lunes, 31 de octubre de 2011

ANIVERSARIOS

            Soy una persona con muy buena memoria. La vida pasa a mi alrededor y yo me la bebo con avidez, reteniendo en mi cabeza las cosas que ocurren: pequeñas anécdotas, cositas sin importancia, diminutos detalles a veces, se quedan grabados de forma indeleble en mi disco duro. Luego llegan los cumpleaños y no me acuerdo, y sin embargo soy capaz de recordar lo que pagué por un chocolate con churros la nochevieja del 91, o el color del jersey que llevaba puesto el día en que mataron a Miguel Ángel Blanco. Curiosidades del funcionamiento del cerebro humano, supongo.
            Dentro de esa extraña retentiva que me caracteriza, tiene capítulo aparte el tema “aniversarios”. Suelo despertarme por las mañanas y pensar: “hoy hace tantos años que vivo en esta casa”, o “hoy hace equis años que me contrataron en tal sitio”, o tal vez “hoy se cumplen los años que sean desde que me operaron de apendicitis”. Cosas así. No tienen ninguna importancia y no son causa de celebración alguna, pero en su día tuvieron para mí alguna trascendencia, y mi materia gris las saca a pasear de vez en cuando para mantenerlas frescas.
            Esta mañana, cuando abrí los ojos, pensé: “Hoy hace un año”. Tal día como hoy, pero cambiando el ’11 por un ’10, fuimos a una protectora de animales a ver a los perros. De entre toda la escandalera de ladridos multicolores que se organizó cuando comenzamos a pasear entre las jaulas, sólo fui capaz de fijarme en el único animal, de entre los más de cincuenta que había, que permanecía sentado, con el rabo escondido, y calladito. Me acerqué a la jaula, y él acercó su largo morro negro a los barrotes de la puerta. Sentí la humedad de su nariz en mi mano. Le pedí a la voluntaria de la protectora, una chica menuda y enérgica, que me hablase de él. Me dijo: “es joven, le calculamos un año y medio, más o menos. Lleva nueve meses aquí. Es el típico perro que no quiere nadie, porque ahora se llevan pequeños y chatos. Este es demasiado grande, tiene las patas demasiado largas, el morro demasiado largo, el rabo demasiado largo… y además es negro. Aún no se ha interesado ningún posible adoptante por él en todo este tiempo”. Recuerdo que me extrañó, a mí me pareció tan esbelto y elegante… tenía una mirada castaña y sincera que se me sentó en el corazón en el primer minuto. “Está sano, negativo en leishmania, vacunas en regla, esterilizado, tiene chip y pasaporte. Full equipe”. Pedí que lo sacara de la jaula a ver cómo reaccionaba ante las niñas. Ella se retorció nerviosa una solitaria rasta que le colgaba del pelo corto y alborotado, cogió una correa y fue a buscar a “Mazapán”, pues ese era el nombre que ellos le habían puesto cuando fue recogido. Tardó un poco, porque lo llevó a correr para dejar que desahogase un poco de su energía, no nos fuera a asustar. Después nos llamó. Yo me agaché para ponerme a su altura, y él me saltó encima con tanta alegría que me tiró al suelo. Vi por un momento la mirada de miedo de la chica de la protectora (oh, Dios, ya no se lo llevan) antes de la lluvia de lametones en la cara y en las orejas de aquella enorme lengua rosada. Era tan feliz por verse libre de los barrotes que me besaba a su manera para agradecérmelo. Lo acaricié, estaba sucio, pero yo también después de catar el suelo del recinto. Me dio tanta ternura ver sus huellas en mi jersey azul marino… Miré a mis hijas, chillando y riendo mientras me lo quitaban de encima. Luego vi la mirada de mi marido, y la chispa azul de sus ojos disipó la última duda. Nos lo quedamos.
            Hoy hace un año de aquello. Un año desde que “Mazapán” pasó a llamarse “Pelos”. Un año en el que, haya pasado lo que haya pasado, en ningún momento me he sentido sola, ni de día ni de noche. 365 días de caricias, paseos, juegos, lametones, miradas color castaño y amor incondicional a cambio de casi nada. Un año desde que mi ángel negro guarda mi casa y completa mi vida y mi familia. Uno de esos aniversarios que están marcados en rojo en el calendario de mi vida.
            Ven para acá, “Pelos”, que te he guardado un hueso de cocido con mucha chicha para celebrarlo. Y gracias por querer ser mi perro, el mejor perro del mundo.

domingo, 30 de octubre de 2011

EL ÁNGEL DE LOS SUEÑOS

            Hay muchas clases de ángeles, como todos sabemos. Hay algunos muy populares, y otros que no lo son tanto, pero más o menos creemos que los conocemos todos, ¿no? El de la guarda que nos enseñaron de niños, el del amor con su arco y sus flechas, el de la muerte, que nos lleva de la mano durante el tránsito para que no sintamos miedo… Pero hay uno en concreto que no es tan conocido: es el ángel de los sueños.
            La mayor parte de las noches no recordamos lo que soñamos, pero eso no quiere decir que no hayamos tenido ningún sueño. Todas las noches los tenemos, es nuestra manera de asumir lo que nos pasa y lo que nos preocupa, y uno de los recursos que nos quedan para imaginar cómo serían las cosas si viviéramos de otro modo. El ángel de los sueños no está ahí para modificarlos, sino para cruzarlos con los de otros. Os explico: él vuela sobre los tejados de las casas, sobre las ciudades y pueblos, campamentos de refugiados y casas aisladas. Vuela sobre todas las personas que sueñan y ve cómo son esos sueños que se elevan en el aire sobre nosotros; su trabajo es coger esas imágenes y cruzarlas, dejándolas caer sobre personas ajenas. Veréis, con un ejemplo lo entenderéis mejor: una niña ha pasado el día de excursión junto a un río, y por la noche sueña con los felices momentos vividos en la jornada, jugando con su padre en el agua, buscando cangrejos con su hermano mayor y persiguiendo a las ranas. El ángel ve elevarse esa imagen, la recoge y la deja caer sobre alguien que acaba de dormirse a cientos de kilómetros, y ese alguien sueña con unos niños desconocidos que juegan felices junto a un río. Cuando se despierta se da cuenta de que la vida de soltero ya no es para él y que desea encontrar a alguien con quien formar una familia, para llegar a verse un día jugando con sus niños junto a un río como el de sus sueños.
            El ángel del que os hablo no seguía ningún criterio para cruzar los sueños de la gente, con lo cual las consecuencias de su vuelo caprichoso eran imprevisibles; tampoco sabía cómo iban a interpretar las personas las imágenes que recibían. En una ocasión recogió el sueño de una modelo que caminaba con paso firme por las pasarelas, y lo depositó sobre una chica gordita, y ésta deseó tanto aquella imagen que se dejó querer por la anorexia. Sin embargo, también habría podido querer diseñar la ropa que luego las grandes maniquíes internacionales pasean por el mundo, y la enfermedad no se habría presentado.
            Un día, Dios recibió la visita del ángel de los sueños, que venía a pedirle que le cambiara de trabajo. Estaba cansado de ver chicos que sueñan con motos y luego se matan en ellas, a hombres que sueñan con ser ricos y pisan a quien sea por conseguirlo, a niñas que sueñan con ser princesas y pierden los escrúpulos en el intento. No quería pensar que él era el causante de tanto desastre, pero… bueno, no podía evitar creer que así era. Dios le habló con calma: “Ángel, el hombre está confuso. Su egoísmo es tan grande que interpreta los sueños que tiene siempre en beneficio propio, sin pensar en los demás. El hombre que sueña con un gran campo de cereal ya no ve en él la oportunidad de dar de comer a muchos, sino que ve una gran cosecha que puede vender a buen precio y hacerse rico. La niña que sueña que va al cine no aprecia lo que puede aprender de lo que vea, sino que desea ser la actriz de la pantalla, guapa, famosa y rica. No es tu trabajo el que falla, sino su forma de ver las cosas”.
            El ángel de los sueños se dio cuenta de que Dios tenía razón, pero no podía controlar lo que los humanos hacían con las imágenes que recibían. Así que decidió dejar en el mundo “civilizado” los sueños de las personas de los países en desarrollo, los de los niños de la calle de Brasil y Colombia, los de las niñas mutiladas de África, los de los niños trabajadores y semi-esclavos de Asia y la India, los de los padres de familia de Bolivia y Ecuador que cada día se despiertan sufriendo por llevar comida a su casa, los de las madres de Somalia y Etiopía, que paren hijos para enterrarlos en pocos meses, convertidos únicamente en fardos de piel y huesos. Sueños de escuelas, camas con sábanas limpias y platos de comida caliente, médicos a su alcance y cariño de familia, deseos de tener un rato para estudiar, otro para jugar e incluso alguno para aburrirse. Anhelos de mantener el cuerpo íntegro y ser dueños de la propia vida, y no juguetes ni posesiones de nadie.
            El ángel quiere pensar que ese tiempo en que castigó a los hombres con sueños de hambre, angustia y desolación sirvió para que muchos dejasen de mirar sólo por sí mismos. Les enseñó que, por aspiraciones que tuviesen, no podían permitir que éstas fueran lo más importante, hasta el punto de hacer que ignorasen el sufrimiento de los demás.
Yo estoy convencida de que, cuando tengo un sueño bonito o feliz, es un premio que el ángel me otorga por haber hecho las cosas bien. Y cuando mis sueños no son buenos, reviso mi día a día, porque seguro que hay algo que puedo cambiar.

sábado, 29 de octubre de 2011

DÍAS LLORONES

            Esto de ser persona de lágrima fácil a veces es de lo más incómodo. Los que somos propensos a que se nos llenen los ojos de agua en cuanto vemos asomar algo de ternura, o cuando somos testigos de algo que no es justo y nos puede la impotencia, y no nos ceñimos estrictamente al llanto de cuando pierdes a alguien querido, solemos ser blanco de las burlas de mucha gente. Blandos, sensibleros, llorones… siempre hay alguna persona cerca que casi te reprocha tus lágrimas: “pues si lloras por eso, el día que de verdad te pase algo no sé qué vas a hacer”. Francamente, una de las cosas que más me molesta es que se me juzgue por mis lágrimas. Más bien yo pienso lo contrario. Pienso que los que son incapaces de llorar ante algo que lo merece tienen un problema. Que los que se reprimen, los que se exigen a sí mismos no sentir para no parecer débiles ante los demás, tienen un problema. Que los que se ríen de los que lloramos tienen un problema. Y hoy me ha pasado algo que me ha hecho pensar: “no vas tan desencaminada, Golpea-teclas”.
            Paco es una persona con una cierta minusvalía psíquica. Es el abanderado de mi banda, un hombre incapaz de albergar el más mínimo sentimiento malo hacia nadie. Sonriente y eternamente sorprendido ante la vida, receptivo a cualquier gesto de cariño de quien sea y con una bendita inocencia que lo hace especial, nos ha regalado siempre su amabilidad y su afecto. No ha faltado a un ensayo ni a una actuación en años, ha llevado la bandera, ha tocado los platos, el bombo y lo que ha hecho falta dentro de sus posibilidades. Llevarle con nosotros a París este verano nos restó a algunos tiempo de visitas culturales, y nos impidió disfrutar de algunas cosas a los que nos hicimos cargo de cubrir sus especiales necesidades, pero a cambio nos entregó su increíble visión de las cosas, un rosario de frases y momentos impagables que hicieron que viéramos un París distinto al que tuvieron los demás. Vivió una semana de continuas sorpresas, de descubrimientos, asombro e ilusión. Y unos días después de volver sufrió un ictus que lo mandó al hospital una buena temporada. Verle allí, en la cama, con el oxígeno puesto y sin poder caminar, contarnos una y otra vez cómo se levantó de la cama de madrugada y la pierna no le sostuvo, cómo se cayó y dónde se golpeó, cómo resistió durante horas en el suelo hasta que su vecina dio la alarma porque no le abría la puerta y entraron a rescatarle… sus ojos, redondos y azules, y sus palabras, no albergaban lástima por sí mismo, por su suerte ni por su enfermedad. Sólo contenían amor y un inmenso agradecimiento a quienes le encontraron a tiempo, a los familiares que le acompañaban en el hospital y a los médicos que le habían salvado la vida.
            Nuestro Paco lleva ya un par de meses en una residencia, continuando con su rehabilitación. Camina con un andador y bastante dificultad, se cansa enseguida, pero aun así no se desanima y mira hacia delante porque su gran ilusión es volver a su pueblo, a su casa y a su banda, a estar rodeado de sus vecinos, sus amigos y sus primos. Esta mañana, un puñado de los músicos más jóvenes acompañados por algunos adultos hemos ido a tocar para él. Para que vea que no le olvidamos y que no pensamos buscar a nadie para que empuñe nuestra bandera, su bandera. Reconozco que me ha costado muchísimo tocar porque las lágrimas y el saxofón no se llevan demasiado bien, pero mi sorpresa ha sido ver a Paco sentado tocando los platos a ritmo de pasodoble, con sus compañeros de residencia bailando algunos y aplaudiendo otros, y a todos los míos, chavales y chavalas de entre once y quince años, tan conmovidos y emocionados como yo, soplando clarinetes, oboes, saxos, trompetas y flautas sin dejar de llorar. Él sonreía mientras golpeaba los platos, y cuando terminó su pasodoble los redondos ojos azules se le llenaron de agua y escondió la cara entre las manos.
            De corazón espero que todos esos chicos no pierdan la capacidad de conmoverse así, y que sepan seguir siendo tan humanos como yo los he visto hoy. Es una de las pocas maneras que nos quedan de saber que en el futuro aún hay algo de esperanza. Quien no sabe llorar tampoco sabe reír, y quien no es sensible a la situación de los demás es porque sólo se mira el ombligo. Soy un ser “pensante, sintiente y llorante”. Me alegro de ver que hay muchos como yo.

viernes, 28 de octubre de 2011

EL DUENDE

            Es difícil conocer a un duende. Hay quien dice que existen, pero nadie los ha visto nunca. Y quien afirma conocer alguno, jamás lo ha podido demostrar, así que los duendes nunca han pasado de ser criaturas pertenecientes al terreno de la magia y la mitología, pero fuera de la realidad. Bueno, quiero decir fuera de la realidad prosaica, dura y materialista en la que vivimos.
            El duende del que os hablo nació y creció sin ser consciente de que lo era. De hecho, siempre pensó que era una persona normal. Pero nada más lejos de la verdad, y os voy a contar por qué.
            El duende vive en una isla maravillosa en la que todo es posible. Es posible soñar y vivir, es posible escuchar las melodías más hermosas, comer los frutos más dulces, disfrutar de un cielo estrellado único en el mundo y ver frío, calor, vergeles, desiertos y volcanes, nieve y playas con sol, todo en el mismo día. Un pequeño mundo dentro del mundo, único y especial. La tierra ideal para dar a luz a un duende con todas sus propiedades mágicas. Pero aun así, nuestro duende ignoraba que era tal.
            Un día, la desbordante creatividad y las ganas de hacer algo distinto y brillante que tenía esa criatura, le dieron una idea. ¿Y si colocaba una valla publicitaria que pudiera verse desde la autovía más transitada de la isla? En ella podría poner sus mensajes, y así serían vistos por muchísima gente. Si era capaz de inventar cada semana una frase que les llegase al corazón, que les hiciese pensar, soñar o cambiar de actitud mejorando su vida, sería tan bonito… Si sólo una persona cada semana se sentía mejor leyendo su mensaje, existir tendría mucho más sentido. Y lo intentó. Una mañana, sin razón aparente, los conductores de aquella carretera vieron una valla alargada y verde en la que se podía leer con claridad, en enormes letras blancas, una frase.
            Nadie le dio importancia, ni lo comentaron siquiera. Simplemente esperaban que la marca comercial que se iba a anunciar apareciese junto a la frase en unos días. Pero no, a la semana siguiente un mensaje nuevo lucía en el panel verde, sin firma y sin marca. En pocas semanas, toda la isla hablaba de él. En pocos meses, incluso los telediarios habían ido a dar la noticia del extraño benefactor anónimo que inspiraba a la isla entera con sus mensajes, unos de reflexión, otros de ánimo, otros de cariño. Curiosamente, la gente interiorizaba sus palabras hasta llegar a creer que, de alguna manera mágica, el autor de aquello les adivinaba el pensamiento, conocía de sus desvelos o de sus problemas, y les estaba dando la clave para solucionarlos y ser más felices.
            Los turistas que iban en masa a disfrutar de aquel pequeño paraíso hacían excursiones a propósito para ver el cartel. Los conductores habituales de la carretera esperaban con ansiedad el día de la semana en que la frase era sustituida por otra durante la noche, cuando nadie podía verlo. Se buscó al autor de aquello para entrevistarlo, y algunos le buscaron para comprar sus palabras y manipular su mensaje. Hubo incluso quien creyó que, a cambio de dinero, el duende anónimo se avendría a decir lo que a otro le conviniese, pero nadie logró encontrarle para corromperlo, ni tampoco para agradecerle su ayuda. Nuestro duende no quería salir en la tele, ni que nadie pudiese ponerle cara, porque sabía que eso rompería el hechizo y el poder de sus mensajes se desvanecería. Él no quería ser el abanderado de nadie. Sólo quería ayudar.
            Un día, alguien quiso apropiarse de su idea. Fotografió el cartel y empleó un conocido programa informático, ese que hace que uno pueda parecer en las fotos lo que realmente no es, para cambiar el mensaje por uno adecuado a sus intereses. Y lo lanzó a las redes sociales haciéndolo pasar por un mensaje real del duende anónimo.
            Nunca, en todos los años de su vida, aquel ser especial se había sentido tan herido. Usado, prostituido, sucio, manipulado, y sobre todo muy, muy triste. Él sólo quería ayudar a las personas, animarlas a mejorar, reparar sus corazones lastimados, pero ahora el lastimado era él. ¿Qué podía hacer? ¿Y si quienes creían en él pensaban que se había vendido? ¿Y si por culpa de aquello la gente dejaba de tener fe?
            El duende anónimo, abatido y apenado, usó las mismas redes sociales que el estafador usara para difundir el mensaje falso. Y con un pequeño texto explicó lo sucedido. Tenía la esperanza de que la gente que creía en él recuperase su confianza, pero no sabía cuáles iban a ser las reacciones. Para su sorpresa, el alud de mensajes de apoyo, de alivio y de solidaridad fue tan grande que se vio desbordado por el cariño. Llegaban de todas partes, no sólo de la isla, sino de todas partes del país y del continente. Le estaban devolviendo una pequeña parte de todo el bien que había hecho en los años de vida de su cartel verde. Cientos, miles de personas le dijeron: “sabíamos que no era posible, tú no te vendes y por eso te escuchamos, porque eres de lo poco auténtico que queda en este mundo de mentiras en el que vivimos. No dejes nunca de hacer lo que haces, duende anónimo. Eres importante para todos nosotros”.
            Ante la presión de tantas personas señalándole con el dedo, el estafador no tuvo más remedio que disculparse. Y el duende anónimo entendió que no tenía sentido complicar más las cosas y, sin más, perdonó y pasó página, sin exigir nada. Ya se sentía resarcido del daño. Entonces, y sólo entonces, comenzó a darse cuenta de su condición de duende. No le dio importancia, cubrió sus orejillas puntiagudas con una gorra y se puso a pensar en la frase de la semana siguiente.
            El “duende” no se compra. Se tiene, o no se tiene.

jueves, 27 de octubre de 2011

CEMENTERIOS

            Con la fiesta de Todos los Santos tan cerquita, Sergio se frotaba las manos. Su mentalidad de niño de doce años hacía que sobrevolase sin daño la superstición de las fechas, de los lugares. Para él la idea de la muerte era algo que, lejos de asustarle, le reconfortaba. No sabía si su padre vivía. Su madre había muerto hacía tantos años que ni siquiera la recordaba; las monjas del orfanato le eran indiferentes, incluso llegó a odiarlas. Por eso, cuando se escapó del centro no miró atrás. De aquello hacía tres años, y desde entonces se había ganado la vida en el cementerio de la ciudad.
            La muerte nos hace a todos iguales, y al final el camposanto es la casa que nos acoge a todos. Lo mismo da panteón que nicho, tumba que cenizas: todos entramos por la misma puerta de forja, seguidos por los que nos amaron. Sergio se dio cuenta de eso inmediatamente, y por eso vivía allí. El conserje le hizo un hueco en su casa, y el chico se alimentaba de las propinas. Las viudas le daban un euro si se llevaba las flores muertas de los nichos de sus maridos. Los ricos le daban cinco si mantenía barridas y limpias las entradas a sus imponentes panteones familiares, y a veces, por retirar las coronas viejas y quemarlas en un descampado próximo, el propio guarda del cementerio le daba diez euros. En los entierros siempre estaba cerca. Vendía pañuelos de papel, llevaba un paraguas para tapar a las viudas cuando el agua hacía acto de presencia durante los sepelios, e incluso en alguna ocasión, cuando el finado era un muchacho de su edad, abrazaba a las desconsoladas madres como un amigo más de sus hijos perdidos. Y siempre recibía a cambio alguna moneda de los familiares conmovidos. Con el paso de los meses, Sergio había aprendido que la muerte hacía sensibles y generosos hasta los corazones más duros, y trataba de sobrevivir ofreciendo ayuda y consuelo a los que acababan de perder a alguien querido.
            Aquel año, cerca de la fecha de Todos los Santos, ya eran muchas las personas que le habían pagado para que limpiara las lápidas de sus difuntos y las adornase con flores, así que Sergio estaba contento. Con lo que había ganado podría comprarse un nuevo traje negro y zapatos, porque los que llevaba puestos se le habían quedado pequeños: estaba en la edad de crecer deprisa, casi llegando a la adolescencia. Además, contaba con que el día de la fiesta de difuntos muchas personas le comprarían crisantemos y claveles, así que posiblemente podría comprarse incluso algunos dulces y celebrar su buena suerte.
            El día de la fiesta, cuando ya todo el aluvión de visitantes se hubo marchado, Sergio dio una batida, como acostumbraba, por si encontraba alguna moneda, cartera, o cualquier cosa que uno de los muchos parroquianos que habían desfilado por allí durante el día hubiera podido perder. Una niña de su edad le saludó. Estaba sentada junto a una tumba.
            –¿Qué haces aquí? –le preguntó Sergio– Ya hemos cerrado, deberías estar en tu casa.
            –Y tú, ¿qué haces aquí? –le contestó ella, sonriendo– ¿A quién viniste a ver?
            –A nadie, yo vivo aquí –dijo Sergio, malhumorado–. ¿Tú viniste a ver a alguien?
            –Sí, a mi padre. Murió el año pasado, está enterrado aquí –señaló la tumba junto a la que estaba sentada–. He decidido quedarme, a ver si hoy, como es la noche de los muertos, sale a decirme quién es mi madre y dónde la puedo encontrar para no estar tan sola. Estoy bastante harta del centro de acogida, y tal vez si mi madre me acepta pueda ir a vivir con ella. Pero si él no me dice quién es, no se me ocurre cómo voy a averiguarlo.
            Sergio soltó una carcajada tan sonora que se oyó en todo el recinto. ¡Menuda tontería, eso de pensar que un muerto fuera a salir de la tumba para decir lo que en vida no le dio la gana de decir! Ella, ante su burla, se echó a llorar. El chico acababa de romper su última esperanza.
            –Anda, vamos fuera –Sergio trató de consolarla mientras la conducía a la calle–. Buscaremos un policía para que te devuelvan al centro de acogida.
            –No quiero volver, lo odio –dijo ella–. Déjame quedarme aquí contigo.
            –Ni hablar –se negó Sergio–. Este no es lugar para ti. Eres…
            –¿Soy qué? –replicó ella , desafiante– ¿Pequeña? ¿Una chica? ¿Qué me diferencia de ti?
            Sergio pensó la respuesta y no se le ocurrió ningún argumento válido para no herirla, así que esgrimió la verdad con crudeza.
            –Eres la competencia. ¿De qué vas a vivir? Apenas alcanza para mí, imposible para dos. Y yo llegué antes. Lo siento. Pero te prometo que, si yo encuentro una cosa mejor, te llamaré para que ocupes mi sitio y te libres del centro de acogida de una vez por todas. Hasta entonces, has de volver. Yo no puedo ocuparme de ti.
            –Padre tenía razón –murmuró la chiquilla–. Eres igual que madre. Cuando nacimos se quedó contigo y a mí me abandonó. No quería más mujeres en casa porque temía la competencia. Fue capaz de despreciarme por ser hembra, y ni padre ni yo se lo perdonamos nunca. Ahora tú me desprecias también porque no quieres compartir lo poco que tienes. No te mereces tenerme cerca. No sé por qué me he molestado en buscarte.
            Y dicho esto, se marchó. Sergio, atónito, se quedó pensando en las palabras de ella. No sabía ni su nombre, pero era su hermana. O al menos, eso había dicho. Se acercó a la tumba junto a la que la había encontrado, y leyó el nombre del ocupante. Un tal Sergio Marín. ¿Podía ser cierto que ese fuera su padre? Quizá, pero ahora ya le daba igual. Ningún muerto iba a proporcionarle nada de lo que pudiera necesitar, y ni siquiera el saber que tenía una hermana hizo que cambiase lo más mínimo sus planes. Tal vez era egoísta a los ojos de los demás, pero para él era una simple cuestión de supervivencia. Su corazón, a esas alturas, ya era tan duro y frío como las lápidas que limpiaba.
            Se encaminó a la caseta del guarda silbando una canción, y pensando en que el día siguiente había programados dos entierros, y uno de ellos era de alguien importante. Tal vez sacase suficiente para comprar también una corbata negra que le hiciese parecer algo mayor. Así a lo mejor las propinas aumentaban.
Sergio, rechazando a su hermana, había perdido la poca humanidad que le quedaba.

miércoles, 26 de octubre de 2011

BAJONES DE MORAL

            Todos tenemos nuestros recursos para cuando llegan los momentos de desánimo. Los días en que uno se levanta con el convencimiento de que todo va mal y no va a mejorar forman parte de nuestra vida, y no conozco a nadie que no sufra el asalto del desaliento de tanto en tanto. La conjunción de factores ambientales, económicos, emocionales, hormonales, víricos o de la clase que sean en cada caso, se da en todos nosotros con cierta frecuencia, produciendo ese estado de pesimismo y de malestar que te deja el cuerpo como desmadejado, los ojos llorosos y la impresión de que no importa cuánto te esfuerces porque nada vale la pena, y navegamos derechitos al desastre.
            Ayer fue un día de esos. Pero de los malos, malos, malos. Repasas todo lo que te rodea y no ves que tus hijos están sanos, ni que tu marido aún tiene trabajo (es uno de los pocos privilegiados hoy en día, creo), no ves que tu perro te venera y que tus padres no te necesitan para desenvolverse, no ves que el sábado pasado abrazaste a tu amiga Eva, a la que adoras, y que el miércoles anterior abrazaste a tu amiga Paqui, a la que también adoras. No ves que Irene inauguró la nueva web de su negocio mágico y te puso encabezando una de las secciones, no ves que tu chico te mira y aún se muere por ti. Sólo ves que sigues sin trabajo, que se te acaba el paro, que pasas los días como si estuvieras en “stand by”, esperando una oportunidad que no llegará jamás.
            Nunca he ido a un psicólogo. Aún no lo he necesitado, y aunque sé que no dudaría en acudir a uno si de verdad me hiciera falta, de momento no se ha dado el caso. Y es que hasta la fecha he combatido mis “días nubarrón” con otros métodos. Ayer, como os decía, fue uno de esos días malos-malos-malísimos que todos tenemos de vez en cuando, así que eché mano de mi fiel ordenador, conecté con “san youtube” y eché varias horas viendo actuar a las chirigotas del carnaval de Cádiz. Ojo, necesito ver los vídeos varias veces, porque el hablar gaditano, para quien no está habituado, es un verdadero desafío. Me zambullí de lleno, disfruté del grupo de “El Remolino”, pero sobre todo de la comparsa de “El Canijo” en diferentes años, y de la de “El Selu” también, en varias ediciones. Y su humor, la chispa, el ingenio de esos magníficos artistas, músicos y poetas me fue levantando el ánimo. Avanzando el día estaba mejor, pero no del todo, así que comencé a repasar las canciones de mi grupo favorito, que conforman la banda sonora de mi vida, desde la adolescencia en adelante. Repasé, con los ojos cerrados, boleros, seguidillas, isas, folías, malagueñas, polkas y demás guiada por sus voces, en las que siempre encuentro consuelo, refugio y buenos recuerdos. Algunas canciones despertaron en mí destellos de momentos disfrutados, fogonazos de calor de lo que viví escuchándolas. Esa música me tendió la mano para ayudarme a subir desde el hoyo en el que estaba por la mañana, pero a pesar de estar mejor, aún no me sentía del todo bien. No era yo. Era el momento de echar mano del recurso de emergencia.
            Mujeres que me leéis, que sé que sois unas cuantas: cuando creáis que ya no hay nada que podáis hacer para cambiar las cosas, conectad el ordenador, entrad en youtube, y teclead “partos en casa”, o “partos en el agua”. Vais a llorar, os lo garantizo. Pero lo que vais a ver os va a recordar que sois fantásticas. Tanto las que sois madres como las que no lo sois vais a experimentar la emoción, la tensión, el esfuerzo, la ilusión y el triunfo de todas esas mujeres valientes que hicieron grabar sus momentos más íntimos y femeninos para compartirlos con vosotras. Momentos en que se sobrepusieron a ellas mismas y a todo lo que les rodeaba para defender la vida que llevaban dentro. Mujeres que empujan, que gritan, que ríen a carcajadas mientras dejan que su cuerpo se rompa para dar paso a sus hijos, que bailan mientras dilatan, que besan a sus hombres mientras sufren, que cantan entre contracción y contracción para calmar la ansiedad. Mujeres llenas de coraje que luchan por lo que aman. Ellas, vosotras y yo, somos iguales. Somos magníficas, y si somos capaces de eso, creedme, somos capaces de todo. DE TODO.
            No le tengamos miedo a la vida. Días malos hay para todos. Pero saldremos adelante, os lo aseguro. Lo vamos a conseguir.

martes, 25 de octubre de 2011

CUANDO TE FUISTE

              Cuando llegaste creí que mi vida ya tenía una dirección concreta. Irrumpiste en mis días llenando todo mi tiempo, susurrándome canciones al oído y estrenando mis besos más tiernos, los primeros. Tardé en darme cuenta de que tu cariño cada vez exigía más de mí dando cada vez menos de ti a cambio, pero aun así mantuve mi rumbo, esperando que la atención y la ternura que salían de tus manos volviesen a ser mías, y en contrapartida me hipotequé a mí misma. Pero tu impago precipitó mi embargo, y un día me vi sin muebles dentro, sin nada a lo que agarrarme más que los muros de mí misma. Y tú cerraste la puerta de salida de un portazo, rompiendo los cristales.
            No sé si fueron días, horas, meses o años los que pasé esperando a que volvieses, con un cristal nuevo entre las manos, a reparar el daño, pero eso no ocurrió. Viniste, es cierto, un par de veces a buscarme, con tu saco de dormir al hombro para pasar la noche cuando no tenías dónde, y te colaste por la puerta rota sin siquiera molestarte en barrer los vidrios. Y después… nada.
            Cuando conseguí convencerme de que jamás volverías, fue tan duro comprobar el engaño que decidí no amar más. Con uno de los trozos de vidrio que aún había en el suelo apuñalé mi pecho, tratando de matar mi corazón para que dejase de sufrir. Los restos de sangre tuya que aún corría por mis venas salieron a borbotones, y cayeron sobre un cuaderno de papel pautado que había en el suelo, un recuerdo de niñez de los tantos que no encontraban cajones en mí para mantenerse en orden. La caótica melodía que compusieron mis gotas de sangre en el papel parecían la sinfonía de mi futuro, así que saqué mi guitarra y toqué, durante semanas, la canción de la locura que mi interior había expulsado. Por mi pecho abierto el corazón apuñalado no dejaba de sangrar,  preferí dejarlo así. Y entonces llegó ella.
            No me preguntó. No necesitaba, ni quería saber. Solamente me arrancó de las manos la guitarra, porque mi música hacía daño. Con cuidado le quitó las cuerdas, y las utilizó para coser mi corazón, y después mi pecho. Los hilos de plata que cantaron mi delirio sirvieron para suturar las heridas abiertas. Luego barrió los cristales, puso un vidrio nuevo y cerró la puerta, pero se quedó dentro.
            Me molesta profundamente que nos miren con desprecio y nos llamen lesbianas como si eso fuese un crimen. Sólo somos dos seres que se aman sin destruirse. Ella no me miente, no me utiliza. Ella ve su reflejo en mí, y yo me miro en ella y sé que nunca más volveré a estar sola mientras las dos respiremos. Y a ti, que cuando te fuiste dando aquel portazo te sentiste más hombre que nunca, te digo que yo jamás me he sentido tan mujer como cuando ella me acaricia. Tu cultura machista, atrasada e intolerante, censura mis sentimientos, pero no me importa. Las cicatrices ya sólo son un recuerdo, y ahora mi guitarra son sus caderas, y la melodía del amor la cantamos entre las dos. ¿Qué importa si somos soprano y contralto en lugar de soprano y barítono? Lo que importa es que la música haga que los corazones sonrían. Y el mío, aún cosido con las cuerdas de una guitarra, ha conseguido reír a carcajadas.

lunes, 24 de octubre de 2011

INSOMNIO

Pedro dio una nueva vuelta en la cama. Y otra más. Ya tenía las sábanas enrolladas alrededor de su cuerpo de tantas veces como había tratado, sin éxito, de acomodar su postura para conseguir conciliar el sueño. Miró los números luminiscentes de su despertador de mesita. Eran las cuatro de la madrugada, y aún no había logrado cerrar los ojos. Pronto serían las seis y media y volvería a levantarse para ir a trabajar sin haber descansado nada.
            Jamás le había pasado nada parecido. Pedro siempre fue una persona tranquila y de buen dormir, que comenzaba a soñar apenas su cara tocaba la almohada y no volvía en sí hasta que el despertador le gritaba con insistencia la necesidad de espabilarse. Después necesitaba una ducha y un café para empezar a ser persona. Le encantaba dormir, cuantas más horas mejor. Los fines de semana y festivos no madrugaba, y estiraba todo lo posible las horas de sueño porque pocas cosas le hacían disfrutar más que dormir a gusto, y eso era un lujo escaso entre semana. De hecho, si tenía que elegir entre descansar y comer, prefería el hambre que la falta de sueño.
            Comenzaba a sentirse desesperado. Ya llevaba un mes sin ser capaz de dormir más de dos horas seguidas, y no porque no estuviera cansado. Había probado con todo: cambió el colchón, la almohada, ventiló la habitación, se abrigó, se desabrigó, cerró las persianas, tomó vasos de leche tibia, valerianas, tilas… El médico de cabecera le recetó unas pastillas, pero se negó a tomarlas: le daba miedo llegar a necesitarlas demasiado, y prefirió guardarlas en un cajón, como un último recurso al que no deseaba llegar.
            En el trabajo las cosas empezaron a ir mal. No podía concentrarse, cometía errores estúpidos fruto del agotamiento, así que cuando recibió el primer toque de atención procedente del jefe de personal pidió una baja por enfermedad.
            Por más que buscó en su mente una explicación a lo que le estaba pasando, no pudo encontrarla. Estaba en paz consigo mismo, su conciencia no tenía nada que reprocharle. O eso creía él. No le faltaba el dinero, no tenía mujer ni hijos de los que preocuparse, sus padres estaban sanos, tenía amigos y nada en su vida iba mal. No encontraba quebradero de cabeza alguno que pudiera producirle el insomnio que padecía. Dejó el café y el té, y se pasó al poleo. Salía a dar paseos. Nada. Natación. Tampoco. Saunas relajantes, tratamientos de hidroterapia, yoga, música suave… nada de nada.
            Lo comentó con sus amigos. “Ve al médico a que te haga unos análisis, tal vez estés incubando alguna enfermedad”, le dijeron ellas. “Falta de sexo”, diagnosticaron ellos. Pedro se hizo los análisis, y aparte de algo de colesterol no dieron ningún resultado concluyente. Comenzó a acariciar la idea de tomarse las pastillas, pero la desechó. Leyó varios libros aburridos a ver si surtían efecto: de niño, las lecturas obligatorias del colegio le hacían dormir rápidamente. Nada.
            Recordó a la última chica con la que había ligado. Era la camarera de uno de los pubs a los que solía ir con los amigos. Para llevársela al huerto le dijo: “cambiaría un año entero sin dormir por una noche contigo”. Había tardado semanas en conseguir esa noche, pero una vez hecha la conquista perdió el interés, como le ocurría siempre, y esa fue su única cita. A ella no le sentó demasiado bien, por lo visto se había hecho ilusiones de que era sincero, pero bueno, así eran las cosas del amor, ¿no? Pedro no había nacido para comprometerse.
            Dio una nueva vuelta en la cama y volvió a pensar en ella. No recordaba ni su nombre. ¿Arancha, quizá? ¿Anabel? Empezaba por “A”, pero… No, la idea era descabellada. No podía ser. Miró el reloj: las dos de la mañana. ¿Y si…?
            Se vistió deprisa, cogió su coche y aparcó frente al pub. Estaban a punto de cerrar, vio a Aurora salir junto con una compañera y la detuvo antes de que se subiera al taxi que había pedido; Pedro le pagó al taxista para que se fuera e invitó a la camarera a una copa en un local cercano. Ella le miraba, burlona, regodeándose de su mal aspecto, de su barba de cuatro días, sus ojos rojos y sus ojeras violáceas.
            “Has sido tú, ¿verdad? ¿Qué me has hecho? ¿Por qué?”. Ella saboreó su gin-tonic y su venganza con manifiesto deleite. Sonrió. “Mentiste, prometiste, ilusionaste. No ofrezcas amor cuando sólo quieres sexo, y aprende que las mujeres no somos trofeos. Dijiste que cambiabas un año de sueño por una noche conmigo, y tuviste tu noche. ¿Creías que no ibas a pagar por ella? “ Pedro se echó a llorar como un niño.
            Pidió perdón de todas las maneras que se le ocurrieron. Aurora aceptó sus disculpas y su compromiso de no volver a prometer a una mujer nada que no fuera a cumplir. Al llegar a casa, Pedro se acostó y durmió una semana entera de un tirón. Estoy segura de que no olvidará la lección aprendida.

domingo, 23 de octubre de 2011

CARACOLES

Hola a todos. Me llamo Toñi, y estoy aquí porque tengo un serio problema, como todos vosotros. Me han dicho que el primer paso para superarlo es reconocerlo, y me ha costado mucho, pero al fin lo estoy consiguiendo. Ya no me da vergüenza, estoy aprendiendo a vivir con ello, y eso me hace sentir mejor. No fue fácil admitirlo, y he venido a dar la cara ante vosotros para deciros: Hola, me llamo Toñi, soy una parada de larga duración y me estoy quitando del consumismo.
            Cuando me despidieron de mi empresa por la manifiesta ineptitud gestora del dueño, me sentí perdida. La indemnización fue bastante ridícula, pero claro, ahora es suficiente justificar pérdidas económicas para reducir el valor de la patada en el trasero a un trabajador, sea bueno o malo, se haya dejado los sesos y el hígado en el empeño o no, a menos de la mitad. Pero bueno, yo sé que a él no le falta el solomillo y el rioja gran reserva a los que tan aficionado es, y espero que le aprovechen (y que le suba la tensión, tenga colesterol y ataques de gota también). Que le vaya bonito.
            El caso es que un buen día ese señor me dejó en la calle, pero no lo noté demasiado porque la prestación por desempleo me daba veinticuatro largos meses para encontrar otra cosa. Con lo que no contaba yo es con la dichosa crisis de los mercados. Desplegué una gran actividad, intenté recuperar mi vida y mi poder adquisitivo cuanto antes, ocupé todo mi tiempo en buscar un empleo mejor y con más sueldo, y el ingreso mensual de la prestación en el banco me daba una falsa sensación de seguridad, de que todo iba bien. Pero no era así.
            Ahora que se me ha acabado el paro, ahora que he comprobado que las largas jornadas entregando currículums no han servido de nada, ahora que renové cursos, actualicé conocimientos y conseguí diplomas nuevos, me doy cuenta de que he equivocado el camino, y que la respuesta a mi situación sólo voy a encontrarla en dos sitios: en mi madre y en mi abuela, dos maestras de la economía de supervivencia.
            Nos han hecho pensar que nuestro tiempo valía dinero, y nos han engañado. No ha sido sencillo llegar a esa conclusión, pero he venido para contaros mi experiencia, y si a alguno no le gusta lo que va a oír… bueno, pues que se fastidie, porque así son las cosas. Nos hicieron pensar que cada cosa que hacíamos debía sernos pagada, y que cada cosa que hacían los demás por nosotros debíamos pagarla también. Y para ello nos llenaron los ojos de necesidades falsas: esos zapatos ya no se estilan, hay que tirarlos. Tienes canas, qué horror, ve a la peluquería y que te tiñan. Y de paso que te hagan un corte moderno, que pareces una abuela. Tener arrugas no se lleva, opérate. No eres nadie si no tienes un móvil con acceso a internet, cómprate uno. Si no has ido a Punta Cana no sabes lo que son vacaciones, ni lo que son playas. Necesitas un traje nuevo, ese ya te lo han visto. Se te fundió un halógeno, llama a un electricista para que te lo arregle. Se te rompió el lavaplatos, es una tragedia, cámbialo inmediatamente o se te echará a perder la manicura de las uñas de porcelana… en fin, que nos fabricaron un mundo de mentiras encerrado en una burbuja, y en él vivía yo, como casi todo el mundo.
            Me ha costado dos años darme cuenta de lo falso que es todo, dos años en los que he tirado mi tiempo a la basura tratando de volver a entrar en esa espiral de dar mis horas por dinero para tener con qué pagar cosas que no necesitaba, aunque yo creyera que sí. Dejar de desear es duro, y por eso estoy aquí. Para reconocer mi problema, que es el mismo que el vuestro, y tratar de encontrar una salida a esto.
            He dejado la peluquería, y también la manicura. Llevo las uñas cortas, y no pasa nada. Incluso me siento cómoda. Friego los platos, limpio yo mi casa, que antes no tenía tiempo y le pagaba a una señora para que lo hiciera. He aprendido a planchar, e incluso le he pedido a mi madre que me enseñe a coser un poco. Ya no me da vergüenza ir a comprar ropa al Carrefour, e incluso tengo algunas prendas del mercado. Y no pasa nada, hasta me veo guapa. Me tiño el pelo en casa, me peino yo, y no se me da mal.
            Yo creí que los grupos de ayuda eran un cuento, pero veo que no. Gracias a estas sesiones me estoy quitando del consumismo que me estaba consumiendo, y poco a poco aprendo a vivir de otra manera. De hecho, cuando venía hacia aquí, a la reunión, comenzaba a llover, y en lugar de pensar que el agua me iba a arruinar el peinado y coger hora en el salón de belleza, apagué el móvil y comprobé que llevo una bolsa de plástico en el bolso. Así, en cuanto pare de llover me iré a coger caracoles, que he visto un tutorial en internet de cómo se preparan, y celebraremos con ellos una cena de lujo en casa para festejar mis avances.
            Quizá la semana que viene, en la próxima reunión, pueda contaros que pasé ante una zapatería y no deseé comprarme unas botas nuevas. Eso significará que me estoy curando. Pero si caigo en la tentación espero encontraros aquí de nuevo para que me ayudéis a superarlo. Gracias a todos, sois estupendos. Si se me da bien, ya os traeré una tapita de caracoles para que los probéis.

sábado, 22 de octubre de 2011

DEBILIDADES GASTRONÓMICAS

            Una debilidad gastronómica es ese pecadillo de paladar que todos tenemos y al que no nos podemos resistir cuando nos lo ponen delante. Algunos nos rendimos sólo ante un puñado de cosas, hay otras personas que cuentan con un gran número de debilidades. Como en todo, para gustos, colores. Lo que más curioso me resulta es que lo que para mí es una delicatesen a otros les produzca incluso repugnancia, y ya no hablo de la moda de comer insectos (a la que juro no adherirme así me muera de hambre), sino de alimentos mucho más comunes.
            Ahora que llega el otoño, paso verdaderos apuros para mantener la línea. Las castañas, en todas sus formas, me vuelven tarumba. Cocidas y en puré, acompañando la carne. Asadas a fuego lento. Confitadas en marrón glacé (uf, qué calores me están entrando), en forma de mermelada (sin pan ni nada, a cucharada limpia hasta que muere el bote) e incluso crudas. Pues hay mucha gente a la que no le van. Que si tienen mucha grasa (cierto), que si tienen muchas calorías (cierto también, es parte de su gracia), que si dan muchos gases (vale, así es, pero el tabaco tiene más efectos secundarios y la gente fuma que da gusto), que si me sale un gusano me muero de asco (ni que te fuera a comer, tiras esa castaña y listo). Pero mi infancia no habría sido la misma sin entrar en casa con las manos heladas y recibir las castañas recién asadas, reposando envueltas en papel de periódico y un trapo limpio, para olerlas y absorber su agradable calor antes de comenzar a saborearlas. O sin reservar veinticinco pesetas el domingo para comprar media docena de esas delicias a la castañera del paseo. Un otoño sin castañas no es otoño, no me engañas. El otoño castañero, lo mejor del mundo entero.
            Lo mismo me pasa con las mandarinas verdes. Cuanto más verdes están, más me gustan. Cuando le das un gajo a cualquiera y pone caras raras, están en su punto. Luego maduran, se hacen dulzonas, y para mí se estropean. Ya no como más. Me aguanto el consabido “¿cómo te puedes comer eso? ¡Uf! Están ácidas como limones, qué repelús” y no respondo, porque no se habla con la boca llena, y oveja que bala, bocado que pierde. En cuanto cogen colorcito, dejo de comprar, y a otra cosa, mariposa.
            Sobrevolando la calabaza asada, que también me gusta mucho y también se da por estas fechas, y las chirimoyas, que son imprevisibles, lo mismo encuentras algunas deliciosas que otras que no hay quién les hinque el diente, llego a la crème de la crème de las delicias otoñales, uno de mis mayores pecados gastronómicos: los kakis.
            Empiezo por no entender por qué al color caqui se le llama color caqui cuando es un verde-grisáceo, o gris-verdoso bastante soso y feote, y no tiene nada que ver con el brillante naranja butano más o menos rojizo de los deliciosos kakis de verdad. Esas frutas sublimes, sabrosísimas y llenas de dulzura están en su punto cuando chorrean. De siempre, morder un kaki cuando aún no está maduro es exponerte a que la lengua, los dientes y los labios se te hagan un amasijo y no puedas hablar en toda la mañana, a quienes les ha pasado alguna vez me entenderán: en vez de boca te parece que tienes un estropajo scotch-brite. Pero cuando están maduros, cuando comértelos y chorrear jugo almibarado hasta los codos es todo uno, cuando terminas con la cara llena de gelatina naranja y el paladar inundado de esa dulzura inmensa e inimitable, es cuando más feliz te puede hacer un kaki. Un absoluto disfrute de pocas semanas al año que para mí es un verdadero pecado, una gran debilidad gastronómica que, sin embargo, hay mucha gente que no puede soportar. “Puaj, eso tan baboso, aunque sepa bien da un asco…” “Qué pringue, esto no hay quién se lo coma”. Por eso estoy tan contenta de que hayan inventado los kakis duros. Porque así todo el mundo puede comer kakis y disfrutarlos, y yo la primera. Los compro, los pelo y los reparto entre mi costillo y mis vástagas, y después, a escondidas, voy a mi rinconcito de la nevera, ataco la fuente de kakis blanditos que me trajeron anteayer del pueblo y me pongo hasta los ojos…
            El año que viene voy a probar a hacer mermelada de kaki. Así podré dosificarme mi secreto pecadillo culinario el resto de meses del año. Por cierto, en cuanto termine el otoño me pongo a dieta. Lo juro.

viernes, 21 de octubre de 2011

CADA UNO DA...

Llevo desde anoche canturreando mentalmente el estribillo de esa canción. No sé ni de quién es, estoy ahora mismo poco puesta en el tema “cantantes de éxito de los años 2010 y 2011”. Pero el otro día, por casualidad, la escuché de pasada, y el estribillo se me quedó pegado: cada uno da lo que recibe, y luego recibe lo que da. Y por más que lo intento, no se me despega.
            En el mundo de las frases hechas conviven gran cantidad de temas. Este es uno de ellos. Sale hasta en la Biblia, así que supongo que es antiguo como el mundo, viejo como el ser humano. No hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti. Y si haces mal, espera recibirlo en algún momento.
            Ese era uno de los mandamientos que regían la vida de Vicente. Ama al prójimo como a ti mismo, porque lo que tú des te será devuelto: si das bienes, recibirás bienes. Si das castigo, serás castigado. Por eso iba por la vida encajando las bofetadas que el egoísmo de los demás le iban propinando, y respondiendo a cambio con sonrisas y con buenas palabras, nada más. Esa era su venganza secreta: el pensar que el mal que le hacían volvería a los que le castigaban, como un boomerang, mientras que él siempre obtendría de la vida cosas hermosas. Y cuando su ánimo flaqueaba, recurría a su gran consuelo, su hija Paula, el maravilloso ser que su mujer le regaló antes de morir en un accidente de tráfico. El conductor borracho que se empotró contra ella había acabado tetrapléjico en una silla de ruedas, lo cual era peor que la muerte, así que Vicente sentía que, de algún modo, la pérdida de Jimena estaba compensada por la desgracia de quien la causó. De hecho, a veces iba a verle a la residencia en la que su familia le había aparcado, y le sacaba a dar un paseo. Para recordarle lo hermosa que es la vida, el infierno en que había convertido la suya, y que, aun así, no le guardaba rencor.
            Siempre le habían tomado por tonto. Decían de él que no tenía carácter, que su sangre era de horchata, y él continuaba sonriendo a los demás y haciendo el camino que se había marcado como objetivo de vida: no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti. Pero todo cambió el día en que Paula, ya mayor y casada, con dos niños pequeños pegados a sus faldas, apareció en su casa con un ojo morado. Su marido llevaba maltratándola mucho tiempo, pero Vicente no se había dado cuenta. A borbotones vomitó los años de golpes, de celos, de insultos, de patadas y borracheras, de miedo y asco, de lástima por sí misma maquillada junto con los hematomas para que nadie advirtiera su infierno particular. Aquel día le dijo que la iba a matar, como tantas otras veces, pero además la amenazó con matar a los niños. Y Paula huyó, no por ella misma, sino por los pequeños.
            A Vicente se le olvidó de pronto todo lo que llevaba la vida entera repitiéndose a sí mismo. Perdió a Jimena, fue un accidente, pero aquella alimaña no iba a quitarle a Paula, ni mucho menos a sus nietos, así que fue a casa de su hija y le esperó. Cuando llegó, lleno de cocaína y alcohol hasta los topes, buscando a su esposa para darle una nueva paliza, Vicente le descerrajó un tiro con la escopeta de caza mientras le cantaba: “cada uno da lo que recibe, y luego recibe lo que da”. Y después llamó a la policía.
            Cuando el juez le preguntó por qué lo había hecho, Vicente le sonrió. “Señoría, contésteme a una pregunta: ¿preferiría enterrar a su hija y a sus nietos y seguir viviendo cada día sin ellos, o verlos una vez a la semana, aunque fuera en la sala de visitas de la cárcel? Soy culpable. Cada uno da lo que recibe, y luego recibe lo que da. La cárcel y su felicidad es mucho mejor que vivir sabiendo que no hice nada”.
            No puedo dejar de pensar que, en su lugar, yo no sé lo que habría hecho. Quizá lo mismo, o quizá no. Pero cada vez que el estribillo de la cancioncita se me escapa de los labios, en mi interior admiro a Vicente y a su heroísmo de padre.

jueves, 20 de octubre de 2011

UN CORTADO, POR FAVOR

            Trabajar en una cafetería puede parecer, en principio, una tarea sencilla y al alcance de cualquiera. Pero no lo es, desde luego. Eso te lo puede decir cualquier camarero. Servir además en una de las cafeterías con más solera de una ciudad lluviosa es, si cabe, aún más difícil.
            En las ciudades con buen tiempo, las terrazas son el centro de la actividad. La gente para menos en los bares, hay muchas cosas que se pueden hacer en la calle, pero en las zonas donde siempre llueve, o te quedas en casa o te reúnes con los amigos en una cafetería. Básicamente porque en la calle te mojas o te hielas. Así que en el norte las cafeterías son más grandes, y todo está más cuidado. En la Alpina, donde trabajaba Cecilia, eran catorce empleados, entre camareros y personal de cocina. Las mañanas se componían casi siempre de cafés con leche y bollería, pero las tardes eran otra cosa. Chocolates, churros, tortitas y crêpes, tostadas, sándwiches y todo tipo de cafés se servían en una actividad frenética. El local rebosaba señoras que iban en grupo a merendar, compañeros de trabajo que se tomaban un cortadito con algo más al acabar la jornada, mamás que acababan de dejar los niños en la academia de inglés y aprovechaban la hora para charlar con las amigas… La Alpina abría de lunes a domingo, y era un local de referencia en la ciudad.
            Una tarde de miércoles otoñal se desencadenó un tremendo aguacero. La cafetería estaba llena, y Cecilia circulaba con agilidad entre las mesas. Su memoria le permitía atender varios pedidos a la vez sin equivocarse, aunque ayudaba mucho el hecho de tener una clientela diaria fiel en la que las personas gustaban de tomar siempre lo mismo. Por ejemplo, las señoras de edad que se dejaban caer hacia las cinco y se quedaban hasta las siete, solían pedir croissants a la plancha con mermelada y cafés con leche o tés largos de agua. El grupo de oficinistas de las seis y media era más de cortados descafeinados y pequeños montaditos salados, y últimamente solía entrar un puñado de chavalas jóvenes que atacaban los zumos y los pinchos de tortilla. Pero aquel miércoles, Cecilia vio, en la mesa del rincón, un hombre solo. Se acercó a atenderle y le dio lástima, estaba empapado por la lluvia, la gabardina le chorreaba y debía tener frío. “Un cortado descafeinado de máquina corto de café, con sacarina, y la leche fría, y a ser posible, desnatada. Y en vaso de vidrio, por favor”. La camarera sonrió, tomando nota mentalmente del encargo, y se dirigió a la barra, pero en lugar de cantarle la comanda al camarero que había en la cafetera, decidió que terminaría antes preparándolo ella misma. De paso que iba hacia la mesa, pasó por la cocina para coger una toalla limpia, y después de servir el cortado se la ofreció al cliente, que se secó la cabeza, la cara y las manos, se levantó de la silla y le plantó a Cecilia un besazo en los labios que la dejó mareada y confusa, incapaz de reaccionar. Después se bebió el cortado, pagó con un billete de cinco euros, y con un escueto “delicioso, así me lo preparaba mi madre. No me devuelva, por favor” se marchó.
            En los quince años que llevaba como camarera en La Alpina jamás le había pasado nada parecido. No sabía qué pensar, y el resto de la tarde sirvió las mesas distraída, llegando incluso a confundir algunas de las comandas. Por fortuna, ninguno de los compañeros había visto el incidente, así que no tuvo que aguantar bromas de nadie, ni dar explicaciones.
            La tarde siguiente transcurrió sin nada que señalar, pero el viernes, con los nubarrones amenazando de nuevo, el hombre de la gabardina volvió a entrar y ocupó la misma mesa que la primera vez. Cecilia pidió a un compañero que le atendiese, y el pedido fue el siguiente: “Por favor, pídale a aquella señorita que me prepare un cortado a mi gusto, y si es posible que me lo sirva ella misma”. Con un suspiro, la camarera preparó el cortado descafeinado de máquina, corto de café, con sacarina y la leche desnatada y fría y en vaso de vidrio, y fue a servírselo preparada para propinarle un bofetón al caballero si volvía a intentar besarla. Esta vez no iba a cogerla de sorpresa. Sin embargo, él no se levantó. Únicamente murmuró “tráigame la cuenta, por favor”. Fue en el momento en que Cecilia rebuscaba en los bolsillos de su delantal para darle el cambio cuando se vio sorprendida por un nuevo beso en los labios. Pero fue incapaz de abofetearle.
            Salió corriendo tras él a la calle. Llovía. Los zuecos de trabajo chapoteaban en los charcos mientras le llamaba. Él se volvió. Se miraron unos instantes, y Cecilia, los brazos en jarras y empapada, le lanzó un “¿Por qué?” Aquel hombre sonrió, y con naturalidad, como si estuviera hablando del tiempo, le explicó: “Toda la vida me he tomado el cortado de la merienda como usted me lo prepara, y junto con él tomo un bombón o un trocito de chocolate. Como en su cafetería no dan chocolatinas con el café, eché de menos mi porción de dulce y… bueno, un beso suyo fue lo más dulce que encontré junto a mí. Si no, es como si no hubiera merendado”. Y sin más, se dio la vuelta y se fue, dejándola de nuevo con la palabra en la boca.
            Unos días más tarde, el cliente volvió. Ni siquiera pidió su café, le bastó hacerle un gesto a Cecilia. Ella preparó el cortado descafeinado de máquina, corto de café, en vaso de vidrio, con sacarina y la leche desnatada y fría, y colocó una pequeña chocolatina junto a la cucharita. Después, le cobró al caballero de la gabardina, y continuó con su trabajo sonriendo.

miércoles, 19 de octubre de 2011

LA CHARCA DE LAS RANAS

            En una pequeña charca vivía una población de ranas. Las había viejas y jóvenes, grandes y pequeñas, tranquilas y revoltosas. No eran demasiadas, y se conocían todas. Cuando una se casaba, todas lo sabían. Cuando un sapo engañaba a su rana, todas lo conocían, igual que cuando una rana engañaba a su sapo, cuando un sapo disfrutaba de la compañía de varias ranas en la misma temporada, y cuando una rana le hacía ojitos saltones a todos los sapos que se le ponían a tiro. También se sabía qué ranas cuidaban de sus renacuajos y les procuraban buena educación, y cuáles dejaban a sus pequeños criarse salvajes por el charco. En una comunidad tan pequeña todo se sabía.
            Una familia de ranas de boca grande y piel venenosa vivía también en la pequeña charca. Trabajaban poco y se divertían mucho. Quienes las conocían bien se relacionaban con ellas guardando una cierta prevención porque la ponzoña que había en sus cuerpos era bastante tóxica, y los que llegaban nuevos a la charca terminaban sabiendo antes o después cómo de intensos eran los dolores de cabeza que podía producir su contacto. Los sapos más viejos del lugar decían “de padres camaleones, hijos de colores”, y esperaban acontecimientos.
            Un día, algunos renacuajos de la familia de las ranas de boca grande, que desde que no tenían más que cabeza y cola ya se movían solos por la charca, pensaron que, igual que en su nenúfar hacían lo que les daba la gana, también podían hacer su voluntad en el resto de la charca. Si otro renacuajo les caía mal o no les obedecía, escupían un poco de su veneno y siempre ganaban. Renacuajos de otras familias se arrimaban a ellos para sentirse más fuertes, sobre todo aquellos menos inteligentes, de carácter más débil o menos vigilados por sus padres. A las ranas de boca grande esto les parecía un comportamiento fantástico, y lo alentaban. Si otras ranas trataban de defender a sus renacuajos de los venenosos, recibían también una dosis de tóxico por parte de las ranas de boca grande. Mientras, el resto de ranas de la charca miraban para otro lado, no fueran a verse afectados también por el veneno. Nadie quería problemas.
            Como estudiaban poco y se divertían mucho, los renacuajos de boca grande tenían muchos amigos, y pasaban mucho tiempo nadando y croando a sus anchas. Un día, sin que se diera cuenta nadie, una serpiente entró en la charca y se escondió en el fondo. Observó durante días, y atacó cuando sabía que las ranas y sapos jóvenes estaban jugando solos y distraídos. De nada les sirvió el veneno a los renacuajos de boca grande: a las serpientes no les afecta.
            Los sapos más viejos del lugar croaron entre ellos: “Aquellos polvos traen estos lodos”, y pesadamente volvieron a sus nenúfares para pasar la noche.

martes, 18 de octubre de 2011

COMERSE EL MUNDO

         Cristina se levantó aquella mañana convencida de que iba a comerse el mundo. Llevaba ya un año buscando trabajo, y todas las expectativas que habían ido surgiendo se habían estropeado en el último momento, de modo que su ánimo se había ido consumiendo poco a poco hasta quedarse en nada. Pero aquel día era distinto. Cristina se sentía distinta.
            No recordaba haber dormido tan bien en mucho tiempo. No sabía si había soñado o no, pero algo tenía que haber pasado, porque se levantó pletórica. Se duchó, se puso crema por todas partes, se secó el pelo con esmero, se planchó los rizos hasta dejar su melena lisa y sedosa, como a ella le gustaba. Maquilló sus ojos marrones y sus labios, pero no sus ojeras, porque ese día no se sentaron bajo sus ojos para arruinarle la imagen que el espejo le devolvía. Por primera vez en bastante tiempo, se vio guapa. Sonrió para aplicarse el colorete, y no le costó trabajo mantener la sonrisa.
            No puso la televisión para desayunar: no quería que las noticias le amargasen la mañana. Se hizo un zumo, un café, sacó los cereales con chocolate y saboreó la primera comida del día con verdadera glotonería. Adoraba el zumo de mandarinas, el café arábica y el cacao. Después eligió su mejor blusa y una falda lápiz que le quedaba perfecta, unas sandalias de tacón y un rojo para los labios que quitaba el hipo. Ella, sus ganas y su carpeta de currículums salieron a la calle rumbo a la parada del autobús. Destino: un polígono industrial con más de trescientas empresas censadas. Hoy iba a ser su día.
            Mientras esperaba el bus comenzó a llover. No tenía paraguas. Vaya, qué contratiempo: su melena volvió a llenarse de rizos en pocos minutos, arruinando media hora de trabajo con la plancha. Pero bueno, no pasaba nada. Era peor el tema del calzado, porque el aguacero se hizo tan intenso que el agua comenzó a correr en pequeños riachuelos mojándole los pies. Cristina cerró los ojos ante la desagradable sensación del agua fría y sucia entrando por todas partes en sus mejores sandalias.
            En el autobús no había asientos libres, pero ya estaba acostumbrada a ir de pie, así que se arrinconó contra una de las barras y miró por la ventanilla. Continuaba lloviendo. Llegó a la estación para coger el tren de cercanías, con tan mala suerte que al subir se rompió el tacón de una de sus sandalias. “Estupendo”, pensó. “Y ahora, ¿qué?”. Se quitó el calzado, apoyó el zapato sano en un bordillo y partió el tacón que le quedaba, era la única manera de caminar decentemente. No pasaba nada, en cuanto tuviera trabajo se compraría un par de zapatos de tacón espectaculares. Sus sandalias favoritas eran un sacrificio pequeño.
            El polígono industrial estaba encharcado por el aguacero. Los vehículos que circulaban por sus calles parecían conducidos por autómatas ciegos que no evitaban los charcos, y Cristina se vio rociada un par de veces por el barro de la calle levantado por alguno de esos coches. Vertió sobre ellos todas las maldiciones que se le ocurrieron. Llevaba treinta currículums en la carpeta, y dejó el primero en una empresa de reciclaje de aceites.
            Cuando dejó el número veinte decidió volver a casa. Llevaba cuatro horas caminando con unas sandalias de tacón sin tacones, estaba empapada, con el pelo chorreando, su falda y su mejor blusa manchadas de barro por las salpicaduras de los coches, el rímel corrido hasta el punto que parecía un mapache mojado… y aun así algo le decía que no se diese por vencida.
            De camino al apeadero del tren hizo un último intento, y entró en una pequeña nave. Hacían bordados por ordenador. Cristina entró, tenía un aspecto espantoso, pero lucía una sonrisa de ánimo inquebrantable que conquistó a la jefa de recursos humanos; la miró de arriba a abajo, y se dio cuenta de que alguien capaz de seguir caminando en las condiciones en las que ella lo hacía era capaz de afrontar cualquier problema que pudiera surgir.
            Cristina, la jefa del departamento de administración de la empresa de bordados industriales que la contrató, sabe que el espíritu con el que se afrontan las cosas es uno de los factores más importantes a la hora de valorar a las personas. Todo se puede poner en contra, pero hay algo que nadie nos puede quitar: las ganas de luchar. Mantenedlas. Todo lo demás llegará.

lunes, 17 de octubre de 2011

ENVIDIA

         Uno de los rasgos inherentes al carácter del ser humano es la envidia. Eso entra dentro de la categoría de verdades incuestionables que rigen el mundo, y Elvira lo sabía. Pero no podía evitarlo. También sabía que la envidia mal entendida genera celos, venganzas y un montón de cosas detestables en las que no quería caer, pero no sabía cómo luchar contra lo que sentía.
            Elvira era gaditana. Creció en una familia modesta con una afición inmensa al carnaval de su ciudad. Su padre y sus dos hermanos pertenecían a distintas chirigotas, les veía ensayar en casa, componer letras, adaptar músicas… amaba el mundo del carnaval de Cádiz tanto como amaba a su familia, pero pronto se dio cuenta de que jamás podría formar parte de él como hacían sus hermanos. Rebosaba talento, ingenio y gracia andaluza, respiraba música por tangos, era imaginativa y curiosa, cantaba bien, tocaba la guitarra. Tenía todo lo que había que tener, menos una cosa. Era mujer. Sólo podía aspirar a disfrazarse, a participar en las cabalgatas y desfiles, pero jamás podría entrar en la competición de chirigotas porque en ella sólo pueden participar hombres.
            Elvira se escondía muchas veces en el local de ensayos del grupo de su hermano mayor, Manuel. Eran, por aquella época, de lo mejor que había en Cádiz. Sus pasodobles eran brillantes, las críticas agudas, los cuplés magníficos, las presentaciones vistosas y originales, los popurrís terminaba cantándolos por lo bajinis toda la ciudad. Eran admirados, imitados y aplaudidos, y cuando parecía que su actuación había sido insuperable, llegaba el año siguiente y aún lo hacían mejor. Elvira se moría por cantar con ellos, estaba llena de ideas para nuevas letras, pero sabía que eso nunca sería posible.
            La rabia y la frustración que le producía el no poder participar de aquel mundo que tanto amaba comenzaron a ocasionarle problemas con sus hermanos. El resentimiento no la dejaba vivir, la envidia se la comía y al fin resolvió marcharse de su casa, incluso dejar Cádiz, para evitar males mayores.
            Tardó pocos años en darse cuenta de que lejos de su tierra se marchitaba como una flor cortada, pero volver suponía abrir de nuevo su particular caja de Pandora, y no lo iba a permitir. Fue entonces cuando se le encendió la bombilla, como ocurre en los dibujos animados.
            Cuando Elvira volvió a Cádiz montó un pequeño taller de creación y costura de disfraces para comparsas. Comenzó diseñando y realizando los de la chirigota de su hermano Manuel. Le quedaron tan bien que al año siguiente fueron tres grupos los que le encargaron su indumentaria. Todo el mundo pensaba que nuestra protagonista ya tenía sus aspiraciones cubiertas, pero nada más lejos de la realidad: lo que ella quería necesitaba mucho más tiempo.
            Una agrupación modesta fue a su taller para tratar de elaborar los bocetos del año siguiente. Andaban un poco perdidos porque su principal letrista, un hombre ya mayor, había sufrido un ictus y no se recuperaba, así que su futuro estaba en el aire. Era su oportunidad. Habló con ellos y les pidió sus partituras, les preguntó sobre los temas que querían tratar, y en qué tono pensaban hacerlo. Así, entre traje y traje, entre patrones y lentejuelas, bocetos y rollos de tela, comenzó a componer las cuartetas ayudada por dos o tres de los muchachos. Algunos eran reacios a que una mujer les hiciera de letrista, pero se las arregló para convencerles de que las ideas eran de ellos, que solamente les estaba ayudando “un poquito”.
            El taller de Elvira se convirtió desde aquel año en el local encubierto de ensayos del grupo. Ella se sentaba a coser o dibujar, ellos se sentaban con la guitarra, y de aquellas tardes salían las letras para las actuaciones, siempre dando la impresión de que Elvira no las hacía, sino que iban surgiendo del ingenio de todos, aunque en el bolsillo de ella ya estaban escritas desde días atrás: dejaba caer sugerencias, versos sueltos, y los chicos lo iban colocando todo en su sitio, como si fuera un puzzle. Así, solapadamente, le fue dando forma a su propia comparsa, aunque nadie habría dicho que la dirigía ella; ni siquiera los miembros de la agrupación tenían la impresión de que era así, pero lo cierto es que así era.
            El año en que la comparsa de Elvira ganó el primer premio en Cádiz, salió a celebrarlo con los muchachos, como uno más. No podía estar en primera fila, no podía actuar sobre el escenario con ellos, pero era el alma de la agrupación. Aunque el resto del mundo no pudiera saberlo, había triunfado en aquello que más amaba, y nadie podría nunca quitarle eso.