miércoles, 30 de noviembre de 2011

Y DE PRONTO, UNA CANCIÓN

            Llegó sin previo aviso. No me llamó antes por teléfono, ni me escribió una carta previniéndome de su visita. Simplemente se presentó ante mí, y me dijo: “cierra los ojos y escúchame, porque he venido para quedarme. No hace falta que te resistas, no lo conseguirías aunque quisieras. Soy para ti, y tú serás mía de igual modo”. Y yo cerré los ojos y la dejé entrar.
            Cuando una canción tiene la misma armonía que la sangre de tus venas, lo sabes al momento. Cuando la cadencia de su ritmo es la misma que la del latido de tu corazón, cuando comprendes que te roba de la boca las palabras que tú dirías, resulta imposible que no te des cuenta de que ella y tú estáis hechas de la misma pasta. Cuando ella describe lo que tus ojos desearían ver, cuando evoca el mismo aire que tus mejillas añoran sentir, cuando sientes que tu garganta canta en el mismo tono, sabes que en ella estás tú aunque no se te nombre. Sabes que, si tú fueras canción, serías como ella.
            Llegó de pronto y sin avisar, como ya dije. Sus notas al alcanzar mis oídos se iban convirtiendo, una a una, en gotas de un líquido ambarino, cálido y brillante, que poco a poco fue colándose por los entresijos de mi sensibilidad hasta anegarme por completo. Tan seria fue la inundación que necesité abrir la boca buscando aire con que salir a flote. Y todas las penas que me guardaba dejaron de tener sitio en mí, porque las gotas de ámbar de aquel Serinoque me llenaron de alegría de vivir, y lo triste ya no me cabía. No encontré mejor forma de echar lo malo afuera que diluido en lágrimas; no sé qué tiene el agua salada, que limpia el corazón mejor que ninguna otra cosa. Fue como sumergirme en el mar. Y cuando abrí los ojos ya era otra. Era más yo, porque la canción vive en mí. Y también ella era más ella, porque tomó mis ojos y mi sonrisa, y me ocupó de tal manera que sólo me dejó espacio para el cariño y la ternura.
            Todos los artistas, ya seamos músicos o escritores, cantantes o poetas, compositores, pintores, escultores o todo a la vez, expresamos lo que sentimos a través del arte que mejor conocemos. Cuando el hombre admirable compuso la canción que llegó sin avisar, cuando le dio alas, le transmitió su propia alegría de vivir y su amor por la tierra mágica en la que nació. Cuando mi cantante favorito la liberó al aire, lo hizo para mí porque ya la canción le había dicho bajito: “entrégame, he encontrado mi otro yo. En ella me haré cierta, y dejaré de ser algo abstracto para convertirme en un ser vivo. Con ella respiraré y amaré, con ella gritaré y viviré, sentiré y sufriré, y las dos seremos una. Ella me hará humana, y yo la haré canción”. Y mi cantante favorito, con todas sus voces y todas sus caras, la cantó para mí aquella noche entre las ruinas de un terremoto, y otro temblor, igual de profundo pero más silencioso, se me produjo dentro. Un temblor que vuelve a erizarme el vello cada vez que la escucho, porque cuando sus notas, sus gotas de ámbar vivo vuelven a mis oídos, cada vez, cada vez baila dentro de mí y yo bailo sobre mis pies, y siento de nuevo el mar y los alisios, y el cariño y la ternura, y los abrazos y la alegría de ser quien soy y de que ella me haya hecho más completa.
            Serinoque, Serinoque dulce y salado de gofio y Atlántico, Serinoque de lava y retama, de terrero y chácara, Serinoque mío que te me quedaste dentro y ya no te irás nunca, vuela un momento hacia tu origen para depositar un beso en cada una de las frentes de los que te hicieron vivo y te entregaron a mí. Y dales las gracias por seguir estando, por seguir siendo. Dales las gracias por mí.
         “Serinoque” forma parte del disco “La huella del Guanche”, de Los Sabandeños (Universal Music)

martes, 29 de noviembre de 2011

EL METRO EN HORA PUNTA

            Esta mañana me desplacé al centro de Valencia para hacer unas compras. Como de costumbre, conduje hasta la ciudad, aparqué en uno de los barrios de las afueras que cuentan con boca de metro (tuve suerte y sólo tardé un cuarto de hora en encontrar un hueco para el coche, en otras ocasiones ha sido bastante peor), bajé al andén y esperé a que llegase mi tren. Había gente en manadas. Para aburrir, vamos. Llegó el metro, y venía lleno, pero como esta vez iba ligera de equipaje (sola, sin niñas, sin carrito, sin instrumento…) me colé por un huequito para no esperar al siguiente tren. Terminé emparedada entre un estudiante de derecho que aún no he podido dilucidar si era estudiante o estudianta, y un ejecutivo de maletín y corbata que debía venir del aeropuerto.
            Pensando estaba yo en mis cosas cuando, en la siguiente parada, vi entrar un hombre tirando a mayor, rebasaba los setenta años con toda seguridad. Iba trajeado, y saludó a la concurrencia con amabilidad. Sólo yo respondí a su saludo, el resto de gente ni siquiera se molestó en mirar. Yo, instintivamente, repasé todo el vagón buscando un asiento vacío para ofrecerle, pero no había ninguno. Y, a excepción de un par de señoras de más edad, el resto de los que descansaban sobre las posaderas eran gente joven, entre los quince y los treinta. Los miré a todos; ninguno se movió. Un par de chavalas con grado 8 de estupidez en la escala de Richter me miraron desafiantes, como diciendo: “si el viejo quiere ir sentado, que coja un taxi, pero yo no levanto el culo así vuelque el tren”. Me dio vergüenza mirar al hombre y ver que se había dado cuenta de todo. Sonreí tratando de disculparme por no haber podido encontrarle un sitio, cuando de pronto vi que un chico de gafas, que había estado todo el tiempo leyendo en su tableta electrónica, se levantaba para bajarse del tren en la siguiente parada. Miré a otro chico que ya había visto el sitio, avancé como pude, pero él estaba más cerca. Aparté al ejecutivo y al estudiante, colé una pierna entre ellos y puse el pie en el asiento. ¡Ya era mío! Mi oponente me echó una mirada asesina y se dio por vencido. Entonces, cogida a la barra, con la pata retorcida y el pie sobre la silla, la mochila en equilibrio y las gafas de lado, llamé al caballero del traje con una sonrisa de triunfo. “Siéntese, por favor. Aquí hay un asiento libre”, a lo que él, muy amable y sonriente, me contestó: “No es necesario, señora. Aún soy joven para estar de pie, y sólo me quedan dos paradas. Seguro que hay alguien que lo necesita más que yo”. La cara de imbécil que se me debió quedar tuvo que ser digna de foto. Y remató: “Para tener cuarenta años me conservo muy bien, ¿verdad?” Al final ya no pude más y me eché a reír (mientras trataba de recuperar mi pierna de entre la gente, y de paso la compostura) y le seguí el cachondeo. “Vaya, cuarenta años. Casi como yo”. A lo que el graciosísimo caballero contestó: “Sí, pero yo me conservo mejor. Será que está usted muy trabajada”. Toma ya. Eso por esforzarme en ser amable, educada, respetuosa y correcta.
            A partir de ahora, cuando vaya a coger el metro, y más si es hora punta, voy a llevar siempre un martillo en el bolso. Así, cuando me entre la tentación de ser una buena ciudadana, me machacaré convenientemente algún dedito y se me quitarán las ganas de cumplir con mis deberes cívicos. Me dolerá un poco, pero seguro que menos de lo que me ha dolido hoy el amor propio.

lunes, 28 de noviembre de 2011

MONTANDO EL BELÉN

            Una de las cosas que más me gustaba cuando era pequeña y llegaban estas fechas era poner el Belén. Todo un ritual orquestado por mi madre en el que mis hermanos y yo participábamos con el entusiasmo propio de las edades cortas y las fantasías largas. Otra cosa que he perdido con el  paso de los años.
            Llegadas más o menos estas alturas del año, o sea, finales de noviembre, se rescataba la gran caja de cartón que contenía un mundo entero en figuritas de plástico y corcho, se elegía el rincón apropiado en la casa y comenzaba la fiesta. No nos importaban las desproporciones de las figuras, ni siquiera las veíamos. Ahora miro y recuerdo todos aquellos pastores, animales y casas y no puedo evitar echarme a reír yo sola. En nuestro Belén, como supongo que en casi todos los Belenes humildes (ya sé que hay muchos Nacimientos pijos por ahí que valen más que mi coche, pero el mío no era de esos), los cisnes que nadaban en el río de papel de aluminio eran más grandes que los corderos, los camellos de los Reyes magos más pequeños que el buey y la mula, el recién nacido no le cabía en los brazos a su madre, en el castillo de Herodes no entraba más que un soldado (y porque le habíamos decapitado la lanza a tal efecto), y los peces que bebían en el río se podían haber comido perfectamente a cualquiera de las lavanderas sin darse ni cuenta. Había casitas de todos los estilos: morunas, a la andaluza, de corcho, de plástico, con tejas, con techo de paja, de madera al estilo noruego… hasta un castillo medieval teníamos, con sus almenas y todo. Vamos, que yo creo que Port Aventura lo diseñó alguien que había visto el Belén de mi casa y así tuvo claro cómo conjuntar China, el mundo azteca, la Polinesia, Grecia y el Far West con gracia y salero.
            Cuando nos poníamos a armar el Belén echábamos un sábado entero, de la mañana a la noche, colocando, retocando, el serrín aquí, el falso musgo allá, los trozos de corcho, el papel de aluminio, las piedras, las casas, la fogata de los pastores, el pozo de los deseos, el portal, los puentes y todos los habitantes de aquel mundo en miniatura: caballos, bueyes, camellos, patos, cerdos, ovejas, ángeles, pastores, lavanderas, soldados, niños, paseantes y ciudadanos varios que pasaban por allí. Y para terminar, espolvoreábamos todo con bolitas de corcho blanco simulando nieve, porque ¿qué sería un Belén sin nieve? Poco importa que aquello fuera en realidad poco menos que el desierto. Si no había nieve, no estaba bien. Toma ventisca finlandesa.
            El primer día todo marchaba sobre ruedas, pero teniendo en cuenta que éramos tres fieras sueltas por casa, a partir del segundo día la cosa comenzaba a cambiar, y con el transcurso del tiempo (y ante el manifiesto enfado de mi pobre madre, qué paciencia) el Niño Jesús podía estar, tranquilamente, haciendo puenting en el río, mientras la mula y el buey disfrutaban del fuego de los pastores. El Rey Baltasar fue a lavarse al pozo y se cayó dentro. Los soldados de Herodes ligaban con las lavanderas, el cisne más grande del río estaba asándose a fuego lento ensartado en un espetón en la fragua del herrero, la Virgen María había desaparecido misteriosamente con uno de los ángeles (concretamente el de la túnica azul, porque al de la túnica rosa lo suponíamos chica) en el bosque de palmeras, las gallinas habían tomado la posada al asalto, los lechones mamaban de una borrega y los corderos, indignados por la usurpación, preparaban un ataque letal, un cochinicidio en masa para vengar tamaña afrenta. Los indios apaches habían tomado las montañas y sus casitas de plástico legítimo, mientras que los vaqueros se concentraban abajo, en el valle, usando a los pastores y al séquito de los Reyes Magos como escudos humanos, mientras los soldados de la primera Guerra Mundial armaban un nido de ametralladoras junto al carro de los bueyes, y vadeaban el río buscando dinamitar uno de los puentes para cortarles la retirada a los apaches. Y de paso, puestos a añadir figuritas procedentes del baúl juguetero, no era raro ver por allí a la Barbie con sus mallas de aeróbic buscando amiguitos para tomar el té. No hace falta que puntualice que para nosotros el Belén nunca fue sólo la representación del misterio del nacimiento de Dios, sino también un conjunto de juguetes manejables a nuestro antojo que podían ser lo que nosotros y nuestra imaginación quisiéramos, por mucho que mi madre nos intentase hacer entender su significado. ¿Para qué limitarse a contemplarlo como si fuese un mero adorno si podía ser un juguete vivo y lleno de posibilidades? Impensable desaprovechar tanto potencial lúdico.
            Yo no pongo Belén en mi casa. Un año lo intenté, y la gata terminó comiéndose una palmera de plástico, se me intoxicó y me tocó llevarla al veterinario. Unos años después hubo una segunda tentativa, y mi hija mayor colocó en la cola de los adoradores del niño Jesús a Blancanieves y a los Siete “Senanitos” (como ella los llamaba). El perro se encargó de poner la mitad de figuritas en paradero desconocido, y pasé meses encontrando musgo de plástico y bolitas de nieve por los rincones más insospechados. Yo no tengo tanta paciencia como mi madre. No me han quedado ganas de repetir.
            Quizá algún día, cuando alguien invente el Nacimiento de figuritas de acero inoxidable que vengan ya soldadas al suelo y no se puedan mover del sitio, yo me anime a poner uno. De momento, y en las condiciones actuales, va a ser que no.

domingo, 27 de noviembre de 2011

EL ESCRITOR DE EPITAFIOS

            Roger, el escritor de epitafios era un buen hombre. Grandote, noble y de buen carácter, durante años trató de hacerse un hueco en el mundo de las letras sin conseguirlo. Su incapacidad para imaginar el mal ajeno le hizo inútil para escribir novela negra ni de terror, incluso lo de los libros de misterio se le daba mal, porque a él le gustaban las verdades completas, no las medias verdades. Los secretos, las venganzas, los rencores, asesinatos, conjuras y demás perdían todo su carácter al pasar por el tamiz de su escritura. Nunca serían verosímiles si las contaba él. No funcionó.
            Las novelas románticas tampoco se le daban bien, porque cuando sentía amor lo hacía de un modo tan aplastante y sincero que no se podía explicar, y no conseguía abstraerse de sus propios sentimientos para imaginar los de otros. Lo intentó también con los cuentos infantiles, pero tampoco cuajó; ya hacía años que había dejado de ver las cosas con ojos de niño.
            Durante mucho tiempo pensó en cómo podía hacer para sacarle partido a su talento para juntar palabras, un talento que sabía que poseía, pero que aún no había conseguido mostrarle al mundo en toda su magnitud; y un día, de pronto, ocurrió.
            Su padre, un hombre lleno de carisma que había estado décadas metido en política, falleció de un infarto. Demasiado joven, demasiado pronto, demasiado rápido. Roger siempre pensó que, cuando su padre muriese, dejaría escrito un epitafio digno de él y de su don de gentes, pero no le dio tiempo ni a darse cuenta de que se moría, mucho menos a dejar preparada su frase postrera. Roger no podía permitir que aquella lápida quedase reducida a un nombre y dos fechas, y decidió inventar lo que suponía que su padre hubiese querido escribir: “Si todo el que me conoció aprendió algo de mí, mi vida ya valió la pena”. Los allegados, amigos y conocidos de su padre se fueron acercando a él para ofrecerle sus condolencias, pero en lugar de los típicos “Te acompaño en el sentimiento” o “Siempre se van los mejores”, lo que la gente le decía eran cosas como “Es verdad, tu padre me enseñó a levantarme cuando todo se ponía en contra” o “es cierto, tu padre me hizo ver que siempre hay que aspirar a dar un paso más, siempre animaba a los demás a esforzarse”. Y el sepelio dejó de ser un duelo al uso para convertirse en un compendio de buenos recuerdos.
 Cuando fue a pagarle al lapidista, éste le pidió ayuda para mejorar la tumba de su propia madre, que quedó sin frase porque él no supo qué escribir. Roger le regaló un epitafio digno de la madre más amorosa del mundo: “Todo mi tiempo en la vida fue para amar a mis hijos. Lo seguiré haciendo desde el lugar al que Dios quiera enviarme”. El marmolista le dio las gracias, y semanas después volvió a llamarle. “Desde que puse tu frase en la lápida de mi madre, mis hermanos y yo la sentimos más cerca; cuando vamos al cementerio recordamos con mucha más viveza cuánto nos quería, y es gracias a tus palabras”. Roger se sintió honrado y satisfecho.
Al poco tiempo alguien fue a buscarle, venía de parte del mismo marmolista. Quería una buena frase para su hermano, que no iba a poder superar la enfermedad que padecía. Y Roger le dio un conjunto de palabras con tanta ternura como para conmover a las mismas piedras. El hombre, llorando emocionado,  le dio las gracias y un billete. A partir de ahí, no hubo ningún día que no recibiese varias peticiones; pronto en todas partes supieron de su “gracia” para dar con las palabras exactas que hacían mejorar y valorar más los recuerdos de aquellos que iban abandonando la vida. Incluso comenzó a recibir encargos a través de internet, peticiones desde lejanos países que atendía con el mismo cariño que todas las demás.
Cuando la muerte vino a buscar a Roger, lo encontró escribiendo el epitafio de una anciana maestra de matemáticas; le pidió que guardase su guadaña durante un rato, para que le diese tiempo a terminar el encargo antes de irse con ella. Y ella se sentó, sombría, y esperó. “Sumé paciencia, resté reproches, y dividiendo mi tiempo entre mis niños multipliqué sus posibilidades. Mi vida fue construir futuros, y esa es mi herencia”. Después envió por fax la frase a su destinatario, guardó las gafas en un cajón y se sentó frente al espectro oscuro. Ya no se levantó más.
Todos los días son muchas las personas que visitan la tumba de Roger para leer su último mensaje, el que dejó escrito para sí mismo: “El olvido es la única muerte cierta. Mientras alguien me recuerde, ella no habrá vencido”.

sábado, 26 de noviembre de 2011

SANTA CECILIA

            Esta semana celebramos Santa Cecilia, la patrona de los músicos, y como soy mujer, y por tanto de natural curioso (ya lo he dicho alguna vez y no me avergüenzo de ello, porque el que no tiene curiosidad se pierde un montón de cosas, y a mí no me gusta perderme nada. Además, luego estas tonterías que aprendo me vienen de cine a la hora de jugar al Trivial) me puse a investigar a ver por qué precisamente es ella la patrona de los que nos dedicamos al cante, al toque o a ambas cosas.
            Parte de la culpa de esta mini-investigación sobre la santa en cuestión la tiene el cura de mi pueblo. El hombre está empeñado en que la banda encargue a un escultor una imagen de Santa Cecilia y la done a la iglesia. En principio no me pareció mal, así que me fui a preguntar precios. Ahí se me acabó la buena intención. “Dos mil Euros por una normalita, cuatro mil por una aceptable. Y de ahí en adelante… lo que quieras”. La mujer de la tienda de santos se moría de risa, imaginad la cara que se me debió quedar. Todo un poema. Lo siguiente fue ir a ver al cura y decirle que nuestro presupuesto nos da para, como mucho, un póster de la santa. Creo que se molestó un poco, pero dos faenas tiene: molestarse y des-molestarse. No hay estatua.
            De todos modos, después de ver el catálogo de Santas-Cecilias y otras habitantes de la corte celestial que había en la tienda, cada uno con los atributos propios de su cargo, me picó la curiosidad y me puse a buscar. ¿Quién era Santa Cecilia? Pues resulta que fue una mujer que dedicaba parte de su vida a propagar su fe cristiana, y por ello fue condenada a morir. El caso es que la detuvieron, y fue encerrada en la sala de calderas de una terma romana, esperando que se asfixiara con el calor y la humedad, pero muchas horas después aún seguía allí dentro cantando alabanzas a Dios, por lo visto estaba más a gusto que un arbusto disfrutando de la sauna, y canta que te canta. Los impacientes romanos, como no se moría, la sacaron y la decapitaron. Igual no cantaba tan bien como cabría esperar en una santa… El caso es que esas canciones de alabanza a Dios y el martirio la colocaron en los altares, pero para recalcar que es la patrona de los músicos se la representa tocando el arpa (pese a que no sabía tocarla), o tocando el piano (que ni se había inventado en la época en que a ella la pusieron a sudar en el caldarium). O sea, que la imagen, como muchas otras del cristianismo, es esencialmente mentira.
            Tirando de ese hilo, fui buscando unos cuantos santos cristianos más, y resultaron ser, la mayoría, un horror. Empezando por Santa Lucía, la patrona de los invidentes y los oftalmólogos, que siempre sale con los ojos en un plato. ¡Con los ojos en un plato! Vamos, una imagen agradable donde las haya. O San Roque, con sus pústulas putrefactas por las piernas, y el perrillo que se las lamía. La higiene y la asepsia ante todo. San Emeterio y San Celedonio, los patrones de Santander, no son más que dos cabezas cortadas en una cesta (¡uf!), y si seguimos repasando, el que no sale atado a un árbol y con más flechas clavadas en el cuerpo que un acerico, sale crucificado boca abajo o con la lengua cortada… vamos, que luego nos quejamos de las películas de terror. Sólo de imaginarme la cabeza de San Juan Bautista en una bandeja  me entran escalofríos. Aunque luego, analizando las imágenes de la Virgen María con el corazón atravesado de puñales toledanos, y a Jesucristo en su cruz sangrando por rodillas, manos y pies, la corona de espinas en la cabeza, y un lanzazo en el costado por si no había bastante, ya me puedo esperar cualquier cosa. Para luego resultar que lo del corazón y los cuchillos es una alegoría del sufrimiento, y que la crucifixión de Cristo es físicamente imposible tal y como la conocemos, y que los clavos debían estar colocados en tobillos y muñecas, y no en manos y pies, que se desgarrarían por el peso. Resumiendo: el mundo de la iconografía cristiana está plagadito de trolas.
            En fin, esta semana ha sido Santa Cecilia, y mañana domingo muchos de nosotros, los músicos, lo celebraremos con concierto, misa y una buena comida, porque aunque en nuestro fuero interno sintamos que la música nos hace felices y nos resulta necesaria, también es una actividad muy sacrificada y a menudo ingrata, y nos merecemos un homenaje de vez en cuando. La famosa santa de la sauna no es más que la excusa, pero bueno, sea como sea, felicidades a todos, y viva Santa Cecilia, aunque no supiese tocar el arpa.

viernes, 25 de noviembre de 2011

LA TETERA DE "ORQUÍDEA BRILLANTE"

            Cuando “Orquídea Brillante” llegó de Taiwán no entendía ni una sola palabra de español. Dominaba el chino oficial, el cantonés, el taiwanés y también el japonés, además de hablar perfectamente en la lengua de Shakespeare, pero de la de Cervantes, ni papa. Vino con su visado de estudiante para empezar a dar clases aquí, pero la primera temporada le resultó muy difícil.
            Se alojó en mi casa durante cuatro o cinco meses. Reconozco que para nosotros fue un tiempo extraño; parecía que nunca nos íbamos a entender con ella. No hablo inglés, mucho menos chino, y cada cosa que había que comentar se podía convertir en un galimatías de gestos, señas, palabras chapurreadas, sonidos, onomatopeyas… pero bueno, más o menos lo íbamos consiguiendo. Con quien se entendía a la perfección era con la gata; más de una noche llegamos de trabajar y la encontramos hecha un ovillo en el sofá, dormida con la televisión encendida y la minina en el regazo, y las dos con la misma carita de sosiego oriental.
            Hacer la compra tampoco era tarea fácil, había cosas que yo ni sabía para qué servían ni cómo se cocinaban, y cuando me lo intentaba explicar aún me quedaba menos claro… Solamente los domingos, cuando nos quedábamos en casa descansando, teníamos tiempo de sentarnos a comer juntos, y nos preparaba alguna de esas delicias orientales que no te ofrecen los restaurantes, la comida que se hace en sus casas. Ahí sí que aprendí de ella un montón. “Orquídea Brillante” cocinaba moviendo las manos con una rapidez pasmosa, casi estresante. Probaba, añadía, rectificaba, cortaba, batía y mezclaba recorriendo la cocina de lado a lado sin parar de parlotear en taiwanés, como una hormiguilla de ojos rasgados con una sobredosis de guaraná. Y luego te sacaba a la mesa aquel inimitable pollo agridulce, lleno de trocitos de piña y chorreando una sabrosa salsa casera que nada tenía que ver con la que conocíamos; después, verduras con bambú, setas chinas, salsa ahumada y soja, o pescado con algas y vete-tú-a-saber-cuántas-cosas-más procedentes de unos paquetitos que guardaba en su habitación. Pero lo mejor de todo era cuando, ya terminada la comida, fregábamos juntas tratando de charlar (cuánto nos reíamos, si nos hubiésemos podido grabar aquellas pseudo-conversaciones nos servirían para darnos cuenta de lo que hemos aprendido desde entonces) y después ella sacaba la tetera.
            La tetera de “Orquídea Brillante” era un cacharro plateado, con su asa, su pitorro y su tapita, como cualquier tetera. Ella la llenaba de agua, la ponía al fuego, y entonces sacaba su maletín de debajo de la cama, lo abría en la mesa y decía: “¿Yo pongo tú?” Un té de “Orquídea Brillante” era un misterio en sí mismo. Los saquitos de colores contenían hojas, flores y bayas secas de, al menos, tres docenas de plantas distintas. Y, en el tiempo que estuvo con nosotros, ningún día fuimos capaces de saber a ciencia cierta qué era lo que nos ponía en la taza cada vez. Se quedaba pensando, nos miraba y después comenzaba a hablar en su lengua, mientras escogía ceremoniosamente unos saquitos u otros, dependiendo del día. Luego medía cantidades con los dedos, lo ponía todo junto en una tacita y, cuando la tetera pitaba desde la cocina, iba a buscarla y le añadía la mezcla de hebras, polvos, granos, hojas, raíces o lo que ese día ella considerase que nos hacía falta tomar. Lo tapaba, miraba el reloj, respetaba religiosamente cinco minutos para que las propiedades de las plantas pasasen al agua, colaba el líquido y lo servía en tres tazones iguales, la misma cantidad en cada uno, y los distribuía por la mesa.
            Cada día el color de las infusiones era distinto, y también el sabor. Había veces que distinguíamos algo de jazmín, otras la aspereza del té verde o el picor del regaliz, la acidez de las grosellas o el característico olor del escaramujo, pero el resto de cosas se nos escapaban. Aunque debo decir que aquellos tés tenían la virtud de hacernos sentir bien, por lo que supusimos que elegía los ingredientes con arreglo a la pesadez de la comida que hubiera preparado ese día, o de lo cansados o animados que estuviéramos. A veces incluso nos miraba la palidez de la piel antes de añadir una hierba u otra. Los tomábamos sentados, sin prisas, con un poco de azúcar de caña o miel, mientras tratábamos de enseñarle palabras nuevas en castellano.
            Ya apenas tengo contacto con “Orquídea Brillante”, aunque aún la veo de vez en cuando. Ahora habla perfectamente nuestro idioma, enseña español a chinos y chino a españoles, hace de intérprete ocasional y ya no es aquella muchacha de apariencia frágil que llegó a nuestra casa hace quince años, sino una mujer desenvuelta que pisa fuerte, una ciudadana del mundo. Un día, hace poco, nos encontramos y salieron a relucir aquellas conversaciones y aquellos tés suyos, de formulación única cada vez, que tanto echo de menos. Volvió a reír como antaño, y me hizo una confesión: mezclaba los ingredientes de aquellas infusiones aleatoriamente, sin ninguna fórmula ni razón concreta. Daba igual lo que hubiéramos comido, o cómo estuviéramos de ánimo. Simplemente ponía lo que le apetecía a ella, pero ese aire misteriosamente oriental de su gesto y la imposibilidad de comprender sus palabras nos hizo creer que conocía algún secreto ancestral chino relacionado con las hierbas y sus propiedades, y que lo aplicaba para mejorar nuestras vidas. El buen sabor y la sugestión hacían el resto.
            A veces no es mejor conocer la verdad de algunas cosas. Yo prefería pensar que los tés que “Orquídea Brillante” inventaba para nosotros estaban formulados para hacernos sentir mejor, y como soy dueña de mis recuerdos hasta que el Alzheimer diga lo contrario, archivo la explicación real y me quedo con mi teoría de la medicina china, que me gusta más. Una pizca de misterio y fantasía le viene bien a cualquier vida… y a cualquier té.

jueves, 24 de noviembre de 2011

LOS PECES EN EL RÍO

            Ya me lleva pasando unos años, pero esta vez creo que es más grave que de costumbre. ¿Quién me lo iba a decir a mí? Pensé que era algo que no iba a cambiar por mucho tiempo que pasase, pero ha cambiado, vaya que sí. He perdido mi espíritu navideño, y no lo encuentro por ningún lado. No sé qué es lo que me ha pasado. Yo, que era la reina de las navidades, que nací en plenas fiestas, que no me perdía una cabalgata de Reyes, ni el circo que daban por la tele, ni los especiales navideños de todos los programas, yo que era un cascabel de trineo cantando villancicos a todas horas con mi pandereta verde, mi gorro de Papá Noel y adornada de espumillón de pies a cabeza… Yo, que no me acostaba hasta que se terminaba el programa de Nochevieja a las cuatro de la mañana, que recuerdo las empanadillas de Encarna, los pechos desnudos de Cicciolina, a Concha Velasco cantando pizpireta “Que viva el IVA”, y cientos y cientos de artistas engalanados para la ocasión play-backeando los éxitos del año para animar los cotillones, yo que he disfrutado y amado las fiestas navideñas como la que más, he perdido el espíritu… y ya no me gustan.
            Me pongo a buscar las razones de tal cambio en mi carácter, y poco a poco van saliendo a la luz mis fantasmas. El primero es el de la anticipación: cada vez nos empiezan a recordar que llega la Navidad más pronto. Este año, el quince de octubre, cuando aún íbamos en manga corta por la calle, llegaron los turrones al supermercado. Me sorprendí a mí misma mirando el expositor incrédula. ¿Cómo?¿Ya? Pero, ¿qué…? Sí, señores. Dos meses y medio antes de fin de año, el guirlache, la yema tostada, el de Alicante, el de Jijona, las figuritas y todo el resto de su parentela ya estaban disponibles. A la semana siguiente un ejército de operarios llenaban los aparcamientos del hipermercado de abetos de luces verdes colgando de las farolas, para continuar poniendo renos, trineos, gordos barbudos y demás por el techo y el interior del establecimiento. Y los juguetes se comieron la mitad del espacio de la tienda. Un horror. Cuando de verdad llegan las fiestas ya está uno aborrecido de las navidades, menudo empacho.
            El segundo fantasma se me presentó ante los ojos enseguida, presto a meterme el miedo en el cuerpo y a estropearme aún más las fiestas: mi báscula. Por alguna extraña razón, en Navidad tiene tendencia a volverse tarumba y marcar lo que no toca. Los números bailan en su pantalla digital de día en día y a la velocidad del rayo, y siempre en sentido ascendente. Y sé que cuando está sola en el baño, cuando se queda a oscuras y nadie la ve, se ríe de mí a carcajada limpia. No hay derecho.
            Seguí pensando en las razones por las que cada vez me fastidian más las fiestas navideñas, y la tercera saltó desde mi bolso, haciéndose evidente de pronto. Mi monedero lloraba como un Magdaleno mientras vomitaba los últimos céntimos que le quedaban. No se siente preparado para la sangría que le espera entre vinos, cavas, alimentos especiales, adornos y regalos. Sí, he dicho regalos, porque Papá Noel no existe, ni los Reyes tampoco. Lo que existe es una campaña orquestada desde los grandes almacenes cuyo único fin es el de exprimir nuestras cuentas corrientes, para lo cual corremos hasta el paroxismo de tienda en tienda, bombardeados por los villancicos, deslumbrados por las lucecitas intermitentes, empujados por el terrorífico “Jou, Jou, Jou” de los gordos barbudos, tratando de encontrar regalos perfectos que satisfagan a todo el mundo a costa de nuestra integridad física, nuestra salud mental y nuestro poder adquisitivo de los siguientes meses. Este año, mi bolsillo de “parada de larga duración” está apagado o fuera de cobertura para todo lo que valga más caro que una gominola.
            Ante tan desalentador panorama, ya no me extraña nada que mi espíritu navideño esté desaparecido en combate; lo que me alucina es que haya permanecido conmigo tantos años aguantando marea. Pero bueno, diciembre se acerca una vez más, y nos pondremos el gorrito rojo de nuevo, y la sonrisa de felicitar las fiestas, pero este año quedan abolidos el cine infantil y el circo, la cola para sentar los niños en el regazo del Rey Baltasar Archifalso del Centro Comercial (ese que te tizna de negro si le das un beso), las maratones de compras, los atracones de marisco y cordero, las invitaciones y la multitudinaria fiesta de fin de año en la que te inflas a preparar comida y a poner mesas para que lleguen catorce, engullan, beban a destajo y se piren sin recoger siquiera su plato. Este año, pollo al horno y ensalada, coca-cola zero y agua, y el fin de año en casa y con traje de noche (pijama y bata), para echarse a dormir en cuanto nos traguemos las uvas. Y nada de Reyes. Como mucho, “amigo invisible”.
            Si es que los villancicos de antes eran muy sabios, y si no, analicemos la letra de uno de los más populares: “Los peces en el río”. Dice “beben, y beben, y vuelven a beber / los peces en el río por ver a Dios nacer”. No dice “se inflan a pavo y a champán francés”, tampoco dicen “se hacen regalos del Corte Inglés”, ni “gastan en cotillones lo que ganaron en un mes”. Dice que festejan el nacimiento de Dios haciendo lo que siempre hacen: boquear en el agua como peces felices. Pues eso voy a hacer yo: celebrar la Navidad al estilo pez. Estáis todos invitados a un chupito de agua. Felices Fiestas.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

LA GATA BAJO LA LLUVIA

            No es la primera vez que recurro al poder evocador de las canciones para contaros alguna historia. En la lista de títulos que define mi vida, hay muchos temas que han sido especiales por distintos motivos, como supongo que le ocurre a todo el mundo. Unas me traen recuerdos de felicidad, otras ternura, otras risas, otras llanto. “La gata bajo la lluvia”, esa canción que en su día popularizó Rocío Dúrcal, me devuelve por unos segundos a mi gata “Blanqui”.
            Una noche de otoño, lluviosa e incómoda, mi marido se fue a devolver las películas al vídeo-club. Estábamos recién casados, solos y sin un duro; de ahí que una pareja de veintipocos (en mi caso veintipoquísimos) años estuviese un sábado por la noche en casa viendo películas en lugar de cenando por ahí, o de copas con los amigos. El caso es que él tardaba en volver, la cena estaba en la mesa y yo me impacientaba pensando dónde se habría metido. Llegó mojado como un pollo, helado y pálido, pero sonriendo. Traía la mano dentro de la chaqueta, y me miró con esa cara de “no lo pude evitar, lo siento” que le hace irresistible para mí, la cara de las pequeñas travesuras. “Le oí llorar y me dio pena, estaba solito, y mojado, y con frío, mira qué flaco, se le ven las costillas”. En la mano traía un gatito gris, sucio y tembloroso, que le había dejado la piel llena de surcos defendiéndose con sus uñitas. Bueno, en concreto eran una manifestación de pulgas que llevaban a cuestas un gatito. “Lo lavamos, le damos de cenar, que duerma caliente hoy, y mañana, cuando pare de llover, lo soltamos”. Yo me eché a reír. ¡Ja! “Si pasa la noche aquí ya no se va”, pensé mientras buscaba una toalla vieja para secarlo tras el baño.
            Le pusimos de nombre “Gris” por su color. Una vez libre de pulgas y limpio resultó ser blanco impoluto, o mejor dicho, blanca, porque era una minina. La recuerdo mojada dentro del lavabo, maullando muerta de miedo, era todo orejas y ojos verdes, y la quise tanto ya en ese momento que no fui capaz de desprenderme de ella.
            “Blanqui”, mi “gata bajo la lluvia”, vivió con nosotros diez años. Mi primer animal de verdad (porque peces, tortugas y pájaros no hacen la misma compañía, desde luego), la que venía a la puerta a esperarme cuando llegaba de trabajar, la que buscaba mis caricias continuamente, la que trepaba por mi bata para verme cocinar subida en mi hombro, la que ronroneaba como un motor tumbada sobre mi tripa de embarazada para arrullar a mis cachorros antes de nacer, la que hacía guardia bajo su cuna con tal de evitar que ni una mosca pudiese molestar al bebé… Estaba un poco loca, pero nos adoraba. Y nosotros a ella. Frotaba su cara contra mi mejilla cuando me veía triste, y el sonido de su ronroneo era la banda sonora de mi casa junto con la risa de mis hijas y sus primeros balbuceos.
            Cuando “Blanqui” enfermó me di cuenta enseguida de que era grave. Saltó desde la mesa del comedor a mi regazo buscando mi protección, y comenzó a asfixiarse. Hice veinte kilómetros, de noche y lloviendo, buscando un veterinario que me dijera qué le pasaba a mi gata. Quedó ingresada en una clínica, le afeitaron los costados mientras yo la sujetaba, le pincharon entre las costillas para sacar el líquido que le oprimía los pulmones, y la metieron en una jaula con oxígeno. Al día siguiente me fui a trabajar con las manos llenas de arañazos, y la veterinaria me llamaba para informarme: hemos vuelto a pincharla, le hemos hecho una radiografía, una ecografía, un análisis de sangre, hemos vuelto a pincharla, vamos a avisar al neumólogo… A mediodía volvieron a llamar: podían ser tres cosas distintas, pero las tres eran mortales. Pedí que no la tocasen más, y que me esperasen. Al salir del trabajo iría a buscarla para eutanasiarla y no permitir que siguiera sufriendo.
            Cuando llegué a la clínica llovía a cántaros. La abracé mientras moría, mi gatita, mi querida pequeñuela, la que había sido mi compañía durante diez años iba a dejarme, y no podía permitir que lo hiciera en otros brazos. Me ofrecieron quedarse con el cuerpo para incinerarlo, pero yo insistí en llevármelo; la envolví en su toalla azul favorita, la coloqué con cuidado en su transportín, pagué la cuenta (más de setecientos euros entre pruebas, tratamientos, hospitalización, oxígeno y eutanasia) y salí a la calle. Llovía con saña de nuevo, y yo no podía parar de llorar mientras caminaba hacia el coche. Dejé el transportín en el maletero y conduje hasta casa con dificultad, el agua no me dejaba ver las líneas de la carretera, y las lágrimas tampoco ayudaban demasiado. Mi marido me esperaba con una pala y una caja de madera que había contenido ovillos de hilo.
            La enterramos cerca de donde yo trabajaba, en el campo. Mi marido cavó un buen rato bajo el intenso aguacero, la metimos en la caja con su toalla azul, la acariciamos una vez más, y allí se quedó mi “Blanqui”, mi gata bajo la lluvia, que se nos fue igual que llegó: con un chaparrón.
            Durante días, las heridas que me había hecho con sus uñas en las manos cuando ya estaba tan enferma se negaron a cicatrizar, igual que las que me había dejado en el corazón. No nos atrevimos a decirles a las niñas lo que había pasado; para ellas, “Blanqui” se había escapado. Pero se dieron cuenta de que algo no iba bien porque yo no dejaba de llorar.
            La vida me regaló dos niñas muy cantarinas, y la casualidad quiso que, justo esa semana, un popular programa de televisión que formaba nuevos cantantes propusiera a una de las concursantes cantar el tema de Rocío Dúrcal “La gata bajo la lluvia”. Mis niñas veían el programa, los ensayos, las pruebas, la gala y la repetición el domingo, se aprendían las canciones y las cantaban con la televisión, así que la cancioncita me acompañó para amargarme aún más aquella negra semana. El domingo por la mañana ellas cantaban frente a la televisión mientras nosotros remoloneábamos en la cama, resistiéndonos a levantarnos, y de nuevo volvió a sonar la canción, y de nuevo nosotros nos miramos y nos echamos a llorar. Yo no pude más.
            Esa misma mañana fuimos a la protectora de animales a adoptar un cachorro. No quise elegir, pedí que me dieran una hembra pequeñita, me daba igual si era de colores, verde, negra o a rayas. Me insistieron para que las viese, pero me negué. Acepté la que ellos quisieron entregarme. “Isi” vino a llenar el hueco que había dejado vacío “Blanqui”. Era pequeñita, blanca y negra, tenía una infección en los oídos, parásitos, un ojo desviado y una tos terrible, pero ronroneaba con una intensidad increíble en un animal tan chiquitín y tan enfermo. Conseguimos que saliera adelante, a pesar de que quedó sorda y asmática; ella vino a mitigar un dolor que jamás creí se pudiera sentir por un animal.
            Esta mañana puse la radio y volví a escuchar la canción. “La gata bajo la lluvia” me trajo de vuelta a “Blanqui”, la “MariGata”, como la llamábamos a veces, así que me fui a visitar su sepultura al campo. Y, cómo no, mientras caminaba hacia allí se puso de nuevo a llover.
Te echo de menos, peluda. Aunque tenga más gatos, aunque pasen los años, nunca te olvidaré.

martes, 22 de noviembre de 2011

LOS ZAPATOS DE BAILE

            Cuando conocí a Ana hubo dos cosas que me llamaron poderosamente la atención. Una fue su sonrisa, su carta de presentación. Cualquiera puede ser guapo, cualquiera puede ir bien arreglado, bien vestido o perfectamente peinado y maquillado, pero lo que jamás miente es la sonrisa. Cuando una persona sonríe puedes conocer una parte de su carácter: si sólo sonríe con la boca no es buena señal, pero si sus ojos también sonríen esparciendo y contagiando felicidad a quien la está mirando, sabes que la alegría de vivir que expresa es sincera. Ya es un tanto a favor. Y la segunda cosa que me llamó la atención de Ana fue su elegancia. No me refiero al vestir, eso se puede comprar. Me refiero a la elegancia de palabras, de movimientos, a la elástica cadencia de su caminar… y a su manera de bailar.
            La pasión por el baile de Ana definía una parte de su personalidad, y se traslucía en cada uno de sus movimientos, en la ligereza de sus pies y en la comunicación no verbal que mantenía con su pareja de baile, fuese quien fuese. Y la sonrisa de felicidad que adornaba su rostro mientras movía el cuerpo y los brazos al compás de la música era capaz de iluminar todo el espacio a su alrededor. Yo soy músico, como todos (o casi todos) ya sabéis, pero la gracia para el baile, pese a que me encanta, es un don que no poseo. Un día le pregunté dónde estaba el secreto, dónde se podía aprender a bailar de esa manera, y Ana se echó a reír de una forma tan contagiosa que hasta la luna, que se paseaba solitaria por el cielo, se estremecía esparciendo carcajadas blancas a su alrededor.
            “Para tener ganas de bailar sólo hace falta comprarse unos zapatos de baile, que sean tan bonitos y te gusten tanto que no puedas resistir el impulso de calzártelos y ponerte a mover los pies al ritmo de la música. Ellos te llaman desde el armario cuando estás triste, y te empujan sin remedio a bailar y bailar hasta que el ánimo se te recupera y la risa vuelve a dominarte. El baile viene de la felicidad, y los zapatos lo saben. Da igual con qué te los pongas: con pijama, traje de noche o vaqueros. Da igual que no peguen con tu vestido si pegan con tu esencia. Da igual que estés triste, deprimida o llorona: ellos saben cómo hacerte bailar hasta que te libres de lo que te entristece, y sólo verlos en su caja ya te hará sonreír”.
            Después de oír su razonamiento, su teoría acerca de los zapatos de baile, no pude reprimir una carcajada, a la que ella respondió con otra que llenó de chispas de alegría el vestíbulo de la antigua alquería en la que estábamos charlando.
El domingo pasado, mientras ensayábamos, recordé su teoría y decidí observar a Ana mientras bailaba. Fuera llovía con una fuerza que asustaba, y los estampidos de los truenos nos hacían encogernos a todos. Y sin embargo, ella danzaba, saltaba y giraba al ritmo de la música con la misma ligereza y alegría que si estuviese en medio del escenario del Teatro Real de Madrid, del Liceo de Barcelona o del Palau de les Arts de Valencia. No había tormenta, ni gota fría, ni nada. Sólo había una mujer feliz con sus vaqueros ajustados, unos calcetines de Minnie Mouse y unos fantásticos zapatos de baile de raso rosa, con su hebilla dorada y su magia poderosa y danzarina. Sentí envidia, pero no pude dejar de tocar porque no quería que ella detuviese su maravilloso bolero.

            He recorrido todas las tiendas que conozco buscando unos zapatos como los suyos, que me llamen desde el escaparate para decirme: “Hey, cómpranos y nosotros te haremos bailar”. Aún no los he encontrado, pero es cuestión de tiempo. Tienen que estar por ahí, en alguna parte, y cuando sean míos también la risa y la alegría de danzar y disfrutar de mis pasos serán mías. Hasta entonces, me tendré que conformar con soñarlos, o con mirar a Ana y dejar que su optimismo vital me contagie. 

lunes, 21 de noviembre de 2011

EL DIVORCIO

            En la vida de Carmen todo iba mal. La crisis de los cuarenta le había afectado más de lo que ella hubiera querido. Sus dos hijos, adolescentes, habían comenzado a no necesitarla tanto, e incluso a cuestionar su autoridad en algunas ocasiones. Su trabajo no le satisfacía, estaba harta de ser la enfermera del dentista, la que da las citas y emite las facturas a los pacientes, recoge la consulta y coge el teléfono. Veinte años haciendo lo mismo, día tras día, por un sueldo mínimo; sin creatividad, sin buen humor, sin tener la sensación de ser útil y viendo cómo su jefe se llena los bolsillos con cada extracción, con cada endodoncia, implante y empaste, con cada ortodoncia y con cada blanqueamiento. Su matrimonio tampoco iba bien; Juan se pasaba el día trabajando, y cuando le veía siempre estaba cansado, o ella estaba enfadada, o los niños habían hecho alguna pifia, o…
            Definitivamente, cuando las cosas no van bien hay que cambiar algo para que todo mejore. Pero, ¿qué era lo que tenía que cambiar? Carmen estuvo una temporada observando su vida con lupa, y al fin llegó a una conclusión: la culpa de todo la tenía Juan. Él era quien lastraba su felicidad. Los adolescentes pasan por una época mala, pero luego todo se arregla, y al fin y al cabo eran sus hijos y lo serían siempre. El trabajo… bueno, ser la enfermera del dentista no estaba tan mal, ¿no? Poca responsabilidad, poco estrés, comodidad… ¿qué más daba que el sueldo no fuera demasiado alto? Le dejaba tiempo libre, no tenía preocupaciones laborales que llevarse a casa, y su jefe no era un tirano como otros de los que había oído hablar. La crisis de los cuarenta no era más que una etapa hormonal, y ella estaba estupenda. La culpa de su infelicidad y de su mal humor tenía que tenerla Juan. Juan, el que nunca estaba en casa. Juan, el que ya no la miraba con los mismos ojos, el que siempre llegaba cansado por las noches y se dormía en cuanto tocaba la cama. Juan, el que le proponía planes absurdos para los fines de semana que a ella no le apetecían nada, como montar en bicicleta, pasear o cenar en casa el sábado viendo alguna buena película en el DVD. Juan, el que ya no le hacía regalos caros porque se había vuelto tacaño, poniendo por disculpa que los complementos salariales que antes cobraba ahora habían desaparecido porque su empresa no iba tan bien. Excusas, excusas y más excusas.
            Cada día que pasaba estaba más convencida de que las cosas sólo podrían mejorar si se deshacía de Juan. Era un lastre a su crecimiento personal, a su felicidad. No le daba lo que ella necesitaba. Ya no la atendía como antes, ya no estaba pendiente de cada una de sus palabras, ya no lo sentía suyo. Se lo dijo, y él se enfadó.
            Juan oyó a Carmen, la mujer que lo era todo para él, acusarle de ser una rémora, una carga para su felicidad. Se lo había dado todo: los hijos que ella quiso, la casa que ella quiso, el coche que ella quiso, las vacaciones que ella quiso, la ropa, los bolsos, el club de tenis, el colegio privado para los niños que ella eligió… lo hizo todo por ella, incluso doblar turnos y trabajar más de lo que cualquiera podría soportar para mantener el nivel de vida que ella quería. Apenas la veía, ni a ella ni a los niños, porque siempre estaba trabajando para cubrir los gastos de la familia. Ella quiso trabajar, y lo hacía, pero su trabajo generaba más gastos que beneficios: la canguro de los niños mientras fueron pequeños, guarderías, profesores de apoyo para ayudarles con los deberes, la tintorería, la chica que venía a limpiar la casa… pero bueno, Carmen necesitaba trabajar fuera de casa para sentirse mejor, y él no puso ningún “pero”, sino que trabajó más aún. Y ahora que en su empresa las cosas no marchaban bien y no ganaba tanto, ahora que pelear cada euro le costaba el doble, ahora que el cansancio y el desánimo le empezaban a vencer, ahora que ya era tarde para tratar de cambiar de trabajo, venía ella y le pedía el divorcio.
            Carmen no quiso escuchar llantos ni súplicas. Mandó a su abogado para que liquidase el matrimonio, la casa y los hijos para ella, una pensión para la manutención de los chicos, y a vivir, que son dos días y uno llueve. Juan se tuvo que buscar un piso de alquiler que apenas podía pagar porque volver a casa de su anciana madre le daba vergüenza, sin entender nada de lo que estaba pasando. La quiso desde que la conoció, hizo todo por ella… ¿por qué le hacía esto? ¿Por qué había dejado de quererle?
            Carmen metió en su cama a un hombre nuevo a los dos meses del divorcio. Eso era lo que necesitaba: alguien que la dejase satisfecha. Era un chico joven, veintitantos, guapo y con un tremendo apetito sexual. Mandó a los chicos a estudiar a Irlanda para poder disfrutar de su nuevo amor, pero la “bomba sexual” quería más, y Carmen pronto se arrepintió de haberle metido en casa. No trabajaba, no contribuía a los gastos comunes, sino que se iba al gimnasio para estar en forma, y se limitaba a “mantenerla contenta” en la cama. No le ofrecía seguridad, ni protección. No la amaba, vivía de ella. No quería escuchar problemas de trabajo, ni dudas existenciales, ni nada. Sólo quería sexo, y ver sus necesidades cubiertas sin más esfuerzo. En menos de un año, Carmen le echó de casa.
            Las noches a solas se le hacían larguísimas. Echaba de menos la espalda de Juan contra su pecho en la cama, dándole calor. Añoraba su comprensión, su abrazo, su paciencia. Le faltaban sus piropos cuando se vestía, el “guapa” con que la obsequiaba cada día. Los chicos volvieron de Irlanda, y eran como dos desconocidos. Juan adujo una baja por depresión para reducir la pensión, y el dinero no le llegaba para todo, pero comenzó a darle igual, porque ya no le encontraba sentido a salir los fines de semana y se quedaba en casa viendo la televisión. La chica de la limpieza no dejaba las cosas a su gusto y la despidió: sus hijos no obedecieron cuando les ordenó arreglar sus habitaciones, y la amenazaron con irse a vivir a casa de su padre. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué nada funcionaba como debía? ¿No se suponía que quitando a Juan de en medio se solucionaría todo? ¿Por qué las cosas empeoraban en lugar de mejorar?
            Cuando Carmen se dio cuenta de que se había equivocado, ya no tenía remedio. Juan no quiso volver, los chicos crecieron y se independizaron, él dejó de pasarle la pensión, su jefe la despidió para contratar una enfermera más joven que cobrase menos y diese mejor imagen a la consulta, y ella se encontró cincuentona, sola, sin trabajo y con todas sus expectativas rotas. Y entonces, y solo entonces, se dio cuenta de que el fallo no estaba en los demás, sino en ella misma, y deseó volver atrás.

domingo, 20 de noviembre de 2011

CARLOS

            Los sábados de cursillo de natación me están enseñando algunas lecciones que no esperaba aprender. No me entendáis mal, sé que me moriré, con un poco de suerte, bastante vieja, y hasta ese día aprenderé algo. Lo que no esperaba es aprender cosas precisamente en ese lugar.
            La cafetería del centro deportivo está colocada en la segunda planta del edificio, y tiene una enorme cristalera que da a las piscinas, para que las mamás y los papás nos tomemos un café mientras los nenes aprenden el necesario y difícil arte de ser pececillos. Precisamente eso estoy haciendo ahora mismo, escribir mientras veo las evoluciones de mis dos vástagas en el agua desde esta atalaya privilegiada y cómoda. Escucho sin querer las conversaciones del resto de progenitores, no porque quiera, sino porque es imposible evitarlo, y oigo de todo: vanidades, profundidades, problemas, alegrías, triunfos, envidias, piropos, orgullos sanos e insanos, consejos, preguntas… un mundo entero en una cafetería que huele más a cloro que a café. Hoy no ha ocurrido nada destacable, pero la semana pasada, en esta misma mesa, experimenté la sensación de ser una mujer con una inmensa suerte.
            Hace siete días no podía escribir porque tenía muchas cosas en la cabeza que no me dejaban concentrarme. En la mesa de al lado, una mamá refería sus problemas con la pensión alimenticia de su ex-marido respecto al hijo común, el que estaba nadando, y las desconsideradas actitudes del padre, que primaba su gusto por jugar al pádel sobre el de ver nadar a su hijo y comprarle el equipo necesario para los cursillos. Yo, mientras tanto, pensaba en las dificultades de mi pequeña con las tablas de multiplicar, en los exámenes de la mayor, en la oferta de recibir (o no) formación plurilingüe en un instituto el año que viene, formación que otros niños de su edad han rechazado porque no quieren ser “unos frikis empollones”, sino que prefieren “integrarse con los demás” (o sea, desaprovechar su potencial) para no ser machacados por sus compañeros, desdeñando una oportunidad  que sólo se les ofrece a los mejores expedientes de cada colegio. En todo eso andaba yo pensando cuando entró Carlos.
            Es un niño de unos nueve o diez años, aunque sentado en su silla de ruedas me resulta difícil adivinar su edad. Una cara preciosa, unos ojos como faros. La boca abierta emite continuos gemidos. Va intubado y conectado a un respirador. No habla, lo hace con una computadora que maneja con unos pocos botones al alcance de sus manos. Su padre le pregunta: “¿Cuál es tu mejor amigo del colegio, Carlos?” Una voz electrónica, procedente del ordenador, responde por él: “Pau, Nacho, Ainoa, Raquel, Javier, Fernando, Oriol, Arnau, Meritxell, Francesc, Francesc, Francesc, Francesc, Francesc, Francesc”. ¿Qué debieron sentir esos padres que esperaban un niño cuando nació Carlos y se dieron cuenta de la vida que iba a tener? Sacarlo de casa, al parque o a dar un paseo, a tomar el sol o a acompañar a su hermana al cursillo de natación, resulta toda una odisea. Supongo que el resto de facetas de su vida diaria también estarán llenas de dificultades. Entubado, sondado, sin posibilidad de comunicarse si la batería del ordenador se agota… Sus gemidos, el único sonido que emite, llenan la cafetería. “¿Por qué Francesc es tu mejor amigo, Carlos?”, pregunta el padre. Carlos gime, parece que ríe. La voz electrónica vuelve a oírse: “Francesc. Divertido. Amigo. Jugar. Cantar. Necesito. Abrazo. Francesc. Amigo”. “Y mamá, Carlos. ¿Dónde está?” Y otra vez la voz del ordenador: “Mamá. Descanso. Guapa. Quiero. Peluquería. Dormir”. Y de nuevo, gemidos de Carlos, como una risa pausada. Matices casi imperceptibles del mismo sonido, el único que el niño conseguía articular.
            Volví la cara hacia la cristalera para que nadie viera que estaba a punto de echarme a llorar. Lo que a veces nos parecen problemas puede que no lo sean tanto. Cada vez que  algo me haga sentirme agobiada recordaré a ese niño y a sus padres. Eso es un ejemplo de cómo se afrontan los problemas. A su lado, todo lo demás parecen tonterías.

sábado, 19 de noviembre de 2011

EL SINDICATO

            Recuerdo perfectamente cuando ingresé en el Sindicato. Tenía catorce años. Yo no quería hacerlo tan pronto, pero no tuve más remedio. Este hecho fue incomprendido por mis compañeros de instituto: la mayoría aún no pertenecía a él. Yo, para mis adentros, aguantaba las burlas despiadadas de algunos, pensando: “ya caeréis, ya. No se tiene que librar ninguno de vosotros, y todos lo llevaréis peor que yo. Ceporros”.
            No tuve el mejor asesoramiento a la hora de incorporarme a mi nueva vida como sindicalista. Debía elegir algo que me acompañaría de forma muy visible durante varios años, tardaría mucho tiempo en poder cambiar, y el alto coste económico impediría corregir un error a corto plazo. Me empujaron a decidir mal, y mi equivocación supuso ser apodada “la Señorita Rottenmeier” durante cuatro cursos. En esas circunstancias el instituto puede convertirse en algo muy hostil. Quise abandonar el Sindicato para huir de las burlas, pero eso sólo agravó mi situación y aumentó mi necesidad de aferrarme a él. Ya no podía vivir fuera del Sindicato. Del Sindicato del Vidrio. Desde entonces, mis gafas y yo, yo y mis gafas, hemos sido uno.
            Aquella primera señora de bata blanca que me recomendó “llévate estas, son ideales, te quedan estupendas” hizo de mí una marginada. Qué distinto habría sido todo si hubiera encontrado antes a mi actual “Asesora Gafera de Cabecera”.
            Cuando conocí a mi costillo, a primera vista no me di cuenta de que era un “Sindicado Encubierto”. Que llevaba lentillas, vaya. Su miopía me hizo dejar de ver la mía, y sus increíbles ojitos azules, ya fuera con gafas, sin ellas, con lentillas, al natural o con colirios, me miraron con tanta intensidad que ya nunca más me ha importado llevar gafas. Y me llevó de la mano a conocer a un ángel, es decir, a una Mari Ángeles, que desde entonces (más de veinte años) ha sido nuestra “Asesora Gafera de Cabecera”. Hay que tener buen criterio para hacer que alguien se sienta cómodo y a gusto con las gafas, hasta el punto de dejar de sentirlas como algo ajeno, como una obligación molesta e impuesta por las circunstancias, y comenzar a verlas como algo inherente a nuestra imagen personal. Ella hace que pertenecer al Sindicato sea muchísimo más llevadero, y cada vez que la veo me doy cuenta de lo importante que es contar con un profesional que te atienda a la hora de decidir sobre algo que vas a llevar en mitad de la cara todo el día. Ni es fácil, ni es cualquier cosa.
            Ayer la mayor de mis vástagas se incorporó al Sindicato del Vidrio. Tiene once años, y no hubo dudas acerca de a quién teníamos que ir a buscar. Nuestra “Asesora Gafera de Cabecera”, Mari Ángeles, nos recibió con su preciosa sonrisa. Sólo puedo decir que mi princesuela entró a la óptica temblando, y salió casi dos horas después más contenta que unas Pascuas. Probándole monturas la hizo sentirse como la “Pretty Woman” probándose modelitos en una boutique de Rodeo Drive. Qué distinta habría sido mi adolescencia si hubiera podido contar con ella cuando yo me “sindiqué”.
            Hay cosas que no se le pueden confiar a cualquiera. Gracias por tu ayuda, Mari Ángeles. Y vete pensando en un modelo para mí, que pronto necesitaré gafas nuevas.

viernes, 18 de noviembre de 2011

RAZONAMIENTOS LÓGICOS

            Alfredo era una persona llena de peculiaridades. No se me ocurre otra manera de calificar a alguien como él. No se trataba precisamente de alguien sociable, ni culto, pero en ocasiones te planteaba algunos razonamientos que te dejaban tonto.
            Las cabras y ovejas de su rebaño, pues era pastor en un pueblo de Cuenca, eran su sustento. Con lo que fue ahorrando de su actividad se construyó una casa en la aldea, pero jamás la usó: él prefería estar con el ganado. Lo intentó, pero no se pudo acostumbrar a la cama, ni al olor a limpio, ni al frío de estar solo, y en pocos días regresó al redil, a dormir con los animales.
            Los encargados de varios bancos subían de tanto en tanto a buscarle para tratar de que colocase su dinero con ellos, pero se negó; continuaba guardando lo que sacaba de la venta de cada cabeza de ganado debajo de distintos ladrillos de la cuadra, porque sabía (aunque no entendía) que la suciedad de los animales ahuyentaba a los ladrones, y su presencia nocturna entre las ovejas era una total garantía de que nadie iba a ir a quitarle sus billetes. Dinero que, por otra parte, no le servía para nada. Vestía una americana y unos pantalones de paño, con camisas de cuadros y gruesos jerseys de punto para contrarrestar el frío invernal de la zona; compraba un equipo, se lo ponía y sólo lo cambiaba cuando se le caía de viejo. Entonces estrenaba ropa, que ya no se quitaba ni para dormir hasta que se le llenaba de agujeros. Se acostaba entre las ovejas, y olía como ellas. Se cortaba el pelo con la misma tijera de esquilar, aunque daba lo mismo, porque siempre llevaba boina. Comía verduras, frutas, huevos y queso de las distintas huertas y casas de sus vecinos, a los que pagaba con corderos, y sólo se bañaba, en la enorme bañera de la casa que no usaba, dos o tres veces al año o si tenía que ir al médico.
            Las convenciones sociales y las normas de comportamiento del resto de los mortales significaban para Alfredo tanto como los conceptos “prima de riesgo”, “burbuja inmobiliaria” o “crisis de mercados”, es decir, nada de nada. Con ir una vez al año a la ciudad a por cuchillas de afeitar, jabón y alguna cosa más, tenía de sobra. Fumaba si le dábamos puros de alguna boda, y si no, nada. ¿Para qué necesitaba comprar cosas todas las semanas? Carne, leche y grasa se la daban los animales, y lo demás se lo proporcionaban los vecinos por un precio justo: un cordero al mes por un pan diario le pagaba al hornero, un cabrito de vez en cuando a Pascual por dejarle coger tomates y lechugas del huerto… el trueque era la manera más lógica de funcionar. Si nos lo encontrábamos por el pueblo y se daba cuenta de que mi marido se había echado colonia, o after-shave, le daba la mano y se reía de él (“hueles a mujer”, decía).
            Un día nos preparó migas de pastor para almorzar, y mientras las comíamos junto a la lumbre nos dio por tirarle de la lengua. No era muy hablador, pero ese día conseguimos arrancarle varias frases impagables, animadas por el vino que habíamos bebido. Le preguntamos por la familia, y nos contestó que la de nacimiento le daba igual porque en los últimos veinticuatro años sólo habían ido una vez a verle su hermana y sus sobrinos; ella le había llamado gorrino, le había reñido por llevar las uñas sucias, por la boina, por la chaqueta, por no tener casa y vivir con las ovejas, por no ir a misa los domingos… y los sobrinos le habían preguntado dónde escondía el dinero, porque sabían que lo tenía y que no lo guardaba en el banco como las personas normales. “Por eso me hice la casa, para que mi hermana sepa que vivo con las cabras porque me da la gana, no porque no tenga otro sitio en donde vivir”. Su otra familia, los animales, no le había defraudado nunca. No se quejaban, le daban comida y calor, no le pedían explicaciones ni dineros… “son mejores que la mayoría de las personas”. De los bancos opinaba que eran como las garrapatas de las ovejas, y por eso no los quería ni ver. Y cuando le preguntamos si no habría querido tener una mujer e hijos, se echó a reír tan fuerte que el perro salió corriendo asustado. “Nooooooo… las mujeres sólo te quieren para que hagas lo que ellas dicen, te laves como ellas y les compres lavadoras y cosas que se enchufan. A mí no me hace falta de todo eso”. “Entonces, ¿qué pasará con tu casa y con los animales cuando te mueras, Alfredo?” le preguntó una de mis hijas desde sus inocentes seis años. “Eso ya os lo diré cuando toque”, murmuró. Y ya no habló más.
            El día que encontraron agonizando a Alfredo entre sus ovejas por un derrame cerebral, se avisó al juez. Por arte de magia, su hermana y sus sobrinos aparecieron, muy afligidos, a buscar lo que les correspondía por herencia. El alcalde los esperaba; después de la reunión con él, se marcharon muy enojados y no se les volvió a ver por el pueblo. Con el testamento de Alfredo en la mano, se entregó un cordero a cada uno de los vecinos para que celebrasen el fallecimiento de su paisano el pastor. La casa y el resto de animales fueron vendidos, igual que el corral, no sin antes recuperar varios millones de pesetas colocados bajo algunos ladrillos que él había señalado con detalle en su última voluntad.
Una ambulancia, un autobús y un tractor para uso de todos. Eso fue lo que se compró, por orden suya, con todo el dinero que había dejado. El autobús se usaba para llevar y traer los niños a la escuela del pueblo vecino, los jóvenes al instituto, las mujeres al mercado… La ambulancia evitaría tener que esperar a la de la ciudad, que habitualmente llegaba cuando ya no había remedio, y el tractor se prestaría para todo aquel que no dispusiera de él. Fue lo mejor que se le ocurrió para evitar que los que quedaban en el pueblo se marchasen.
            A veces pienso que, antes o después, muchos tendremos que volver a los pueblos, volver a la vida sencilla, al trueque, a tener gallinas y conejos en casa, un pequeño huerto y poco más. Quizá entonces los bancos y los políticos dejarán de tratarnos como a ganado y volveremos a ser personas. Yo ya he empezado a informarme de lo necesario para cultivar lechugas. Por si acaso.

jueves, 17 de noviembre de 2011

DOROTEA

            Siempre he pensado que el ser humano tiene una asombrosa capacidad de adaptación; somos capaces de acostumbrarnos casi a cualquier cosa. A vivir en la calle, a comer sólo vegetales, a bañarnos en agua fría incluso en invierno, a trabajar a doscientos kilómetros de casa, a la enfermedad, al dolor… Sorprende que haya gente que se acostumbre a vivir sin piernas, sin brazos, en una silla de ruedas. Sorprende que haya mujeres que sean capaces de dejar invadir su cuerpo por un extraño a cambio de dinero, pero hasta a eso se acostumbran. Hay niños que se habitúan al maltrato y lo ven normal, hay mayores que se habitúan a que manos mercenarias los cuiden con más cariño que los de su propia sangre. Sorprende, pero es la realidad.
            Cuando conocí a Dorotea ya rebasaba los sesenta años. Tenía una cierta deficiencia mental; hoy en día, con estimulación y una buena educación, habría podido vivir de forma independiente, incluso trabajar. Pero cuando ella nació y se manifestaron sus dificultades se la relegó a ser la eterna sirvienta de todos. Sus padres eran primos hermanos, cosa bastante habitual en los pueblos de montaña, donde la escasez de población y la dificultad de desplazarse se traducían con frecuencia en endogamia.
Dorotea se acostumbró desde niña a cuidar de la casa, de la ropa, de su padre enfermo. Jamás se casaría, era retrasada. ¿Quién le iba a dar trabajo, si era retrasada? Además, no sería nunca capaz de aprender nada que fuera medianamente complicado, era retrasada. No se le permitió ir al colegio, no sabía leer ni escribir, pero claro, era retrasada. Y ella lo sobrellevaba todo con una sonrisa. Lavaba la ropa en el río; los sabañones de sus manos eran grandes como nueces. Tenía la espalda torcida por el peso de los lebrillos llenos de ropa mojada que llevaba en la cabeza. Se acostumbró a no decir nunca a nada que no, fuera lo que fuera lo que se le pidiese.
Cuando su padre murió, su madre volvió a casarse. No tenía otro medio para sobrevivir y alimentarse que un nuevo marido; de todos modos, no le fue fácil porque quien la aceptara por esposa tendría que aceptar también a Dorotea, pero al fin encontró un viudo que necesitaba compañía, y se mudaron a su casa tras la ceremonia. Era una casa más grande, más trabajo para la muchacha, pero ella sonrió y aceptó a su nuevo padre con su alegría habitual. Aquel matrimonio duró once años, hasta que la madre de Dori murió. Ella quedó al cargo de su padrastro, su tutor legal de por vida. Contaba entonces treinta años; él rebasaba los sesenta.
Los servicios sociales se hicieron cargo de Dorotea cuando su padrastro falleció. Fueron treinta y un años de sirvienta sin sueldo aceptados sin rechistar; incluso llegó a quererle como a un padre, decía ella. Ingresó en una residencia, le dieron una habitación muy bonita. Uno de los internos del centro fue amable con ella y le acercó la silla en el comedor para que se sentase, la acompañó en la comida y le enseñó el jardín por la tarde. Y, cuando volvieron del paseo a la sala común, Dori le pidió que se aflojase los pantalones y se sentase en la butaca para “darte las gracias, como mi padre me ha enseñado que se le agradecen las cosas a los hombres que te cuidan y son amables contigo”. Al oírlo se me cayó de las manos la bandeja de los medicamentos que estaba a punto de repartir, me llevé a Dorotea a su habitación y avisé a la dirección del centro.
No se puso denuncia ninguna, ni nada parecido. El autor del delito había muerto, y no había nadie a quién culpar de treinta y un años de abusos a una disminuida psíquica. Ella no albergaba trauma ninguno, estaba acostumbrada, lo veía como algo normal. Tuvo que ser un psicólogo el que le enseñara que para agradecer las cosas una sonrisa y un simple “gracias” eran más que suficientes.   
A todo se llega a habituar uno, como os decía al principio de esta historia. Aunque nos parezca mentira, aunque nos sorprenda, nos indigne o nos asquee. Así es el ser humano.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

LOS CUADROS DE MI MADRE

            Mi madre es pintora. Jamás vendió un cuadro, pero cada uno de los lienzos que ha llenado con sus pinturas al óleo tiene un significado para mí. Son una especie de recordatorios de lo que ha ido pasando en mi vida, un álbum de láminas elaboradas con mimo que se asocian en mi memoria directamente con momentos vividos. El ver cada uno de esos cuadros significa volver atrás en el tiempo.
            Una gitana andaluza con claveles en el pelo, y una mujer de cabeza cubierta por una pañoleta anudada bajo su barbilla son mis primeros recuerdos, imágenes de la casa en que nací, de aquel pasillo largo y oscuro que conducía del salón a mi dormitorio. Esas dos láminas de papel grueso y carboncillo, enmarcadas en gris, suavizaban mi miedo a recorrer aquel tramo a solas. Las dibujó con diecisiete años, cuando comenzó a comprender que la pintura iba a acompañarla ya siempre. Esas dos muchachas grises me miraban desde su lugar en la pared, y me hacían pensar que quizá algún día yo fuera capaz de dibujar así de bien.
            El gallo de colores es otro de mis cuadros favoritos. Lo pintó partiendo de una litografía, pero el suyo quedó más bonito que el original. Recuerdo que me encantaba mirarlo cuando le daba el sol, porque los verdes y los naranjas que había empleado para pintarlo relucían alegres, y los destellos de cristal de roca de la lámpara lo llenaban de lucecitas brillantes, de manera que parecía casi una gran joya. También recuerdo el enfado de mi padre cuando Aventurera, mi periquita, volaba suelta por la sala y se subía al marco del gallo para picar el pan de oro. Aún están ahí las marcas de su pico.
            El poblado de los pescadores era mi “cuadro de estar enferma”. Lo pintó a paleta, sin pinceles. A mí nunca me gustó, pero era uno de los preferidos de ella, y lo tenía colocado en su habitación. Verlo me trae a la memoria las convalecencias de mis enfermedades infantiles en su cama, con aquel cuadro enfrente, las casitas, el mar, los barcos… no puedo evitar vincularlo a dolores, molestias, fiebres, puntos de sutura e inyecciones de aquellas que venía el practicante a ponerte a casa.
            Mi bodegón favorito lo asocio a unas navidades en Mallorca. Lo pintó aquel invierno, cuando nos tocó en un sorteo la cesta de navidad más fabulosa que jamás habíamos visto: el primer huevo de chocolate que me comí en mi vida iba en aquella cesta. El lote fue como un gorrino: de él se aprovechó todo. La canasta de mimbre se convirtió en macetero, el celofán forró el interior de varios cajones en los armarios de casa, los grandes florones de cinta sintética fueron convenientemente desmontados, y los lazos enrollados; sirvieron para envolver y adornar regalos durante años. Las botellas de licor acompañaron muchas comidas y cenas con amigos, y los frascos de cristal, una vez vacíos, sirvieron para envasar mermeladas caseras en años sucesivos. La bota roja de Papá Noel llena de huevos de chocolate contuvo lápices de colores hasta que se cayó de vieja, y los comestibles, turrones, espárragos y demás se convirtieron en combustible para las carnes crecientes de los tres niños de la casa. Por eso, cada vez que miro el bodegón que pintaba esa temporada, no veo la jarra, ni la cazuela de cobre, ni las naranjas, ni las cerezas, sino que veo una enorme cesta navideña que fue como un baúl de los tesoros a mis ojos infantiles.
            Podría contaros un montón de cosas más relacionadas con el jarrón de rosas, con la cacharrera, o con cualquier otra de sus obras, pero no quiero aburriros. Me quedo con la bolillera gallega que me pintó cuando compramos nuestro primer piso (“para que no olvides a tu madre”, me dijo. Como si a una madre se la pudiese olvidar), que me recibe y me despide cada vez que entro y salgo.
            Cuando voy a ver a mi madre nunca saco los álbumes de fotos. Me basta con pasear por las habitaciones de su casa e ir contemplando los cuadros que cuelgan de sus paredes para ver con claridad los primeros veintitantos años de mi vida. En esas pinturas hay mucho más que gitanas, pescadores, flores o cacharros. En esos lienzos están sus manos, sus preocupaciones, mis primeros pasos, las risas de mi hermano, los besos de mi padre, los veranos ociosos y los inviernos duros de mi León natal, la melena oscura de mi hermana, mis paperas…
            Yo no sé dibujar, nunca he sabido. Espero que mis hijas, cuando sean mayores, puedan echar mano de mis cuentos para guardar con ellos la memoria de su niñez.