viernes, 30 de septiembre de 2011

VELAS

            Lola creía firmemente en el poder de las velas. Estaba convencida de que la cera de colores, al quemarse, podía influir en que las energías cósmicas variasen su flujo normal y la ayudasen a alcanzar aquello que deseaba o necesitaba. Era algo así como la fe que la gente le tiene a ciertos santos, a los que rezan convencidos de que van a ayudarles a conseguir cualquier cosa: salud, trabajo, dinero… Lola no creía en Santa Rita, ni en San Pancracio, ni en ninguna otra figura de la corte celestial. Lola creía en el poder de las velas verdes, moradas, rojas, azules, negras o de cualquier otro color.
            Con el paso de los años fue creando un compendio de teorías acerca del poder de las velas, basadas en la experimentación de sus efectos. Así, a sus casi sesenta otoños, tenía ya claros los colores que eran necesarios para cada cosa. Para los problemas de salud encendía velas naranjas y amarillas, dependiendo de si el mal era del cuerpo o de la mente. Para los deseos ocultos, velas marrones. Para los problemas de trabajo, utilizaba las de color morado. Las azules iban bien para los asuntos de los niños, y las rojas para ahuyentar a los maledicentes y chismosos. Si el mal venía causado por una rata de dos patas o un lagarto humano, se surtía de velas verdes, y las encendía de dos en dos, para asegurar el efecto. Las velas blancas las empleaba para agradecer lo bueno que la vida le daba, y guardaba las negras y doradas para honrar a la Muerte.
            En el pueblo en el que vivía todo el mundo la conocía, y sabía de su ciencia de la cera. Aunque se reían de sus creencias, ya hacía años que muchas personas, a escondidas, iban a pedirle consejo y ayuda para problemas de todo tipo. Ella sonreía y proporcionaba las velas, que había aprendido a fabricar en su casa (salía más barato que desplazarse a la ciudad a comprarlas), a la persona que se las pedía. No cobraba por la ayuda, pero la gente sabía agradecérsela.
            Lola rechazaba por sistema ayudar a quien venía buscando la manera de hacer daño. En ocasiones le pidieron velas para hacer enfermar a otros, o incluso para desear la muerte de un enemigo, pero ella les daba velas rosadas para transformar el odio en indiferencia porque no quería que su saber fuera utilizado para el mal. A veces incluso mezclaba la cera con esencia de azahar para purificar los pensamientos y el aura de esas personas. Albergaban tanto veneno en el corazón que no podían siquiera pensar con claridad.
            El día en que Lola sintió la Muerte rondando su calle encendió una vela negra y otra dorada, para honrarla y pedirle que pasara de largo. La Muerte se asomó a su ventana y llamó con sus huesudos dedos. Lola abrió la puerta y la invitó a entrar. La Muerte le preguntó si en el barrio había alguien deseando su visita. Lola le dijo que no lo sabía, pero mentía. El día anterior una mujer cuyo marido la maltrataba desde hacía muchos años había ido a pedirle una vela para desear que muriera y la dejase vivir a ella, porque le estaba dando una vida que era peor que la misma muerte. Ella se negó, pero le dio una plateada para animarla a hacer su equipaje y abandonarle. La Muerte entonces le dijo: “He venido para llevarme a alguien de esa casa. Ahora mismo tengo que elegir entre ella y él”. Lola le pidió a la Muerte que no se llevase a ninguno, pero ella le confesó: “ahora mismo él va hacia su casa armado y dispuesto a matarla. De ti depende que ella le reciba preparada y se defienda”.
            Con una vela de color púrpura en la mano se fue corriendo hacia la casa de aquel desgraciado matrimonio. La mujer estaba sola, y Lola le dijo: “vamos a encender esta vela para que nos ayude a afrontar lo que viene. Tu marido está a punto de llegar y trae la intención de acabar con tu vida”. La mujer no lloró. Esperaba ese momento desde hacía tiempo. Envolvió a su hija de seis meses en una toquilla y se la confió a Lola. “Llévatela y críala tú. Enséñale todo lo bueno que  llevas dentro, y dile que su madre la quiso más que a su propia vida”.
            En los periódicos del día siguiente la noticia iba en primera plana. Ella lo roció todo con gasolina, incluso a sí misma. Cuando él le disparó, la mujer llevaba la vela púrpura encendida en la mano. Él murió también en el incendio.
            Lola crió a Aura como si de una nieta se tratase, y le enseñó todo lo que sabía. No le contó de su familia nada más que lo que necesitaba saber para crecer libre de fantasmas: que la querían y que murieron en un desgraciado accidente, el incendio de su casa. De ese modo Aura jamás albergaría rencores ni malos pensamientos contra nadie.
 El día en que la Muerte vino a buscarla, Lola la hizo pasar, la invitó a café y le presentó a Aura. Le dijo: “me voy contigo tranquila, porque sé que mi trabajo aquí ya terminó. Sólo te pido que tardes muchos años en venir a por Aura. Se merece vivir toda la felicidad del mundo, y también merece una vida larga y llena de alegría”. La Muerte aceptó, y Lola, después de besar a su protegida, se marchó del brazo de la siniestra figura, cantando una canción.

jueves, 29 de septiembre de 2011

VAQUEROS GASTADOS

            La lavandería del Hotel Sherezade recibía todos los días cientos de prendas de ropa para lavar. Montañas de toallas y sábanas de las habitaciones, las cortinas de ventanas y balcones, colchas, mantas, almohadas y demás lencería, bayetas de la cocina, delantales… en resumen, como una casa, pero a lo grande. Un hotel de una ciudad importante, como era el Sherezade, siempre tenía una buena ocupación. El nivel del establecimiento era bastante alto, de modo que la dirección era muy exigente con la limpieza de las habitaciones, y por extensión con la de la ropa de sus camas, y la de los albornoces y toallas, servilletas y manteles de los comedores,  y, por supuesto, con la de los uniformes de los empleados.
            Catorce personas trabajaban a diario en la lavandería del Sherezade. Seis grandes lavadoras funcionaban durante casi todo el día, y otras tantas secadoras. Grandes carros iban recibiendo las toallas dobladas, y las planchadoras mientras tanto pasaban las sábanas por unos grandes rodillos calientes que las dejaban impecables, sin una sola arruga. Mantas, colchas y almohadas se iban apilando al otro lado. Dos personas se encargaban de revisar con cuidado manteles y servilletas para detectar cualquier mancha resistente, y que esa pieza de tela no llegase a ser vista en el comedor por ningún cliente.
            En máquinas aparte se lavaba la ropa personal de los huéspedes. Había que tener con ella un cuidado exquisito; la última persona que perdió en lavandería la falda de una clienta importante perdió también su empleo. Si alguna prenda se dañaba en el lavado o el planchado, el responsable debía pagarla de su sueldo y reponérsela al cliente. Por eso solamente Julia y Vega tocaban la ropa personal. Ellas eran las más cuidadosas, las de manos más hábiles, y las que mejores resultados conseguían. En los años que llevaban allí habían pasado por sus manos prendas exquisitas, de primorosos bordados, encajes, sedas, paños finos, ropa de los diseñadores más exclusivos del panorama, y ropa interior tan delicada y cara que jamás podrían permitirse piezas de lencería así para sí mismas.
            Un día, unos vaqueros gastados salieron de la bolsa de una de las habitaciones, la 645. Era una prenda impropia de los clientes del hotel. Ni siquiera eran unos vaqueros de marca, parecían de mercadillo. Estaban tan raídos que en algunos sitios la tela ya se había roto, deshilachándose por los bordes. En la bolsa había también unos calzoncillos verdosos de tela barata. Vega se volvió hacia los compañeros: “Vale, chicos, ya está bien de bromas. De quien sean los vaqueros que los recoja y que se los lave su madre”. Todos se miraron, pero el desconcierto en las caras les dijo que no había ninguna broma. Eran de un cliente.
            Julia los cogió y los metió en la lavadora pequeña. Añadió algo de sal para que el poco color que les quedaba no se fuera por el desagüe, y dio algunas puntadas a los rotos para que no se hicieran más grandes. Frotó las manchas con un producto especial para el algodón y programó un ciclo adecuado. Mientras efectuaba todas estas operaciones trató de imaginarse al dueño de los vaqueros. ¿Quién sería? No veía a ninguno de los habituales ejecutivos engominados y trajeadísimos que pernoctaban en el hotel vestido con aquel pantalón. Ni con aquel calzoncillo. Vega se preguntaba lo mismo. Les costó un café y un gran croissant convencer al recepcionista de que les dejase mirar el registro de habitaciones. La 645 la ocupaba un tal Ernesto Gigante.
            Al día siguiente, cuando Vega entraba a trabajar, le vio salir. El recepcionista le hizo un gesto para que supiera que era él (le costó a la chica otro café con otro croissant). Era un hombre imponente: alto, fornido, el pelo negro y rizado bien peinado hacia atrás, y un fabuloso traje de Armani sobre semejante percha. Quitaba el hipo. Al llegar a la lavandería, los vaqueros gastados volvían a estar allí para ser lavados. Julia sólo les dio un agua ligera, no podían estar tan sucios desde la tarde anterior. Cuando los sacó de la máquina notó un pequeño bulto en uno de los dobladillos de las perneras, y vio que estaba cosido con unas pocas puntadas irregulares. Cogió su tijera de costura y se dispuso a arreglarlo, pero para su sorpresa encontró un papelito doblado dentro. Unas letras, con la tinta corrida por el agua del lavado, se veían escritas, pero fue incapaz de descifrarlas.
            Una amiga, que trabajaba en la cafetería, las avisó por el teléfono interno: “Vuestro Gigante está almorzando. Que venga Julia a recrearse la vista un rato”. Julia subió, curiosa. ¿Qué aspecto tendría aquel hombre con esos vaqueros desastrosos? Le observó un rato, se quitó un pensamiento travieso de la cabeza y volvió a su trabajo. Cosió con mimo el dobladillo de la pernera, secó y planchó la prenda, la dobló y la envió a la habitación 645 cuando hubo terminado.
            Aquella noche, los sueños de Julia se llenaron de musculosos hombres morenos vestidos únicamente con un vaquero gastado y descolorido. Vega, que estaba casada, hizo a su marido colocarse los jeans más raídos del armario, y nada más. Y se los arrancó juguetona mientras le cubría de caricias. Por la mañana, al llegar al hotel, la bolsa de la habitación de Ernesto Gigante esperaba en la lavandería. Y el contenido era el de siempre.
            Rebuscó en sus bolsillos, como solía hacer, para comprobar que estaban vacíos, pero esta vez no era así. Había una notita en el bolsillo izquierdo: “Al personal de lavandería: son ustedes muy amables, pero por favor, absténganse de arreglar el dobladillo de la pernera que está mal cosido. Gracias.” Julia y Vega se miraron y se echaron a reír, pero no sabría decir cuál de las dos sentía más curiosidad. Sujeto con varias puntadas, un nuevo papel arrugado y desteñido, similar al que ya retiraran el día anterior se escondía en el dobladillo. No lo quitaron, por supuesto, y colocaron dos cosidos para disimular su ramalazo cotilla. Al cuarto día abrieron el escondrijo antes de lavar el pantalón. El papel ponía: “Saulo Ramírez y Pedro Juan Bermudo”. Lo lavaron como de costumbre.
            El señor Gigante se quedó en el hotel Sherezade durante diez días. La mañana que se marchaba, Julia, que ya no aguantaba más la curiosidad, le asaltó en la calle, antes de que pudiese coger su taxi para el aeropuerto. “Soy la lavandera del hotel. Sin rodeos, Don Ernesto. Por favor, cuénteme el misterio de sus vaqueros gastados”. Él se echó a reír y la invitó a un café. Media hora después, ella volvió a su puesto de trabajo con una gran sonrisa, y él salió en taxi para coger su avión. Vega estaba ansiosa por saber. Entre risas, Julia le explicó que Ernesto Gigante era un ejecutivo de banca que se encargaba de operaciones bursátiles. Siempre viajaba con sus vaqueros y sus calzoncillos de la suerte, y cuando se los ponía se sentía liberado del traje serio al que su trabajo le obligaba. Por eso los usaba para dormir. El misterio del papelito era muy simple: escribía el nombre de los agentes que trataban de hacerse con las inversiones más ventajosas, y los enviaba a lavar junto con el pantalón, para que se fueran por el desagüe igual que la tinta y no le estorbasen en su trabajo. Y estaba convencido de que funcionaba.
            Vega volvió a su casa esa noche pensando en las absurdas supersticiones de la gente, y ya no hizo que su marido se colocase los vaqueros viejos, sino que se fue a dormir en cuanto cenaron.
            Julia volvió a su casa esa noche con el teléfono de su Gigante bien guardado en el bolsillo. Sonrió al recordar los papelitos que llenaban el congelador de su cocina, con los nombres de las personas a las que quería alejar de su vida escritos en ellos. También creía en esos pequeños e inofensivos rituales que a veces nos ayudan a seguir adelante. Se fue a dormir en cuanto cenó, y sus sueños volvieron a llenarse de rizos morenos y vaqueros gastados.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

BUSCANDO PISO

            Hace una década que me cambié de casa por última vez. Recuerdo la tarea de buscar piso como algo tremendamente pesado y lleno de incidentes (no siempre agradables), negociaciones arduas, varios intentos de estafa, papeleos, viajes al registro de la propiedad, atraco a mano armada por parte del banco, el latazo de las obras de reforma, el follón de la mudanza… Y bueno, recuerdo sobre todo haber gastado más de lo que podía permitirme en reparar cosas que se suponía que estaban bien y luego resultó que no lo estaban, pero en fin, hay que vivir en algún sitio, y lo que se tiene que hacer, se hace y punto. También tiene narices que en sólo diez años ya me haya tocado pagar reformas integrales de zaguán, fachada, terraza, tuberías generales, pintura de patio de luces, ascensor… He pagado más en derramas que en hipoteca, pero bueno, qué le vamos a hacer.
            Con todo lo que ha pasado en estos años, la famosa burbuja inmobiliaria, la crisis, los deshaucios por impago de hipotecas y la movida que hay, ahora que estoy buscando casa para mudarme a la civilización me doy cuenta de que la tarea de encontrar piso se ha convertido en algo más peligroso que hacer un safari por Tanzania armado con un tirachinas.
Lo primero que te encuentras es que los precios siguen siendo desorbitados. ¿Quién decía que habían bajado? Pues que alguien me explique dónde ve la rebaja, porque yo no la encuentro por ningún lado.
Como ya hace mucho tiempo que decidí que estas cosas era preferible tratarlas con profesionales, busqué una buena inmobiliaria. Ellos consultaron su base de datos y me citaron para ver los primeros pisos. En el primero al que fuimos, había un tío durmiendo sobre una colchoneta en medio del salón sin muebles de un piso nuevo. Un sobrino del dueño, nos dijo él, y con las mismas se dio la vuelta y siguió durmiendo. En el segundo, la señorita agente inmobiliaria fue incapaz de abrir la puerta con las llaves que tenía. En el tercero debía vivir una manada de gatos, a juzgar por el estado en que se encontraban las puertas y el parquet. No hubo más suerte al día siguiente, fuimos a ver tres viviendas en el mismo edificio (ya sólo eso huele a chamusquina), y los pisos no estaban mal, pero la experiencia me dijo: en cinco años habrás vuelto a pagar fachada, zaguán, terraza, ascensor…  Luego visitamos otro en el mismo barrio, uno de esos que se venden por divorcio. El divorcio debió ser muy traumático, porque en el dormitorio principal aún se veían las huellas de haberle prendido fuego a la cama conyugal. Y eso da un yuyu que no veas.
Desde que comencé a buscar debo haber visto unas tres docenas de pisos y una larga lista de cosas que me gustaría no haber visto: paredes pintadas con spray por alguien a quien iban a desalojar de su casa, carcoma, mugre de lustros, cucarachas, y mucha desesperación por vender. Mucha.
Aún así, tengo que decir que he encontrado algo que me gusta, no está mal situado, le da el sol (al contrario del ataúd en el que aún vivo, que gasto más en luz y calefacción que la Aramís Fuster en tinte y laca) y el precio no es estratosférico. Ya he llamado al banco. Creo que el interventor de la oficina nos está esperando con el hacha escondida bajo el escritorio. Os dejo por hoy, que tengo que sacarle brillo a la armadura.

martes, 27 de septiembre de 2011

ANÉCDOTAS GERIÁTRICAS III

         A medida que me hago mayor me va dando más ternura contar estas pequeñas anécdotas que me ocurrían con los abuelos en la residencia geriátrica en la que trabajé de jovencilla. No sé, tal vez sea porque veo a mis padres y a mis suegros más próximos a esa etapa, o quizá porque la madurez hace que entienda mejor cosas que a los veinte años no se pueden comprender del todo.
            Luzdivina era muy mayor. Cuando en un geriátrico hablas de “muy mayor” te refieres a “de noventa y cinco para arriba”. Aún caminaba, y pese a que a veces su cabeza no regía del todo bien, en general se podía decir que estaba estupenda. Vivía en el edificio de mujeres, donde se colocaba a las solteras y a las viudas. Recuerdo que cuando me asignaron esa planta tuve turno de tardes durante varias semanas. Yo ponía las mesas en el comedor, y primero cenaban los más ancianos, para irse temprano a dormir. El primer día que estuve, hice pasar a Luzdivina al comedor, se sentó sola a su mesa y dijo que no quería cenar porque faltaba el cubierto de su marido. Consulté la lista, pero él no figuraba. Y ella seguía en sus trece de no probar bocado, así que le seguí la corriente y coloqué un cubierto de más, por si él venía. Cenó como una lima.
            Aquella noche me quedé pensando en ella. ¿Se quedó viuda? ¿Él se fue a por tabaco y nunca volvió? No, a juzgar por el mimo y la dulzura con que le colocaba los cubiertos, la servilleta y el vaso. No, seguramente se quedó viuda, y el ponerle la mesa a su lado todos los días era un recurso para sentirlo aún cerca. Debía amarlo mucho.
            Seguí poniendo dos servicios en la mesa de Luzdivina todas las noches durante mucho tiempo. Ella veía el plato de su marido, acomodaba los cubiertos y la servilleta a su gusto, le servía agua en el vaso y cenaba sonriendo. Después, cuando la ayudaba a ponerse el camisón y acostarse, trataba de sonsacarle cosas sobre él, pero ella no me decía nada. Ni su nombre siquiera pude averiguar. Confieso que sentía curiosidad. No debían tener hijos, porque a Luzdivina nunca la visitaba nadie, y me daba pena verla siempre sola, soñando que él aún vivía. No vi nunca foto alguna de ningún hombre en la habitación, y aún me dio más lástima aquella anciana. No le quedaba ni una imagen para recordarle.
            Al cambiar al turno de mañana, cambié también de planta, y ya no veía a mi nostálgica ancianita todos los días. Por eso, a la hora del relevo, en el vestuario, le pregunté a la compañera que entraba de tardes a su planta cómo estaba la mujer. Le conté lo de los cubiertos para la cena de su marido y se echó a reír. Se lo contó a las demás trabajadoras veteranas, y el cachondeo fue monumental. Luzdivina fue soltera toda su vida. Ni se casó, ni nada de nada. Tal vez soñó hacerlo alguna vez, pero no pudo ser, y quiso así hacerse la ilusión de una vida que no tuvo. O quizá su lucidez no era tanta como yo creía. ¿Quién sabe?
            A pesar de saber aquello, las veces que volví a trabajar en su planta puse de nuevo dos servicios en su mesa. Me tomase el pelo o no, preferí pensar que aquello le ayudaba en algo, aunque sólo fuera a sonreír un poco.

lunes, 26 de septiembre de 2011

BICHOS

Amo los animales. Tengo perro, gatos, peces, tortugas y niños, así que puedo decir que amo a los animales. Los cuido, los cepillo, los desparasito, les procuro cuidados veterinarios y médicos, los alimento, los paseo, los educo (bueno, a los peces y a las tortugas no). Reconozco que también como animales, pero jamás consumo caza salvaje. Sólo animales criados expresamente para el consumo. No visto con pieles. Reciclo y respeto el medio ambiente. Soy antitaurina. Creo que no puedo hacer más de lo que hago, incluso creo que si todo el mundo hiciese más o menos lo mismo que yo habría muchos menos problemas. Pero la cosa cambia cuando hablamos de animales sin huesos y sin patas. Ahí ya no respondo.
            Bichos. Asquerosos, repulsivos, babosos o saltarines, corredores o reptantes, venenosos o simplemente tocapelotas, no los puedo tolerar. Me ponen negra. Quizá porque soy mujer de ciudad, o porque me han educado así, o vete tú a saber por qué, pero me horrorizan y me despiertan el instinto asesino. Algunos incluso me producen alergia y serios trastornos, y debo tener cuidado con ellos. Otros, simplemente, destruyen las cosas que amo, y no se lo puedo perdonar.
            Los primeros que me ponen los pelos de punta son las malditas cucarachas. Y anda que no hay. En donde guardo el coche me sale cada ejemplar que estoy por llamar al National Geographic. De cuarto de kilo para arriba. Rojas, largas, y cómo corren, las puñeteras. Incluso vuelan, que ya era lo que me faltaba. Menos mal que entrené a mis gatas contra ellas y no dejan que en mi casa entre ninguna.
            Luego están las mariposas. Sí, mucho colorín, y vuelan y todo, pero no dejan de ser bichos asquerosos con alas. Por no hablar de esas variedades que tienen la mala costumbre de comerse la ropa y las mantas. Me dan tanta rabia que hasta he comprado acciones en una fábrica de bolitas de naftalina. No entiendo qué les ve la gente para considerarlas bonitas, incluso las sueltan en algunas bodas y todo (y cobran una pasta por ello, dicho sea de paso). Imaginad por un momento que en lugar de mariposas soltasen abejorros. A bicho salimos, ¿no? Aunque se podría liar parda, me imagino a los novios y a todos los invitados corriendo por el salón, entre las mesas del convite, y con todo el servicio de camareros armados de insecticida tratando de exterminar a los animalejos. Sólo eso ya daba para una peli de Berlanga.
           Para seguir con la lista, ahí está la carcoma, ese gusanito que, convenientemente multiplicado, te puede arruinar una casa entera de las de antes, con sus vigas de madera y todos sus muebles. Hasta la fecha la carcoma es el insecto inmundo que más dinero me ha hecho gastarme en tratamientos para proteger lo que con tanto esfuerzo he conseguido restaurar, mi segunda vivienda. Si pudiera hablar con Dios le diría que el día que creó la carcoma se podía haber quedado en su casa y haberse metido las manitas de crear en los bolsillos.
            Capítulo aparte merece el escarabajo picudo rojo, ese bicho enorme y acorazado, rojo y con pintas en el caparazón, que pone los huevos en el cogollo de las palmeras, de modo que sus larvas, unos gusanos asquerosos y gordos como un dedo pulgar, se alimentan del tronco del árbol hasta que lo matan. Y dejan a la pobre palmera seca y chafada, como si un elefante se le hubiera sentado encima. Una vez vi uno y traté de matarlo, pero el maldito coleóptero estaba tan duro que me tuve que poner las botas de montaña para acabar con él. No sé de dónde vino, pero bien podía haberse quedado en su casa.
Entiendo que los insectos son necesarios en el equilibrio natural, pero por favor, guardemos las distancias. Arañas, moscas, mosquitos, abejas y avispas, gusanos y demás criaturas inmundas, venenosas, molestas y desagradables, vosotras a vuestro sitio, y yo al mío, ¿entendido? Vamos a llevarnos bien. O eso, o saco la artillería pesada. Avisados estáis.

domingo, 25 de septiembre de 2011

LAS HADAS NO EXISTEN


            Así es. Las hadas no existen. Son un cuento, como el Ratoncito Pérez o los Reyes Magos. La diferencia es que por estos últimos nadie se intenta hacer pasar. Nadie trata de comportarse como ellos en la vida real, excepción hecha, claro está, de los padres, y durante un cierto número de años cada vez más corto. Y digo cada vez más corto porque en el colegio de tus hijos siempre hay un niño cabrón que se lo chiva antes de hora, chafándoles la ilusión. Aunque bueno, durante toda la vida uno se encuentra elementos como ese, que dedican su improductiva existencia a jorobar y romper las ilusiones de los demás, así que más vale que los niños normales se vayan preparando para eso desde pequeños.
            Como decía, las hadas tampoco existen. El problema es que sí hay personas que intentan hacerse pasar por ellas. Cuando las conoces parecen arrasadoramente encantadoras, divertidas, maravillosas, trabajadoras, incluso con un puntito pícaro que resulta realmente atractivo (para los individuos del sexo contrario al/la falso/a hado/a). Se te pegan, tratando de hacerte ver que cuentas con su apoyo incondicional, que valoran tu opinión, que la complicidad y la amistad entre tú y el/la falso/a hado/a son algo realmente importante. De hecho, comienzas a ver que con otras personas su actitud es ligeramente distinta, incluso te enteras de cosas que no te hacen un pelo de gracia. Pero piensas: “seguro que es mentira, alguien tan buena gente no es capaz de eso”.
            Estos/as falsos/as hados/as se mantienen cerca de ti por diversas razones, pero siempre basadas en su propio interés, y en consecuencia, nunca en el tuyo. Puedes tardar meses, o años, en darte cuenta de que la purpurina de sus caras está pegada con vaselina, y por las noches se la quitan para dormir. Después son las deslumbrantes alas verdes, amarillas y naranjas de hado/a las que se revelan como dos trozos de alambre recubiertos de tela y pintados de colores. Y por último es el sujeto/a en sí, que en algún momento pierde la máscara y te da su cara de verdad. No la divertida, la de las fiestas y los cubatitas, sino la de responder cuando toca dar el callo. Y es en ese momento cuando te das cuenta de lo que siente un niño cuando el otro enano cabrón le destapa que el Ratoncito Pérez y los Reyes Magos no existen. Y no sólo eso. También descubres que la serie “V” está basada en hechos reales.

sábado, 24 de septiembre de 2011

LADY MERMELADA

            No, no tiene nada que ver con la “Lady Marmalade” de la famosa canción. Carola era una mujer amable, regordeta y siempre sonriente, que vivía en un pueblo pequeño, de esos en los que todo el mundo se conoce.
            Carola era soltera. Su madre había sido una alcohólica, hecho que provocó dos cosas determinantes: que Carola naciese con un cierto retraso mental y que se quedase huérfana bastante joven. No tenía oficio ni nadie que la quisiera, fue incapaz de completar los estudios de la escuela, y no podía vivir eternamente de la caridad de sus vecinos. Debía hacer algo para poder salir adelante. Una opción era ponerse a servir, pero para eso se tenía que ir a la ciudad, y sólo de pensarlo le entraba un tremendo miedo a perderse. La otra opción era ponerse en manos de alguna institución pública que la acogiese.
            El día que cumplía quince años, Carola salió al campo a coger moras. Había muchísimas, y cogió tantas que tuvo que hacer seis viajes a su casa para descargar la fruta. Cuando vio la montaña de moras que tenía, se dio cuenta de que ella sola no se las podía comer todas, y de que tampoco las podía guardar para comer durante un mes, porque se pudrirían. Le preguntó a Pura, su vecina, y ésta le sugirió: “¿Por qué no haces mermelada? Yo tengo muchos botes de cristal, y te puedo enseñar a hacerla”. Como no tenía otra cosa en que ocupar su tiempo, Carola aceptó.
            Comenzaron por meter las moras a cocer con un poco de agua en las ollas más grandes que encontraron. Añadieron trozos de manzana para darle cuerpo. Pusieron azúcar, no mucha, porque las moras son de las frutas más dulces que hay, y pasaron la mañana revolviendo lentamente mientras la mermelada espesaba. Después, cuando se hubo enfriado, fueron echando porciones de la pasta resultante en un trozo de sábana blanca bien limpio, lo enrollaron y retorcieron con fuerza los extremos, cada una en una dirección, para que la tela exprimiese la fruta. La confitura salía por entre la trama de los hilos, quedando dentro atrapadas las molestas semillas. Luego volvieron a cocer el resultado para que espesase aún más, lo metieron en frascos de cristal, los taparon bien y los hirvieron al baño María durante una hora, para hacer el vacío y preservar así la confitura durante más tiempo. A Pura se le ocurrió cortar círculos de tela de colores y hacerles un ribete de ganchillo para luego colocarlos en la tapa de los botes atados con cintas. El resultado fueron algo más de cincuenta frascos llenos de una dulce confitura morada, coronados por gorritos multicolores. Habían invertido dos días de intenso trabajo. Carola le regaló tres botes a Pura, se quedó otros tres, y el resto lo repartió entre los vecinos del pueblo. La tía Amparo agradeció el suyo con una bolsa de naranjas. La tía Lola le dio unas latas de atún y un beso. La señora Julia la invitó a comer al día siguiente, y Doña Carmen le hizo un bizcocho. El tío Pedro había cosechado ya las calabazas jaspeadas de su huerto, y le dio dos bien grandes. Le dijo que con ellas podía hacer cabello de ángel.
            Tres días después, treinta botes de cabello de ángel, dulce, espeso y muy sabroso, hervían al baño María mientras Carola hacía ganchillo para los gorritos de los frascos. El tendero del pueblo le compró la mitad a cambio de víveres para una semana, y de dos cajas de manzanas muy maduras que se le iban a echar a perder. De allí salieron un montón de frascos de mermelada de manzana.
            Durante los años en que Carola vivió, no quedó nadie en la comarca que no hubiera probado alguna de sus confituras. Con el tiempo, centenares de kilos de fresas, cerezas, grosellas, arándanos, calabazas, manzanas y peras, melocotones y albaricoques, caquis, uvas, naranjas y tomates pasaron por sus manos, y múltiples mezclas multifrutas que daban dulces e irrepetibles partidas de frascos, todos con su gorrito, salieron de la cocina de Carola, haciéndola merecedora de ese título, Lady Mermelada, por el que todo el mundo la conocía.
            No necesitó caridad, ni servir a nadie para poder vivir. A pesar de su discapacidad, salió adelante por sus propios medios gracias a su pequeña industria casera. Por eso, cuando se me presenta alguna dificultad que no acierto a resolver, pienso en Carola y en aquellas primeras moras, y me doy cuenta de que en lo más sencillo está a veces la clave para superar los mayores problemas.

viernes, 23 de septiembre de 2011

MUDANZAS

            Elena miró las cajas en las que estaba metiendo toda su vida, y sintió ganas de llorar. No era su primera mudanza, desde luego, pero nunca se imaginó que se vería obligada a cambiarse de casa en semejantes circunstancias.
            Uno no hace una mudanza por deporte. Lo normal es que la haga para mejorar. Elena recordó las anteriores mudanzas, y un aluvión de recuerdos le cayó encima. La primera, de niña, por un cambio de trabajo de su padre. La siguiente, a estudiar a Madrid. Una más, cuando Jaime y ella decidieron vivir juntos. La siguiente tras el ascenso de Jaime, y la última con la llegada del segundo hijo. Si sumara las maletas que había acarreado, los vasos que había envuelto uno a uno en papel de periódico, los rollos de cinta de embalar gastados en precintar las cajas, le darían cifras de récord. Pero todas fueron mudanzas hechas con ilusión, mirando hacia delante con los ojos llenos de planes de futuro, y guardando un cierto cariño por lo que se dejaba atrás. Hoy era distinto. Hoy salía huyendo.
            Su hija mayor, Ana, la miraba desde los cristales de sus gruesas gafas. Elena le acarició la cabeza, con cuidado de no rozarle los puntos de sutura. La niña, de trece años, trató de sonreír, pero el corte del labio le dolió, y emitió un corto quejido. Cabizbaja, cogió una nueva caja y se metió en su habitación. Elena se volvió a preguntar cómo no se había dado cuenta antes de lo que estaba pasando. Cómo permitió que las cosas llegaran hasta ese punto.
            El día en que la llamaron del instituto para decirle que Ana estaba faltando frecuentemente a clase, no lo podía creer. Era una criatura muy inteligente, estudiosa, ávida lectora, de notas brillantes. Le preguntó, pero ella le dio vagas excusas. La castigó, pero no consiguió nada. Su rendimiento comenzó a caer en picado. No había día que no discutieran. Jaime la llevaba al instituto en coche para asegurarse de que entraba, pero ella se marchaba en cuanto su padre se daba la vuelta. Pensaron en las drogas, pero les juró que no consumía. Pensaron en un chico, pero también les juró que no salía con ninguno. “¿Quién se va a fijar en mí, la empollona con los dientes llenos de hierros y las gafas de culo de botella? ¡Si ni siquiera me dejáis pintarme para ir al instituto!” Y se encerró en su cuarto. No comía bien, no dormía bien. Tenía pesadillas.
            La voz de alarma la dio Mario, su hermano, el curso siguiente, cuando entró al instituto. Había un grupo de alumnas en la clase de Ana, algunas de ellas repetidoras, capitaneadas por una en concreto, que se dedicaban a acosarla. Los insultos, las zancadillas, los golpes, las amenazas, eran el pan nuestro de cada día para la niña. Había incluso pintadas hirientes en las puertas de los lavabos. Llevaba más de un año aguantando aquello. “Y si se lo cuentas a alguien, estás muerta. ¿Lo entiendes, empollona de mierda? Atrévete a irle con el cuento a los profesores o a tu mamá y vas a saber lo que es que te jodan la vida”. Esa era la realidad de Ana.
            Después de las denuncias ante la Guardia Civil, cuatro chicas fueron expulsadas del instituto. La más violenta de ellas, la que instigaba a todas las demás en contra de Ana, fue incluso juzgada. Pero al no haber lesiones físicas graves demostrables, teniendo en cuenta que “la menor viene de una familia desestructurada, serios problemas de alcoholismo de su padre, desamparo, y bla, bla, bla…”, se zanjó el tema con una multa y la obligación de la asistencia a un psicólogo para la agresora. Y, teniendo en cuenta también la obligación de estar escolarizadas hasta los dieciséis años, se reubicó a aquellas chicas en otros institutos. Y carpetazo al tema.
            Ana volvió a clase. Todos la miraban y cuchicheaban a sus espaldas. Los profesores trataban de mantener una cierta normalidad, pero no fue posible. Ella se sentía observada, aunque trató de ser valiente. El primer empujón, y el primer “chivata” lo recibió a la hora del patio. Rezó para que su padre no llegase tarde a recogerla. Cuando salió por la puerta no las vio venir. Entre las cuatro sólo tardaron un par de minutos en cubrir a Ana de golpes. Algunos vidrios de las gafas se le clavaron en la cara, los labios le quedaron machacados por los trozos de metal de la ortodoncia, incluso se tragó uno de sus dientes. No podía respirar, no podía abrir los ojos. Le arrancaron varios mechones de pelo, cerca de la brecha que sangraba en su cabeza, y le quitaron los pantalones del chándal para humillarla ante todos. Nadie hizo nada. Unos por miedo, otros por… bueno, quién sabe por qué. Jaime venía corriendo, gritando, pero el corrillo de adolescentes que amparaba la paliza mientras grababa con el móvil la escena para después colgarla en internet no se apartó. A empujones llegó hasta su hija, que tragaba sangre de la nariz y el labio rotos tratando de respirar.
            Elena continuó embalando los libros del salón. No importaba la pena que se les había impuesto por la paliza. Sabía que volverían a por ella, que la primera pintada que había aparecido en el portal de su casa era el aviso de que, a pesar de ser inocente, de no haber herido a nadie, de no haber cometido más delito que el de ser más inteligente que la mayoría, Ana no estaba a salvo. Ir al instituto con escolta policial no era vida para una niña de trece años. No iba a permitir que su hija corriera peligro. Mario se quejó: “¿Por qué nos tenemos que ir nosotros? ¿Por qué no se van ellas, que son las que lo han hecho mal?”
            Cerró una nueva caja y se sentó sobre ella. Quizá en una ciudad más pequeña su familia podría recuperar la tranquilidad. A veces, aunque duela, una retirada a tiempo es una victoria. Pensó que el día de mañana Ana sería una mujer adulta, preparada para el mundo. Las otras serían carne de cañón, y deseó todo lo peor que se le ocurrió para ellas. Ya que la justicia no iba a castigarlas como se merecían, que la vida se encargase de ello. Pero no se iban a quedar allí para verlo.
            El camión de mudanzas llegaría en unos minutos. No le gustaba sentir rabia, ni sentir odio. Esperó que la nueva ciudad y la nueva casa fueran un buen sitio para empezar a olvidar. Jaime la abrazó por la cintura, y juntos fueron hacia el coche.

jueves, 22 de septiembre de 2011

SEGUNDO VIAJE DEL TROVADOR DE SUEÑOS

            La figura inconfundible del trovador de sueños, laúd en mano y morral a la espalda, emprendió un nuevo y largo viaje, atraído por lo que había oído de labios de una mujer. Ella, mientras dormía entre los brazos del músico errante, murmuró el nombre de la ciudad en que nació, despertando en el trovador el deseo de descubrirla y conocerla, de recorrer sus caminos, los públicos y los secretos, como hacía con cada una de las mujeres que lo elegían para compartir sus juegos nocturnos.
            Teniendo en cuenta que partía desde una ciudad marítima, la maravillosa “novia del mar” a la que llegó en su primer viaje, le pareció lo más inteligente preguntar a los marinos del puerto, que eran los que más sabían de geografía, qué dirección debía tomar para llegar a su nuevo destino. El piloto de un bergantín que ya se aparejaba para partir hacia los mares del norte le dijo: “la ciudad que buscas no la hallarás caminando. Andarás muchas jornadas, pero luego tendrás que navegar para encontrarla”.
            El trovador de sueños, que no tenía prisa por llegar porque nadie le esperaba, sonrió ante la perspectiva de tener un nuevo horizonte al que dirigir sus pasos, se colocó en una esquina y cantó sus canciones para, con las monedas que ganase, emprender el largo camino que tenía por delante.
            Puso rumbo hacia el sur. Desde que el sol asomaba en el horizonte saludándole con un guiño hasta que comenzaba a declinar, el trovador de sueños caminaba por las vías más transitadas. De ese modo conoció a gentes de todos los lugares, aprendió cantares y romances nuevos y desconocidos para él, y pudo continuar con su costumbre de dormir bajo techo y acompañado, como solía, para continuar camino al alba, sin mirar nunca hacia atrás.
            En su ruta atravesó de nuevo las montañas del norte que ya conoció en su primer viaje, los páramos y la dura meseta en la que el sol no tiene piedad de nadie. Conoció pastores que conducían enormes rebaños de ovejas, y que en su camino trashumante buscando nuevos pastos para su ganado entonaban canciones muy antiguas para no sentirse solos. Vio en las ciudades por las que pasó vestigios de culturas que le eran ajenas, pero no quiso detenerse en ellas más que lo justo para buscar cobijo por las noches, porque las quería de destino para futuros viajes.
            Un histórico desfiladero le dio paso a las tierras del sur. Atravesó grandes extensiones de olivos, y las mujeres que le abrieron su lecho para compartirlo con él durante las últimas noches eran morenas, graciosas, y tenían un acento distinto al de cualquier mujer que hubiera conocido antes.
            Por fin, el trovador de sueños llegó hasta el mar, y los pescadores de la orilla le saludaron con agrado. Una muchacha descalza cosía las redes de su padre en la playa. Tenía la falda recogida sobre las rodillas, y sus piernas firmes y morenas atrajeron la mirada del trovador, que después de preguntarle el nombre de aquel mar, le dedicó un ocaso entero de canciones de amor. Ella le habló del puerto, de los barcos que salían de él hacia lejanos destinos atravesando un mar que los antiguos creían que tenía un final, un enorme abismo que se tragaba barcos y hombres, porque ignoraban la redondez del mundo. Le contó de los monstruos que creían que habitaban aquellas aguas, y le habló de un marino italiano que zarpó de aquel mismo puerto y descubrió un continente nuevo, cambiando para siempre su historia. Y llegó la noche, y entre suspiros y besos ella contó las estrellas al mismo ritmo que él contó los lunares de su cuello y de sus piernas. Al alba, se desenredó con cuidado de los brazos de la muchacha y se embarcó en el puerto, rumbo a la ciudad que le esperaba en medio de aquel mar.
            Al llegar, bajó del barco con su magro equipaje. Le dio la bienvenida una mujer. Llevaba una blusa blanca, el pelo cubierto por una toca también blanca, un gracioso sombrerillo de paja y una falda de rayas de colores. Sonreía, y le ofreció unas flores a cambio de una canción. Le dijo: “bienvenido, trovador. Aquí encontrarás muchos cantores como tú, que tocan laúdes como el tuyo, y conocerás también un instrumento musical que nunca has visto, pero que te enseñará cómo es la voz de nuestra tierra”.
            Mientras la seguía por las calles de la ciudad, la florista le fue contando, con su acento suave y su mirada atlántica, las maravillas de aquel pequeño mundo en el que vivía. Le relató cómo eran los antiguos pobladores del lugar en el que luego se asentaría la ciudad, y le dijo que eran gentes orgullosas pero confiadas, que creyeron en las promesas de aquellos que llegaron en barcos, como había llegado él, y que vieron cómo su confianza era correspondida con la masacre y la esclavitud. Le habló del Dios en el que creían los antiguos, Achamán, de los diez reinos en que se dividía el territorio, cada uno con su rey, o su Mencey, como los llamó ella, que mantenían la paz y la concordia entre todos los que allí vivían hasta que llegó la cruz cristiana, y tras ella los guerreros y la sed de conquista. Le habló del idioma aborigen y de sus cantos ancestrales, y entonó para él, al ritmo de un pequeño instrumento de cuerpo redondeado y con sólo cinco cuerdas al que llamó timple, las isas y las folías que desde niña había aprendido. Después, la florista volvió a su trabajo y le dejó solo.
            Dedicó mucho tiempo a caminar aquella ciudad, no sólo por su belleza, sino por los otros muchos atractivos que encontró en ella: decidió que no se marcharía hasta aprender todas aquellas músicas, hasta saber tocar el timple, hasta probar todos los bocados exquisitos que allí se preparaban, hasta saber cómo amar a aquellas mujeres por cuyo acento se sentía acariciado.
            Durante aquellos meses de eterna primavera que vivió en la ciudad, le sorprendió la manera de usar el cereal para preparar gofio en lugar de pan. No encontró naranjas, sino plátanos maduros. El vino era distinto, hasta la arena de las playas era morena, como las mujeres, y no blanca, como había visto en el norte. Supo que la montaña que se veía a lo lejos no era tal, sino un volcán dormido, vivió el carnaval más colorido y bullanguero que había conocido nunca, y disfrutó de la alegría de vivir de aquellas gentes tan acogedoras. Vio en las mujeres rasgos parecidos a la de aquella que nombró la ciudad en sueños, y mentalmente la bendijo por conducirle hasta allí.
            Todo le resultaba sorprendente. Vio un parque verde en cuya entrada un reloj hecho de flores marcaba las horas con exactitud. Incluso vio un monumento en forma de pez, que es el que da su apodo a los habitantes de la ciudad. Vio palmeras y tamarindos, y otros árboles muy antiguos que jamás vio en ningún otro sitio. Cambió el pan por el gofio, bebió leche de cabra y probó quesos elaborados con ella, que no se parecían a los que conocía. Y se sintió tan cómodo que llegó a pensar en echar raíces por una vez en su vida. Pero se dio cuenta de que haciéndolo dejaría de ser el trovador de sueños, el nómada cantor que recorre los caminos cambiando su canto por unas monedas, y después de pensarlo mucho decidió marcharse. Eso sí, antes de buscar un barco con el que volver a sus orígenes, disfrutó una noche más enredado en el abrazo de una graciosa muchacha cuyos besos volvieron a hacerle dudar entre asentarse o volar.
            Al amanecer, sin hacer ruido, se vistió, se echó el morral a la espalda, y antes de coger su laúd para salir hacia el puerto, le robó a la joven sus chácaras para no olvidar el sonido de aquella ciudad. Eso sí, se hizo el firme propósito de que, cuando sus huesos ya no quisieran seguir andando caminos, cuando buscase un refugio en el que pasar el resto de la vida olvidando al nómada de su juventud, volvería, y se quedaría allí, en aquella ciudad, dejando que los vientos alisios le acariciasen como poco antes lo había hecho la mujer cuyo sueño no quiso interrumpir.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

COLORES DE OTOÑO

            Fiel a su nueva filosofía de que todo es del color del cristal con que se mira, Luna estaba tratando de pintar el otoño con los tonos más luminosos que podía, para no caer en el abismo de todos los años.
            No sé si sabéis lo que es un trastorno bipolar. Antes de ser diagnosticada, Luna pasaba períodos de euforia, en los que sentía que se iba a comer el mundo, e inmediatamente después temporadas de depresión profunda, en las que iba de la cama al sofá sin ninguna esperanza, sin amor por la vida y con un deseo creciente de dejar de respirar por el método más rápido posible. Fueron años de infierno para ella y para cuantos la rodeaban. Muchos no resistieron y salieron huyendo. Quedaron sus padres, sus hermanos y pocos más. Ahora, con la medicación y la terapia, estaba mucho mejor, y huía de todo lo que pudiera alterar su frágil equilibrio.
            En el área de psiquiatría de cualquier hospital se puede conocer a todo tipo de gente interesante. Luna había conocido allí a Lila. También era bipolar, pero llevaba ya muchos años de tratamiento por delante de Luna, que acababa de ponerle nombre a su enfermedad. Lila era pintora, y usaba la pintura como terapia. Aprendió a ver venir las crisis, y a combatirlas acompañando los fármacos con un tratamiento de choque a base de colores. Cuando algo amenazaba con romper su estabilidad, comenzaba un cuadro, concretaba el problema en el dibujo, y lo pintaba con los colores más vivos, inapropiados, estimulantes y rebeldes que se le ocurrían. Así, el fantasma de turno dejaba de darle miedo, y podía continuar adelante con una sonrisa.
            Luna miraba con miedo el final del verano. El cambio de estación, menos horas de luz, las noches largas, los árboles perdiendo hojas, el viento frío, las tardes de lluvia… el comienzo del otoño le daba tristeza, el ánimo caía, y la espiral de la depresión se abría bajo sus pies. El psiquiatra siempre le aumentaba la medicación al final de septiembre, pero sólo conseguía que pasara semanas atontada, sin poder trabajar ni hilvanar cuatro frases seguidas con una cierta coherencia. Por eso, aquel año Luna compró un lienzo y empezó a pintar.
            Comenzó dibujando árboles con las hojas amarillas, y para compensar les pintó camisetas de color verde. Luego dibujó las nubes de tormenta, pero las gotas de lluvia, en lugar de ser de agua, eran de naranjada, su bebida favorita. Dibujó un jardín desnudo, y pintó las flores debajo del suelo, esperando la primavera para nacer. Al sol le puso debajo un cartel que decía: “ME VOY DE VACACIONES AL CARIBE”, pintó el cielo de rosa y el mar de verde cigarra, y dio por concluida su obra. Después colocó el cuadro en el salón de su casa, para verlo todo el día, y marcó el número de Lila para invitarla a verlo.
            Lila no se puso al teléfono. Algo había fallado en ella. Quizá se tomó unas copas, alterando el efecto de su medicación. O tal vez no vio venir la crisis a tiempo de disfrazarla con sus pinturas, o quizá había vuelto a fumar hachís a escondidas, pero mientras el teléfono sonaba su vida flotaba a su alrededor, diluida en el agua caliente de la bañera en la se metió sin más vestido que su pelo y una cuchilla de afeitar.
            Todos pensaban que Luna no lo resistiría, y trataron de evitar que lo supiera. Le dijeron que Lila se había mudado de ciudad, pero Luna no era estúpida. Enferma, sí. Bipolar, distinta, emocional, inestable, especial, pero no estúpida. No lloró. Se tiñó el pelo de un violeta absurdo, se encerró en su cuarto y se pintó todo el cuerpo con los colores del cuadro, rojos, amarillos, marrones, rosas, verdes y naranjas, y se miró al espejo. Eso era ella, un lienzo por pintar, y en su mano estaba elegir los colores. Se puso un vestido blanco sobre el cuerpo multicolor, y fue al cementerio. Sobre la tumba de Lila dejó el tubo de óleo color negro, y también el gris. “Llévate tú la oscuridad, Lila”, le dijo. “Yo me quedo la luz y el color para vivir por las dos”.
            A Luna le quitan los cuadros de las manos. Su forma inocente de tratar los dibujos y los colores tienen un atractivo al que pocos se resisten. Sigue tiñendo su pelo de lila, y aunque todos piensan que es una excentricidad de artista, yo sé que no lo es. Lo hace para no olvidar que ha elegido la vida.

 

martes, 20 de septiembre de 2011

REBELIÓN EN LA COCINA

            Cuando se tiene algún animal en casa, ya sea gato o perro, o todo junto como es mi caso, uno se vuelve inmune a los ruidos. Si durante la noche se oye algo raro, ya ni te levantas de la cama. Seguramente es el gato jugando, el perro tratando de coger al gato, o similar. Llega un momento en que los ruidos nocturnos ni siquiera te despiertan, porque no los identificas como motivos de alarma. Esto puede acarrear alguna que otra sorpresa.
            Yo no sé el festival que tuvo que tener lugar anoche en mi cocina, porque no recuerdo haber oído ningún ruido. Pero algo pasó en el armario de los desayunos, porque cuando lo abrí todo estaba fuera de su sitio. Aún así, tampoco le di importancia al tema, supuse que alguna de mis hijas habría estado rebuscando entre los dulces, aunque ellas negaron haber hecho nada.
            Antes de continuar contando esta historia tengo que aclarar que en mi casa cada uno desayuna una cosa distinta: leche entera para la que está creciendo, sin lactosa para la intolerante, desnatada para mi eterna dieta y soja para la dieta de mi costillo, café descafeinado para la parada y con extra de cafeína para el currante, cacao para la golosa, salvado de avena para una servidora, cereales integrales con virutas de chocolate para una, con frutos rojos para el otro, semillas de goji y de lino para la que se cree todos los artículos de salud que salen en las revistas, galletas de canela para la que aún no se preocupa de su línea, algún croissant para los días de depresión, levadura de cerveza para el acné juvenil, y zumos de todos los colores. Vamos, que para preparar los desayunos en esta casa hay que hacer un máster.
            Hecha esta aclaración, continúo la historia. Como ya he dicho, al abrir el armario de los desayunos esta mañana no había nada en su sitio. Lo saqué todo a la mesa un poco extrañada, pero bueno. Mis vástagas y yo comenzábamos a servirnos cuando sonó el teléfono. Era mi costillo. Por alguna extraña razón, el zumo de piña que se había tomado sabía a naranja, y le había dado ardor de estómago, porque la soja sabía a leche de vaca y la mezcla le sentó mal. Además, a pesar de haber tomado café se iba durmiendo por las esquinas. Yo me eché a reír. “Este se levantó medio zombi, y se equivocó de brick de leche, y de zumo, y luego se arreó un descafeinado. Debería acostarse más temprano, no duerme suficiente”. Pero no. Al cabo de un momento fue un “mami, la leche sabe raro”. La probé por si se había puesto mala. Era soja. La de mi tazón sabía dulce, pese a que yo no le echo azúcar. Me serví el salvado de avena, y las semillas de lino nadaban entre los copos. Me enfadé. “¿Quién me ha mezclado la avena con el lino?”, rugí. Pero mis niñas tenían cara de no entender nada, y además las galletas de canela estaban mojadas con zumo de manzana, y tuve que tirarlas. Malhumorada, le dije a mi vastaguilla pequeña que comiese cereales, pero las semillas del goji se habían enrollado en las virutas de chocolate, y como no le gustan empezó a escupir la cucharada que se había llevado a la boca. Mi otra niña protestaba porque la levadura de cerveza tenía un color raro, y es que estaba mezclada con el café de su padre.
            Después de comprobar que en el envase de zumo de naranja había melocotón, y en el envase de piña había zumo de naranja, ya no pude más. Mandé a mis niñas al bar de abajo para que fueran pidiendo un desayuno normal, me encerré en la cocina, saqué el cubo de la basura y lo coloqué frente al armario. “Cuando vuelva quiero que cada uno esté en su sitio, y al que encuentre en el envase que no le corresponde, lo tiro a la basura o al fregadero, ¿estamos? ¡Se acabó el cachondeo ya!”
            Todo el que me conoce sabe que cuando yo digo que tiro una cosa, la tiro. De hecho, a veces mi costillo dice que tengo un “affaire” con el cubo de la basura. Los habitantes del armario de los desayunos también lo saben, por eso cuando volví a casa de dejar las niñas en el colegio todo estaba perfectamente colocado en su lugar, de modo que las únicas víctimas de la insubordinación alimenticia fueron la caja de galletas de canela y mi niña mayor, que me llamó a media mañana desde la escuela para que fuera a buscarla. Se había bebido la leche de su hermana, y tenía un fuerte dolor de tripa. La intolerancia a la lactosa, que es muy latosa.

lunes, 19 de septiembre de 2011

CATÁLOGO DE ABRAZOS

            Todo el mundo colecciona cosas en algún momento. Puede ser una afición pasajera, o durar toda la vida, pero no conozco a nadie que no haya hecho colección de algo. Supongo que tendrá que ver con algún vericueto de la psicología humana, pero como ese campo es desconocido para mí, no podría asegurarlo. Hoy voy a hablaros de Alonso, el chico que catalogaba abrazos.
            Desde muy pequeño, Alonso mostró una especial predilección por los abrazos. No así por los besos, que le daban bastante asco en aquella época. De hecho, cuando alguien le daba un beso, solía limpiarse con la mano ante el estupor de su madre y el sonrojo de quien le plantó los labios en la mejilla, ya fuera tía, abuela, amiga o similar. Sin embargo, cuando recibía un abrazo, todo su ser disfrutaba de una sensación que le parecía maravillosa. Por eso, en cuanto supo escribir, comenzó a catalogar y coleccionar los abrazos que daba y recibía. Anotaba cuidadosamente su impresión, las sensaciones, la persona que se lo había dado y las circunstancias en que había ocurrido para no olvidar ningún detalle. Las primeras piezas de su colección fueron algo así:
“16-5-84. Día de mi cumpleaños. Abrazo de la tía Pepita. Llevaba una blusa muy suave, pero olía como las bolitas que pone mamá en los armarios para que las polillas no se coman la ropa. Me abrazó blandito, debe tener miedo a que me rompa, y me gustó el gruñido que dio mientras me frotaba la espalda.”
“20-9-85. Papá ha vuelto de su viaje de trabajo. Me ha abrazado fuerte, como un oso. Me ha raspado un poco con la barba, pero me ha gustado. Ha sido un abrazo largo, porque tenía muchas ganas de verme, y yo a él. Le echo mucho de menos cuando se va. Olía a tren y a cansancio. Estoy contento.”
            Con el tiempo, su catálogo se fue llenando de anotaciones. Algunas eran de ocasiones muy comunes, como los abrazos de mamá, o los del abuelo. Otras fueron el testimonio de piezas únicas, ejemplares raros e irrepetibles, como el abrazo que le dio a la abuelita antes de que la llevaran al hospital. Consciente de que iba a ser el último, lo anotó con especial cariño, e incluso dibujó unas flores en los márgenes de la hoja. Él quería mucho a la abuelita, y la ausencia de sus abrazos le tuvo triste mucho tiempo.
            Alonso, como todos los niños, tenía la mala costumbre de crecer, así que en pocos años llegó a la adolescencia, con todo su alboroto corporal. Ahí el tema de los abrazos se volvió un poco loco: ya era mayor para los de mamá y papá, pero aún era joven para los otros, los de las chicas. Abrazarse entre los chicos estaba mal visto, así que se acabaron por el momento los apretones con los amigos. Durante esa época, su libro de catalogar abrazos se abrió raramente, hasta que cumplió los dieciséis y llegó Begoña. Entonces anotó: “Quiero probar a qué sabe un abrazo de esa chica”.
            “8-11-92. Abrazo de Begoña. No sé qué decir. He notado una sensación rara. Las chicas no tienen ni idea de abrazar bien. No se están quietas, te echan los brazos al cuello y se olvidan de que tienes cuerpo y espalda. Eso no es abrazar, es colgarse, como los monos. El beso ha estado mejor de lo que yo esperaba.”
            Buscó otra candidata para su colección de abrazos, y conoció a Adela.
            “13-1-93. Abrazo de Adela. Está tan flaca que aún no sé si la abracé o no, no encontraba su cuerpo. No me dio ningún calor, no tiene fuerza para dar un abrazo como Dios manda. Ni siquiera tuve ganas de besarla. Un desastre.”
            Durante esos meses, Alonso buscó a la abrazadora perfecta entre las chicas que conocía, pero no le convenció ninguna de aquellas a las que consiguió arrimarse. Con otras ni lo intentó, algunas le rechazaron, y ni siquiera miró a las que ya tenían pareja. La cosa no pintaba bien, y el libro de catalogar abrazos pasó otra temporada larga sin recibir ninguna anotación más. Pero, como suele ocurrir en la vida, un buen día, sin esperarlo, llegó Alicia. Alonso tenía diecinueve años, y ella andaba por los treinta. Fue amor al primer abrazo.
            “14-10-95. Alicia. Alicia, Alicia, Alicia… nunca había sentido un abrazo así. Rodeó mi cuerpo con sus brazos, se pegó a mi pecho y a mi cintura. Era firme, pero sin avasallar, y todas las curvas de su cuerpo se dibujaron contra el mío. Aún siento su huella, sus manos abiertas en mi espalda y el olor de su melena. ¿Podré repetir? Espero que sí.”
            “18-10-95. Las chicas no saben abrazar. Las mujeres sí. Alicia me inunda de Alicia cuando me ciñe con sus brazos. No estoy seguro de que ella quiera más, pero yo sí. Cuando la abrazo me siento tan bien que no me separaría de su pecho.”
            “25-10-95. Hoy he recibido el abrazo más maravilloso que recuerdo. Durante el tiempo que estuvimos pegados no dejé de sentir cosas a través de cada milímetro de mi piel. Alicia me ha enseñado cómo acariciarla hasta perder la respiración y el sentido fundidos el uno en brazos del otro. El abrazo definitivo es el que se da sin ropa. Estoy enamorado, creo.”
            “31-12-95. El abrazo de Alicia se ha vuelto frío y seco. Breve, distante, sin fuerza. No sentí el calor de su pecho traspasando mi ropa, ni las palmas de sus manos en la espalda. Me ha deseado que me vaya bien. Ha sido el último. ¿Qué voy a hacer ahora?”
            Después de aquella, en el cuaderno de Alonso ya no hubo más anotaciones. Ya conocía todos los tipos de abrazo que necesitaba conocer para afrontar la vida. Recuperó la costumbre de estrechar a sus padres y a sus amigos, entendió que un abrazo puede significar muchas cosas: amor, afecto fraternal, amistad sincera, compañerismo bien entendido, bienvenida y despedida… Y también entendió que hay un sitio mejor para anotar todo lo que nos hace sentir un abrazo: la propia alma.

domingo, 18 de septiembre de 2011

LOS RUISEÑORES VUELAN EN BANDADA

            Los ruiseñores son, de entre los pájaros cantores que conocemos, los que emiten el canto más hermoso, junto con las alondras. No hay en el reino animal aves cuyo trino enamore igual que el que ellos son capaces de regalarnos. Por eso da igual su tamaño o el color de su plumaje, porque la maravilla de su garganta le resta importancia a todo lo demás.
            Lo que mucha gente no sabe es que el ruiseñor no nace sabiendo cantar, sino que aprende de sus mayores. Esto es un dato cierto, podéis comprobarlo. Si en una  comunidad de ruiseñores hay un gran cantor, las generaciones siguientes mejoran la calidad de su canto, y a la inversa: cuando uno de los grandes desaparece o muere, los polluelos que le rodeaban no consiguen aprender a cantar igual de bien. Yo tampoco sabía que esto era así, hasta hace unas pocas noches.
            Una bandada de ruiseñores vino volando desde muy lejos, y fueron a posarse para cantar en una zona de bosque a la que el capricho de la naturaleza había castigado con dureza. Por todas partes se podía ver el recuerdo de la destrucción y la muerte: árboles caídos, ramas desgajadas, troncos muertos, y otros tratando de volver a brotar. Por eso, los mejores cantores de la bandada, acompañados de todos los demás, se esforzaron por ofrecer allí lo mejor que podía salir de sus gargantas, los cantos que aprendieron de sus mayores. Se les unieron algunos pájaros del bosque herido, y esa noche, cantando todos entre los troncos caídos, consiguieron crear un momento tan especial, tan emocionante, que incluso las piedras de los caminos se sintieron conmovidas. El resto de pájaros del bosque, que acudieron a escucharles, terminaron entonando también algunas canciones con aquellos ruiseñores, y al final, mirlos, tordos, gorriones, jilgueros, estorninos, golondrinas, alondras, abubillas, verderones, palomas, canarios y otras muchas aves se vieron, por una vez, cantando juntos como una sola voz: la voz de la solidaridad.
            Después, los pájaros de aquel bosque herido ofrecieron a los ruiseñores los mejores alimentos que pudieron encontrar. Los habían preparado añadiendo como condimento una gran dosis de cariño, y eso los convirtió en manjares dignos de la mesa de un rey.
            La bandada de ruiseñores echó a volar a la mañana siguiente. Volvieron a su isla, a su bosque, pero sabiendo que un lazo invisible los unirá para siempre con las aves del bosque herido. Allí, los pájaros vuelven a tener ganas de cantar, y algunos de los polluelos más jóvenes que fueron a escuchar a los ruiseñores saben ahora cómo hacer para que su canto provoque la alegría de los demás. Gracias, magos alados, por enseñarnos a cantar de esa manera.

sábado, 17 de septiembre de 2011

LORCA, QUÉ HERMOSA ERES

            Te conocí una noche de feria, hace ahora cuatro años. Estabas llena de vida, y eras hermosa como una estrella. Paseé por tus calles, y en pocas horas me dio tiempo a admirar tus rincones, la belleza de tu patrimonio, la simpatía de tu gente, el olor de tu aire. No iba a verte a ti, sino a unos músicos por los que sentía una inmensa admiración, pero sin esperarlo, como vienen algunas de las mejores cosas de la vida, te conocí, y me enamoré.
            A estas alturas, a través de mis relatos, ya habréis percibido que mi “yo” emocional está muy desarrollado, así que no tuve dificultades para ensanchar mi corazón, de modo que Lorca cupiera en él, y aquella noche disfruté del concierto que iba a ver tanto como del marco en el que se celebró. La experiencia fue preciosa, y después de aquello escribí una carta a los músicos a los que tanto admiraba para contarles lo que me habían hecho sentir. Pero olvidé escribirte otra a ti, Lorca, para decirte lo hermosa que me pareciste. Sería la luna, la música, o quién sabe qué, pero me dejaste un recuerdo tan bonito que aún no se ha borrado de mi mente.
            Casi cuatro años después, he vuelto a verte. Aquellos músicos a los que fui a escuchar entonces son ahora para mí tan importantes como miembros de mi familia, pero tú anoche no eras la misma. Vi las huellas del desastre en tu cara, y tuve ganas de llorar. Vi las ruinas, los solares, las grietas, los puntales, los andamios, las grúas. Pero después logré distinguir, debajo de tu piel, tu corazón. Y en medio de tu Plaza de España, con mis Sabandeños del alma cantando para ti, lo sentí latir tan vigoroso como entonces, con las mismas ganas de vivir y ser feliz, o quizá más que aquella lejana noche.
            Lorca, sigues ahí, y sigues viva. Aunque el pulso de la actualidad aleje nuestra atención de ti, los lorquinos sois nuestros hermanos, y no debemos olvidarlo. No permitiremos que os sintáis solos. Los caprichos de la naturaleza pueden alcanzarnos a nosotros también, y entonces necesitaremos que todos arrimen el hombro.
            Yo tengo una deuda contigo, Lorca. Te debo dos grandes noches, un rosario de preciosos recuerdos y muchos más amigos por hacer. Por eso sé que volveré, más pronto que tarde. Porque las deudas hay que pagarlas, y no se puede olvidar querer a quien te dio cariño. Y por eso digo bien alto, para que todos puedan oírme: Lorca, ¡qué hermosa eres, a pesar de todo! Te levantarás, crecerás, y serás otra vez una de las ciudades más bonitas del mundo, pero por dentro seguirás siendo igual, porque es imposible ser más bella y más valiente de corazón que lo que tú has demostrado ser.

viernes, 16 de septiembre de 2011

SOBORNOS

            Siempre me tuve por una persona íntegra. Cuando uno entra en conciencia de que es un ser adulto y responsable de sus actos, se promete a sí mismo que nunca hará determinadas cosas, y esta fue una de las que juré no hacer. Pero luego llega la maternidad, y cuando todos los esquemas saltan por los aires, a veces no queda más remedio que recurrir a lo que dijiste que no recurrirías.
            Cuando mi hija mayor no lo era tanto, debía tener unos cuatro años, se cayó. No era la primera vez, desde luego, pero como yo no soy nada alarmista, siempre se solucionó el tema con algo de hielo y una pomada. Pero esta vez la brecha de su frente dejaba ver su cráneo, y echamos a correr hacia el hospital. El azar quiso que hubiera poco personal disponible en urgencias, solamente una doctora. Pero para la sutura necesitaba una ATS, un quirófano y una auxiliar que sujetase a la niña. Esperé casi dos horas, y al final me planté delante de ella y le dije: tú la coses y yo te ayudo. Debí darle pena, y accedió. Allí mismo, en la camilla de pediatría, nos pusimos a ello. Pero mi extraordinariamente pacífica Paloma, que siempre fue una niña tranquilísima, dejó de serlo en aquel preciso instante, de modo que me faltaban manos para sujetarla. Así que, ante la importancia del caso, recurrí al soborno. Cada punto, una Bratz. Cada dos, una cena en el McDonalds. Con eso, y la mamá-pulpo sujetándola por todos lados, paró de moverse y pudimos hacer la sutura. La broma me costó una pasta, pero bueno, la cicatriz apenas se le nota.
            Desde aquel lejano accidente no había vuelto a necesitar tan vergonzoso recurso. Hasta hace dos días, y todo por culpa del sistema educativo español y la falta de plazas en los centros de estudios musicales. Mi pequeña Marina, un año tocando el clarinete en la escuela del pueblo, alcanza la edad mínima para entrar en el conservatorio de música, hace la prueba de ingreso, queda la primera (¡¡¡¡¡¡LA PRIMERA!!!!!!) de ochenta niños, y se encuentra con que no hay ninguna plaza disponible de su instrumento, y si quiere hacer estudios oficiales de música tiene que cambiar de especialidad. Hazle entender eso a una niña de ocho años. No me quedó otra salida.
            Me senté frente a ella, pañuelo en mano, a negociar. Eché mano de todos los razonamientos posibles. Le expliqué, le volví a explicar, la abracé, lloré con ella. Nada. No había manera de consolarla. Así que al fin, lo hice. La soborné.
            Jamás sospeché que una caja de Magnum de tres chocolates tuviese el poder de cambiar el futuro de una persona, pero lo tiene. Ellos obraron el milagro. Mi vástaga, con los ojos rojos aún, un tremendo hipo y la cara llena de chocolate, me dijo “vale, mami. Me cambio de instrumento. Tocaré la trompa”.
            Tal vez eso del soborno no sea tan malo como yo pensaba. Hasta estoy valorando crear un arsenal de helados en el congelador de casa…