domingo, 31 de julio de 2011

PONGOS

            Hace unos días, hablando de “palabros”, comenté uno que me gusta mucho, el “pongo”. Sí, ya sabéis, todas esas cosas inútiles que nos regalan, normalmente con buena intención, que a menudo ni siquiera nos gustan, no sabemos dónde ponerlas (de ahí el nombre, del primer pensamiento que te asalta cuando recibes el obsequio de marras: Y esto, ¿dónde lo pongo?), pero nos da lástima tirarlos, sobre todo si apreciamos a la persona que nos los regaló.
            Yo soy una acumuladora compulsiva de pongos. No soy capaz de tirar ninguno, y eso que tengo en casa verdaderos engendros. Por ejemplo, la típica muñeca vestida de gitana, con peineta y mantilla, y la cara de Lola Flores. Está encima de la tele, pero cuando este aparato muera (que ya da síntomas de agonía) y compremos uno de esos modernos planos, ¿dónde la pondré?  No sé, algún sitio le tendré que buscar. Ya sé que es un pongo hiper-cutre, pero era de mi abuelo, no puedo deshacerme de ella, sería como traicionarle un poco, ¿no?
            Luego está el delfín meteorológico. Sí, una de esas figuritas que cambian de color dependiendo del grado de humedad del aire, y te dicen si va a llover o no. El condenado delfín es más feo que un troll, y encima me raya la madera de la estantería (bueno, ya no desde que le puse uno de esos primorosos tapetitos de ganchillo obra de mi abuela Lola), por no hablar de que si me tengo que fiar de sus predicciones de lluvia voy a sacar de paseo más veces al paraguas que al perro, y aquí no llueve casi nunca. Pero, ¿y la ilusión con que mi suegro nos lo trajo de Peñíscola? ¿Cómo hago para olvidar su expresión de colegial satisfecho? Si lo tiro me sentiré muy, muy culpable.
            Los pongos nupciales tienen un capítulo aparte en mi casa. Tengo una amiga que los tira en la primera papelera que ve nada más salir del salón de banquetes en que se los dieron, pero yo no puedo. De verdad que no puedo. Me sentiría fatal, como si no les desease  felicidad a los novios. Así que tengo una caja rebosante de ellos.  Guardo uno, de hace veintitantos años, en forma de palomitas de cerámica dándose un beso en el pico. Es horroroso y además la pareja se divorció, pero fue mi primera boda y no lo tiro. Tengo también unos catorce abanicos de distintos enlaces, pero ¿y si en algún momento me hacen falta?  Cuento además con una gallina de resina, y en un hueco de su espalda se alojan seis pinchitos de aperitivo coronados por seis pollitos. Es un pongo con ponguitos, tan primorosamente fabricado que algunos de los pollos tienen los ojos pintados a la altura de las amígdalas.  No sé, tal vez algún día me decida a sacarlo para comerme una lata de olivas con anchoa, o algo así. El que guarda, siempre tiene.
            Aunque el rey de los pongos en mi casa no es ninguno de los que os he contado. El verdadero pongo-emperador de la familia Gil es el barco. Un velero enorme, recubierto todo él, casco, mástiles y cubierta, de conchas marinas de distintos tamaños pegadas unas junto a las otras. Tiene unas enormes velas de lienzo a rayas rojas, eternamente hinchadas por un viento inexistente, y ocupa más de la mitad de la mesa de mi comedor. No voy a decir quién nos lo regaló, pero sí que consiguió con ese regalo lo que quería: que nos acordásemos de él tooooooodos los días. Y de su madre, también.
            Mi costillo, que es una persona muy inteligente, está tratando de amaestrar a nuestras gatas. Intenta enseñarles a subirse a las mesas y estanterías, y a tirar discretamente al suelo todos los pongos para que se hagan trizas. Así, el sentimiento de culpa se diluiría convenientemente, y con un par de pasaditas de escoba, asunto arreglado. Luego sólo habría que decir: gatito malo, gatito malo, ¿por qué has roto el troll, digo el delfín, con lo bonito que era? Y luego ponerle ración doble de pienso como premio. Aunque para el barco los gatos no me sirven, pesa demasiado. ¿Alguien me presta un tigre, por favor?



sábado, 30 de julio de 2011

APRENDIENDO A COMER

            Cuando Celia era pequeña no quería comer de nada. Desechaba sin probar cada uno de los alimentos que su madre intentaba introducir en su dieta. No quería verdura, ni fruta. No quería pescado, hacía ascos a las legumbres… por ella se habría alimentado solamente de vasos de leche con cacao y galletas, macarrones, arroz y poco más.
            Las horas de comer dejaron de ser un momento familiar y placentero para convertirse en una batalla que terminaba siempre con alguien llorando o de muy mal humor. Algo había que hacer al respecto, no se podía dejar que Celia creciese a lo ancho y con problemas de salud por no comer bien, pero los llantos y las rabietas eran una dura prueba para la paciencia de cualquiera. Su madre, un día que ya estaba a punto de explotar como si fuese una olla exprés, tuvo una idea.
            Al día siguiente, a la hora de comer, le dio a Celia un cuadro en blanco, varios pinceles y un maletín para las pinturas. Luego le dio una lámina muy bonita, un paisaje de campo con flores de todos los colores imaginables, un hermoso cielo azul, prados verdes, un río, árboles… a la niña le encantaba pintar, así que se puso muy contenta.
“Te daré los colores después de comer, y podrás empezar tu cuadro”. Celia se comió un gran trozo de pan, algo de carne, y nada más. Se negó a probar las verduras, y mucho menos a comer ensalada, ni el melocotón que tenía preparado para el postre. Su madre no insistió. Recogió la mesa y le dio el tubo de pintura amarilla. Y nada más. Celia se enfadó.
            –Mami, dame más colores, con el amarillo solo no puedo pintar.
            –No, Celia –le contestó su madre–. El melocotón valía un tubo de rosa, la verdura uno de verde, y la ensalada uno de rojo, pero no los has querido.
            Celia organizó una rabieta monumental, pero su madre se limitó a sentarse a coser y no le hizo caso. Al fin, la niña se cansó y se durmió. Por la noche, a la hora de cenar, sólo comió un trozo de pan, patata hervida del plato de verdura (apartando las judías verdes) y un vaso de leche. El pescado también se quedó en el plato. Su madre le dio un tubo de pintura de color blanco.
            –Con el blanco y el amarillo no puedo pintar nada, mamá. Eso es hacer trampa y no vale –lloriqueó Celia.
            –El pescado valía por un tubo de azul, las judías por uno de verde oscuro, y no los has querido coger. Pero bueno, con el amarillo ya puedes pintar el sol, y con el blanco nubes –le contestó su madre, recogiendo la mesa.
            –Pero no puedo hacer las nubes y el sol si no pinto el cielo antes, mamá –volvió a protestar la niña.
            –Celia, un niño que crece es como ese cuadro que tú intentas pintar. Se necesitan todos los colores para que salga bien. Si intentas crecer sólo con un color, sólo con dos o tres alimentos,  algo en ti fallará, puede que sean tus huesos, tus ojos, tu corazón, tu cerebro o cualquier otra cosa. Pero si añades el resto de colores que hay, serás todo lo alta, sana e inteligente que tu naturaleza te permita. No pintes todas las flores amarillas, sino rojas, azules, malvas… prueba las frutas, las verduras, las carnes y pescados, los huevos, los postres, y todo lo que yo te dé, y llegarás a ser el cuadro más bonito que puedas imaginar.
            Celia pasó un buen rato pensando en el cuadro antes de dormirse. Por la mañana le dio los buenos días a su madre y se sentó a desayunar.
            –Mami, ¿qué vas a hacer para comer hoy?
            –Garbanzos con espinacas, y de postre hay uvas. ¿Te parece bien?
            –Mami, ¿y qué colores me darás si me lo como?
            –Depende –contestó la madre, riendo–. Si masticas todo despacio y me explicas cómo saben las cosas que comas, puede que ganes el morado y el naranja. Si sólo te tragas la comida para conseguir pinturas, únicamente te daré el naranja.
            Tres semanas después, el maletín de Celia estaba lleno de tubos de colores. El cuadro quedó precioso, y la mujer en la que se ha convertido aquella niña es todo lo hermosa y sana que podía llegar a ser. Confío en que recuerde su maletín de pinturas cuando tenga hijos. Seguro que el recurso que inventó su madre le sirve de ayuda.

viernes, 29 de julio de 2011

HELADOS RIMADOS

            “Paco, tienes que ser original. La ciudad se está llenando de heladerías, y si no les das a tus clientes algo que nadie más les ofrezca, estás vendido”.
            Esas fueron las últimas palabras que le dijo su abuelo a Paco antes de traspasarle la heladería y marcharse para siempre. No, no os equivoquéis, el abuelo de Paco no se murió, sino que se retiró y se fue a vivir a Cuba con una mulata estupenda. Y dejó a su nieto a cargo de un negocio que había ido tirando los últimos años a trancas y barrancas.
            Paco no conocía otro oficio, y se veía mayor para empezar de cero, así que hizo caso al consejo que había recibido, y le echó imaginación al asunto: pensó, pensó, escribió y volvió a pensar, elaboró recetas nuevas, las probó, cambió el cartel del establecimiento e hizo una inauguración por todo lo alto.
“HELADOS RIMADOS”
            El primer cliente entró con su novia a media tarde. Estuvieron mirando con glotonería el expositor de cubetas de helado, con sus carteles indicando el sabor que contenían: turrón, avellanas, fresa, chocolate, kiwi, vainilla…
–Un helado de fresa para mí, y uno de chocolate para ella, por favor– pidió el cliente.
–No se los puedo servir, caballero –contestó Paco– Eso no rima, y si no hay rima, no hay helado.
El cliente se quedó un rato pensando, se rascó la cabeza, se echó a reír y al cabo de un rato, pidió:
            –Por favor, póngame un doble de fresa con frambuesa, y para ella chocolate bombón con un toque de turrón.
Paco, sonriendo, preparó los helados, se los sirvió y les dio las gracias. Durante aquella primera tarde combinó toda clase de sabores con la única condición de que rimasen. En pocos días toda la ciudad había pasado por la heladería, aunque sólo fuese por curiosidad, para pedir un helado rimado.
            En poco tiempo, Paco se dio cuenta de que había sabores que no rimaban con nada. El helado de plátano, por ejemplo, era una delicia y nadie lo pedía. Entonces se le ocurrió ponerlo un poco más fácil, y le cambió el cartel, pasando a llamarse “plátano maduro”. Creó un nuevo helado que no estaba en la carta, “chocolate puro”, y lo puso junto a “chocolate bombón” y a “chocolate” a secas. El kiwi también era un problema, tampoco rimaba con nada, así que pasó a llamarse “kiwi de las Antillas”, y para acompañarlo creó el helado de natillas. Con el tiempo, la carta de helados llegó a ser tan original y extensa que uno no sabía qué escoger.
            La última vez que fui pedí un combinado de castañas glaseadas con leche merengada. Ya estoy pensando en la próxima rima que me voy a comer esta misma tarde. Tal vez horchata de chufa con helado de trufa… ¿qué pediríais vosotros?

jueves, 28 de julio de 2011

LA ALONDRA ENCANTADORA

            La naturaleza es caprichosa. De vez en cuando dota a alguno de sus seres de cualidades que hacen que destaque sobre el resto de los de su especie, y ese es el caso de la protagonista de esta historia.
            Una alondra, como todos sabéis, es un pájaro. Las alondras son pequeñas, y se distinguen entre las aves por su melodioso canto, uno de los más hermosos del reino animal. No destacan por su plumaje y sus colores, como los loros y papagayos, ni por la majestuosidad de su vuelo, como las águilas, ni por su envergadura, como los cóndores. Las alondras sobresalen entre el resto de seres alados por ser capaces de cantar incluso mientras están volando.
            Nuestra alondra encantadora nació en una isla. Era pequeñita y de plumaje pálido y rubio, tenía unos enormes ojos que reían continuamente, y pronto se dio cuenta de algo muy extraño: cuando ella cantaba, las demás alondras callaban para escucharla. Su canto era tan dulce, tan lleno de armonía y belleza, tan cargado de sentimientos que nadie podía quedarse indiferente al escucharlo.
            Pronto reparó también en que había muchos otros pájaros llenos de melodías en el mismo bosque en que ella había nacido: canarios, jilgueros y verderones revoloteaban entre los árboles vecinos, pero a pesar de ser también afamados cantores, ninguno de ellos era capaz de igualar a nuestra alondra.
            En el límite del bosque vivía una familia humana. Los padres trabajaban, y los hermanos mayores acudían a la escuela, pero el pequeño de la casa se quedaba todo el día por los alrededores. No era un niño normal. Era lo que algunos humanos llaman un “discapacitado intelectual”, una persona diferente con otras necesidades, otras capacidades, otros límites distintos que el resto de humanos. Su disposición para el amor y la risa eran infinitos, y sin embargo vivía apartado de los demás chicos. La alondra tomó la costumbre de visitarlo con frecuencia, posándose en una rama cercana al lugar en donde él se sentaba a mirar el cielo, y cantaba lo mejor que sabía, sólo a cambio de la sonrisa de aquel muchacho. El pájaro, inteligente e intuitivo, se dio cuenta enseguida de que su canto beneficiaba al niño, pero también de que si no atraía de alguna forma la atención de los mayores sobre él, nadie se entretendría en enseñarle a valerse por sí solo. Por eso ideó un plan.
            A la mañana siguiente madrugó más que el sol, y se fue a posar en la ventana de la casa. Los padres y hermanos del niño se despertaron al escuchar aquel canto, asombrados por su belleza. Luego echó a volar hasta posarse sobre la cabeza del chiquillo, que sonreía feliz; hinchó sus pulmones, abrió su pico y cantó… ¡igual que un canario! Sorprendidos, los padres del niño comentaron lo que habían visto entre los vecinos del pueblo cercano.
            Al día siguiente la escena se repitió, pero en lugar de cantar como un canario, lo hizo como el más dulce de los jilgueros. La simpática alondra había aprendido a cantar como las otras clases de pájaros porque, como ya he dicho, era un ser absolutamente especial.
            En pocos días toda la isla sabía de la existencia de un pájaro extraordinario que podía cantar como cualquier ave canora conocida o por conocer, pero que sólo lo hacía posada en la cabeza o en el hombro de un niño retrasado. Hasta la casa junto al bosque llegaron muchos entendidos en pájaros tratando de estudiar el fenómeno, pero ella no se dejaba coger: únicamente se acercaba al niño, porque sabía que jamás le haría daño, y porque su intención era que se fijasen en él.
            Un día llegó al pueblo, atraído por la fama de la alondra, un experto en aves venido de la capital. Junto a él venía un joven, su hermano y ayudante, que tomaba notas y fotografías de todo lo que él le iba indicando. La alondra acudió a su cita diaria, y cantó como nunca lo había hecho, porque intuía que pronto iba a conseguir su objetivo. El ornitólogo grabó su canto durante un rato, y después le preguntó al chico su nombre. Él no respondió: a pesar de su edad aún no sabía hablar. Nadie se había entretenido en enseñarle, era un retrasado, un tonto. Pero el ornitólogo reconoció en sus ojos, en sus manos y en sus rasgos el mismo problema genético que presentaba su propio hermano cuando era niño. Preguntó a los padres que, ignorantes, siempre pensaron que el chico no servía para nada, que era un castigo de Dios, una carga. Esa misma tarde, aquel estudioso de los pájaros se llevó al muchacho a una escuela en la ciudad, la misma en la que había estudiado el que ahora era su ayudante y mano derecha.
            La alondra, contentísima, cantó sin parar durante varios días, hasta que reparó en que echaba terriblemente de menos a su amigo humano, y supuso que a él le estaría ocurriendo lo mismo. Por eso emprendió el vuelo hasta la capital, y buscó el colegio en el que ahora vivía el niño. Desde entonces ella vive también allí, en uno de los árboles del jardín. Canta y canta para esos chicos, les ayuda a expresarse cantando con ellos, y con su dulzura les enseña a sentirse mejor, a saberse queridos, a valorarse y a sonreír. Esa alondra en-cantadora y maravillosa me envía de vez en cuando un abrazo a través de Facebook porque tiene tanto cariño y tanta música en su pequeño cuerpo que le sobra para repartir. Se llama Goretti Benítez, y si aún no la habéis oído cantar, estoy segura de que lo haréis muy pronto. Todo se ve distinto, más bonito, cuando sus trinos llenan el aire.

miércoles, 27 de julio de 2011

CARTA DE DESAMOR


 Señora:
Jamás pensé que llegaría a escribir una carta como esta. Todo me iba bien, tenía todo lo que un hombre pueda necesitar, hasta que llegó usted a mi vida, como un maremoto, a trastornarme, a destruir todo lo que tanto me había costado levantar.
“Usted es la culpable de todas mis angustias y todos mis quebrantos…” así empezaba el bolero que cantaba la noche en que nos conocimos. Usted fue la culpable de todo cuando, desde el escenario, ató mi voluntad con un solo parpadeo de sus ojos morenos, y con esa media sonrisa pícara que esboza cuando se inclina para agradecer los aplausos. Esa noche maldita en que la conocí y renuncié por usted a casi todo aquello en lo que creía Dios debió volverme la espalda, y yo, como humilde mortal, no supe resistir al embrujo de su voz. Cuando la vi aparecer envuelta en ese vestido, negro como mi destino, no advertí que usted era una sirena oscura que acabaría encallando mi vida en las rocas de la desesperación. Recuerdo que, aquella noche, con el terciopelo de su voz y la seda de su acento tejió un manto con el que me fue envolviendo, y, bolero a bolero, todo lo que había alrededor se desvaneció hasta que sólo quedamos usted y yo: usted cantando para mí y yo, con los sentidos embriagados, atado ya para siempre a sus caprichos. A partir de entonces, cada día me cantó un bolero distinto, y cada uno se materializó para mí hasta conducirme al delirio. Usted decía “voy a apagar la luz para pensar en ti, y así dejar volar a mi imaginación…”, y la sola insinuación de la locura que usted estaba lejos de sentir me volvía loco a mí. Usted cantaba “tus ojos, que son mi alegría, tus ojos, que son mi esperanza; por ellos mi alma suspira en tierno arrullo, arrullo de amor…” y yo creí que moriría si usted dejaba de mirarme. No le importó el hecho de que soy diez años más joven que usted, no le importaron mi esposa ni mis hijos; le bastaba con susurrarme “dormir contigo es el camino más directo al Paraíso…” para disolver mis dudas como azúcar en el agua, y el último año de mi vida lo he perdido amándola como un demente. Hasta el día en que usted volvió a enfundarse su vestido, negro como mi suerte, y las estrellas, que celosas nos miraron pasar la noche que usted me quiso, brillaron burlándose de mí, porque el parpadeo de sus ojos morenos se dirigió a embrujar un corazón más joven. “No es falta de cariño, te quiero con el alma. Te juro que te adoro, y en nombre de este amor, y por tu bien, te digo adiós…”, y mientras usted me cantaba el último bolero que iba a asesinar mi pasión, ya tenía en sus manos al próximo cordero a degollar, que la miraba con el mismo amor febril que yo.
No he vuelto a verla a usted después de que dejara mi vida convertida en un blues, desgarrado, oscuro y triste. Mientras trato de coser poco a poco los jirones de mi alma para recomponer la dignidad que he perdido, no dejo de pensar que en el camino de su vida habrá dejado a muchos otros pobres infelices en el mismo estado lamentable en que me he quedado yo. Y a pesar de todo lo que he sufrido para limpiar el pecado que cometí al amarla, únicamente le deseo a usted que algún día llegue a enamorarse. Sí, ojalá usted se enamore como una loca, que cada fibra de su cuerpo y su mente clamen por el cariño de alguien. Y a Dios le ruego con todas mis fuerzas que ese alguien la abandone y la desprecie después de dejarle probar el Cielo. Quizá ese día usted cambie su repertorio y ya nunca más cante hermosos boleros, sino amargos tangos compuestos por la pena, el alcohol y un dolor intenso del que no pueda librarse. Si cada uno de los títeres que ha dejado, como a mí, rotos después de satisfacer su vanidad, le compusiéramos una canción de desamor, no le alcanzaría el resto de la vida para cantarlas todas; aquí le dejo la mía, por si llega la ocasión:

“Después de haber bebido juventudes como tragos de tequila,
después de devorar vidas enteras, convertirlas en cenizas,
y esparcirlas luego al viento mientras finges tu tristeza de mentiras,
yo no espero ni deseo que ese mal hoy me lo pagues con tu vida.
Sólo quiero que ames mucho; vende el alma, como te vendí la mía,
y que el otro te desprecie, y que sientas cuán intensa es la agonía
de este amante desgraciado que en un roce de tus labios se moría.”

Ya ve, mi desdicha me ha convertido en poeta. ¿Y a usted, en qué la ha convertido? Ojalá mi carta le haga pensar en ello; mientras tanto, yo seguiré intentando volver a ser un hombre de nuevo en lugar del animal maltratado en que usted me convirtió.

Que le vaya bonito, Señora.




martes, 26 de julio de 2011

PRIMERAS VECES

            Hay una primera vez para todo. Esa es una verdad tan cierta como que nacemos y algún día hemos de morir. Pero esas primeras veces pueden marcar el resto de la vida, todo depende de cómo las afrontemos, de qué camino tomemos después, de que nos dejemos guiar y condicionar por ellas... o no.
            Para la historia de hoy, hice un repaso de mis primeras veces, y eso me hizo saltar de la risa al llanto, de la euforia al enfado, de la nostalgia a la alegría... muchas emociones juntas que hicieron que anoche diese más vueltas en la cama que una peonza. Tengo que aprender a no pensar tanto antes de dormir.
            Mi primer suspenso fue todo un trauma. A alguien como yo no le podía pasar algo así. Pero pasó. Las matemáticas fueron mi cruz muchos años, y me dejé vencer por ellas. Siempre les eché la culpa de no haber hecho una carrera universitaria, pero en realidad no fueron más que una excusa para disculpar mis limitaciones. Desde mi punto de vista actual, me doy cuenta de que pude vencerlas, y no lo hice. Siempre me lo reprocharé. La vida es muy corta como para perder el tiempo compadeciéndose a uno mismo, y yo no supe verlo.
            Lo mismo me ocurrió con el primer chico del que me enamoré: todo el mundo sabía que me la estaba jugando menos yo, y esa falta de ojo me costó muchas lágrimas. Cuando vi el pedazo de sapo que era realmente quien yo creía un príncipe azul, ya tanta gente lo sabía y se reía de mí a mis espaldas que no hubo piedra en toda la ciudad suficientemente grande para esconderme debajo. Me costó varios años dejar de odiarle. Para una persona como yo, albergar tan malos sentimientos hacia alguien supuso incluso un cambio de carácter que pudo ser definitivo. Menos mal que llegó a mí otro ser con tanta bondad que fue capaz de curar mis heridas. A día de hoy, aquel sapo quedó muy atrás, tanto que pasan meses, incluso años, sin que piense en aquella época, y eso que entonces me pareció que mi vida se acababa, que era imposible salir adelante. Eso sí, me cambié de ciudad, me fui lo más lejos que pude, porque quisiera no tener que volver a encontrarme con ese sujeto. Lo quiero lejos de mí y de mi familia. Por si acaso.
            Mi primer trabajo no fue fácil. Con veinte años, trabajar en una residencia de ancianos no es lo más deseable. Pero como siempre me gustó ayudar, lo llevé bien, incluso me divertí. También vi mucha miseria en algunas familias, y mucho sufrimiento en algunos ancianos. Vi hijos, y sobrinos, que jamás aparecieron a visitar a sus mayores ingresados en el centro, y que en cuanto les llamabas para decirles que habían fallecido, venían y expoliaban lo que hubiese en su habitación, a veces hasta las mismísimas esponjas con que les lavábamos el trasero. En ocasiones, a los que habían perdido la memoria, iba a visitarles yo, fuera de horas de trabajo, y les decía que era su nieta, o su hija, con tal de verlos reír un rato. No siento haberles mentido si les hice felices. A algunos, si hubo que ingresarlos en el hospital por algún achuchón serio, me quedé a acompañarlos esperando a los familiares reales, pero en más de una ocasión me fui a casa a dormir dejándolos solos porque quienes debían venir tenían cosas mejores que hacer. Lavé y vestí a muchos para enterrarlos con un aspecto digno. Y decidí que no volvería a trabajar en una residencia.
            La primera vez que sufrí acoso laboral no lo denuncié. Y me arrepiento profundamente de no haberlo hecho. Cuando me quedé embarazada de mi primera hija llevaba dos años trabajando en un taller de estuches para joyería manejando una máquina que funcionaba con un pedal (un pie levantado para accionarlo y todo el peso del cuerpo y del embarazo apoyados en la otra pierna: ciáticas, dolores de espalda...), despedía calor y emitía un ruido monótono y contínuo. Tuve que coger la baja al tercer mes de embarazo porque ya había perdido ocho kilos de peso, no retenía las comidas y vomitaba todo el tiempo por culpa de las colas que usábamos para pegar las piezas,  y por el movimiento y el calor de la máquina que manejaba. Se negaron a cambiarme de puesto, incluso me prohibieron sentarme durante las ocho horas de jornada laboral (según ellos era un mal ejemplo). Llegaron a decirnos que nos pusiéramos de acuerdo para no quedarnos preñadas todas a la vez, no fuéramos a perjudicar la producción. Cuando nació mi hija mayor dejé el trabajo: me cobraban más en la guardería que lo que yo ganaba, que era el salario mínimo de entonces, unos seiscientos euros. Perdí el paro, y aún así no denuncié por no perjudicar al resto de mis compañeras. A día de hoy, seguramente habría actuado de otra manera. Pero en fin, de los errores se aprende. No me volverá a ocurrir.
            Luego, cuando llegan los hijos, comenzamos a vivir sus primeras veces como si fueran las nuestras, pero con la ventaja que nos dan los años y la experiencia. Espero poder ahorrarles a mis hijas los malos tragos que yo pasé, pero entiendo que muchas veces hace falta equivocarse para aprender, y que no harán caso a mis consejos como yo no hice caso a los de mis padres. Esas cosas, cuando les ocurran, forjarán su carácter y las irán convirtiendo en adultas. Sólo confío en estar aquí para poder ayudarles a levantarse en caso de que alguna zancadilla les haga caer. Llegará un momento en que su destino dependerá de lo fuertes que sean a la hora de afrontar las cosas que la vida les ponga delante. Espero entonces haber sido lo suficientemente buena madre como para haberles dado armas para defenderse, y  haber conseguido enseñarles lo que yo aprendí por el método ensayo-error. El resto depende de ellas.

lunes, 25 de julio de 2011

HERMELINDA

            No supe su nombre de verdad casi hasta que no cumplí los diez años, porque nadie la llamaba Hermelinda, sino Lina. Era rechoncheta y bajita, llevaba gafas y habitualmente tenía las piernas y los pies hinchados, porque su corazón estaba siempre tan ocupado repartiendo amor a manos llenas que a veces se le olvidaba que tenía que bombear bien la sangre por todo su cuerpo.
            Nunca me regañó por nada, era demasiado buena como para eso. No guardo ningún recuerdo amargo que se relacione con ella, y hasta creo que su pelo era tan blanco porque absorbía las preocupaciones de los demás para evitar que nadie estuviese triste. Los primeros tangos que aprendí salieron de su boca, y a nadie le he oído cantar “Malena” con tanta gracia. Sin embargo, fuera de las paredes de su casa jamás la oí cantar ni una sola nota, aunque dentro de ella pareciese un pájaro. Villancicos, antiguos romances, tangos, cancioncillas populares… Recuerdo las horas de la siesta, en el pueblo, cuando los tres o cuatro nietos más pequeños nos metíamos con ella en su cama para que nos contase cuentos. Siempre nos contaba los mismos, pero lo mejor no era lo que decía, sino cómo lo decía: sus gestos, los ojos risueños, las voces de los personajes… todo un teatro en un solo rostro.
            Recuerdo haberla ayudado a veces en la cocina, haciendo roscas de anís o teresitas, rebozadas en azúcar y canela. Su piel blanca siempre olía a leche y a especias dulces, a merienda infantil y a tardes de domingo.
            Un día, de repente, su cerebro se quedó en blanco. Una trombosis tuvo la culpa, y la dejó como una niña pequeña. Tuvo que aprender todo desde cero: hablar, cocinar, desenvolverse… pero era una mujer tenaz, acostumbrada a los problemas y al trabajo duro, y consiguió salir adelante, a pesar de que ya no era la misma.
            No haber pasado más tiempo a su lado es una de las cosas que me reprocharé siempre a mí misma, pero yo estaba demasiado ocupada creciendo; vivía a trescientos kilómetros de mí, pero casi nunca me acordaba de llamarla, o casi nunca estaba en casa cuando mis padres lo hacían. Siempre fue una mujer con gran capacidad de aguante para el sufrimiento: crió cinco hijos en posguerra, y en aquel entonces el médico era un lujo fuera del alcance de los pobres. Tenía la espalda hecha una “ese” de tantos canastos de ropa que transportó en la cabeza para lavarlos en el río, de tantas espuertas de carbón acarreadas para la cocina, de tanto bregar con la vida, y casi nunca se quejaba de dolor. Por eso, cuando dijo “me duele el estómago” era porque ya llevaba meses aguantando. Para entonces, el cáncer había reducido su páncreas a cenizas, y sólo le quedaban unas semanas de padecimiento y morfina para dejarnos huérfanos a todos. Aún recuerdo que, ya con el diagnóstico en la mano y el catéter para las drogas instalado en su cuerpo, cuando se marchó de mi casa para la suya aún me hizo reír, como solía, quitándose la dentadura postiza para enseñarme su risa de bebé desdentado y la carcajada muda de los dientes en su mano izquierda, castañeteando entre sus dedos. Ya sólo la volví a ver dos veces, delirando sumida en el sopor artificial de los fármacos. Hubiera querido quedarme a su lado, cantarle sus tangos y sus romances, pero ella ya sólo pedía dormir.
            Mi abuela Lina me enseñó dos cosas muy importantes, que no olvidaré nunca y que trataré de enseñarles a mis hijas. La primera es que una madre que reparte amor es lo que mantiene unida a una familia, por grande que ésta sea. Y lo segundo es que no se puede desaprovechar ninguna oportunidad de decir “te quiero” y de dar un beso a alguien a quien amas, sea amigo, pareja o pariente: la vida es demasiado corta y tiene la mala costumbre de arrebatarnos a nuestros apoyos sin previo aviso. Los quince años que tuve el honor de ser nieta de Hermelinda no supe aprovecharlos para hacerla más feliz. No quisiera volver a cometer ese error.

domingo, 24 de julio de 2011

EL COLECCIONISTA DE PENDIENTES

            Amadeo era un hombre atractivo. Alto, moreno, siempre impecablemente peinado, con una estudiada barba de tres días, vestido a la moda... Siempre se supo guapo, y se cuidaba para seguir siéndolo. Sin embargo, nunca tuvo una pareja estable. Reconocía ser el hombre más maniático del mundo, y sabía que le sería imposible vivir con nadie, porque sus manías lo impedirían.
            De todos modos, eso no hacía que Amadeo renunciase al amor, y lo buscaba continuamente, aunque entendido a su manera: encuentros fugaces, relaciones cortas, despedidas sin dolor. No guardaba fotos de sus ocasionales parejas, no les hacía regalos ni los recibía de ellas, pero siempre procuraba arreglárselas para quedarse con un pequeño “souvenir” que le permitiese no olvidar a aquellas mujeres que pasaron por su vida: les robaba un pendiente.
            Desde que era pequeño, Amadeo había sentido especial fascinación por este elemento del aderezo femenino; por la misma razón despreciaba a aquellos hombres que adoptaban la costumbre de ponerse pendientes en las orejas, y, cuando empezaron a verse en las estrellas del fútbol y del cine, y las madres comenzaron a ponérselos a sus hijos varones desde temprana edad, se sintió descolocado, como un bicho raro.
            Se fijaba antes en los pendientes de una mujer que en sus ojos, en su pelo o en su sonrisa, y tenía la firme convicción de que se podía conocer a una chica sólo mirando los zarcillos que colgaban de sus orejas. Por eso, con el tiempo, cuando salía por las noches buscando esos retazos de amor de los que se alimentaba, uno de los criterios más certeros de los que se valía a la hora de decidirse a entablar conversación con alguna dama era que llevase unos pendientes que le pareciesen aceptables.
            Amadeo distinguía a las románticas por llevar pequeñas joyas de apariencia antigua, posiblemente heredadas de alguna mujer de su familia, o regaladas por algún viejo amor. También sabía qué mujeres eran “animales de oficina”, adictas al trabajo que solían ponerse pequeñísimos pendientes o sencillas perlas que pasasen desapercibidas. Desde lejos reconocía a las soñadoras, habitualmente por unos pendientes largos y llenos de colgantes y piedrecillas, que se enredaban con los mechones de sus cabelleras sueltas, o con los que juguetear distraídas durante la conversación. Solía jugar a adivinar cuáles, de todas las mujeres presentes en una cafetería o un local de copas, eran casadas, reconociéndolas por sus pendientes, de escaso tamaño, y habitualmente de piedras caras, de calidad, montadas sobre oro, regalo de sus maridos. A las bohemias, con grandes aros de bisutería, o con colgantes de extrañas figuras hechas mezclando materiales “alternativos” y metales de escasa nobleza con piedras sin valor, las veía venir desde lejos, así como a las esclavas de la moda, que siempre lucían algo parecido a lo que llevase la estrella televisiva o la top model del momento. Lo que sí tenía claro era una cosa: ninguna mujer se pone unos pendientes que no le gustan, ni siquiera cuando se disfraza de lo que no es, y por eso eran para él una manera certera de saber cómo era la chica a la que pensaba invitar a su casa esa noche. Después de un par de copas, planteaba sin rodeos su pretensión: pasar una noche tierna y divertida, o un fin de semana relajado y lleno de sexo y risas. Y nada más. No solía tener excesivos problemas en que su propuesta fuese aceptada, el mundo estaba lleno de mujeres solas que no deseaban dejar de estarlo, pero sin renunciar a destellos fugaces de amor que las hiciese mantener la ilusión de ser amadas sin comprometer su independencia. Nunca le propuso nada a ninguna mujer casada, porque aunque la boca de ésta dijera “no tengo marido”, sus pendientes lo desmentían, y Amadeo no quería problemas. Y al final, antes de despedirse de las que aceptaron sus caricias, cometía su “pequeña travesura”, les robaba un zarcillo, que pasaba a formar parte de su colección particular.
            Como buen coleccionista, Amadeo tenía todas esas pequeñas joyas ordenadas, clasificadas y etiquetadas, pero no por fechas, colores o tamaños, sino por intensidades. En un cajón tenía los pendientes de aquellas mujeres que no dejaron ninguna huella en él. De esas chicas no recordaba ni siquiera el nombre. Era la caja más grande, la que más piezas tenía. En otra, atesoraba las joyas de aquellas que despertaron en él la chispa de la ternura. En una, alargada y de madera de caoba, conservaba los pendientes de aquellas que no quisiera volver a encontrarse jamás en su camino, y en otra los de un puñado de chicas con las que casi alcanzó el cielo.
            Había una quinta caja, muy pequeña, en la que una joya reinaba en solitario. Era el pendiente de la única mujer de la que Amadeo se enamoró. Por ella lo hubiese dejado todo. Incluso hubiera muerto contento, si ella se lo hubiera pedido. Fue la única que pudo engañarle.
            Había conocido a aquella mujer en una popular discoteca. Llevaba unos pendientes de cristales de Swarovsky y plata, con un elemento colgante que se movía al ritmo de sus pasos de gacela. “Soltera o divorciada”, pensó Amadeo. Entabló conversación con ella, tomaron unas copas, rieron, bailaron... Vieron el amanecer abrazados sobre la arena de la playa. Había en ella algo irresistible, cuando le miraba a los ojos le hacía sentirse desnudo. Estaba de vacaciones, y no salieron de la habitación de su hotel en todo el resto del fin de semana. Se empapó de su piel, del olor de su pelo y de su profunda mirada, de tal manera y hasta tal punto que se vio a sí mismo rogando por un número de teléfono para volverla a ver. Ella dijo no.
            Dos días después, con el pendiente de Swarovsky y plata en el bolsillo interior de la chaqueta, la vio en la televisión, acompañando a su marido, el director de una conocida multinacional, en una entrega de no sé qué premios. Lucía unas espectaculares esmeraldas montadas sobre oro amarillo en sus delicadas orejas, en los mismos irresistibles lóbulos que había besado hasta la saciedad durante el fin de semana. Se sintió manipulado, engañado. Una de sus teorías se había hecho pedazos, y quería saber por qué. ¿Por qué una mujer como aquella, casada y con ese nivel adquisitivo, usaba unos pendientes baratos? ¿Ya ni siquiera se podía confiar en algo tan íntimo, tan personal como los pendientes de una mujer?
            La buscó discretamente, para no comprometerla. Sin rodeos, le preguntó. La respuesta, de una lógica aplastante, le reveló a una mujer compleja, tan parecida a él como si fuese un espejo de sí mismo.
            “Por su posición social, mi marido necesita estar casado. Somos matrimonio en la vida pública, a él le beneficia y a mí también. En el ámbito privado, cada uno hace su vida. Perdí un diamante en la cama de un hotel de la costa azul, y tuve que pagar por el silencio de aquel imbécil. No me volverá a ocurrir”.
            La segunda cita suele romper la magia que se creó en la primera. Amadeo lo sabía, y ella también, pero aún así se concedieron esa noche. Al amanecer el embrujo estaba roto, y ni siquiera se miraron.
           

viernes, 22 de julio de 2011

VICENTICO

             Vicentico es un bebé. Vive en uno de los armarios de mi casa, justo en ese en donde guardo toda la ropa “de faena”: el traje de tuno, el de fallera, el de huertana, las mantillas, calzas, alpargatas, aderezos, postizos y demás complementos para vestirnos de valencianos cuando tenemos actuación, y algunas cosas más que no vienen al caso.
            Hace años, cuando yo era mamá más o menos reciente, mis bebés subían al escenario conmigo (obvio, si papá y mamá estaban tocando, ¿quién se iba a quedar con la criatura?) y se quedaban a mi lado, en un capazo de esparto, como se hacía antiguamente. Digamos que casi formaban parte del decorado. Luego incorporamos a las actuaciones varias canciones de cuna tradicionales y yo sacaba a mis gorditas rellenas en brazos, les cantaba y a la gente le encantaba verlo. Esto duró unos años, pero cuando mi última peque creció tanto que ya quedaba mal cantarle nanas (la última vez que lo intenté me arrancó uno de los moños de un zarpazo), y visto que yo no estaba dispuesta a fabricar más vástagos, decidimos buscar un sustituto adecuado.
            Después de un duro casting entre todos los muñecos que había en casa, le dimos el papel a Vicentico. Era el bebé desnudo más aproximado a la realidad que pudimos encontrar en los baúles jugueteros de mis hijas. Digo lo de bebé desnudo porque mi hija pequeña no tenía más afición que quitarles la ropa a los muñecos y tirarla a la basura, con lo cual todos estaban en pelota viva. Eso sí, hubo que hacerle una limpieza a fondo para quitarle todos los dibujos a bolígrafo que tenía en su cuerpecillo regordete, pero cuando volvió a ser un bebé sonrosado resultó apto para el trabajo. Yo busqué una de las toquillas viejas que mi madre guardaba de mi época canija, y quedó perfecto. Desde entonces, Vicentico, el bebé eterno, hacía de mi niño en los espectáculos, a él le cantaba las nanas, lo besaba y acariciaba con ternura, y la gente aplaudía a rabiar.
            Una noche, no hace mucho, me sobresaltó un ruido en el armario. Pensé que se había colado dentro alguna de las gatas y no podía salir (ya nos ha ocurrido alguna vez), y maullaba pidiendo ayuda. Pero no, las gatas dormían en su cojín. ¿Qué podría ser? Abrí la puerta del ropero, y el llanto se oyó más fuerte. Era Vicentico, dentro de su bolsa de plástico. Incrédula, lo miré por todos los lados. Era el mismo muñeco de siempre, con sus arruguitas, sus mofletes y los ojos cerrados, pero el mohín de su boquita delataba su tristeza. Creo que se sentía solo porque hace tres meses que cambiamos el espectáculo, y eliminamos la parte de las canciones de cuna. Le he cantado tantas veces, arrullándolo como si fuese un niño de verdad, que se ha creído que realmente lo es, y ahora echa de menos el verse mecido por mis brazos de vez en cuando, se echa a llorar y no me deja dormir por las noches.
            He tomado por costumbre el sacarlo un par de veces por semana, cantarle y volverlo a guardar. Procuro hacerlo cuando nadie me ve, no quiero que me tomen por loca. Ya ni siquiera lo meto en la bolsa de plástico, no se me vaya a asfixiar: por muy de látex que sea, de alguna forma es mi niño, y eso lo hace un poquito más humano, así que le he preparado una cunita en un rincón del armario, y ahí lo dejo, durmiendo, envuelto en su arrullo.
            Hoy me he sorprendido a mí misma buscando ropita en una tienda de bebés para vestir a Vicentico; me sabe mal verlo siempre desnudo, sin siquiera un pañal, cubierto únicamente con la toquilla. Ay, cómo somos las madres...

jueves, 21 de julio de 2011

MICRÓFONOS



            Hay que ver lo que ha evolucionado la industria juguetera. Antes, que te regalasen por Reyes una muñeca, aunque ni siquiera dijese “mamá”, ya era un lujo asiático al alcance de no todo el mundo. Y ahora no hay nada en el universo de los adultos (o casi nada) que no tenga su réplica en juguete. Pensad en cualquier cosa que se os ocurra, y seguro que tiene su versión infantil disponible en cualquier juguetería. Coches, motos, armas, bebés, pandilleros, top-model anoréxicas, artículos de limpieza, de cocina, cualquier oficio que se os ocurra (excepto el de pilingui, faltaría plus) tiene todos los complementos y herramientas necesarias en plástico de atractivos colores. Os cuento esto para tratar de introduciros en el tema de hoy: esto va de un micrófono de juguete al que le tengo declarada la guerra.
            Cuando yo era una canija desdentada (allá por el jurásico, más o menos), el tiempo que estaba despierta no hacía más que parlotear en la cuna. No decía nada concreto, porque no sabía hablar, pero no callaba ni debajo del agua. Eso si no estaba llorando, claro, cosa bastante frecuente en mí según mi señora madre. Mi abuelo Cayo decía: “esta niña va a ser locutora de televisión... o plañidera, no lo tengo claro”. El caso es que, con el paso de los años, y ante la ausencia palpable en mi vida de micrófonos reales, me los fabricaba yo misma. Un lapicero y un rollo vacío de papel higiénico podían servir. Un cepillo del pelo también. La base de un Mikolápiz, la escoba con una pelota de tenis rota en la punta del palo (micro con pie, un lujazo)... todo podía convertirse en el micrófono perfecto para atronar la casa con mi vocecilla infantil, ya fuera para cantar el “Coco- guagua”, el “Yo soy la ficha roja” o la “Sopa de amor”. Yo hacía de presentadora, luego cantaba, luego presentaba el siguiente artista, volvía a cantar, y así hasta que mis sufridos progenitores conseguían distraer mi atención un rato. En aquella época los pobres autores de mis días consumían más aspirinas que un oso con jaqueca, pero nunca les oí quejarse. El caso es que, entre el oficio de cantante folklórica y de presentadora aficionada, toco muchos más micrófonos que el común de los mortales (mi costillo dice que me gusta más una alcachofa con cable que a un niño una gominola), y no me daban ningún miedo. Hasta que llegó al mundo mi hija pequeña. O mejor dicho, hasta que Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente en su delegación “tíos paternos” le trajeron a la pequeña monstrua el “Micrófono del terror”.
            A diferencia de mí, mi pequeña vástaga nunca parloteó cuando era bebé. Sólo lloraba. Su padre siempre decía: “esta niña únicamente tiene una hora buena al día, y si te la pierdes, te jorobas”. El resto del tiempo, o estaba enfadada, o directamente lloraba a pleno pulmón. Buena garganta y buenos pulmones tiene, lo juro, porque se la oía en todo el barrio. Y, cumplidos los cinco años, vienen los Reyes y le regalan el famoso micrófono, con una notita: “para que cantes y presentes como mamá”. Desde entonces, Sus Majestades de Oriente son personas non gratas en esta casa. Es un invento diabólico. Sí, rosa, con flores, con pie, sonidos de percusión (chunda, chunda, pum, pum), conexiones para enchufarle el discman y poner “cedeses”, amplificador de voz y ruedecita de volumen, muy inocente en apariencia, pero diabólico. Y la tía lo maneja con la maestría de un profesional. Imaginad el resultado: me gasto más dinero en la farmacia comprando tapones para los oídos y cajas de paracetamol que en pan al cabo del mes. El truco de quitarle las pilas y decir “huy, qué pena, se ha estropeado” sólo me sirvió la primera semana (justo el tiempo que tardó la traidora de su hermana en chivarse, esta me las pagará). Y cuando maldigo en arameo el maldito micrófono, mi costillo me dice: “¿Pero de qué te quejas? Sólo quiere ser como su mamá”.
            Creo que voy a apuntarla a clases de canto. O eso, o tiro el micrófono por la ventana. Mi salud mental, y la de todo el vecindario, depende de ello.


miércoles, 20 de julio de 2011

HACIENDO MUÑECAS


         Irene, la fabricante de muñecas, recibió un día un curioso encargo. Ella, que llevaba años trasladando al fieltro con el que trabajaba la imagen de personas reales, que trataba de que sus muñecas fuesen un espejo de quienes las iban a recibir, esta vez tenía que hacer algo distinto. El correo que había recibido lo explicaba todo con gran claridad.
            “Señorita Irene: quiero que realice para mí un trabajo muy especial. Voy a pedirle a una chica que se case conmigo. No es mi novia, y ni siquiera me mira cuando estamos juntos en clase de cocina, pero sé que esa mujer está destinada a ser mi esposa, y quiero intentar que me acepte. No tengo fotos suyas para que le sirvan de modelo, pero puedo decirle que es bajita y morena. También está bastante gordita y tiene accesos de acné que hacen que a veces camine sin atreverse casi a levantar la cabeza. Lleva gruesas gafas de miope sobre unos hermosos ojos negros, y se muerde las uñas. Está llena de complejos, cree que es la mujer más fea del mundo y que nadie sería capaz de quererla, está muy sola, y sin embargo yo la encuentro guapísima. Es ocurrente y graciosa, trabaja con la comida de una manera fantástica, es la mejor alumna de la escuela. El gorro de cocinera le sienta fenomenal, tiene una sonrisa que me hace soñar, y cuando la veo reír soy tan feliz que la abrazaría, pero no me atrevo.
            Quiero intentar demostrarle que para mí es la más bonita de las mujeres, que me encantaría pasar con ella el resto de mi vida, y por eso quiero que fabrique usted para mí un broche especial”.
A continuación le daba las instrucciones de cómo debían ser las muñecas que le quería regalar. Irene leyó una y otra vez todos los datos, se metió en su taller, salió a comprar algunas cosas que pensó podían mejorar el encargo, dibujó, cortó, cosió, pegó... Contenta del resultado, envió las dos pequeñas muñecas con su imperdible detrás, para que la destinataria pudiese lucirlas prendidas a su ropa. Para sus adentros, deseó que su trabajo sirviese a los fines para los que se lo encargaron: que esa mujer se diese cuenta de que, aunque ella se viese poco atractiva, era maravillosa para alguien. Por eso había hecho una linda princesa morena, vestida de gala, con sus gafitas y su corona. Puso en una de sus manos un cucharón, y le colocó una banda en la que, por expreso deseo del cliente, había bordado la siguiente leyenda: “S.A.R. (su Alteza Real) Dª Teresa de Sánchez y Valiente”. Ella se llamaba, obviamente, Teresa Sánchez. El Valiente era el apellido de él. Y para el chico preparó un sapito, con gorro de cocinero, sonrisa de enamorado y una banda cruzada sobre su pecho, en la que se podía leer: “soy feo, pero te quiero”.
Puso en esas muñecas tanto cariño y tanta gracia como en todos los anteriores encargos que había recibido, pero este estaba además tan lleno de esperanzas que brillaba de una manera distinta.
Poco tiempo después recibió un nuevo encargo. El correo decía así:
“Señorita Irene: Quiero que haga una nueva muñequita. Vístala de hada madrina, póngale una varita mágica en la mano, y que la cara, el pelo y los ojos sean los suyos, señorita Irene. Y llévela prendida en su solapa con el orgullo de saber que para nosotros, y seguramente para muchas más personas, tiene usted una magia especial que sirve para que los demás sean felices”.
Irene imaginó que la princesita y el sapo habían conseguido unir a la pareja, y se sintió feliz. E hizo aquel hada madrina para ponerla en su taller y recordar cada día que fabricar ilusiones para los demás es un trabajo importante
           
           

EL CALOR DE UN ABRAZO


 Se me quedó prendido al pecho un abrazo que di una vez. Él era como un castillo, gigante, robusto. Tenía la cara llena de pelo con un bigote, barba y cejas pobladísimas, y una mata de cabello entrecano de las que causan envidia. Su aspecto, junto con su voz de trueno, hacía que los niños pequeños sintiesen miedo. Miedo que se desvanecía al instante cuando los llenaba de cosquillas, risas y besos, porque no había cosa que más le llamase la atención que un niño pequeño.
Pepe era todo franqueza, y tenía un corazón grande en el que cabía todo el mundo. A mí me gustaba saludarle con un abrazo cuando nos veíamos; en realidad me gusta abrazar a los que considero mis amigos, a los que realmente quiero y en los que confío, y él era de esos. Recuerdo mi primera ofrenda desfilando cogida de su brazo, vestida con un traje de su mujer que caminaba delante de nosotros, orgullosa madre del brazo de su hijo. Recuerdo una paella en la playa, sentado frente a mí y con mi marido al lado, una tarde de domingo y risas. Y recuerdo el calor de su abrazo de gran amigo cuando todos nos despedimos al caer el sol. Sólo cuatro días después de aquel abrazo le perdimos, tenía tanto amor y generosidad en el corazón que ya no le cabían, y, como un globo cuando un niño lo hincha demasiado, se le rompió.
Anoche vino a verme, y me desperté con el calor de aquel abrazo. Pepe me enseñó que no hay que perder la ocasión de abrazar fuerte a las personas a las que queremos.

martes, 19 de julio de 2011

COMPONIENDO


             El compositor, sentado frente a su piano, se sentía vacío. Le habían encargado que compusiera una canción nueva, pero aquella semana las musas se habían ido de excursión, los astros le volvieron la espalda y la bendita inspiración debía estar mirando hacia otro lado. Tocaba una serie de acordes, los escribía, se entusiasmaba, los volvía a tocar, maldecía, los tachaba... así llevaba ya seis días.
            Se preguntó dónde estaba la creatividad que le llevaba manteniendo a flote como músico desde temprana edad. ¿Por qué no lograba una melodía con alma, como las otras veces? Había hecho las cosas del modo acostumbrado: se había preparado una copa, la luz entraba a raudales en la habitación, el piano estaba afinado, olía a las rosas recién cortadas que había colocado en un jarrón junto a él... había cumplido con todos sus rituales de siempre, pero no lograba nada. Las partituras arrugadas llenaban la papelera y sus alrededores como pequeñas bolas de frustración. Como su ánimo: por los suelos.
            Quizá era hora de cambiar de procedimiento. Tal vez convenía escribir primero la letra y después la música. Lo intentó, pero no pudo: en él la música venía sola, y luego era ella la que tomaba vida propia y le contaba al oído su historia. Ella hacía la letra. Si no conseguía crear la melodía, no habría canción.
            Dejó vagar la vista sin rumbo a través de los cristales de la ventana. Desde aquel ático luminoso se dominaban las terrazas de todo el barrio. Podía ver la ropa tendida, las antenas de televisión, las nubes que mansamente surcaban el cielo empujadas por la brisa, las golondrinas que volaban, ágiles y juguetonas, haciendo quiebros de un tejado a otro. Frente a su ventana, un tendido de cables negros de la luz cruzaba de un poste a otro para alimentar de energía varias manzanas de casas. Contó los cables: cinco líneas, horizontales y paralelas. “Vaya, curioso pentagrama”, pensó.
            Continuó mirando por la ventana, y la vista se le iba contínuamente a aquel trozo de tendido eléctrico. Reparó en que el viento había enredado en los soportes de cerámica, en el poste de la izquierda, un jirón de tela oscura procedente de alguna terraza cercana, que se enroscaba en los cables formando algo parecido a una clave de sol. Se echó a reír, apuró su copa y dejó la tarea para otro rato. Quizá la tarde fuera mejor momento, y la inspiración decidiese hacer su aparición para echarle una mano.
            Al atardecer se preparó otra copa, levantó la tapa del piano, cambió el agua a las rosas del jarrón y se sentó en el taburete, frente al teclado. Se sentía inútil. Junto a él, una nueva partitura en blanco. Dibujó una clave de sol en el arranque del primer pentagrama, y no supo cómo seguir. Su ánimo triste le decía: “pon un tono menor en la armadura”, pero se resistía a hacerlo. No quería condicionar la canción por un pesimismo pasajero. Sus ojos volvieron a los cables de la luz.
            Una golondrina traviesa revoloteaba frente a la ventana. De pronto, se posó en el alféizar y comenzó a picotear el cristal, reclamando la atención del compositor. Éste, sorprendido, fue a buscar unas migas de pan para el animal, que lanzó un sonoro trino de agradecimiento. Casi al instante, una bandada entera de pájaros, blanquinegros y ágiles, tomó posiciones sobre los cinco cables. El compositor sonrió: parecían notas sobre el pentagrama. Intentó solfear la melodía que parecían dibujar, pero no tenía sentido. Sólo había pájaros sobre el Mi, el Sol, el Si, el Re y el Fa. No había notas intermedias, los espacios interlineales estaban vacíos. Lo que vio a continuación le dejó pasmado.
            Anochecía, y una bandada de murciélagos salió de su escondrijo oscuro en el cuarto de máquinas del ascensor. Sabía que vivían allí porque el técnico que  revisaba el viejo elevador se lo había dicho, pero no había querido expulsarlos, para disgusto de la portera, que les tenía miedo. Por el contrario, a él los murciélagos le resultaban simpáticos. Volaron en círculos unos instantes, y se colgaron boca abajo de los cables, mezclándose con las golondrinas. Ellos eran las notas intermedias: Re, Fa, La, Do, Mi. Aún incrédulo, solfeó toda la frase. Aquella melodía era extraña, mágica. La escribió en su partitura.
            Pasados unos instantes, abrió la ventana y tocó en el piano lo que había escrito. Cuando levantó la vista, todos los alados, golondrinas y murciélagos, revoloteaban frente a él. Volvieron a posarse. Segunda frase de la melodía. El compositor la anotó, y tocó las dos frases seguidas.
            Antes de que la noche lo invadiese todo, los pájaros ya le habían regalado la canción completa. No sólo tenía alma, sino también una magia atrayente y poderosa. Pasó varias horas trabajando en ella, dotándola de ritmo y acordes, enriqueciéndola. Después, agotado, se acostó.
            Por la mañana se despertó tranquilo. Había dormido bien por primera vez en muchos días. Un grupo de tórtolas le miraban desde el alféizar de la ventana, zureando entre ellas con su murmullo característico: parecían un grupo de muchachas conversando, como buenas amigas. Se quedó un rato escuchándolas. Ellas le dieron la letra de la canción contándole cómo era la vida vista desde los tejados de la ciudad, allí donde flotan los deseos de los hombres y se escuchan los sueños de los niños y los suspiros de los amantes.
            Nunca más necesitó la ayuda de los pájaros y los murciélagos para componer. Su “Canción Alada” le abrió todas las puertas, y las musas acudieron a su lado siempre que las convocó poniendo rosas recién cortadas en un jarrón junto al piano. El alero de su buhardilla continuó lleno de nidos de golondrina, que volvían allí año tras año, y los ratones alados siguieron viviendo en el cuarto de máquinas del ascensor, ante el disgusto de la portera. Se negó a mudarse a una casa más grande, no necesitaba irse de su pequeña vivienda, porque era una atalaya desde la que la ciudad y la naturaleza le contaban sus secretos cada día, como una fuente de inspiración inagotable. ¿Por qué marcharse? Aquellas paredes, las vigas del tejado, todo en aquel lugar estaba impregnado de su música. Su mundo era perfecto desde allí, y nada puede mejorar lo que ya es perfecto.
           

EL EFECTO LAÚD


            Desde que era una niña, recuerdo el laúd de mi madre guardado en una estantería, envuelto en una sábana. Lo compró cuando tenía dieciséis años, para tocar en una rondalla. Un par de años después dejó la música, y ya nunca más lo usó. Estaba mudo, desafinado, con las cuerdas oxidadas. Yo lo cogía de vez en cuando y lo rascaba, sonaba a rayos, pero a mí me gustaba hacer ruido con él. El averiguar cómo se podía producir música con aquello era para mí un gran misterio por desentrañar.
            Varios años después, al llegar al instituto, alguien me enseñó a tocarlo. Mi viejo maestro me indicó cómo cambiarle las cuerdas, cómo afinarlo... tardé en conseguirlo, pero al fin lo hice cantar. Entré en un grupo, luego en una orquesta, después en otro grupo. Tocar ese instrumento me llevó a muchos sitios: Francia, Portugal, Alemania, Italia... Me ha proporcionado tantas experiencias y buenos ratos que creo que sin él nunca hubiera llegado a ser la persona que soy. Y gracias a él conocí a otro músico de cuerda que resultó ser la mitad de mí misma.
            Ese laúd que ahora, viejo y rajado, duerme el sueño de los justos en un armario de mi casa, determinó para siempre mi vida. Por eso, aunque ya no suene, no podría deshacerme de él: su madera y la mía son la misma. Canté mucho con sus cuerdas, y él cantó mucho con mis manos; ese vínculo me recuerda cada día que el “efecto mariposa” del que tanto se ha hablado y escrito es, en mi caso, el “efecto laúd”.

lunes, 18 de julio de 2011

LAS MANOS DE MI MADRE



            Es extraordinario el poder evocador que tienen las canciones, ¿verdad? A veces, escuchas un tema que hace tiempo que no oías, y te trae a la cabeza un montón de recuerdos que tenías arrinconados en alguna parte de la memoria. Esto puede originar una sonrisa, una lágrima, o hasta un verdadero cataclismo de sentimientos.
            Ayer iba en el coche, puse un disco de mis adorados Sabandeños (ya sabéis que son mi debilidad, no lo puedo evitar) y sonó una canción, de sobra conocida por mí, titulada “Como pájaros en el aire”, y que habla de las manos de una madre. Mientras la escuchaba, vi las manos de mi madre. Las vi untándome la tripa con aceite de manzanilla cuando me dolía, de pequeña. Las vi pintando uno de sus preciosos cuadros al óleo, llenos de rosas frescas y de paisajes marinos, manchadas de pintura y oliendo a aceite de linaza. Las vi peinándome las coletas y planchando las camisas de mi padre. Las vi friendo buñuelos, heridas por las salpicaduras del aceite hirviendo, y también las vi fregando cazuelas, limpiando azulejos, abrillantando suelos... Las vi alargando las perneras de mis pantalones conforme iba creciendo, cosiéndome los botones del babero del colegio, porque siempre los perdía de tanto correr y jugar en el patio de la escuela. Ahora las veo acariciando a mis hijas, desmigándoles el pescado para que no quede ninguna espina que las pueda herir, preparándoles bocadillos para las meriendas... Veo que sus manos han cambiado: su piel está más arrugada, el eccema le ataca a temporadas y se las enrojece, y le han salido muchas manchas por la edad. Sigue llevando las uñas cortas porque el agua y el jabón se las estropean, nunca tiene tiempo de arreglárselas, y continúa usando el anillo de casada en el anular derecho. Siguen siendo las manos de mi madre, las manos que me cuidan y me protegen, las que miman a mi familia, las que vigilan noche y día para que nada nos falte y nada nos pase. Cada día agradezco a la vida el poder seguir viendo esas manos que me llevan ayudando a vivir desde el momento en que nací.
            Mi madre lleva dos meses de vacaciones en el apartamento de la playa, y no la he visto en todo ese tiempo. Esa canción me recordó lo mucho que la echo de menos. Mami, ya sé que hay dos horas y media de viaje de ida y otras tantas de vuelta, pero me da igual. El domingo, como sea, me voy a verte. Necesito que tus manos me acaricien el pelo, aunque sea para decirme “hija, péinate, que parece que te acabes de levantar de la cama. Anda, ven, yo lo hago”. Te quiero, mamá.

SUEÑOS FRUTEROS



Os presento a una de las “okupas” que tengo en casa. Se llama Isi. La echaron a un contenedor de basura cuando era un comino, junto con el resto de la camada. Murieron todos, menos ella. Yo la recogí en la protectora de animales, y me empeñé en sacarla adelante a jeringazo limpio. Le inyectamos de todo, le metíamos la comida como podíamos, porque ella se había abandonado y ya no luchaba por vivir.
Sobrevivió, pero no es un gato normal. Es sorda, tiene asma, ronca como un camionero cuando respira (mis hijas la llaman “el lado oscuro de la fuerza”), nunca cae de pie, sino de culo. La pupila no se le cierra bien cuando hay demasiada luz, con lo cual hay momentos en que apenas ve. Pero es el gato más cariñoso y pegajoso que he visto en mi vida.
Como hay muchos ratos que no estamos en casa, Isi se sentía muy sola. No sabía con quién jugar, la otra gata y el perro que tenemos le dan miedo porque no los oye, ni los ve bien, no puede correr porque se ahoga... pero mi Isi es muy lista, y se buscó una pandilla adaptada a sus necesidades. Juega con ellos, huelen bien (el olfato es lo único que tiene sano, la pobre), se dejan mordisquear sin protestas, no la persiguen y puede dormir con ellos cuando quiere. Mi Isi se ha hecho amiga... ¡de las frutas del frutero! Es feliz entre plátanos, limones y manzanas. Les maúlla como si les hablara, los coloca y recoloca, se tumba en cualquier hueco entre ellos y se queda dormida.
De su ejemplo saco una lección que me está siendo muy útil: no importa cómo seas, ¡siempre encontrarás amigos a tu medida! 

domingo, 17 de julio de 2011

POSTRE ESPECIAL DE LA CASA


            Ayer salimos de casa hacia el mediodía, con la referencia y la dirección de un restaurante mejicano que nos apetecía probar. Las críticas que habíamos leído en la página de internet eran muy buenas, y para allá nos fuimos, ilusionados por la fiesta de sabores que caracteriza la gastronomía mejicana. Al llegar, un chasco: se había trasladado a otra zona. Y con lo que nos había costado aparcar... Visto que ya eran casi las tres, las niñas estaban muertas de hambre y nosotros un poco decepcionados, decidimos entrar en un restaurante cercano. No teníamos ni idea de lo que íbamos a encontrar allí. Fue una de esas carambolas tontas con que la vida te obsequia de vez en cuando, y que te dejan un recuerdo especial.
            Se trataba de un restaurante vegetariano. Mi hija pequeña torció un poco el morro, ella quería fajitas, o burritos, o algo con mucha chicha y poco verde, así que me saqué del bolsillo la charla típica: hay que estar abiertos a sabores nuevos, nunca se sabe si encontrarás algo que te sorprenda y te encante, cuando seas mayor y viajes por ahí no te puedes limitar a comer hamburguesas y patatas fritas por miedo, esto es cultura, y bla, bla, bla. Bueno, una de mis habituales parrafadas a las horas de comer.
            Elegí los entrantes. Evité decirles que el hummus está hecho de garbanzos, así que se lo comieron encantadas. La sobrasada vegetal y el paté de alcachofas sobre pan integral tostado, deliciosos. La ensalada, con pistachos, aguacate, hojas de ocho o diez plantas distintas, fresas y brotes tiernos, espectacular. Luego, cada uno decidió: pasta, hamburguesa de soja, tofu, seitán... cada cosa que salía a la mesa era más rica, más vistosa y más sorprendente que la anterior. Pero lo mejor de todo, como casi siempre, llegó a la hora del postre.
            Ya no me cabía más comida en el cuerpo, pero qué demonios, un día es un día. “Postre de chocolate blanco con pensamiento”, le dije al amabilísimo camarero. Cuando el plato llegó a la mesa, mis hijas aplaudieron. Chocolate blanco, helado, frambuesas... y un pensamiento, pequeña flor llena de significado, coronando la presentación. No vieron que, bajo el plato, un pergamino cuidadosamente doblado asomaba una de sus puntas invitándome a cogerlo. Lo desplegué con cuidado, mientras mis vástagas atacaban el plato cuchara en ristre, encantadas de la vida. En él, con cuidada caligrafía y el inconfundible trazado de una pluma estilográfica, pude leer:
            “Es muy fácil demostrar a los demás nuestra sabiduría. Tanto como difícil es demostrarnos a nosotros mismos hasta dónde llega nuestra propia ignorancia. Nunca creas que lo sabes todo”.
            Ese era el pensamiento del postre, y no la flor que lo adornaba, como supuse  en un principio. Me pareció una idea original y curiosa, tanto que llamé al camarero y le pedí que felicitara al dueño del local de mi parte por tan bonita iniciativa. Cuando me trajo la cuenta, tenía en la mano un pergamino sin escribir y una pluma estilográfica. “¿Sería tan amable de dejar un pensamiento para el próximo comensal que pida ese postre?”
            Acepté encantada. Me pregunto quién fue el autor del mensaje que yo abrí. Posiblemente alguien que paró allí a comer por casualidad, pidió ese postre, y leyó el pensamiento de otro viajero urbano, como él, como yo. Y así en una preciosa cadena que continuará mientras quede helado de chocolate blanco y frambuesas en el mercado. Yo me alimento de esas pequeñas sorpresas que me salen al paso. No será la última vez que visite ese local.

EL COFRE DE LAS PRIMERAS COSAS


Cuando nació mi hija mayor, a la que puse nombre de pájaro para que siempre fuera libre, compré un cofrecito. A medida que le iban ocurriendo cosas, iba guardando en el cofre los testigos de esos pasos: salió del hospital y guardé la pulsera de su tobillo, el primer body y los primeros zapatitos que le puse. Se le cayó el ombligo y guardé la pinza. Le colocaron los pendientes, y guardé los primeros. Le corté el pelo y me quedé con los mechones en una cajita. Es el "cofre de las primeras cosas". En él están también su primer babero, la cuchara de las primeras papillas, el primer chupete y la vela de su primer cumpleaños. Hay un frasquito con sus dientes de leche y algunas cosas más.
Quise meter también en él el primer beso que le di a su cabecita ensangrentada, nada más salir de mi cuerpo. También intenté atrapar la luz de su primer amanecer, cuando el sol se asomó a conocerla por la ventana del hospital. No pude guardar esas dos cosas, ni tampoco su primera noche en el mundo, que pasó tumbada sobre el pecho de su padre escuchando su corazón generoso, ni el inmenso amor que sentimos por ella antes siquiera de verle la cara.
Hay cosas para las que no existe más cofre que nuestra propia alma. Tengo suerte, la mía está llena de recuerdos hermosos.

sábado, 16 de julio de 2011

PIROPOS


             Se llamaba Juan. Frisaba los sesenta años y siempre vestía de traje, lino para el verano, paño en el invierno. Aunque no se puede decir que en su Sevilla natal hiciese demasiado frío en ninguna época del año, la humedad del Guadalquivir se colaba ya en sus huesos haciéndole sentir el peso de la edad. Nadie sabe de qué vivía, nunca se le conoció oficio ni trabajo alguno. Dedicaba el tiempo a pasear por las calles de su ciudad inventando piropos para las mujeres.
            Le daba igual jóvenes que maduras, guapas o feas, altas o bajas: en todas encontraba alguna cualidad que destacar con una frase certera, elegante y fina que las hiciera sonreír, aunque fuera por dentro. Jamás tocó a ninguna ni se le oyó la más mínima  grosería. Era un caballero.
            Me fascinó su estampa señorial, pero lo que más me atrajo de él fue el gracejo con que halagaba a las damas con ese acento suave y susurrante que gastan los andaluces cuando requiebran, así que comencé a dirigir mis paseos diarios a las calles en las que él solía estar. Confieso que lo hice sobre todo por curiosidad, pero un poco también por ser alguna vez la diana de una de esas frases tan halagadoras.
            Esa mañana le vi cuando salía de tomar café en un bar del centro. Ante la puerta acertó a pasar en ese momento una extranjera rubia, rellenita y con una tremenda insolación producto del inclemente sol sevillano. Él la miró de arriba abajo con ojos tiernos, sin asomo alguno de lascivia, y le dijo en tono dulce: “Cuídate de las miradas, preciosa mía, porque tan fina es tu piel que el sol no pudo dejar de mirarte y sin querer te hizo daño. Ay, quién fuera after-sun...” No sé si ella le entendió o no, pero se marchó sonriendo.
            Al rato una morena rotunda cruzó la calle ante él con paso firme, tacones altos y unas oscurísimas gafas de sol. Él lanzó su requiebro, y ella no pudo evitar sonrojarse ligeramente mientras continuaba caminando: “No me escondas tus ojazos, morena, que sin ellos no hay luz en el mundo. Eso, eso que haces tú caminando es pisar, lo de las demás es fastidiar el suelo”. Tremendo. Vamos, a mí me dice un hombre como ese una cosa así y soy capaz de darle un beso. Decidí probar suerte, a ver si para mí también había piropo; fui a comprar un par de claveles rojos, me los coloqué en el pelo y volví para pasar ante su mirada de poeta, pero ya no estaba. Contrariada, decidí volver al día siguiente a ver si sonaba la flauta.
            Efectivamente a media mañana salió del mismo bar que el día anterior, justo al paso de una señora de su edad, quizá incluso mayor, pero tan bien peinada y arreglada que aparentaba unos cuantos años menos. Él la miró de soslayo, sonrió y dijo: “Donde estén las cerezas maduras, a mí que no me den manzanas verdes. Si la hermosura se midiera en vatios, como las bombillas, yo ahora mismo me habría quedado ciego”. Ella le sonrió y le contestó: “Eso es un hombre y lo demás fotocopias”. Él la hizo parar y comenzaron a hablar. Al poco rato entraron en una cafetería cercana y pidieron dos cañas. Vi sus miradas, sus sonrisas, la ternura con que él le cedió el paso sujetando la puerta, el tremendo donaire de su gesto al acercarle la silla para que se sentara... aquello cada vez me tenía más intrigada, así que esperé a que se marchasen y entré en la misma cafetería. Busqué a camarero de más edad, pedí una coca-cola y, sin más rodeos, le pregunté por ellos. Él me contestó: “chiquilla, si quieres saber de Juan pregúntale a Juan. Nadie mejor para responderte”. Parecerá una tontería pero me costó atreverme.
            Le busqué a la mañana siguiente, más temprano, en el bar en el que solía desayunar. Me senté en la barra junto a él sin siquiera pedir permiso.
          –Buenos días, señor Juan. Me gustaría hablar con usted.
         -Tú dirás, prenda –me sonrió mientras removía su café–. Mucha curiosidad junta para una mujer tan guapa. Es el tercer día que te veo por aquí.
Sorprendida de que se hubiera dado cuenta, titubeé antes de plantearle la duda que me rondaba.
         –Don Juan, ¿por qué lo hace? ¿por qué requiebra a las mujeres que pasan ante usted? ¿Y por qué me lleva viendo tres días y para mí no ha habido piropo?
           Se tomó unos instantes para responderme, además del café. Luego comenzó a hablarme bajito, en el mismo tono que cuando lanzaba una de esas flores de palabras con que halagaba a las mujeres.
           –A la pregunta uno, porque a mí me parieron así y así moriré. Lo más bello del mundo es una mujer, pero hasta la más hermosa necesita que alguien le diga que lo es. Y si las más guapas lo necesitan imagínate las que no lo son tanto. A la pregunta dos, porque los piropos son para decirlos de palabra, cara a cara. Ni por carta, ni por teléfono, sino mirando a los ojos de la persona que los ha inspirado. Y a la pregunta tres, porque si el primer día te hubiera requebrado ya no habría tenido el inmenso placer de verte ayer y hoy.
             Me dejó muerta, sin palabras. Entonces me di cuenta de que lo que pretendía era eso, dejarme sin palabras. Y que parase de preguntar. Pero yo me rehice y volví a la carga.
           –Y la dama de ayer, ¿quién era? Esa devoción en la manera de mirarla no era la misma que con las demás mujeres, Don Juan.
            –Esa, señorita inquisidora, esa debería ser mi mujer.
              Por un segundo vi nublarse su mirada, o al menos eso me pareció.
–¿Y por qué no se casaron? ¿Usted no se lo pidió o ella le rechazó?
–Se lo pido cada vez que la veo desde que tenía veinte años. Y siempre me contesta lo mismo: me casaré contigo cuando dejes de ser tuno.
           ¡Claro, cómo no había caído! Tuno y de Sevilla... así se explicaba la galantería, la poesía que exhalaba aquel galán con cada una de sus palabras.
            –Pero usted sería tuno de joven, en los años universitarios, ¿no? A estas alturas...
         No me dejó terminar. Se levantó, pagó la cuenta y se despidió de mí con una frase que no olvidaré nunca.
            –Reina mora, el que es tuno lo es hasta morir. Y yo moriré tuno aunque ya no me vista para salir de ronda. El ser lo que soy no va en un traje de terciopelo ni en una capa llena de cintas bordadas. Se lleva en el corazón.
            Me quedé un rato sentada en el bar después de que él saliera. Le imaginé de joven, cantando bajo un balcón lleno de flores con la luna como testigo, y deseé haber sido la dama que le escuchase escondida tras los claveles y los geranios.
            Cuando salí me estaba esperando fuera.
            “Me voy a hacer aficionado a la astronomía para estudiar esa constelación de lunares que adornan tu cuello. Les pondría nombre a todos, uno a uno, antes de que llegase a amanecer...”
            Me guiñó un ojo y se marchó con su traje claro y su andar de caballero. Pocas veces me he sentido tan mujer como en aquel instante.