cambios que el tiempo y las modas han obrado en mi gente. Pero lo difícil de mirar no era eso. Lo que me amargó la semana fueron los rostros que ese día reían y brindaban por nosotros, y que de repente desaparecieron de nuestra vida.
            Repasé, con la complicidad del vídeo, las mesas una por una. Doce. Doce rostros que significaron algo para mí o para mi marido, y que un buen día se marcharon para no volver. Duelen, unos más que otros, pero duelen.
            Luego, recordando la cena, reparé en otras tres personas que también desaparecieron de mi vida en estos años, y que también estaban conmigo ese día, pero para ellos no hubo sentimiento alguno de ternura o de pena. Los que fallecieron no tuvieron la culpa, qué más hubiesen querido que quedarse aquí y disfrutar de la vida. Ellos sí fueron culpables. 
            Ellos vinieron a mi boda con sus esposas. Amigos de muchos años. Luego, de repente, uno al año siguiente, otro dos más tarde, el último no hace demasiado, se encapricharon de otras faldas y se esfumaron. No sólo rompieron con sus mujeres y sus hijos, sino que decidieron que todo lo que les recordase su vida anterior les estorbaba, y sacrificaron también los amigos en aras de su propio egoísmo. Ni sé, ni me importa lo que ha sido de ellos. Me dolieron en su momento, pero he aprendido a no tenerles siquiera lástima. A los tres les fue mal, según tengo entendido, y me alegro. A ellas, sin embargo, les ha ido de maravilla, y de eso aún me alegro más. La vida le acaba dando a cada cual lo que se busca, y cuando uno pasa página, tiene que asumir que los demás la pasen también. Con todas las consecuencias.

MANIFESTACIONES CAMPESTRES


A diario salgo a dar un paseo de una hora por el campo. Pero no voy sola: vamos ochenta y tantos. Veréis. Yo voy de líder, decido el camino que se va a hacer en el día. Ya sabéis, las mujeres, siempre mandando. Delante, detrás y a mi alrededor va mi ángel negro, que no es ninguno de los de Machín, sino mi perro, con dos palmos de lengua fuera y dando vueltas y saltos todo el tiempo. El resto de la compañía va dentro de mi bolsillo. Llevo a Pedro Guerra y a Rosana, cada uno con su guitarra y con sus historias. También llevo a las En-Cantadoras, con su derroche de talento y con la envidia grande que les tengo a esas voces; si yo cantase así seguramente no estaría en el paro. Tras ellas van los ABBA, con sus pantalones de campana, sus brillos y sus plataformas, bailarines de musical incluídos. Y además, para contemplar la fiesta, llevo a los Sabandeños de todas las épocas: a los de hace cuarenta años, a los de en medio y a los de ahora. Así que, si de aquí en adelante salís a pasear y veis algo parecido a una manifestación multitudinaria, colorista y musical, no os frotéis los ojos, que no estáis soñando. Soy yo, con mi perro y mi inseparable Mp3, dando mi paseo diario.

domingo, 19 de junio de 2011

PONGA UN KARATEKA EN SU VIDA



            Al cumplir los cinco años, mi hija pequeña insistió, e insistió, e insistió (un niño de esa edad puede ser realmente insistente) en que la apuntara a kárate. Cielos, pensé yo. Tanta música prenatal, tanta educación del oído y del sentido del ritmo, tanta sensibilización  y estimulación musical temprana... para que ahora quiera dar gritos y patadas a diestro y siniestro. Me costó un año decidirme, pero al fin cedí. La apunté a kárate.
            Este fin de semana mi karateka, envuelta en su kimono con el escudo tigre-dragón de su club, y ceñido el flamante cinturón blanco-amarillo que le da dos vueltas al tripolín, participó en una competición de katas.
            Esto de las katas (o los katas, que soy bastante ignorante en estos temas de artes marciales y nunca sé si es femenino, masculino o qué narices) es una cosa curiosa: series de movimientos precisas y concretas con un nombre en japonés, que decimos con toda naturalidad, como si supiéramos lo que significa. Imaginad las gradas, llenas de papás, mamás y abuelitos, comentando entre ellos: chica, qué bien le ha salido el Ikiupu Sodan a tu niño, parece un profesional. Y la otra contesta: pues yo creo que el cuarto giro no fue del todo preciso en la inclinación de la mano izquierda, pero el Anian Sodan de tu nena ha sido fantástico, no le he visto ni un fallo... Cuando menos, es una situación curiosa.
            Mi niña y otras dos amiguitas de su club practicaban en un rincón sus movimientos las tres a la vez, y daba gusto verlas, con sus pijamas y sus coletas, descalzas sobre el parquet, mano aquí, pata allá, giro acullá, grito guerrero: ¡¡¡¡KIAAAAAA!!!. Casi como los ángeles de Charlie en pequeño. Y una cuarta de babas en el graderío, en donde estábamos los progenitores de tanto futuro deportista de elite.
            Marina fue eliminada en primera ronda. Vino a esconder la cabeza bajo el ala de papá en cuanto se pudo escapar, llorando como una magdalena, con la medalla de consolación (perdón, de participación) colgada del cuello y argumentando que durante su ejercicio un mal roce del parquet le había quemado en la planta del pie, y que por eso lloraba. La palabra “perder” está en un diccionario que mi pequeña aún no ha abierto.
 Y como en mi botiquín portátil no llevo tiritas para el orgullo herido, nos fuimos a comer al McDonalds para olvidar las penas. Hay que ver lo que consuelan unas patatas fritas con ketchup...

CAROLO


Encontramos a Carolo nadando en la piscina de unos amigos, comiendo moscas plácidamente. No supimos a quién devolvérselo, así que lo adopté como perro. En poco tiempo me tomó como su mamá, y me seguía a todas partes. Yo lo sacaba de paseo por el barrio, lo bañaba en la bañera a diario y cazaba moscardones para él. Comía de todo menos pienso: mortadela, hígado de pollo, tripas de pescado, fruta...
Creció tanto que tuvimos que llevarlo a vivir a un parque estupendo del Ayuntamiento, con más patos, truchas y un recinto al aire libre. Me costó mucho dejar allí a Carolo, y lo hice con nocturnidad y alevosía, cuando nadie miraba.
Iba a verlo todas las semanas. Vi que no comía maíz ni pienso, pero cada vez estaba más gordo. Extraño, ¿no? Pues no, porque el bandido, acostumbrado a comer bien, fue pescando y comiéndose todas las truchas del parque; desapareció en cuanto los guardas del recinto le vieron cazar y engullir una de las más grandes. Supongo que acabó en la cazuela de alguno de los empleados municipales.
Esta historia me trae a la cabeza una canción:
"Cantan poco y comen mucho gorriones, loros y tordos.
No le hagas los oídos sordos al hambre de tu aparcero.
Come poco: al matadero llevan antes a los gordos".

sábado, 18 de junio de 2011

VIERNES SANTO


Éranse cuarenta músicos, muy bien vestidos, que fueron a tocar a la procesión del Santo Entierro. Érase un cielo amenazante. Éranse unos cofrades empeñados en salir a toda costa. Érase un sacerdote que, por alguna razón desconocida, retrasa más de una hora el comienzo de la procesión. Éranse rayos con centellas, truenos con tronío y dos saetas subacuáticas.
Y fuéronse de allí cuarenta pollos empapados, cuatrocientas partituras echadas a perder y cuarenta corbatas chorreando. Fin del cuento: después de correr tras el anda tratando de tocar "Nuestro padre Jesús" a un ritmo decente, los cuarenta pollitos mojados volvieron a su casa con cuarenta instrumentos envueltos en kleenex y cuarenta gripes en incubación. Pero glorioso, oigan.

viernes, 17 de junio de 2011

JENNIFERT

Anjana, la retratista en palabras que aparece en uno de los relatos de mi primer libro, anda por ahí suelta, haciendo su trabajo. Jennifert fue una de sus últimas clientas, y este fue el retrato que elaboró sobre ella. Espero que no le importe que lo publique, sabe que lo hago desde el cariño.


JENNIFERT

Jennifert. Confieso que tu nombre me desconcertó en un principio, y me pregunté por qué el destino empujó a quienes te crearon a llamarte así, pero después de conocerte ya no tuve dudas. Lo hicieron para dejar claro que otorgaban al mundo alguien único, original, alguien muy especial. Tanto, que ni siquiera su nombre iba a ser como los otros, sino que siempre iba a tener algo más, un toque distinto. Por eso el azar le añadió la “t”. La “t” del talento y la ternura, la del tesón y la tolerancia.

Siempre digo que para conocer a una persona hay que mirarla a los ojos y tratar de ver qué hay tras ellos. Yo miré la nobleza de tus pupilas castañas, y me di cuenta de que en su interior hay muchos sueños. Todo el mundo sabe que los sueños son algo precioso que casi siempre se deshace cuando llega el día, y quizá por eso a menudo tienes los ojos entrecerrados, para evitar que la luz del sol entre a raudales en tu interior y los ahuyente. Porque tú conoces el verdadero valor que tienen los sueños que se guardan dentro: son lo que nos empuja a seguir adelante en los momentos malos, el pañuelo que nos seca las lágrimas, el material del que están hechas la sonrisa y la esperanza. Por eso, cuando te quedas a solas, sacas alguno de ellos y lo acaricias, y esa es una de tus mejores armas para sentirte bien.

Me resulta curioso comprobar que aún eres una de esas “rara avis” que ama los libros, y sobre todo que los entiende. Creo que sabes, igual que yo lo sé, que los libros son los amigos más pacientes del mundo. No te echan en cara que los cierres y los dejes de lado durante meses, y son capaces de contarte su historia cuantas veces se lo pidas, de explicarte todo lo que no sabes, de hacerte reír y llorar sin más consecuencia que aliviar un rato de soledad. Ahuyentan tu aburrimiento, te ayudan a viajar y espolean tu imaginación. Y siempre, siempre están ahí para tí. No importa la hora, ni el lugar. Jamás te abandonan. A veces te gustaría ser un poco como ellos, porque eres una gran amiga de tus amigos, pero esa magia a los seres humanos nos está vedada. Sólo les pertenece a los libros.

No es difícil, mi niña Jennifert, querer a las personas que son como tú. Personas que a pesar de las bofetadas de la vida siguen confiando en los demás. Seres que regalan su bondad a quienes les rodean, que emplean gran parte de su tiempo en hacer que el resto del mundo se sienta un poco mejor. Amas a los animales porque ellos aman por naturaleza, sin reparar en el aspecto físico, sin mirar la ropa, la casa o la cuenta corriente de quien les hace una caricia. Tú también eres así, como ellos: un inagotable manantial de cariño. Yo sé que tienes la carita redonda para que tu sonrisa pueda ser aún más ancha, y que guardas los abrazos de las personas a las que quieres en un rinconcito de tu pecho. A esas dos arañas laboriosas y perfectas que son tus manos les ordenas tejer y fabricar objetos preciosos, casi siempre destinados a otras personas, porque tienes el inocente vicio de pensar más en los demás que en tí misma.

Me gustaría que, sólo por un instante, te vieras como te veo yo. No mides un metro noventa, no pesas cincuenta kilos, pero eres capaz de disfrutar de una buena comida sin remordimientos. No tienes una melena rubia platino que te llegue a la cintura, pero hay alguien que se muere por enredar sus dedos entre tus ondas castañas cuando te sueltas el pelo. No utilizas cosméticos carísimos para cuidar tu aspecto, y sin embargo tu rostro es hermoso porque está lleno de ilusión y de risas. Tienes un acento al hablar, heredado de la tierra en la que has nacido, que es suave y redondo como tú misma, y que hace que todo lo que dices suene bonito y alegre, como una caricia. Sobre tu boca risueña baila un lunar, el punto de la “i” de tu nombre, que se escapó de su sitio para lucir sobre tus labios. Tus brazos, tu pecho y tu regazo fueron hechos para abrazar, acoger y proteger, y tú misma ya los sueñas acunando alguna nueva y pequeña vida. Así, Jennifert, es como los demás te vemos: como un ser alegre y generoso que vino al mundo para hacer felices a los afortunados que te conocemos. Ahora miras al Atlántico soñando con cambiarlo por ese Mediterráneo junto al que te espera un capitán moro, pero no importa en qué lugar te coloque la vida: cualquier sitio será un sitio mejor desde el momento en que tú llegues.



Anjana, la retratista en palabras.
Enero de 2011.

QUIJOTE MODERNO

Hace unos días pasé por Burgos. Hacía años que no la veía, y me sorprendió desde lejos comprobar que toda la loma que hay junto a la ciudad está llena de molinillos de viento. Está claro que en algún sitio hay que ponerlos, pero la imagen era, cuando menos, chocante. Entonces lo vi claro: si el Quijote se escribiera a día de hoy, la estampa sería muy distinta. En lugar de vestirse de caballero andante, cogería un pijama viejo color verde, papel de plata y un casco de motorista, y se haría un traje de Power Ranger. Así ataviado iría a tratar de matar gigantes-molinillos de energía eólica. Lo malo es que, cuando llegase al pie del primero y viese de cerca lo que miden esos bichos, se echaría a llorar. Pensaría "jopé, ni un miserable revolcón me van a dar las aspas, esto está tan alto que ni Rocinante, ni escalera de bomberos, ni lanza ni nada de nada". Supongo que, sintiéndose tan insignificante como una hormiga con casco, se iría a casa a tomarse un par de anti-depresivos.
Tengo que sugerirle a mi Quijote que tome justa venganza contra los contenedores de plástico, que son más asequibles y muy, pero que muy hostiles: siempre están llenos, y cuando consigues embutir algo por la trampilla, a menudo lo escupen, los muy guarros. ¡A por ellos, que son pocos, amarillos y cobardes!

jueves, 16 de junio de 2011

EL REGALO DEL ROSAL


Esta mañana pasé junto a un rosal de flores naranja, mis favoritas. La planta me saludó, y me ofreció uno de sus capullos más hermosos, que apenas comenzaba a abrirse. Pero yo lo rechacé. "No, señor Rosal. Si lo corto, morirá en un vaso de agua en mi casa, sin que nadie pueda admirarlo. Prefiero que se quede con usted, que se abra a la vida, que lo visiten las abejas, y que se marchite cuando la Naturaleza, y no mis manos, lo dispongan". El rosal me pidió: "Huélela entonces, para que su perfume se quede en tu recuerdo".
Yo le obedecí, y además le saqué una foto con la cámara de mi móvil. Así esa pequeña rosa podrá vivir para siempre.

TARDES DE CINE

            Cuando se tienen niños pequeños, cualquier cosa normal y corriente se puede convertir en toda una odisea. Siguiendo el hilo del tema “películas”, os voy a contar lo que significa en mi casa “ir al cine”.
            En el momento que se plantea la posibilidad, tras la explosión de júbilo de mis vástagas, viene la cara “B” del disco: elegir la película. Abrimos la cartelera en internet, y empiezan los problemas.
            Mamá: Bueno, vamos a ver. Aquí hay una de risa, una comedia romántica, dos de acción, una de guerra, una infantil normal y dos infantiles de dibujos animados...
            Niña 1: ¿Cuáles son las de dibujos animados?
            Niña 2: Eso, lee los títulos, mami.
            Papá: Pero vamos a ver, ¿no hay ninguna posibilidad de ver una peli normal, es obligatorio que sea de dibujos?
            Niñas 1 y 2 (atronador y apabullante unísono): ¡¡¡SÍ, PAPÁ!!! ¡¡¡¡DIBUJITOS, DIBUJITOS!!!
            Mamá: Pues a mí me apetece la de risa, estoy hasta el gorro de dibujitos.
            Niña 1: Jopé, mami, pues vete tú sola a ver la peli que quieras y papá que nos lleve a nosotras a ver la de dibujos.
            Papá: Hombre, claro, hasta ahí podíamos llegar. Para un rato que tengo que puedo estar con mamá me voy a meter en otra sala. Pues no. Y además, yo quiero ir a ver una de acción.
            Niña 2: Pues que papi se vaya a ver la de patadas y puñetazos, y mami que nos lleve a ver la de dibus.
            Mamá: Va a ser que no. Aquí, o vamos todos juntos o no hay cine.
            Niña 1: Pues votamos. A ver, ¿quién quiere una de dibujos?

Resultado: dos manitas levantadas.

            Mamá: ¿Quién quiere ir a ver una de risa?

Resultado: sólo mamá levanta la zarpa. Papá se abstiene y recibe una mirada asesina de mamá por la falta de apoyo. Las niñas gritan: ¡¡¡¡BIEEEEN!!!! ¡¡¡¡GANAMOOOOOS!!!!!! ¡¡¡¡¡DIBUUUUJOOOOOOS!!!!

            Mamá (maldiciendo la democracia familiar para sus adentros): Bueno, vale. ¿Para cuál de las dos pelis de dibujos pillo entradas?

Conclusión: Papá entró con una niña a ver una de las películas de dibujos. Mamá entró con la otra niña a la otra película de dibujos, en otra sala distinta: nuestras dos democráticas hijas fueron incapaces de alcanzar un pacto válido, y varias horas de lloros y morros después optamos por la separación temporal.
 Papá no vio la peli porque se durmió en el minuto uno. La que le tocó a mamá era tan sumamente aburrida que se la pasó pensando los menús de la semana siguiente.
 Suerte que, al menos, las chucherías que colé de contrabando en mi bolso estaban de muerte. La próxima tarde de cine creo que voy a hacer uso de la artillería pesada: me llevaré una tableta entera de chocolate con almendras. Eso sí, dejaremos que pase como mínimo un mes, no vayamos a perder la línea que tanto gimnasio y tanta dieta nos está costando...

miércoles, 15 de junio de 2011

PELÍCULAS


Estoy convencida de que la clasificación de las películas de cine es errónea. No sólo debían poner la franja de edad para la que no es recomendable, sino la clase de personas que no deberían verla. Si llego a saber cómo era la peli que vi anoche, ni de casualidad la alquilo.
Yo veo cine para que me saque un rato de la realidad. Para que me haga soñar, para que me enternezca, me emocione incluso hasta hacerme llorar, para que me haga reír. Pero no para que me haga sentir miserable, para eso están los telediarios, y son gratis. El tipo de películas como la de anoche deberían llevar una advertencia, como los paquetes de tabaco: "el visionado de esta película puede provocar trastornos como demolición del ánimo, sentimientos negativos, dificultad para conciliar el sueño, asco, espanto o pena negra".
La alquilé por aquello de apoyar al cine español, chorrocientos Goya, reconocimientos de la crítica... en qué mala hora."Pa Negre" me ha hecho sentirme sucia por dentro. Si lo sé, me pongo una de Pajares y Esteso. Al menos habría dormido tranquila.

IMANES EN LA NEVERA

          Lo confieso. Soy una friki de los imanes de nevera. Allá donde voy, compro uno. Allá donde van los que me quieren, me traen alguno más. El resultado es una especie de mosaico multicolor en la puerta de mi frigorífico (menos mal que ahora hacen unas neveras grandísimas, si no no sé dónde metería todos los imanes). Los uso para sujetar notitas, planes de actividades semanales, listas de la compra, fotos, dibujos de mis gorditas rellenas... y de paso para recordar lo bien que lo pasé en los sitios en que los compré, y cuánto me quieren quienes me los regalaron. Es como un álbum de recuerdos contínuo que abro cada vez que visito la cocina.
            Los últimos en llegar a la puerta de mi nevera fueron dos medios aguacates en miniatura, con su hueso, patitas, bracitos, ojos y sonrisa. Me los trajo una íntima amiga de su luna de miel en el Caribe. Me encantaron y los coloqué sujetando la foto de una tía buena en bikini que tengo para motivarme con la dieta.
            Anoche, a las cuatro de la mañana, oí ruidos en la cocina, y me levanté. Una de las gatas o el perro andan cazando algún mosquito, pensé. Pero lo que me encontré al entrar era bien distinto. La tía buena en bikini yacía pataleando en el suelo. Los plátanos de Canarias corrían desperdigados cada uno por una punta de la puerta de la nevera, temblando y escondiéndose detrás de los dibujos. Uno de ellos ya había caído, pelado y medio mordido, junto a la foto de la maciza. El osito Paddington que me trajo mi tía de Londres había perdido su gorro de la guardia británica, y lo estaba buscando como loco. Mientras, los dos aguacates, que habían causado todo ese desastre, jugaban al fútbol con la pequeña estrella de cerámica mudéjar que compré en Teruel (ella era el balón), y la pobre protestaba con su vocecita: ¡dejadme, aguacaticos, dejadme que se me van a romper las puntas y me tirarán a la basura! Las mariposas de fieltro que hicieron mis hijas en el colegio revoloteaban por la cocina, chocando con todo. Claro, pensé. No les han puesto ojos, no saben por dónde van, pobrecinas.
Resulta que las dos simpáticas figuritas frutales eran dos gamberros caribeños que me estaban revolucionando toda la población de la nevera. Pero di con la solución al instante. Del grito que pegué, se les cayeron los huesos del sitio. No me hizo falta castigarles, ni siquiera amenazarles. Saqué un aguacate de verdad, lo pelé, lo partí, le puse limón y sal y me lo comí. Lloraban como dos magdalenos, pero no tuve compasión.
No han vuelto a dar un ruido. Por si acaso.

martes, 14 de junio de 2011

ROSI

          Rosi era una mujer especial. Se dedicaba a bordar por encargo. Lo hacía a mano, primorosamente, con hilos de seda de la mejor calidad. Bordaba sábanas para las novias, toallas para sus ajuares, y aplicaba graciosos dibujos en las sabanillas, colchas y arrullos de los bebés que parían las demás. Se dejaba los ojos, los dedos y parte del alma en cada uno de los bordados que hacía.
            La bordadora era soltera. Nunca tuvo novio, no se casó, jamás estuvo entre los brazos de ningún hombre ni se le conoció relación alguna, ya que apenas asomaba más allá de las puertas de su casa. Pero Rosi estaba enamorada. Desde que era poco más que una niña amaba al mismo hombre, aunque nunca se lo dijo, ni a él ni a nadie. Habría deseado ser para él, bordar sus propias sábanas de novia, su ajuar, vestir las cunas para los niños que tuvieran juntos, pero jamás se atrevería a hablarle: en aquel tiempo, las piernas secas y deformes que dejaba la poliomielitis infantil condenaban a las mujeres a estar solas, y su caso no era diferente. Quiso refugiarse en Dios, pero éste se volvió sordo de repente, y no la escuchó. Al contrario, le envió a una muchacha a encargar el bordado de sus sábanas para casarse con él. Se llamaba Rebeca.
            Se vio incapaz de cumplir el encargo. No podía preparar el ajuar de otra para desposar a su hombre. Pero no tenía otro oficio, y necesitaba comer todos los días. ¿Cómo podía afrontar aquello?
            Rosi bordó la “R” de su propio nombre entrelazada con la “M” de Mario, su Mario, y mientras duró el trabajo de adornar los seis juegos de sábanas, las mantelerías y las toallas para aquella boda, acarició la ilusión de que el ajuar era para ella. Nunca se habían visto bordados tan delicados y hermosos. Rebeca, agradecida por la calidad del trabajo, le pagó más de lo acordado. Rosi aceptó el dinero con su sonrisa de siempre, y no le dijo nada. Simplemente comenzó a bordar pequeñas rosas en una sabanilla de cuna.