miércoles, 31 de agosto de 2011

LA VOZ DE NOTRE DAME


            Quizá una de las sensaciones más estremecedoras que se pueden experimentar en una ciudad como París es la de colocarse frente a Notre Dame en una mañana de sol y mirar hacia arriba poco a poco. Ir descubriendo los relieves, las míticas gárgolas, las vidrieras, los arbotantes, las ventanas apuntadas, y por último las dos torres incompletas, y reconocer en vivo cada detalle de ese templo que tantas veces hemos visto en las películas y sobre el que tanto hemos leído y oído hablar. Es como arrancar una página de algún libro de historia y meterse dentro. Es legendaria, y al mismo tiempo es tan real que te hace sentir como el protagonista de una novela.
            Para alguien que ame el arte, entrar dentro de ella, pisar su suelo, admirar el coro, la primorosa sillería, las imágenes, el colorido de las vidrieras y rosetones, y la fabulosa Piedad protegida por las rejas es algo que no se olvida, y que tampoco se puede ver en unos minutos, porque encierra tantos tesoros, tanto trabajo de cientos de artesanos silleros, imagineros, escultores, pintores, vidrieros, restauradores, carpinteros, que sólo en honor a ese ingente esfuerzo hay que detenerse a cada paso casi con reverencia.
            Con un poco de imaginación, no es difícil ver ocultarse tras las columnas la silueta de algún monje medieval, o percibir la presencia del maestro organista a punto de hacer sonar algunos acordes. Pero no, allí sólo hay cientos de turistas como uno mismo, docenas de guías explicando los retazos de historia de cada elemento, y un aire denso y pesado producto de la respiración de todas las almas presentes.
            Aún sabiendo que Quasimodo, el famoso campanero deforme de Notre Dame, jamás existió fuera de la literatura y de las películas que nos enseñaron su triste aventura, yo quise verlo con los ojos de mi fantasía, y lo descubrí al fin, observándonos desde la galería superior que recorre discreta los laterales de la nave principal. Le saludé con la mano, y me respondió con un gesto de la suya, que señalaba hacia arriba. Enseguida supe lo que me quería decir, así que me di prisa en salir de la catedral y volver a la plaza exterior.
            Un enorme grupo de japoneses se hacía fotos junto a la larga cola de acceso, y yo corría en sentido contrario: todos querían entrar, pero yo quería salir. Una vez fuera, volví a mirar la fachada al sol de mediodía, y creí verle subiendo hacia una de las ventanas superiores, trepando de adorno en adorno, de escultura en escultura, caminando por los arbotantes con su soltura de equilibrista jorobado. Luego, se apoyó en una de las gárgolas y saltó al interior.
            Plantada en medio de la plaza y con la mirada fija en las torres, pensé una vez más que la imaginación es una herramienta muy poderosa. Si Víctor Hugo pudo verlo para escribir su historia, cualquiera podía llegar a verlo también con los ojos de la mente, como yo acababa de hacerlo. Sólo era cuestión de dejar los prejuicios de lado.
            Terminada ya mi particular visita a Notre Dame, me dispuse a irme, pero la catedral quiso despedirse de mí ofreciéndome un último regalo: su voz. Las campanas legendarias, el bronce más literario de todos los que conozco, comenzaron a cantar una tras otra. Escuché a su tañido solemne decirme: “Volverás. Volverás. Volverás.”
            Ella lo sabe, como yo también lo supe en aquel instante. Volveré, claro que sí. Volveré a ella cada vez que la recuerde, cada vez que la imagine. Volveré cada vez que escuche el tañido de alguna campana, cada vez que huela a incienso, cada vez que encuentre una vidriera que me recuerde los colores de las suyas.
            Espero tener la oportunidad de pisar de nuevo su histórico suelo, pero hasta que ese día llegue, regresaré con mi imaginación a menudo. Ella no dejará que la olvide.

martes, 30 de agosto de 2011

EL TOCADOR DE LA DIVA

       
     Se llamaba Yvette Cielbleu, y la Ópera de París nunca había conocido una diva como ella. Su voz y su belleza eran famosas en todo el mundo, pero entre todos los palacios de la Ópera del continente, Yvette había escogido ser la prima donna precisamente allí, en el más hermoso de la vieja Europa.
            Los felices años veinte, después de la primera gran guerra que pusiera el mundo en peligro, fue la época en que Yvette Cielbleu reinó en el magnífico palacio al que la nobleza y la alta sociedad, tanto la parisina como la del resto de países europeos, iban a dejarse ver. Hubo un tiempo en que ir a la Ópera era un pasatiempo para ricos, que acudían con sus mejores galas con el único fin de lucirse e impresionar a los demás, importando poco o nada quién cantase o qué obra se estrenase, pero eso se había acabado con la gran Yvette. Desde que ella cantaba, los mejores modistos se pegaban por hacer los figurines de sus trajes, los mejores músicos competían por tocar para que ella luciese su voz, y las entradas se agotaban antes incluso de llegar a las taquillas. Era hermosa como la luna, sentía y hacía sentir los personajes que representaba como si fuesen reales, emocionaba al público hasta las lágrimas. Era la mejor.
            Sentada en su tocador de seda rosa, con el traje que había de ponerse colocado en un maniquí junto a ella, Yvette se hacía peinar por los mejores peluqueros antes de salir a escena. E invariablemente, después de cada estreno, se sentaba ante ese mismo espejo a cepillar su melena cobriza mientras esperaba a que llegasen las rosas. Cuando el botones traía el ramo, ella se iluminaba como un hermoso amanecer, se vestía y salía en su coche hacia Maxim’s. Sabía que él la esperaba allí, en aquel discreto reservado de mudos camareros en el que cenaban siempre antes de terminar haciendo el amor en una de las suites del Crillon. Él era un hombre maduro, poderoso y tan rico que ni siquiera sabía a cuánto ascendía su fortuna, y ella lo amaba tanto que no podía imaginar su vida sin él. Por eso, aunque sabía que estaba casado y que lo que hacía no era lícito, acudía a su llamada cada vez que llegaban las rosas. A cada estreno temía que no viniera, pero él siempre aparecía, con su impecable traje, su coche y su enjoyadísima esposa. Luego la enviaba a ella al Ritz con la excusa de atender sus negocios en París, y ordenaba al botones llevar flores al camerino de la diva.
            Seis años duraba ya su particular aventura, seis años en los que ella no dejó de soñar con lo que él le prometía: no la amo, está enferma, morirá pronto y tú serás la reina de mi imperio particular… podría haber sido el argumento de cualquier vodevil. Y ella, la gran Yvette Cielbleu, que podía haber tenido al hombre que hubiese querido, se conformaba con aquellas citas clandestinas esperando que esa boca que tan desesperadamente amaba no le estuviera mintiendo.
            La noche en que se estrenó “La Flauta Mágica”, Yvette le vio en el palco junto a su mujer. Con el corazón dando saltos en el pecho, esperó en su tocador de seda rosa durante horas. Llegaron muchas flores de muchos admiradores, pero no sus rosas. Confusa, vio cómo los camareros de Maxim’s le negaban el paso al reservado en el que él cenaba aquella noche acompañado de una joven actriz francesa, la última sensación del cine mudo. Los brazos de su amado y la cama en la suite del Crillon habían cambiado de dueña.
            Yvette se asomó al Sena desde el Pont Neuf, añadiendo a las aguas el caudal de sus lágrimas. La mejor, la más hermosa diva que conociera la Ópera de París deshizo su trenza cobriza sintiéndose como una de las heroínas de las tragedias que representaba. Ya no cantaría nunca más. Sin ruido, dejó caer su cuerpo al agua, transformándose ya para siempre en leyenda, convirtiéndose en la sirena del Sena.
            El tocador de seda rosa, con el traje que utilizó en aquel último estreno, fueron guardados en uno de los muchos trasteros que llenan los sótanos del Palacio de la Ópera de París, porque ninguna otra prima donna quiso utilizarlos después de Yvette Cielbleu. Supersticiones de artistas, supongo. ¿O no?

lunes, 29 de agosto de 2011

HÁGASE LA LUZ

            Para mí, la tendencia a la magia en las personas es mucho más acusada en las mujeres que en los hombres. Sin embargo, también entre ellos se dan casos de fabricantes de ilusión. Pero ilusión de verdad, magia de la buena. Nada de trucos de circo que sólo aportan entretenimiento. Joseph tiene esa capacidad, ese guiño alocado y travieso capaz de aportar una pizca de brillo a la vida de los demás.
            Durante casi una semana, Joseph nos llevó, a golpe de sorpresa, de un momento maravilloso a otro. Su programa era general: día 1, visita por París. Día 2, al parque de atracciones… y dentro de estas pautas, él hacía lo que creía necesario para conseguir ese brillo en los ojos que delata la emoción. Por la mañana decía “vamos a ir a ver unas iglesias”, y en unos minutos te veías dentro de Notre Dame, pisando ese trozo vivo de leyenda e historia. Luego anunciaba “vamos a ver unas tiendas”, y de pronto te encontrabas en los Campos Elíseos, frente a los escaparates de las tiendas más lujosas del mundo. Más tarde, a través del micrófono oíamos su voz cálida diciendo: “ahora vamos a ver la tumba de un soldado”, y al momento estabas bajo el arco de triunfo de Napoleón, admirando las impresionantes esculturas, los nombres de las batallas que ganó, y la llama que arde perenne en la tumba del soldado desconocido, y pensando en cuántos personajes históricos e ilustres habrían pisado en el mismo lugar en el que tú tenías los pies: reyes, presidentes, héroes…
            Fuimos saltando, como digo, de ilusión en ilusión, de sorpresa en sorpresa, de la mano de Joseph, durante una semana. Pero para mí, el destello de magia más claro que él me proporcionó tuvo lugar a bordo de un barco. Un barco al que no sabíamos que íbamos a subir. Declinaba el sol cuando subimos al bateau mouche para hacer la travesía por el Sena. La vista de los puentes, la historia de cada uno, los monumentos y edificios vistos desde el agua, son ya de por sí suficiente atractivo como para coger el barco, un paréntesis relajado en la maratón de visitas de un viaje así. Creí que la maravillosa vista de Notre Dame recortándose contra el sol poniente era el recuerdo más hermoso que mis retinas iban a llevarse de París. Pero no, me equivoqué.
            Joseph miró la hora y sonrió. Navegábamos ya de vuelta hacia el embarcadero cuando, mientras pasábamos bajo un puente, se levantó de su silla y llamó nuestra atención. “Miren hacia allí, en aquella dirección, por favor”. Su mano señalaba hacia la Torre Eiffel que se dibujaba, oscura, en el cielo. “Et… ¡Voilà! ¡La reina de la noche parisina despierta ante ustedes para que nunca la olviden!” Y de pronto, como una antorcha, la torre se iluminó en naranja. Un murmullo de sorpresa se extendió por la cubierta del barco, que se transformó de pronto en voces de entusiasmo cuando miles de destellos cubrieron la estructura de hierro recorriéndola de arriba abajo, transformándola en un sueño deslumbrante y romántico cuya imagen repetían las aguas oscuras del Sena. Todos los ojos brillaron también. El mago Joseph, sentado en su silla, solamente sonreía.

domingo, 28 de agosto de 2011

PROMETER UN SIRTAKI

            Nos hizo gracia aquel callejón tan estrecho, y también su nombre: Rue du Chat qui pêche (calle del gato que pesca). Lo recorrimos, y la casualidad quiso que al rebasar la esquina con la rue de la Huchette viéramos un gato tumbado ante el mostrador de pescado de un restaurante griego. "¡Mira, mami! ¡El gato que pesca!", dijeron mis hijas. Me detuve a hacerle una foto al animal, y ese fue el momento que aprovechó el encargado del local para salir a llamar nuestra atención. Era un hombre de unos treinta años, alto, muy moreno y con una agradable sonrisa. Con ella por bandera, y con su graciosa mezcla de francés, castellano, italiano y griego, consiguió que nos quedásemos a comer en su restaurante.
            Reconozco que el sitio era de lo más pintoresco. El famoso gato se paseaba por el comedor como Pedro por su casa; los jarrones helénicos se mezclaban con reproducciones de los frisos del Partenón en las paredes, columnas de capitel corintio, lámparas de lágrimas de vidrio rojo, peces disecados, linternas de barco y otros elementos. Pero en fin, el conjunto era agradable y la música también, y a pesar de las dificultades que tuvimos para entendernos con los camareros, comimos bien.
            Andreas, el hombre moreno de la sonrisa mediterránea, salía de vez en cuando a preguntar si necesitábamos algo, si todo estaba a nuestro gusto, y entre visita y visita fue fijándose en todas las mujeres que había en el grupo. Trató de ser amable con las de más edad, y correcto con las evidentemente casadas, como yo (digo evidentemente porque tenía a mi marido sentado a mi lado). Pero pronto centró sus atenciones en las solteras, y su sonrisa no era la misma. Entre bromas y gestos simpáticos llenos de doble intención se fue situando a su espalda para terminar tirando los tejos descaradamente a tres de ellas, que le seguían el juego divertidas.
            A la hora de los postres, las miradas iban que volaban. A Andreas parecía darle igual cuál de las tres respondiera a sus requiebros, pero en el fondo de sus ojos yo veía que no era así. Una de ellas había llamado poderosamente su atención, pero parecía ser la menos interesada de todas en continuar con el juego de seducción que se había iniciado; poco a poco fue distrayendo su atención hacia la conversación que manteníamos en el otro lado de la mesa, así que Andreas, viendo que se alejaba la posibilidad de verla a solas, se lo jugó todo a una carta.
            Desapareció en la cocina unos minutos, y cuando volvió llevaba dos copas de vino de su país en la mano. Comenzó a sonar la música típica de los sirtaki griegos, y él se dirigió derechito a la mesa en la que ella apuraba su café. Le ofreció el vino y adelantó su copa para brindar. Y luego, sin dejar de mirarla a los ojos desde sus enormes pupilas negras como si quisiera hipnotizarla, tendió su mano para sacarla a bailar, le enseñó los pasos sencillos y ceremoniosos del baile típico de su tierra, y bailaron cogidos de la mano, aplaudidos por todos los presentes. Sólo fueron un brindis, una mirada intensa y un baile, pero en realidad fue una declaración de intenciones, tan muda como elocuente. Le pidió que volviera por la noche: “tú, sirtaki aquí, a las diez. Per favore, principessa. Yo espero que tú vienes”. “Me lo pensaré”, contestó ella, riendo.
            Ignoro si acudió a la cita o no. Quisiera pensar que sí, y que aquella noche París fue realmente la ciudad del amor para ella. Todas deberíamos tener cerca alguien que nos mirase igual que Andreas miró a esa chica. Y los psicólogos, en lugar de anti-depresivos, por favor, que receten sirtakis.          

sábado, 27 de agosto de 2011

LA CALLE DE ROMA

            El pequeño clarinete llegó a París después de un largo y pesado viaje. Había ido hasta allí sólo para cantar en un sitio importante; por eso, cuando abrió su maleta y se dio cuenta de que había olvidado meter en ella cañas de reserva, el estómago se le puso al revés. La caña que llevaba puesta estaba empezando a rajarse, y cuando se le rompiese, cosa que no tardaría en ocurrir, no tendría ninguna para sustituirla, y se quedaría mudo.
            El llanto desconsolado del pequeño clarinete conmovió a un serio y bigotudo gendarme francés que pasaba cerca; le resultó francamente complicado entender lo que ocurría, pero cuando lo consiguió, sólo dijo tres palabras: CALLE DE ROMA.
            Nuestro clarinetillo se secó las lágrimas y echó a andar. París era muy grande, y tardó casi toda la mañana en encontrar la calle de Roma. Cuando llegó no supo por dónde empezar: las tiendas de música se sucedían una tras otra a lo largo de toda la vía.
            Entró en la primera, y un enorme piano, desde el escaparate, le dijo:
–¿Qué se te ha perdido aquí, enano?
–Bonjour, Monsieur le piano –contestó, educado, el clarinete–. Necesito cañas del número 2 para poder cantar mañana. ¿Usted tiene?
–Aquí no hay de eso –le dijo secamente–. Sólo tenemos pianos y artículos para pianos. Prueba en la siguiente.
El pequeño clarinete se dijo que nunca había conocido a un piano tan antipático. Salió de la tienda y entró en la siguiente. Allí, una partitura le habló desde el mostrador.
–Bonjour, mon petit. ¿Qué partitura necesitas?
            –Buenos días, señora –saludó el clarinete–. No necesito una partitura, sino cañas del número 2 para poder cantar. ¿Aquí tienen?
            –No, pequeño, aquí sólo se venden partituras. Tengo algunas muy bonitas para ti, ¿quieres verlas?
            –Gracias, señora, pero no tengo tiempo –contestó el clarinete–. Necesito con urgencia esas cañas para no quedarme mudo. La que llevo puesta se me está rompiendo y olvidé poner más en la maleta.
Y sacándose una astilla de la boca, se despidió con la manita y volvió a salir a la calle.
            Tampoco hubo suerte en la siguiente tienda, especializada en violines, violas y chelos, ni en la siguiente, que sólo trabajaba viento metal. Desde el escaparate, trompas, trompetas y trombones, tubas y cornetas le miraron y le saludaron al pasar. Él contestó al saludo, y siguió buscando.
            Por fin llegó a un escaparate desde el que otro clarinete, un saxo y un precioso oboe le hicieron gestos con las manos.
–¡Oh, la-la, un clarinete español! ¡C’est très mignon! –exclamó un saxo soprano– ¿Qué necesitas, pequeño?
-Ze me ha doto la caña que tengo en la boca –pronunció el clarinetillo con dificultad–. Nececito una caja de cañaz del doz pada cantad mañana.
El soprano abrió un cajón y sacó de él una cajita azul.
–¡Voilà! Aquí tienes, mon petit. Y no olvides nunca más tus cañas cuando salgas de casa –le recomendó sonriendo–. No siempre encontrarás una calle de Roma que solucione tu problema.
Contento y saltarín, el pequeño clarinete se puso una caña nueva en la boca, sonrió y dio las gracias. Había aprendido una lección muy útil, y deseó tener cerca de casa una calle como aquella, en la que todo el universo musical estuviese al alcance de la mano sólo con cruzar de acera y caminar unos pasos.

viernes, 26 de agosto de 2011

EL CARBONCILLO DE NICOLE

            La subida al Sacre Coeur es una pequeña maravilla en sí misma. Está el camino fácil, utilizando el funicular. Y está el camino verdadero, escaleras arriba, viendo aproximarse esa blanca hermosura arquitectónica frente a nosotros, apreciando poco a poco sus detalles, y deteniéndonos cada pocos escalones para ir descubriendo París desde la altura. Vale la pena tomarse la molestia de caminarlo despacio.
            Una vez arriba, y después de inflarse uno a tomar las docenas de fotos que el paisaje merece, dando unos pasos más nos adentramos en el dominio de los artistas: Montmartre. Allí fue donde conocí a Nicole.
            Paseando entre la multitud de turistas, pintores, dibujantes y curiosos que llenan la plaza y las calles adyacentes, observé el trabajo que realizaban los artistas y caricaturistas. Se afanaban en hacer la mayor cantidad de retratos posibles en una buena tarde sin lluvia y con gran afluencia de público. La mayoría de dibujos que vi no se parecían excesivamente a los modelos, pero ir a Montmartre y volver sin un retrato a lápiz es un crimen, así que tenía que decidirme por alguno. No hizo falta. Nicole decidió por mí.
            Se me acercó mientras tomaba una cerveza (carísima, por cierto, pero bueno) y me preguntó si quería el retrato sólo de mí o también de mis hijas. Tuvimos una conversación divertidísima en la que ella trataba de hablarme en español chapurreado y yo le contestaba con mi deficiente francés. Negocié con ella el precio, según me había aconsejado el guía, pero sus ojos y su ropa me pidieron que no lo bajase demasiado. Decidí encargarle solamente los retratos de mis hijas, e inmediatamente se puso manos a la obra.
            Fue un espectáculo verla trabajar. De pie, en medio de la calle, con cientos de personas pululando a nuestro alrededor, Nicole miraba a mis hijas y dibujaba. Su carboncillo se movía sobre el papel con ligereza sombreando aquí y allá, y mientras tanto hablamos de la crisis, de la situación de los artistas, de las becas para los estudiantes de arte que daba el gobierno francés… Toda la bohemia de París descansaba en el pelo canoso de aquella mujer, en sus vaqueros raídos, en su chaleco y en el zurrón con los útiles de trabajo que llevaba colgado en bandolera.
            Al terminar, me tendió los dibujos sonriendo. Su técnica impecable había conseguido dos rostros, pero no eran los de mis hijas. Sin embargo, yo quedé satisfecha con su trabajo, porque en lugar de dos copias de lo que ellas son ahora, Nicole me regaló la visión que yo tengo de ellas: el retrato de Marina reflejaba el rostro de un bebé, de mi bebé, y el rostro de Paloma reflejaba la mujer en la que se está convirtiendo, la adulta hacia la que camina a toda velocidad. Así las veo yo como madre, y así las supo ver Nicole, y como tales las dibujó. No sé cómo su mirada de artista pudo escudriñar dentro de mí de esa manera, pero así fue. Por eso recordaré siempre sus ojos grises.
            Buscadla si vais a Montmartre alguna vez, seguramente estará allí, en la calle, vendiendo su arte por unos euros. Os sorprenderá, os lo aseguro

jueves, 25 de agosto de 2011

LINDA VERACRUZANA

            El barrio latino es un lugar que rebosa encanto por todas sus esquinas. Es como una especie de universo dentro de la ciudad, donde puedes encontrar personas de cualquier nacionalidad que se te ocurra. Está lleno de restaurantes de todas clases, de todos los países. También está repleto de las consabidas tiendas de souvenirs que llenan el centro de París, en las que reina la Torre Eiffel en todos los colores y tamaños posibles, estampada en todo tipo de objetos y adornando cualquier cosa que se pueda imaginar.
            Paseando por sus calles, concretamente por la Rue de la Huchette, mis hijas pegaron la nariz a un escaparate. Era una heladería fantástica, y a eso en pleno agosto no hay ser humano que se resista. Saqué el monedero, preparada para el sablazo, cosa bastante normal en París. No me equivoqué, desde luego.
            Detrás del mostrador reinaba una mujer morena. Era un bellezón espectacular. Vestía con el uniforme negro y el gorro de la casa. Sus cejas, dos líneas oscurísimas muy bien dibujadas, amparaban unos ojos vivarachos y también negros. En los escasos diez minutos que estuve frente a ella la oí hablar en cinco idiomas distintos con la misma soltura de un experto traductor de la ONU.
            No me hizo falta preguntar qué hacía una persona como ella sirviendo helados en el barrio latino de París; el cliente anterior a mí ya lo estaba haciendo. Le contó que era de Veracruz, en México, y que la mayoría de personas que tienen la oportunidad de marcharse de allí lo hacen sin dudarlo. No porque no amen su tierra, que lo hacen, y mucho, sino porque allí no hay quién viva tranquilo. “La semana pasada hubo catorce “balaseras” y un ataque con granadas. ¿Quién puede vivir así?”
            Con la misma gracia con la que hablaba en su dulce castellano, preparó cuatro deliciosos helados de cucurucho formando una flor con los sabores que le habíamos pedido. Después se despidió de nosotros en catalán.
            Por un momento la imaginé vestida con un traje elegante, y con el pelo negro suelto sobre su espalda morena. Podría haber sido una estrella de cine, o un miembro del cuerpo diplomático de su país. Era como una princesa, pero en lugar de tiara llevaba un gracioso gorrito negro. Sólo con su sonrisa hacía que los helados fueran incluso más sabrosos. Paola, la linda veracruzana que conocí en la Rue de la Huchette, es una joya dentro de ese multicolor joyero que es el barrio latino de París. Una reina de los mayas de incógnito en Francia.

miércoles, 24 de agosto de 2011

LA NOVIA DE LA MADELEINE

         Hay historias que te cuentan, y otras que no te cuentan. Hay historias que forman parte de la Historia de todos y hay historias que sólo forman parte de la vida de una persona, o de unas pocas. Me gusta conocer las grandes historias, pero realmente me interesan mucho más las pequeñas.
            Cuando entras en la iglesia parisina de la Madeleine, lo primero que te llama la atención es su aspecto. No parece una iglesia, ni mucho menos. Más bien podría pasar por un Parlamento, o similar. En realidad ese edificio neoclásico se construyó sin saber para qué se iba a destinar. La decisión de convertirlo en templo cristiano fue tomada después de terminado. Según nos contaron, es donde se casan la nobleza y la clase alta de París, así como La Almudena o Los Jerónimos en Madrid, o La Virgen en Valencia. Las escaleras de entrada al templo están ajardinadas, y en verdad es un lugar muy hermoso. En el interior, sombrío y solemne, se puede ver un órgano impresionante, de los que se reservan a las grandes catedrales y basílicas. Un pasillo larguísimo conduce al altar, y me imaginé lo que sería casarse en una iglesia así.
            Cuando ya nos íbamos vimos llegar un grupo pequeño de personas muy bien vestidas: las pamelas, tocados y trajes anunciaban boda. Me picó la curiosidad, y me quedé para ver a la novia.
            Un chambelán trajeado, con un gran collar y un bastón ceremonial, salió a buscarla a la puerta, acompañado por los dos sacerdotes oficiantes. Desde el umbral, abrió él la marcha, golpeando el suelo de mármol con la punta dorada de su bastón, exactamente cada tres pasos. Tras él, los sacerdotes, el novio y la madrina, él de negro, ella de rosa palo, rubia, joven y monísima. El fotógrafo disparaba su máquina sin parar; iba vestido con traje y corbata, pero en lugar de zapatos llevaba unas aparatosas deportivas negras. Y, con el órgano cantando a ceremonia, entró ella. Caminaba flanqueada por dos hombres, pero en lugar de ir cogida de sus brazos, eran ellos los que la sostenían. Su paso era lento, y tardó bastante en recorrer el largo pasillo hasta el altar. El velo le cubría la cara, a la antigua usanza, pero no disimulaba ni su emoción ni sus lágrimas. Una sonrisa especial se le dibujaba en la boca, y llevaba un peinado elaboradísimo, lleno de trenzas y ondas. Parecía una novia de hace cien años. El traje, blanco impoluto, sin encajes ni bordados, largo, sencillo y con una pequeña cola, se movía al compás de sus pasos. Entre sus manos, un ramo con cuatro grandes rosas de jardín, de cuatro colores distintos: una roja, una blanca, una rosada y una amarilla. En lugar de zapatos de tacón, calzaba unas bailarinas blancas.
            Pensé que lo de ir acompañada de dos hombres al altar, en lugar de ir del brazo del padrino como hacemos aquí, era una costumbre francesa. Pero cuando terminó de pasar por mi lado y la vi desde atrás, lo entendí. Por encima del borde de su traje, a media espalda, le asomaba el corsé ortopédico que sujetaba su columna. Esa chica necesitaba muletas para caminar. Entendí también su ilusión y su emoción, entendí  por qué un traje tan sencillo, por qué ellos la sujetaban, por qué era su paso tan lento, por qué la ausencia de tacones. Los dos hombres, quizá su padre y su hermano, fueron sus muletas en un día tan importante, como imagino que lo habrían sido en muchas otras ocasiones en su vida.
            Me gustó conocer la historia de un edificio impresionante y representativo de París como la Madeleine, pero me gustó más conocer, o más bien adivinar, la historia de esa mujer de blanco bajo cuyo velo vi una emoción tan intensa. Había tanto cariño en los que la rodeaban que sé que nunca le faltarán muletas en las que apoyarse. Ojalá alguien me hubiera dicho su nombre, aunque sólo fuera para desearle felicidad. Que seas muy feliz, novia de la Madeleine.

martes, 23 de agosto de 2011

SILENCIO, SE LEE

            Seguí a Brigitte por los jardines de Luxemburgo. Me había prometido que me llevaría a un lugar que era perfecto para mí, pero yo ignoraba sus intenciones.
            Era mi tercer día en París, y ya tenía los ojos llenos de monumentos, la cabeza bullendo de ideas, de nuevas historias, de detalles, datos y fechas de cada uno de los lugares que íbamos visitando. Llegó un momento en que las cosas se empezaron a confundir en mi mente, y ya no sabía si aquella cúpula pertenecía a un palacio, o a un hospital, si aquel edificio era una cárcel histórica, o el parlamento, o un ministerio… el aluvión de información me sobrepasaba, demasiado ruido, demasiada gente, demasiado caminar, demasiadas prisas… Brigitte se dio cuenta de que estaba al borde del cortocircuito, así que hizo un cambio en el programa y me ofreció algo distinto.
            No había demasiada gente en los jardines a esa hora. Eran poco más de las diez de la mañana, el ambiente fresco y la tranquilidad reinaban en aquel rincón de París. Paseamos por sus senderos charlando; vimos algunas esculturas, pero no quiso explicarme nada acerca de ellas, ni del palacio que había en el recinto. Se limitó a darme un folleto que guardé en el bolso, me ofreció una botella de agua y continuamos caminando.
            Brigitte, una de nuestras guías en la ciudad del amor, era una mujer de mediana edad y amable sonrisa. Sabía todo lo que había que saber para hacer su trabajo, pero poseía un don especial: el de intuir los deseos específicos de cada uno de “sus viajeros”, y ser capaz de cumplirlos. Su perfecto español se adornaba con un delicioso acento francés, y su voz hacía que Paris fuera aún más interesante, más atractiva.
            Mientras continuábamos con nuestro relajado paseo me di cuenta de que, de camino hasta allí, habíamos ido dejando a todo el resto de componentes  de la excursión en distintos puntos de la ciudad: algunos jóvenes en la Torre Eiffel, dos mujeres de mediana edad en las Galerías Lafayette, varios estudiantes en la zona del Louvre, un par de matrimonios en Montmartre… Brigitte le estaba dando a cada uno lo que quería. Supuse que todo buen guía turístico debía procurar eso, saber qué es lo que le gusta a cada cual para indicarle cómo encontrarlo, pero ella parecía leer la mente de todos, y sin necesidad de hablar sabía cuáles eran nuestros deseos, necesidades e inquietudes, y encontraba de inmediato el modo de satisfacerlos.
            Se detuvo en un recodo del sendero por el que habíamos estado caminando, y me dijo: “Te dejo aquí el resto de la mañana. Te recogeré en la puerta a la una para ir a comer al Barrio Latino, ¿sí?” Yo asentí, confiando en su criterio, pero sin saber qué me esperaba al final del sendero. Cogí la bolsa de plástico que me tendía y la vi marcharse con su andar tranquilo.
            Caminé unos metros más, y encontré una pradera verde, con la hierba pulcramente recortada. Junto a ella, árboles y sillas. Sólo los pájaros y el rumor del viento parisino entre las hojas rompían el silencio. En las sillas, todo tipo de personas: hombres y mujeres, jóvenes y mayores, extranjeros y oriundos, leían ensimismados. Allí sólo se iba a eso: a leer. En la bolsa que Brigitte me había dado había un libro. Su título, “El espíritu de París”. No figuraba el nombre del autor.
            El resto de la mañana lo pasé allí sentada, con el libro entre las manos. El agobio del viaje, las prisas, la huella de los madrugones y la sobredosis de información que sufría pocas horas antes fueron desapareciendo. Necesitaba eso, un rato de lectura tranquila y relajada para estar en condiciones de seguir disfrutando del viaje en lugar de padecerlo. El libro hablaba del espíritu de esa ciudad impresionante, tan viejo y sabio como travieso y juguetón, y de su costumbre de tomar a veces la apariencia de una persona para confundirse entre la gente y enseñar de la ciudad lo que a veces no se ve.
            Sospecho que Brigitte sabía que ese libro y ese parque eran lo que me hacía falta para sentirme en casa. Desde ese momento, París dejó de ser para mí una ciudad ajena, la vi con otros ojos. Ya no era una turista, el espíritu de París me aceptó como una más, y yo le acepté como a un amigo. A la una en punto, a la puerta de los jardines de Luxemburgo, le devolví el libro a Brigitte con un “merci beaucoup” y una sonrisa. Ella también sonrió, y creí ver en sus ojos amables asomarse al espíritu de París. No sé, tal vez son imaginaciones mías.

lunes, 22 de agosto de 2011

CARRETERA ADELANTE

            Sentado en su asiento del autobús, Paco miraba la carretera. Se aburría como una ostra. Ya había escuchado música, había visto una película y había dormido un rato. Intentó leer algo, pero una sensación rara en el estómago le hizo desistir de su empeño. Tenía tendencia a marearse, así que lo de la lectura era mejor dejarlo, para evitar males mayores.
            Jugó a contar coches rojos. Un coche rojo. Dos coches rojos. Un tiburón. Bostezó de nuevo. Los viajes tan largos en autobús es lo que tienen: llevaba ya doce horas de camino, y debían quedar otras tantas hasta París. Tres coches rojos. Cuatro coches rojos. Un guante de boxeo.
            Pararon a tomar un refresco e ir al lavabo. Paco bajó la escalerilla del autobús. Una estrella verde. Las coca-colas de Francia sabían exactamente igual que las españolas, pero el café era malísimo. Tenía los pies hinchados, y paseó un poco. Un corazón azul.
            De nuevo instalado en su asiento, miró al cielo. Ni un pájaro. ¿Los pájaros franceses no volarían cerca de las autopistas? Otro tiburón y un plátano rosa. Sin embargo, árboles había a montones. “Esto es como Galicia, pero sin pájaros”. Un pulpo violeta, en honor a Galicia.
            El límite de velocidad que anunciaban los carteles también era distinto. 130. A Paco no le gustaba correr, pero como no conducía él… Un huevo frito a la salud del conductor. “¡No corra tanto, jefe!” dijo en voz alta. El resto de pasajeros sonrieron. Dos moras, una negra y una roja. “Si no me diese tanto miedo el avión, ya estaría yo en París, como un señor”. Un avión amarillo y un botellín verde de coca-cola.
            Paco se adormeció de nuevo en su asiento, mortalmente aburrido. Abrió los ojos cuando escuchó a alguien exclamar: “¡Mirad qué castillo!” En lo alto de una colina, un pueblecito con un precioso castillo como los que salen en las películas. Un cucurucho de helado con tres bolas y una vaca transparente. Paco siempre quiso vivir en un castillo, como los príncipes. Así los criados se lo harían todo, y él no tendría que trabajar, ni limpiar, ni nada. Otro tiburón.
            A sus setenta y algún año, Paco no había hecho nunca un viaje tan largo. El viaje de la ilusión, quizá la última oportunidad de conocer París para un hombre como él. Con una notable deficiencia mental y acompañado de un puñado de vecinos de su pueblo, al fin se había decidido. “¡Torre Eiffel, allá voy!” Dos dedos verdes con la uña morada. Años soñando con ver la ciudad del amor. Ya estaba llegando.
            Un frenazo inoportuno del autobús hizo que se le escapase de las manos la bolsa de gominolas que llevaba. Azúcar, moras, guantes de boxeo, pulpos y tiburones, vacas, estrellas, corazones y dedos, fresas y plátanos de gelatina de todos los colores rodaron por el suelo. Contrariado, pensó en que el resto del viaje se le haría demasiado pesado sin gominolas. Su vecino de la casa de al lado en el pueblo ocupaba el asiento de delante al suyo. “Vicente, ¿me ayudas a comprar otra bolsa en la próxima gasolinera?”  Vicente le sonrió y le señaló la silueta de París, que ya se recortaba en el horizonte. Paco se preguntó si las gominolas francesas sabrían como las de su pueblo. Luego saludó con la mano a la torre Eiffel y se quedó dormido otra vez.

domingo, 21 de agosto de 2011

EL GEN DEL DESAMOR

Ernesto y los suyos eran conocidos en todo el pueblo con el sobrenombre de “los Amarguillos”. Era el apodo familiar, y se desconocía cuántas generaciones atrás se lo habían puesto. Ni los más viejos del pueblo lo recordaban.
            En otras familias la característica común era la altura de sus miembros (como los “Rascatechos”, que tenían la casa con las puertas más altas de todo el pueblo para no darse con la cabeza en los dinteles), o el intenso moreno de su pelo (los “Alacuervos”, que vivían en el mismo barrio que los “Amarguillos”), o por el mal carácter de sus mujeres (las “Terribles”, que sólo casaban con hombres de otros pueblos, porque en el suyo nadie se les arrimaba). En la familia de los “Amarguillos” sólo nacían niños varones, no se sabía que ninguno nunca hubiese tenido una hija, y además ninguno alcanzaba a estar casado más de ocho o diez años con la misma mujer, ellas siempre se terminaban marchando. Todos ellos acababan separados. Separados y amargados, de ahí su apodo de “Amarguillos”. De hecho, cuando un “Amarguillo” se casaba, se llegaban a hacer apuestas durante la ceremonia, a ver cuánto le duraba el matrimonio y cuántos chicos alcanzaba a tener antes de que la mujer se marchase con viento fresco.
            Mucho daba que pensar esta mala suerte matrimonial de los miembros de la familia, y por más que intentaron que se rompiese la racha, ninguno lo conseguía. No es que tratasen mal a sus esposas, ni que no las quisieran, ni que fueran unos patanes, ni nada parecido. El problema es que tenían el gen del desamor, pero ellos no lo sabían. Ese gen, que pasaba de padres a hijos, era el causante de su mala suerte con el matrimonio, y de rebote, del hecho de que ninguno consiguiera engendrar más que chicos: la naturaleza es muy sabia, y el gen del desamor no es compatible con el gen de la alegría de vivir, imprescindible para que las mujeres se desarrollen correctamente y luego puedan ser madres; por lo tanto los “Amarguillos” sólo eran capaces de engendrar varones.
            Muchos hombres de aquella familia, varios cada generación, se quedaban solteros. Ya ni siquiera lo intentaban. Otros, los más decididos, salían de la comarca a buscar esposa, pero no importaba lo lejos que se fueran a vivir porque el problema lo llevaban puesto, aunque no lo supieran.
            Hace treinta años ya sólo quedaban cuatro miembros en la casa de los “Amarguillos”,  y el más joven y atrevido de ellos, a riesgo de ver su linaje y su apellido desaparecer por culpa de la mala suerte en el matrimonio que les caracterizaba, se fue a buscar ayuda. Uno de sus amigos de la infancia (un “Alacuervo”, concretamente) había estado estudiando medicina en Estados Unidos, y decidió ir a verle. Después de abrazarse y contarse las últimas novedades del pueblo y unas cuantas cosas más, Ernesto “Amarguillo” le expuso a Fran “Alacuervo” sus sospechas: tal vez algo en la sangre, o en el cerebro, y que pasaba de padres a hijos, era el causante de tanta separación conyugal en ellos, y si encontraban qué era tal vez él pudiese escapar a su destino, casarse con la chica de la que estaba enamorado y ser feliz para siempre con ella. Y tener chicazos, pero también chiquillas, que asegurasen la pervivencia de la familia.
            El “Alacuervo” le hizo todo tipo de pruebas y escáneres sin encontrar nada. Lo habló con sus colegas, y uno de ellos sugirió un estudio genético como último recurso. Y ahí estaba la respuesta. Mediante las más modernas técnicas consiguieron aislar el gen del desamor, que era gris, malhumorado y bastante feo, del resto de genes del “Amarguillo”. Después, lo sustituyeron por el gen de la felicidad de pareja, que, risueño y juguetón, bailaba un bolero en la probeta tratando de unirse a los demás genes para contagiarles su risa y sus ganas de ser feliz. Después, el nuevo código genético modificado le fue implantado a Ernesto en la médula, con la esperanza de que espontáneamente fuera propagándose por las células de todo su cuerpo.
            Después de pagar la cuenta del hospital (bastante abultada, por cierto) y de darle un abrazo a su amigo Fran “Alacuervo”, nuestro valiente “Amarguillo” volvió al pueblo sintiéndose un poco raro. Dentro de sus células se estaba viviendo una auténtica revolución de la que ni él mismo era consciente.
            Un par de años más tarde Ernesto se casó con la chica de sus sueños. Los invitados a su boda armaron, como siempre, una porra para ver cuánto tiempo aguantaba casado y cuántos chicos tendría. Nadie le daba más de ocho años. A nadie tampoco le había hablado él de su visita al hospital en Houston, ni del gen del desamor.
            Un año después su esposa dio a luz una niña robusta y de pelo rizado, pero lejos de interpretarlo como el fin de la desgracia de los “Amarguillos”, los vecinos acusaron a la mujer de Ernesto de adulterio: todos sabían que en esa familia no se engendraban chicas. Ellos no hicieron caso, y dos años después tuvieron mellizas, y después otra niña más. Sólo el quinto fue un varón. Para entonces ya llevaban once años casados y felices. El tratamiento había funcionado mejor que bien.
            Si pasáis por su pueblo, preguntad por ellos, pero recordad que ya no son los “Amarguillos”, sino los “Boleristas”, por la gran afición que tienen todos los miembros de esa familia, tanto ellos como ellas, a bailar boleros. No os extrañéis, no es nada raro. Lo llevan en los genes.

sábado, 20 de agosto de 2011

NO SÉ POR DÓNDE SEGUIR

            “No sé por dónde seguir”. Era la frase que más se repetía a sí misma Carmen desde el día en que Mar se marchó. “No sé por dónde seguir”.
            Mar tenía trece años cuando el diagnóstico de su tumor segó para siempre la sonrisa del alma de Carmen. No así la de su cara, continuamente sonreía para que Mar no la viera triste, pero las palabras del médico fueron tan concluyentes, tan aplastantes, que no quedó lugar para la esperanza. Un sustantivo y tres adjetivos: proceso largo, doloroso e imparable. Desde ese día, el cáncer contó hacia delante y Mar contó hacia atrás.
            Las segundas y terceras opiniones no ofrecieron el milagro esperado, el del error en las pruebas. Desde entonces, Carmen vio en los ojos de Mar el avance de la muerte sin poder hacer nada para evitarlo. A medida que la enfermedad iba invadiendo aquel cuerpo que con tanto amor había parido y criado, a medida que su niña iba perdiendo capacidades y sintiendo más y más dolor, en el corazón de Carmen se empezó a librar una batalla feroz entre sus creencias más arraigadas y su instinto de madre. Mar iba a morir, pero antes iba a sufrir más de lo que cabía imaginar. ¿Qué podía pedirle a Dios? ¿Qué deseo debía prevalecer? ¿Debía rogar para que su hija no muriese, o por el contrario debía rezar pidiendo que dejara de sufrir cuanto antes? Cuando la ley de la vida no se cumple y una madre debe enterrar a un hijo en lugar de ser al revés, todos los principios morales saltan por los aires. Nadie la podía ayudar.
            Desde la cama, Mar la miraba. Carmen le sonreía con dulzura, le inyectaba las dosis de morfina y después la arropaba y le daba un beso. Pero unos minutos más tarde, cuando con el alivio de las drogas llegaba el sueño y su niña se dormía, Carmen lloraba de rabia sabiendo que el próximo despertar sería más doloroso que el anterior. ¿Era posible sentir mayor impotencia?
            Habló con un abogado. Luego con otro. La ley lo impedía todo. Sólo quedaba administrar los cuidados paliativos para el dolor y esperar a que la naturaleza de Mar se agotase. No se podía acortar su agonía. Dos años después de escuchar la sentencia de muerte de su hija, Carmen comenzó a desear cada vez con más fuerza poder terminar con aquella vida que tanto amaba para que por fin pudiese dormir, para que dejase de sentir aquel dolor.
            El médico se quedó pálido cuando aquella mujer menuda y desesperada le pidió consejo sobre cómo matar a su hija de la manera más dulce posible. Se negó a seguir tratando a Mar y amenazó con denunciarla. Carmen buscó otro médico, y otro, pero ninguno la ayudó. Comprendió que Mar y ella estaban solas.
            Los medicamentos los compró por Internet. Luego lavó a Mar, le peinó con cuidado los pocos cabellos que la enfermedad le había dejado y le puso unas gotas del perfume que a ella le gustaba. Le dijo lo que iba a hacer, y Mar sólo le contestó que la quería. La morfina la durmió. Las otras sustancias hicieron el resto.
            Sentada en su celda de la cárcel, Carmen pensaba en lo que iba a hacer cuando saliese. La condena no fue demasiado severa. Ella no había querido recurrirla. Había matado por amor, y no le importaba pagar por eso si era necesario. Lo que le preocupaba era qué iba a hacer con su vida cuando tuviese que volver a casa. A casa de Mar sin Mar. “No sé por dónde seguir”. Sólo tenía diez años por delante para pensarlo. Sólo diez.
            Lentamente se levantó de su cama. El toque de sirena marcaba el comienzo del día para las presas. Se vistió, se peinó y salió al pasillo, en donde se perdió entre el resto de compañeras del módulo penitenciario.
                                                                 

viernes, 19 de agosto de 2011

PATATAS FRITAS

            Hasta ayer no me había dado cuenta de lo difícil que se ha puesto hoy en día hacer la compra en un supermercado. Antes, las cosas eran de otra manera. Comprar vino, por ejemplo. Había tres o cuatro marcas para elegir. Se acababa enseguida. Ahora empiezas a recorrer las estanterías de la zona de vinos, y si lees las etiquetas de todo, te puede llegar la hora de cierre del establecimiento sin haberte decidido. Entras pensando comprar un tinto para la comida, y sales con un cacao mental de espanto. Igual te ocurre con el vinagre, por poner un ejemplo. Mandas al costillo a por una botella de vinagre y vuelve sin ella. ¿En vidrio o en plástico? ¿De vino o de manzana? ¿Blanco o negro? ¿Al estragón, con laurel, a la pimienta, al ajo, o de frambuesa? ¿Español o de Módena? ¡Si yo sólo quería una botella de vinagre para arreglar los boquerones! Es tremendo.
            Ayer me planté. En una sola compra tuve que decidir entre quince variedades de aceite de oliva (picual, arbequina, extra virgen, virgen a secas, un grado, medio grado….), once de patatas (freír, cocer, gallega, morada, nueva, manchega…), sesenta y cinco de vino blanco, ocho de pimentón y cinco de sal gorda. Eso para hacer un pulpo a la gallega. Menos mal que de pulpo sólo había una clase, porque yo ya me esperaba tener que elegir entre pulpo del Cantábrico, el Atlántico o el Mediterráneo, macho o hembra, liso o con pintas…
            El acabóse ya llegó con mis hijas, que pidieron una bolsa de patatas fritas para el aperitivo. Casi me desmayo cuando enfilé el pasillo. Sabor jamón, vinagreta, crema de cebolla, barbacoa, queso (cheddar y picón), bravas, punto de sal, churrería, onduladas, lisas, tradicionales, oliva, girasol, torrezno de Salamanca, cheeseburguer, en bolsa, en tubo… Más de media hora después aún no habían alcanzado un consenso. Huelga decir que nos fuimos del supermercado sin patatas fritas y con un cabreo considerable, y es que entre que yo no soy la reina de la paciencia y que al pulpo le cuesta varias horas cocerse… en fin, corté por lo sano y desoyendo las protestas infantiles nos fuimos a casa, pelé dos patatas de las que había en el verdulero (de variedad desconocida), las freí con el aceite que tenía en el armario (oliva corriente y moliente), un pellizco de sal de mesa de la de toda la vida, y ya está. Patatas fritas.
 Bueno, no era tan complicado después de todo, ¿verdad?

jueves, 18 de agosto de 2011

MI ARMARIO

            Cuando vine a vivir a esta casa traje todos los muebles de la anterior. Complicamos a los amigos y a la familia en la mudanza, y a cambio de una buena paella todo el mundo participó encantado. Desmontamos camas, armarios, mesas, cajones, lámparas, y entre los coches y furgonetas de todos me llevé mi vida a otro lugar en cuestión de un par de días. Lo teníamos todo ya instalado y colocado en menos de una semana, pero nos faltaba algo: un armario. En la antigua casa mi dormitorio contaba con uno empotrado, que evidentemente quedó en ella. Así que yo no tenía dónde guardar mi ropa, que provisionalmente permanecía en cajas y maletas. Imagináos lo que era, no encontrábamos nada, para localizar un pantalón o una camiseta determinada podíamos estar una hora revolviendo, y luego estaba tan arrugada que la plancha echaba humo a todas horas… un desastre. Había que poner un armario, pero con urgencia.
            En el horno donde compraba el pan me recomendaron un carpintero, y le llamé ese mismo día. Vino a casa para tomar medidas, y aquello parecía más un sastre italiano, amanerado y un poco ido de la cabeza, que un carpintero de verdad. Tomó nota de mis indicaciones, el color, la calidad de la madera, los tiradores y el interior que yo quería. Tardó más de un mes en fabricarlo, yo ya estaba que echaba humo.
            El día que vino a instalar el mueble yo no podía estar en casa, así que le di las llaves a un amigo para que se encargase de abrir y controlar que dejasen el armario montado. Cuando llegué por la noche me quedé de piedra. ¡Aquello no se parecía en nada a lo que yo había pedido! Era completamente distinto de color, las puertas que yo quería caoba eran de madera rubia como la miel, no pegaba nada con el resto de muebles de la habitación, los tiradores eran caras sonrientes, y donde yo quería cajones había estanterías, donde yo quería barras puso cajones, y donde tenían que ir las estanterías puso barras y zapatero. En fin, un desastre. Le llamé y le dije de todo. Le insistí en que no le pagaría el trabajo hasta que no estuviese a mi gusto, y prometió volver para arreglarlo en cuanto tuviese hueco. Pero pasaron las semanas, y ni él venía ni me cogía el teléfono, así que resolví colocar toda la ropa en aquel engendro de armario provisionalmente, hasta que consiguiera hacer que aquel tipo hiciese el mueble que yo quería.
            Unos días después me invitaron a una fiesta. Abrí el armario sin saber qué ponerme. No tenía nada apropiado. Y sin embargo, en un rincón de la barra colgaba un vestido que yo no recordaba tener. Cuando mi marido llegó de trabajar le besé y le di las gracias por el regalo, el vestido era precioso y me sentaba como un guante. Él juraba que no era cosa suya, pero yo no le creí. Como es tan bromista…
            Al poco tiempo, el carpintero seguía sin venir, y nosotros teníamos que asistir a una boda. El traje que pensaba llevar no me cabía. Pensé en ir al día siguiente a comprarme algo, malhumorada por el gasto imprevisto, pero cuando fui a buscar unos vaqueros limpios para salir vi que colgaba en el armario un conjunto verde ideal de la muerte. Mi marido estaba de viaje, él no pudo haber sido. Yo no le encontraba explicación. A no ser que… pero no, imposible.
            Lo que me dio la pista definitiva fue el vestido de flores. Lo vi en un escaparate, y me encantó. Me lo probé, y me quedaba fantástico, pero lo que decía la etiqueta no se puso de acuerdo con lo que opinaba mi cartera, así que se quedó en la tienda. Malhumorada, me fui a casa, y al abrir el armario para sacar el pijama, allí estaba, colgado dentro de una funda de plástico, el vestido de flores. Los tiradores de carita sonriente me guiñaban el ojo. Como os podréis imaginar, aluciné en colores. Desde ese día, cada prenda o vestido que yo quería tener, el armario me lo daba. En pocas semanas el mueble estaba tan lleno que no cabía nada más en él. Entonces apareció el carpintero.
            Le invité a café con pastas, le di las gracias, le dije que no hacía falta que cambiase nada, que el mueble era perfecto tal como estaba y que me disculpara por lo mal que le hablé por teléfono el día que lo instaló. Le pagué todo lo que le debía, creo que fue el dinero que más a gusto solté en mi vida, y él se fue, no sin antes mirarme de modo extraño y refunfuñar sobre los cambios de humor y de idea de las mujeres. “Ah, la donna é móbile cual piuma al vento…” dijo.
            Para mi disgusto, cuando entré en mi habitación el armario había cambiado. Las puertas y los tiradores eran lo que yo había pedido en un principio, las caras sonrientes y el color miel habían desaparecido. Lo abrí, y el interior también había cambiado: los cajones, estantes, barras y zapateros estaban donde marcaba el diseño original. Y ya nunca más me regaló ningún vestido. Sólo, a modo de despedida, me dejó una camiseta blanca, en la que se podía leer:
“LA MAGIA ES UN REGALO MARAVILLOSO. PERO CUANDO PAGAS POR ELLA, CUANDO TRATAS DE COMPRARLA, SE ESFUMA”
            Pensadlo con calma y os daréis cuenta de que así es.

miércoles, 17 de agosto de 2011

ANÉCDOTAS GERIÁTRICAS 2ª PARTE

            Prometí contaros más anécdotas de mi trabajo en la residencia de mayores, cuando era jovencita, así que aquí os dejo otra.
 En ocasiones las trabajadoras les gastábamos alguna broma inofensiva a los internos, pero una vez la cosa se lió y… la armamos gorda.
            Había allí ingresada una señora que se llamaba Cleta. No se me olvidará en la vida. Estaba bastante gordeta, no caminaba desde hacía tiempo, y necesitaba usar pañales todo el día. No tenía familia directa, sólo sobrinos, pero no venían casi nunca a verla. Había sido soltera toda su vida, y presumía de ello. “Soltera y entera, y a mucha honra”, nos decía a menudo. La cabeza no le funcionaba demasiado bien, a veces se podía pasar la tarde entera cacareando, o cantando coplas montañesas a voz en grito. En ocasiones lo hacía incluso por la noche, con lo que su compañera de habitación estaba frita. De hecho, descubrimos que a veces, para hacerla callar, le arreaba desde la cama con el bastón, así que hubo que trasladar a la otra y poner en su lugar una mujer que estaba completamente sorda, para evitar conflictos.
 El caso es que una tarde, después de la cena, me dispuse a acostarla. La llevé en su silla de ruedas hasta la cama, le coloqué su camisón, fui a por la grúa, le cambié el pañal… todo normal, como siempre. Cuando ya le estaba poniendo las barandillas para evitar que se cayese de la cama durante la noche, una de las voluntarias más antiguas (concretamente mi madre) entró con varias toallas en los brazos para guardar en el armario, y se le cruzó una idea traviesa por la cabeza: enrolló una toalla, la cogió como si fuera un bebé, y se acercó a la cama de Cleta diciéndole: “Enhorabuena, señora Cleta. Ha dado a luz usted a un bebé precioso”. Yo le seguí la corriente, y aquella todo era decir que no, que nos habíamos equivocado, que ella era soltera y que el niño no era suyo. Que ella estaba en el hospital porque no podía andar, pero no esperaba ningún bebé. “Sí, sí, es suyo”, le insistíamos. “Ha tenido un parto estupendo, enseguida vendrá el médico para enseñarle a dar el pecho al bebé”. La pobre estaba enfadadísima, y empezó a decir a gritos que ella nunca se había acostado con ningún hombre. No podíamos más de risa, pero mi madre la remató: “Pero Cleta, si eso ahora ya no hace falta. Si eres soltera y quieres tener un hijo, el médico te pone un supositorio y ya está”. La que se lió fue de campeonato. ¡Qué gritos! Nunca la había visto tan enfadada, tuvimos que decirle que era una broma y que no se preocupase, porque se la oía en todo el edificio.
Varios meses más tarde, durante mi cena de despedida, contamos la anécdota a las demás chicas, y nos reímos un buen rato a costa del parto de la pobre Cleta. Bueno, todas no. La jefa de enfermeras no se reía. De hecho me echó una regañina considerable, porque desde aquel día, cuando había que administrarle a Cleta un supositorio por fiebre alta o algún otro problema, se defendía de las enfermeras con uñas y dientes, y al final tenían que buscar otra manera de darle el medicamento porque les resultaba imposible. Pero puedo asegurar que todo comenzó como una broma inocente…

martes, 16 de agosto de 2011

EL ATAQUE



            “Doctor, no me encuentro bien.”
Noelia se vio obligada a ir a visitar a su médico de cabecera. Efectivamente, no se encontraba demasiado bien. Tenía calor, le dolían los pies. Sus piernas se habían hinchado, notaba la cabeza pesada, como si las ideas nadasen en un bloque de gelatina en lugar de circular libremente por su cerebro. Tenía sueño, los ojos llorosos, el estómago encogido y no deseaba nada más que meterse en la cama. La piscina no le apetecía, y sólo de pensar en ir a la playa le entraban sudores, temblores y de todo.
El doctor la examinó con cuidado. Le tomó la tensión, la auscultó, miró sus ojos y oídos, y anotó en su libreta cada una de las cosas que apreciaba alteradas en ella. Le habían salido ronchas en la piel, se rascaba la cabeza todo el tiempo, y los mosquitos se habían cebado con ella.
El doctor se sentó frente a Noelia.
–¿Cuántos son de familia en casa, señora?
–Cuatro, somos cuatro. Nosotros y los dos niños. Y dos gatos y un perro también –bromeó.
–¿Están todos de vacaciones? –continuó preguntando el médico.
–Sí –contestó Noelia.
–¿Han ido a algún sitio? Hotel, cámping, apartamento...
–Pues, a ver que piense... –se rascó la cabeza antes de contestar–. Estuvimos un fin de semana en el pueblo, luego una semana en un apartamento en la playa, después tres días en el cámping de unos amigos, y el resto de días hemos andado por aquí. Ya sabe, hay que disfrutar de las vacaciones.
–¿Quién hace las maletas en su casa, señora? –preguntó al fin el galeno.
–Yo, por supuesto. Las deshago, lavo la ropa, la plancho, vuelvo a montarlas y salimos corriendo. Mientras se seca la ropa, arreglo a los gatos, cepillo al perro, le doy un repaso a la casa que se ensucia más en verano porque está todo abierto, limpio los zapatos de los niños, hago la lista de la compra, la comida para el viaje...
–Vale, vale, ya lo he entendido.
El médico entonces sacó su recetario verde y blanco, escribió en él, arrancó la hojita y se despidió de Noelia.
            –Muy bien, señora. Aquí tiene su receta. Buenos días.
            Noelia salió de la consulta leyendo lo que el doctor había escrito.
“Diagnóstico: Ataque agudo de esposa y madre en vacaciones”.
“Tratamiento: Necesita usted unas vacaciones de sus vacaciones. Le queda terminantemente prohibido hacer una sola maleta más. Pida a sus hijos que pasen el aspirador y a su marido que aprenda a planchar. Que le traigan la comida preparada de cualquier restaurante. Lea, duerma y esté tumbada sin hacer nada especial. Si en el plazo de dos días los síntomas no remiten, vuelva a la consulta”.
            Obediente, Noelia hizo caso a su médico de cabecera. No necesitó una segunda visita.

lunes, 15 de agosto de 2011

ORGULLO FAMILIAR


            Cuando Nuria dijo que quería tocar la trompeta, recuerdo que pensé: “madre mía, la trompeta... qué instrumento tan poco femenino”. Claro, que por entonces ella era un mico pequeñajo y yo de viento y metales sabía bastante poco. Pero Nuria, heredera directa del carácter campanero de su abuelo y su madre, no dio opción a protestas. “Si no me dan una trompeta, no estudio música”. Hale, trompeta para la niña.
            Ella fue uno de los primeros componentes de la banda infantil, que se creó por entonces para abastecer a la grande de nuevos músicos. Debutaron un verano, con camisa blanca y un lazo azul marino en lugar de corbata. Aquel “DO-RE-MI” de “Sonrisas y lágrimas” no tuvo precio, por los titubeos de algunos de aquellos mini-músicos, y por los babeos de padres, tíos y abuelos que llenábamos la plaza. Y Nuria aquella tarde dio una lección de que no importan los pocos años cuando la música va escrita con tinta indeleble en tu código genético.
            En eso pensaba yo anoche, sentada en una silla parecida, en la misma plaza, pero unos cuantos años después, durante un concierto de la banda. Recuerdo que aquella tarde tuvo que tocar de pie, porque si se sentaba en la silla las piernas no le llegaban al suelo y no se la veía por encima de su atril. Ahora la veo, tan alta, con su melena castaña brillando bajo los focos casi tanto como el metal pulido de su trompeta, y aunque conserva el gesto infantil de colocarse el flequillo para que no le moleste, la pequeña Nuria de entonces ya no existe. Sólo se asoma a sus ojos cuando sonríe.
            Su abuelo estaba muy orgulloso de ella. Tenían una relación muy especial, así que supongo que él anoche bajó a escucharla tocar, a verla reinar entre los metales. Yo, como soy de lágrima fácil (de sobra lo sabéis a estas alturas), solamente de imaginarlo ya tuve que sacar el pañuelo.
            Mi flautilla travesera, sentada a mi lado, miraba y escuchaba. Mi pequeño clarinete, una silla más allá, se durmió a la segunda pieza. Continuar lo que empezó su abuelo era algo natural para ellas, no entenderían la vida de otro modo, y sé que él ve crecer lo que sembró y sabe que con cada nota que sale de sus labios, sus chiquillas le dan las gracias.
            La cuarta nieta, la mayor de todas, lo intentó de niña, pero pronto se dio cuenta de que la música no era lo suyo. Ella heredó, grabada en su carácter, una constancia a prueba de bomba, la misma que él tenía, y que la llevará todo lo lejos que quiera ir.
            Para el reparto de esta herencia no han hecho falta notarios, ni bancos. No ha habido peleas, ni papeles, ni escrituras. Y sin embargo es un legado tan fabuloso que hace que no sintamos envidia de nadie. Es el orgullo familiar, reconocer en ellas lo que él fue, lo mejor que él tenía. Y sé que anoche él las miraba igual que las miraba yo, y mientras yo lloraba, él seguramente reía.