sábado, 31 de diciembre de 2011

LA FIESTA DE FIN DE AÑO

            Rafael había pasado un año horrible. Le habían despedido de su trabajo, había tenido que dejar su piso porque no podía pagar el alquiler, y no le había quedado más remedio que volver a casa con sus padres. Por un lado estaba encantado porque su madre le mimaba mucho y comía mejor que cuando estaba solo, pero añoraba su independencia. Además, desde que Laura le había dejado diez meses atrás no había vuelto a salir con nadie, y echaba de menos la sensación de estar enamorado.
            De no ser por la insistencia de sus amigos, la noche de fin de año se habría quedado en casa. Las cenas y cotillones en los restaurantes salían carísimos, y no se podía permitir ya ciertos lujos, al menos mientras no encontrase un trabajo nuevo, y eso no parecía fácil tal como estaban las cosas. Pero se empeñaron tanto que no pudo negarse, así que cepilló su traje y se vistió. La fiesta se celebraba en un salón muy elegante de la ciudad.
            La cena estuvo muy bien. Cada uno de sus amigos trajo a su pareja y a otra persona más, y a él le colocaron junto a una chica muy simpática, gordita y con el pelo lleno de graciosos rizos. Pasaron el rato contando chistes, y el vino comenzó a hacer efecto. Rafael decidió que, ya que había salido y había hecho el gasto, se lo iba a pasar lo mejor posible. Brindó siete u ocho veces con la chica de los rizos, y a los postres estaban los dos ya bastante achispados.
            Bailaron largo rato antes de las uvas. La orquesta no estaba mal, hacía calor y todos tenían la risa floja instalada en la cara. Se arrimó demasiado al bailar una salsa, y la chica de los rizos se puso algo tensa, a Rafael le tocó disculparse, ya se sabe, el alcohol que desinhibe… siguieron bailando, eso sí, guardando las distancias. Los camareros distribuyeron bolsitas de celofán con las uvas, se acercaba la hora. La hora de liquidar un año malo, la hora de desear que todo mejorase. Quería trabajo, quería enamorarse, quería empezar de nuevo en todo, ¿y qué mejor momento para hacerlo que el primer instante del año entrante? El cantante de la orquesta indicó a todos los asistentes que echaran algo de oro en la copa de cava, para tener más suerte en el año nuevo. Él no llevaba nada. ¿Y si se quedaba sin suerte? Pensó en pedirle a la chica de los rizos que le prestara una de sus sortijas, pero no se atrevía después del incidente de la salsa. Ella sonreía, tenía unos graciosos coloretes en las mejillas y le brillaban los ojos. Le adivinó el pensamiento, y se quitó del dedo un solitario con una aguamarina. Rafael le devolvió la sonrisa.
            Comenzaron a sonar las campanadas, y como solía pasarle, Rafael se atragantó con la tercera uva, le entró la risa con la cuarta y no fue capaz de llegar a la sexta a tiempo. Curiosamente, la chica de los rizos también se atragantó, y terminaron los dos muertos de risa. Brindaron, apuraron las copas de cava, y Rafael no se dio cuenta de que la sortija prestada resbalaba por la copa hasta sus labios, casi se la traga. Ella, sin dejar de reír, le tiró de la corbata para que se acercara, le quitó el solitario de entre los labios y se lo puso de nuevo en el dedo. Sintió ganas de besarla, pero se contuvo. Ya había metido la pata demasiadas veces en una sola noche.
            La fiesta se alargó hasta el amanecer; después del chocolate con churros se despidieron con un par de besos en las mejillas y quedaron en llamarse para salir otro día. Rafael se fue andando a casa, y por el camino sonrió y pensó que quizá su suerte había empezado ya a cambiar, y que iba a pelear para que este fuera definitivamente su año. En cuanto encontrase un trabajo, se apuntaría a bailes de salón, así podría llevar a bailar a la chica de rizos sin quedar como un imbécil. Que por cierto, ¿le había preguntado el nombre? ¡Uf, qué desastre de galán! También tendría que mejorar eso…

viernes, 30 de diciembre de 2011

LA COMETA DE GABRIEL

            Una de las actividades favoritas de Gabriel era construir cometas con su padre y salir a volarlas los fines de semana. Las hacían con cañas que cortaban cerca del río, junto a su pueblo, y usaban cualquier plástico, trozo de tela, papel de seda y en general cualquier material que se prestase a ello y le cayese en las manos. Después, el sábado por la mañana, cogían el coche y se iban los dos, padre e hijo, a la playa en invierno, o a alguna explanada en verano, a probarlas.
            Llevaban haciéndolo desde que Gabi tenía tres años, y ahora que estaba a punto de cumplir once, ya tenían la técnica muy depurada. Habían conseguido construir algunas cometas excepcionales, y ya sabían qué tipo de materiales daban los mejores resultados para días de viento, o de brisa suave. Las cometas de playa no funcionaban igual de bien en el campo, debían ser distintas, y tener diferentes tipos de cola dependiendo del lugar en que fueran a volar. Padre e hijo compartían su afición con verdadero placer, porque eso hacía que pasaran mucho tiempo juntos. El vínculo de cariño, complicidad y confianza que se creó entre ellos a lo largo de los años era algo precioso.
            La semana en que construyeron la mejor cometa de todas hacía bastante viento. La probaron en la playa, y voló tan alto que casi se les perdía de vista. Gabi miró a su padre, y pensó una vez más que era el mejor padre del mundo. Al llegar a casa guardaron la súper-cometa en el garaje para salir de nuevo a volarla la semana siguiente, pero ya no hubo oportunidad.
            Era martes por la tarde cuando vinieron a buscar a su madre. Un accidente de tráfico tuvo la culpa de que la infancia de Gabriel se rompiera en pedazos de repente, como una mala cometa hecha con papel se rompe al recibir una ráfaga de viento fuerte.
            Durante días, el niño sólo salió de su habitación para ir al colegio. Nunca se le había ocurrido pensar que algún día fuera a faltarle su padre, el mejor amigo que había tenido nunca. Ya no habría más cometas, jamás volvería a construir ninguna ni a elevarla al viento, no sin él. Ni su madre, ni sus abuelos, ni nadie conseguía sacarle de su perenne tristeza. Ya no era un niño, era una sombra. A pesar de que el psicólogo insistía en que debía recuperar la normalidad cuanto antes, él se negaba. Pasaron varios meses, llegó el verano y después el otoño, y Gabriel seguía esperando a despertarse de su pesadilla.
            Cuando cumplió los doce años, su madre le compró una cometa acrobática, pero se echó a llorar al verla, y no fue capaz siquiera de sacarla de la caja. Katia, la hija del dueño de la juguetería, le vio entrar en la tienda para devolverla, y le preguntó si estaba defectuosa: no podía entender que devolviese un juguete tan genial. A ella también le encantaban las cometas, tenía una igual y hacía maravillas volándola en la playa. Incluso iba a las competiciones de acrobacias. Gabriel se echó a llorar de nuevo y salió corriendo de la tienda. Él no quería ninguna cometa nueva. Él quería que volviera su padre, quería verse a su lado de nuevo, con un carrete de hilo de nylon en la mano y mirando al cielo para seguir el rastro de alguna de sus cometas caseras, que eran estupendas porque las hacía con él, aunque no fuesen técnicamente perfectas.
            Katia fue varias veces a visitar a Gabriel a su casa, pero no consiguió que la acompañase a la playa hasta que un día se le ocurrió una idea: le pidió que le enseñase la cometa del garaje, la última que hicieron padre e hijo juntos. Cuando la tuvo entre las manos, tomó unas tijeras y le cortó la cola; luego le dio un rollo de papel pinocho al niño, y le propuso hacer trocitos con él para convertirlos en pequeñas pajaritas. Confeccionarían una nueva cola con ellas, más larga y mejor. Pero antes de doblar los papeles, le pidió que escribiese en ellos todo lo que le gustaría haberle dicho a su padre y no tuvo tiempo.
            Gabriel tardó cuatro días en terminar todos los mensajes que necesitaba enviar a su padre, y con cada uno de ellos fue descargando su pena, el dolor, la añoranza, la frustración, la rabia, y todos los sentimientos que guardaba dentro y que le impedían recuperar la alegría. Después, él y Katia fueron atando los papelitos a la cola de la cometa.
            El primer sábado de viento fueron a la playa juntos. Hacía sol, y soplaba una brisa estupenda para volar cometas. Conteniendo el llanto, Gabriel sacó la suya del coche. Iba a hablar por última vez con su padre, a decirle lo mucho que le quería, lo mucho que le iba a echar de menos siempre, pero también que necesitaba volver a ser el niño de antes para poder continuar creciendo, aunque fuese sin él. Y también para decirle que estaba equivocado, que no traicionaba su recuerdo volviendo a volar cometas, sino que mantenía vivo lo que habían sido juntos. Todo eso iba escrito en los papeles de colores que formaban la nueva cola.
            Fue fácil elevarla, el viento era bueno. Gabriel le iba dando hilo mientras Katia le miraba sin decir nada. Cuando ya la cometa se les perdía de vista en el cielo, el niño sacó una pequeña navaja del bolsillo y cortó la cuerda. Y mientras volvían a casa se puso a pensar cómo sería la próxima cometa que iba a construir, y qué mensaje pondría en ella para que su padre lo recibiese.

jueves, 29 de diciembre de 2011

EL DUELO CONTRA LA ANGUILA

            Como regalo para su familia, la Escultora decidió modelar una anguila de mazapán que pudieran compartir en Navidad. Sabía que iba a tener que invertir mucho tiempo y trabajo en aquel regalo, pero estaba segura de que todos, de los más grandes a los más chicos, iban a disfrutar como no lo habían hecho en años.
            Durante el otoño recolectó la almendra. Su marido, el Profesor, dejó su lectura para librar los frutos de sus cáscaras, y una tarde entera de martillo después, los dejó en un cesto de la cocina. La Escultora entonces escaldó el resultado para quitarle la última piel, y encendió el horno para tostarlo.
            Al día siguiente molió toda la almendra, la mezcló con la miel, las yemas de huevo, el almíbar y la vainilla, modeló una gran anguila, y se echó a la boca un trocito de la masa sobrante. Su gesto se nubló al instante: algunas almendras amargas se habían colado en la mezcla, y el mazapán amargaba. Casi se echó a llorar. ¡Cuánto trabajo perdido! Enfadada y triste tiró a la basura toda su labor. La Escultora comenzó a pensar en otro postre para la cena de Nochebuena. El Profesor no sabía qué decirle para consolarla, pocas veces la había visto tan contrariada. Resultado: Anguila 1 – Escultora 0.
            Lo consultó con la almohada, y durante la noche su parte gallega, perseverante como la lluvia del norte, se alió con su parte leonesa, testaruda y llena de coraje, y entre las dos la empujaron a comenzar de nuevo. No cambiaría sus planes. Por la mañana temprano compró la almendra, pues ya no le daba tiempo a recolectarla de nuevo, la peló, la tostó y la molió. La probó, por si acaso. Ni rastro de sabor amargo.
 Modeló una nueva anguila tras volver a añadir almíbar, vainilla, huevos… Después le dio una fuente con nueces al Profesor para que fuera abriéndolas, las picó junto con las frutas escarchadas, fue al mercado a por miel artesanal de azahar y cabello de ángel y rellenó el mazapán. Modeló la cabeza, los ojos, la lengua y las aletas, dibujó las escamas en el cuerpo del animal, lo pintó todo con huevo batido y, por fin, metió al horno su trabajo. Junto al bicho colocó la masa sobrante para cocerla también y tener un trozo de mazapán con que ir entreteniendo las sobremesas en los días que faltaban para Nochebuena. Un día entero invertido, pero sólo imaginar la cara de los nietos cuando vieran el resultado la aliviaba del cansancio. Al terminar, el Profesor cortó un trocito del mazapán sobrante, y la cara le cambió de color: no sabía cómo decirle a la Escultora que también sabía amargo. ¿Qué podía haber pasado?
“Déjalo estar, comeremos turrón, mujer”. Ella sentía tanta rabia que ni siquiera podía llorar. Probó uno a uno los restos de todos los ingredientes. Los huevos estaban sanos, la almendra también. El cabello de ángel, delicioso. La miel, delicada y dulce. Las nueces, perfectas, igual que las frutas escarchadas. El azúcar molido con vainilla resultó ser el culpable: a pesar de que la fecha era correcta, el producto estaba en mal estado. La Escultora y el Profesor se fueron a dormir tristes y decepcionados. Anguila 2 – Escultora 0.
Aquella noche, alrededor de la cama la Escultora, se congregaron las mujeres de la familia que la precedieron: voluntariosas y valientes mujeres gallegas y leonesas que trabajaron duro en la casa, en el molino, en el horno, en la cocina, en la cuadra, y le dijeron: ¿te vas a rendir? ¿Qué hubiera pasado si nosotras también nos hubiéramos rendido? No fue eso lo que te enseñamos. Descansa hoy, y mañana por la mañana levántate y pelea. ¡Pelea!
            Con las primeras luces la Escultora fue al mercado. Más miel, más almendra, más frutas, más nueces, más huevos… Cambió de proveedor para el azúcar con vainilla, probó todo antes de empezar a trabajar, y con un empacho de dulzura y todo su coraje en los brazos, amasó de nuevo con la ayuda del Profesor. Picó, tostó, modeló, pintó, rellenó y encendió el horno.
            Hacía años que no probábamos un mazapán tan bueno. Sabe a tradición y a familia, pero también al valor y la perseverancia de mi madre. Jamás comeré nada igual, estoy segura. Mamá 4 – Anguila 2. El duelo, al fin, lo ganó ella.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

UNA CAPA NUEVA

            La fabricante de cuentos se despertó temprano aquella mañana, y sintió un intenso frío. El invierno había caído con toda su crudeza, y el calendario le añadía ese mismo día un año más a sus huesos. No paraba de llover, las nubes grises lo cubrían todo, y en vez de flores no encontraba más que hojas muertas en su camino. Necesitaba una capa nueva con que abrigarse, pero no sabía cómo iba a hacer para conseguirla, porque a alguien como ella, que componía su vida de inventar historias para los demás, no le valía cualquier capa, necesitaba una demasiado especial como para poder comprarla con dinero.
            Se acurrucó bajo la manta de su cama, pero tiritaba de tal forma que resolvió levantarse para no quedarse congelada. Mientras se preparaba el desayuno, la fabricante de cuentos hilaba ideas con que escribir una historia nueva, pero tenía demasiado frío como para pensar con claridad. Unos tímidos toquecillos en su puerta anunciaron la llegada del primer trozo de tela. El mensajero venía del sur; era un retal luminoso y colorido, con lunares de gitana que sonaban a guitarra, palmas y alegría. Aún estaba acariciando el tejido cuando llegó el siguiente trozo. Del norte vino una tela roja y blanca, llena de recuerdos de camaradería y música, cosida en los extremos con las cuerdas de un laúd.
            La fabricante de cuentos se puso a pensar, a imaginar, a revivir, y de pronto llegó un tercer mensajero. Este procedía de una tierra lejana, y el retal que traía, blanco, azul y amarillo, venía lleno de ternura y cuajado de pájaros bordados: ruiseñores, canarios, alondras, jilgueros y verderones lo llenaban todo, y dejaron el aire poblado de notas musicales suspendidas, que caían lentamente sobre ella como una nevada. Sin tiempo a reaccionar, otro mensajero llegó con un retalito pequeño del color de la sobrasada mallorquina, y le inundó la cocina con el olor de los juegos infantiles, de los disfraces y las playas mediterráneas.
            Se quedó un rato sentada en su casa, con la puerta abierta porque no dejaban de llegar los emisarios que traían más trocitos de tela. Los iban dejando sobre su regazo, y se llevaban como propina un “gracias” y una sonrisa, esos bienes tan escasos y tan difíciles de encontrar en los tiempos que corren. De ultramar llegó una tela celeste que traía un sol bordado, y otra de color verde con un águila poderosa. Decidió ponerlas juntas, para que sol y ave se dieran fuerza mutuamente, y recibió un nuevo retal, a cuadros rojos y negros, como los cachirulos maños, con un demonio cojo bordado en un extremo. Pero no era una figura amenazadora, todo lo contrario: sonreía guiñando uno de sus ojos.
            Del interior del país llegó un nuevo trozo, con siete estrellas en el centro, y cuatro figuras en sus cuatro esquinas: un pensamiento cubierto de rocío, un león, un ramito de rosas y un violín. Le pareció tan bonita la combinación que casi la hizo llorar. Pero sin tiempo de buscar pañuelos para las lágrimas que querían salir, otro mensajero vino con un pedazo de tela hecha de diminutos retalillos cosidos entre sí, de todos los colores y estampados imaginables; en el centro traía un libro bordado. Aquello era más que una tela, era una fuerza compuesta por muchas miradas inquietas y curiosas.
            La fabricante de cuentos no había llegado a encender la estufa, y fuera seguía lloviendo, pero ya no sentía frío. Al contrario, un agradable calor llenaba la casa, y pronto advirtió que provenía de las telas, que se iban amontonando sobre su regazo y a su alrededor, y que no paraban de llegar. Un muchacho con acento alemán trajo un trocito de tejido de algodón; en él un laurel lucía sus hojas desafiando al invierno. Otro trozo más venía en las manos de caras amigas, vecinas, próximas. Un nuevo retal llegó con acento de sardana; el tacto le resultaba muy familiar, y mientras trataba de averiguar a qué le recordaba, recibió otra tela, bordada en plata con una torre de Hércules, y otra más, con un poema prendido en ella.
            Pasó todo el día sentada en la cocina de su casa, sin hacer otra cosa que admirar los tejidos, los bordados y los estampados de todos los retales que le habían ido trayendo los distintos emisarios. ¿Qué podía hacer con todas aquellas telas? ¿Cómo conseguir que el agradable calor que desprendían no se perdiera?
            La fabricante de cuentos sacó un carrete del hilo con el que se hacen las historias, lo enhebró en la aguja de su imaginación, y poniéndose un dedal de mármol rosa para no pincharse el dedo, se puso a coser. Unió uno por uno todos los trozos de tela que tenía, y cuando terminó, con ayuda de sus tijeras de transformar realidades en fantasías cortó las piezas precisas para una capa. Una capa a su medida, que la cubriese entera, la protegiese del frío y la mantuviese siempre llena de emociones hermosas. A punto de sonar las doce de la noche en el reloj de cuco terminó su trabajo. Era la capa más colorida, alegre y original que había visto nunca. Se envolvió en ella, y al instante supo que ese manto de cariño que había recibido por su cumpleaños era el mejor y más cálido regalo que jamás habría podido soñar, y que envuelta en él ya no volvería a pasar frío nunca más.
            La humilde hacedora de historias salió al jardín con su capa nueva, y una nube de luciérnagas vino a rodearla. Habló un rato con ellas, las besó a todas, y las envió volando hacia los cuatro puntos cardinales, para que llevasen su agradecimiento en forma de luz a todos los que aquel día  habían sonreído al acordarse de ella. 

martes, 27 de diciembre de 2011

CÓMO NACE UN PÁJARO

            Había pasado mala noche. A las cuatro de la madrugada apagué el aire acondicionado porque me dolía la tripa. Tenía revisión con la matrona, estaba a cuatro días de salir de cuentas, pero me encontraba bien. Él se fue a trabajar muy temprano, y yo me encaminé hacia el centro de salud. La matrona me echó un vistazo. Las molestias nocturnas la dejaron intranquila, así que me hizo un volante para que me viesen en el hospital. Una monitorización estaría bien para controlar cómo iba todo.
            No pasé por casa. Llevaba únicamente el monedero, las llaves y mi carpeta con los papeles del tocólogo, pero sólo iba a monitores, así que decidí no entrar, no valía la pena. Era agosto, el calor se hacía insoportable, y cualquier esfuerzo con semejante panzón me costaba el doble. Cogí un taxi. El conductor se asustó, pensó que iba a mancharle la tapicería, y me eché unas risas a costa de su cara de pánico. Jamás lo admitiré en público, pero pensé que era un imbécil.
            Una vez en el hospital, pasé directamente a ser reconocida. La tocóloga jefe del servicio se presentó con tres estudiantes de obstetricia. De alguna manera tienen que aprender, pero digo yo que en grupos más reducidos sería mejor. Pasé por las manos de los cuatro, asistí a la discusión “yo diría que dos centímetros y medio, yo diría que tres, yo diría…”. Yo no dije nada. Me encontraba bien. Pregunté por los monitores, y me dijeron que antes iban a mirarme el líquido amniótico. Nueva exploración, linterna y cuatro pares de ojos escrutando mi interior por vía vaginal. “Señora, está usted de parto. Ingresamos ya. Buena suerte”. De parto. ¿Cómo que de parto? No podía ser, me encontraba bien, mi marido estaba fuera y mis padres también. Imposible, pensaba yo.
            En la sala de espera, mientras aguardaba una cama, tuve casi tres horas para charlar con un montón de mujeres. Una de ellas había hecho la preparación al parto conmigo. Era una chica de metro cincuenta, pero su marido medía dos metros, y el niño pesaba ya más de cuatro kilos. Inviable el parto natural, esperaba cama para la cesárea programada. Otra mujer, una dominicana casada con un setentón con dinero, se había hecho una in vitro para darle hijos. De los cinco que inicialmente llevaba, había ido perdiendo uno tras otro. Estaba de seis meses, y el único que le quedaba amenazaba con desprenderse. Luego supe que no habían podido salvarlo. Mientras esperaba a ser atendida, no echaba de menos estar con su marido, sino tener a su madre cerca. Y estaba enfadada porque le habían dicho que debía quitarse todas las pulseras, anillos y gargantillas de oro que llevaba puestas por si había que entrar a quirófano. Me espantó escuchar sus quejas.
            Cuando me llamaron para subir a planta se extrañaron de que estuviera sola, y caminando tan feliz. Total, a mí no me dolía nada, y seguía sin creerme que estaba de parto. Me puse el camisón y me monitorizaron por fin. El gráfico revelaba contracciones, pero yo no las sentía. Conseguí llamar a mi marido. “No corras, tengo para rato”, le dije. Y de pronto, comencé a sentir el dolor. Me trajeron la comida, pero ya no quise tocarla. Ahora sí que la cosa iba en serio.
            Entre dolor y dolor pensé: soy una mujer normal. Mi bebé está sano, yo también. Mi cuerpo está bien formado, y cuenta con la experiencia de millones de años en los que las hembras de mi especie han parido y no les ha pasado nada, así que si ellas pudieron, yo también puedo. Las contracciones eran soportables. Respiraba, respiraba, respiraba, y después anotaba la duración y el intervalo entre unas y otras. Por fin llegó él, pálido y sudoroso. Le tranquilicé: vete a comer, dúchate, coge la maleta y vuelve. Tranquilo, tengo para rato.
            Caminé por el pasillo durante una hora. Paraba y me apoyaba en la pared cuando se presentaba una contracción. Cada vez eran más seguidas. Me acosté. Vino una auxiliar con una Gillette para despejarme por fuera y una botella de suero para limpiarme por dentro. Ya iba a bajar a dilatación. Cuatro centímetros y medio. Entre cuatro y seis horas para coronar, teniendo en cuenta que era primeriza. Las ocho y cuarto de la tarde.
            Le echaron fuera. Por lo visto, éramos tantas mujeres dando a luz que no cabíamos. Por eso me aparcaron en un pasillo entre dos paritorios. En uno oía esfuerzo y ánimos. En el otro, una chica, casi una niña, gritaba. Yo no me asusté. Sabía lo que tenía que hacer, sabía lo que me estaba pasando. Rompí aguas, pero no había nadie para atenderme. Por fin me pasaron a una sala, me aparcaron y me olvidaron. El gotero de oxitocina hacía su efecto, y las contracciones eran contínuas e intensas. Seguía sola. Sentí ganas de empujar, y ni epidural ni leches. Grité, necesitaba ayuda. Vino una matrona malhumorada, cansada y protestona. Me llamó escandalosa, pero cuando levantó la sábana y vio el pelo del bebé asomando cambió de color y era ella la que gritaba llamando a un celador: o me encontraban un paritorio libre o tendría que ayudarme a parir en la cama.
            Tres cuartos de hora después de bajar a dilatación ya estaba empujando. Lo hacía conscientemente, dueña de mí, de cada uno de mis dolores y cada uno de mis movimientos, sintiendo cada centímetro de mi cuerpo que se abría para que la cabeza del bebé pudiera salir de mi interior. Relajada, tranquila y poderosa, era yo y nadie más quien estaba dando lugar a la vida. Descansaba, respiraba y volvía a la carga. Sin llantos, sin gritos, con mi esfuerzo, sabedora de que aquello dependía de mí y sólo de mí, empujé con los ojos abiertos, los sentidos alerta, haciendo caso a mi instinto y al de los millones y millones de mujeres que lo hicieron así antes que yo. La cabeza estaba fuera. Mi marido no hablaba, yo le tranquilizaba a él. No te preocupes, estoy perfecta. Allá voy otra vez.
            Dos vueltas de cordón estrangulaban a mi niña; ¡¡Para, para, no empujes ahora!!! Aguanté la contracción para que pudieran liberar su cuello. ¡¡Empuja!! Un esfuerzo más, un hombro. Respiré. Otro empujón. Noté su cuerpo mojado resbalar fuera de mí, y oí su llanto. Amoratada y sucia, pero respirando con vigor, mi pájaro, nuestra Paloma, había nacido. No hubo más llanto que el suyo, ni más gritos que el de su llegada a la vida. No fui valiente. Sólo fui mujer.
            Después de coser mi episiotomía, de valorar y limpiar a la criatura y de dármela envuelta en una sábana, salí del paritorio. Eran poco más de las nueve y media de la noche. En el de al lado, la misma chica de varias horas antes seguía gritando: “¡No puedo, no puedo!”. Me dio pena. “Sí puedes”, pensé. “No grites, no te lamentes. Sólo relájate y hazlo”.
            Ayer escuché en las noticias que una gran parte de las mujeres que se quedan embarazadas sienten y manifiestan un pánico insuperable al parto. Supongo que es producto de la cultura en la que vivimos, en la que para cualquier molestia ya nos medicamos. No estamos acostumbrados a soportar nada, y mucho menos el dolor. No somos capaces de admitir que, racionales o no, somos ante todo animales, y como tales debemos comportarnos en algunas ocasiones, entre otras, en el momento de parir. Parir, sí, sin eufemismos, como “dar a luz”, “alumbrar” o similares. Las hembras parimos, y hasta que no asumamos esa realidad plenamente no dejaremos de necesitar epidurales, cesáreas y demás. Los médicos están para ayudarnos cuando nuestra naturaleza se equivoca, y no para sustituirla. Pensadlo, informáos y sed conscientes de que vuestro cuerpo está hecho para eso, que no vais a morir, que el dolor en ocasiones ayuda a la vida. Sólo en algunos casos intervenir es necesario, y no en la mayoría, como ocurre ahora.
            Mi pájaro tiene hoy once años, pero no olvidaré nunca el día en que ella me convirtió en madre a la vez que yo la convertí en Paloma. Ese día, más que ninguno, fui consciente de mi poder como mujer.

lunes, 26 de diciembre de 2011

EL POETA

            Le encontré hace pocos meses. Nunca había conocido a un poeta, y me sorprendió. Me sorprendió su melena castaña, su voz tenue sin pretensiones, la sinceridad de su gesto. Sus ojos reflejaban una edad que no presentaba su cuerpo, una juventud física extraña en alguien que mostraba una vida interior tan intensa en sus poemas.
            El poeta destapó durante unos minutos la esquina izquierda de su alma compleja, desgranando palabras frente al micrófono del local en el que nos reunimos en ocasiones, y recuerdo que me dio escalofríos el aluvión de sentimientos que había volcado en unas pocas frases. Quise, necesité, hablar con él, preguntarle, conocer. ¿Cómo se hace para construir versos así? ¿Cómo se consigue hacer que quien te escucha sienta, viva, vuele, respire lo que tú has escrito? Sus ojos marrones miraron extrañados mi madurez, como si le estuviera preguntando algo obvio. Pero yo insistí, porque soy prosista, escribo cuentos, historias, y no versos. Trato con mis palabras de emocionar, de explicar, de que quien me lee entienda lo que yo vi, o lo que imaginé, y se haga una idea precisa de lo que trato de transmitir, pero no poseo la gracia del verso. Se me resiste, y no porque no lo haya intentado, sino porque la fuente de mis ideas no es capaz de manar otra cosa que relatos. Cortos, largos, pero relatos, no poemas.
            El poeta me contó su secreto: él hace canciones, y luego las desnuda de su traje musical hasta dejarlas con la piel viva y vibrante a la vista de todos. Por eso sus poemas tienen ritmo, por eso poseen vida propia y cuando los escuchas tu propio corazón adquiere la misma cadencia. Tan natural como respirar, tan sencillo como cerrar los ojos y dejar que lo que estás escuchando te invada, te susurre y te haga sentir vivo.
            Iván, el poeta- músico, tomó un sorbo de su vaso, agitó descuidadamente su melena de león castaño de fiereza dormida, y me preguntó: ¿cómo puedo hacer para que lo que escribo llegue a más personas? ¿Vale la pena? Yo le contesté que un trabajo artístico, poético, literario o de cualquier otra índole que se queda guardado en un cajón es una inmensa energía que se pierde, y que siempre vale la pena tratar de mostrárselo al mundo. Nunca sabemos si eso llegará a muchos, o sólo a un puñado de personas, pero con que una sola de ellas sienta que se le pone la carne de gallina mientras lee, el autor ya ha triunfado.
            El dinero no lo es todo. Ayuda, desde luego, pero no lo es todo. Por eso vuelvo a repetirte, joven poeta, que no te calles, que uses cualquier medio que esté a tu alcance para que a más personas se les erice el vello escuchando tus gemidos rotos. Cuando un poema traspasa el medio en el que se mueve, sea el papel, la pantalla del ordenador, o el aire entre tú y nosotros, y hace sentir, ya es mucho más que un poema. Es una realidad. Y sí, claro que sí, vale la pena. No dudes de ti, y publica. El camino es difícil y está lleno de obstáculos, pero siempre es mejor intentarlo que dejar morir lo que llevamos dentro.
            Me gustaría que pudiérais conocer a Iván, el poeta, el músico, el joven inquieto de vida interior bullente e intensa. Y ninguna manera mejor de conocerle que a través de sus poemas. Tal vez sus versos den a algunas almas dormidas la oportunidad de despertar por fin.

domingo, 25 de diciembre de 2011

CARTA A PAPÁ NOEL

            Querido Papá Noel:
            Este año he sido un niño muy bueno. Casi no he desobedecido a mi mamá, y sólo he hecho enfadar a mi papá un par de veces… o seis. Tampoco le he puesto la cabeza loca al abuelito y le he dejado descansar a la hora de las siestas, y no he pedido chucherías a la abuelita todos los días. Solamente algunos.
            Te tengo que decir que en el colegio también me he portado lo mejor que he podido, ya no llamo gafotas a Rebeca como hacía el año pasado, y tampoco me he pegado con ningún otro niño. Bueno, sí, una vez, pero fue en defensa propia, te lo prometo. A Javier le han puesto aparato en los dientes, y aunque creo que parece Robocop no se lo he dicho porque sé que eso estaría mal. Mi maestra está muy contenta conmigo, ya no tiene que reñirme todo el rato y he dejado de ser “su pesadilla”, como me decía antes.
            En casa hago la cama todos los días, ya no me escondo para no lavarme los dientes, vacío mi papelera y cuando me ducho intento no dejar el baño como un bebedero de patos, así que mamá está contenta y me da muchos besos. A veces se pone un poco pesada, pero no se lo digo. Creo que antes me quería mucho, pero ahora me quiere más porque ya no soy como “el demonio de Tasmania”, que arrasa todo a su paso.
            Mi hermana Ángela tampoco te va a hablar mal de mí este año, porque ya no le quito dinero de la hucha, ni le fisgo el móvil para ver los mensajes de sus amigas y burlarme de ella. También he dejado de esconderle sus calcetines favoritos, y aunque sé que lleva sujetador no la hago llorar llamándola “tetas de vaca”.
            Antes pensaba que todas esas cosas que hacía eran divertidas, pero desde que las navidades pasadas me dejaste sólo un juguete por haber sido tan malo (que encima era un puzzle que no te había pedido y que no me gustó), he recapacitado, y me he pasado el año entero esforzándome por ser bueno. Pero no te escribo para pedirte un montón de juguetes como premio, sino para que no hagas el viaje hasta aquí por mí, porque ya no hace falta: ayer, al pasar junto a un contenedor de basura con mi papá, vimos una caja que se movía, y dentro había tres cachorros de perrito, todos de color negro. Eran muy pequeños, tenían los ojitos cerrados, y temblaban mucho porque tenían frío. El veterinario se ha quedado con dos para intentar que alguien los adopte, y me han dejado que me quede con el tercero. No sé de qué raza es, ni lo grande que se va a hacer, ni cómo será de mayor. Lo único que sé es que es mío, y como es el mejor regalo del mundo, ¿para qué quiero que me traigas tú nada más?
            Si pasas por aquí cerca, asómate si quieres para verlo, te va a gustar mucho. Y los juguetes que me pensabas dejar a mí bajo el árbol, llévaselos a otros niños. Seguro que les encantarán.
            Muchas gracias por todo y que tengas una feliz Navidad, querido Papá Noel. Un besito.
            Raúl. (Y “Trasto”)

sábado, 24 de diciembre de 2011

GAMBONES A LA SAL

         Para hacer unos buenos gambones a la sal que animen nuestra cena de Nochebuena hacen falta los siguientes ingredientes:
-          Un marido cariñoso.
-          Un coche que ande.
-          Paciencia.
-          Algo de tiempo.
-          Un horno decente.
-          Dinero. Afortunadamente, no mucho. No está la economía para platos caros.
-          Ganas de celebrar algo con los demás, aunque sea la suerte de no estar solos y contar con gente que nos quiere.
Preparación:
            Paso 1:           Se pide al marido cariñoso que nos acompañe al supermercado. Es importante que sea cariñoso, porque atreverse a ir al supermercado los días inmediatamente anteriores a Navidad es una dura prueba para el matrimonio. Hacen falta grandes dosis de buen humor para no desesperarse.
            Paso 2:           Se coge el coche y se conduce hasta el establecimiento comercial elegido. Se adereza esto con una buena cantidad de paciencia a la hora de dar vueltas intentando aparcar.
            Paso 3:           Se compran uno o dos kilos de gambones de oferta, y cinco kilos de sal para hornear. Y una botella de buen cava, a ser posible nacional (no es que el francés esté malo, pero hay que promocionar el producto patrio).
            Paso 4:                       Se vuelve a casa en el coche y se besa al marido para agradecerle la colaboración. Se enciende el horno a 250 ºC durante media hora.
            Paso 5:                       Se ponen en la bandeja del horno dos dedos de sal, se colocan los gambones sin amontonar, uno junto a otro, y luego se cubren con otros dos dedos de sal.
            Paso 6:           Se mete la bandeja en el horno durante veinte minutos. Al término de ese plazo, se saca y se deja enfriar. Luego se desentierran los gambones de la sal y se colocan con cariño en una fuente. Se toma una un poco de tiempo en adornarlos y dejar el plato lo más bonito y navideño posible.
            Paso 7:           Se acompañan de la salsa que más nos guste: coktail, mahonesa, alioli, tabasco…
            Paso 8:           Se disfrutan en la cena de Nochebuena junto a toda la familia, añadiendo para completar el plato montañas de amor, risas, chistes, bromas, villancicos, recuerdos, anécdotas y todo lo que se nos ocurra que pueda hacer felices a los que nos rodean. Se riega abundantemente con copas de cava bien frío para brindar.
            Paso 9:                       Se desea a todos los que estáis leyendo esta receta una Nochebuena y una Navidad feliz, entrañable y todo lo bonita y familiar que sea posible.
Esta humilde cuentista, desde su relato diario, os envía a todos un abrazo cálido con hojas de acebo, pandereta y botella de anís. Feliz, feliz, feliz Navidad.

viernes, 23 de diciembre de 2011

EL MEJOR REGALO

            Era viernes por la tarde. Julio terminó de trabajar en su fábrica, felicitó las fiestas a todos los compañeros y se fue a casa. Violeta le esperaba con los niños preparados y la maleta hecha para volver al pueblo a pasar las fiestas con la familia. Todos iban con el ánimo alegre, aunque bastante cansados por la larga semana de trabajo y por los últimos exámenes del colegio. Hacía mucho frío y les esperaban unas cuantas horas de coche. Llegarían cuando ya fuera noche cerrada, pero el día de Nochebuena amanecerían ya en casa de los abuelos.
            Los niños se durmieron nada más arrancar. Violeta y Julio se miraron, y después de un considerable atasco consiguieron salir de la ciudad. Una vez en la autovía, Julio comenzó a sentir sueño. Los ojos se le cerraban. El calorcillo de la calefacción y la música se aliaron con las pocas horas que había dormido, y le vencían. Violeta se dio cuenta y le hizo parar. Ella cogió el volante, y Julio pudo echar un par de horas de siesta incómoda, pero efectiva. Pararon a merendar, y despertaron a los niños. Eran las seis, y ya casi no había luz en el cielo.
            En torno a las siete comenzó a nevar, y Violeta sintió miedo. No se encontraba segura al volante en aquellas condiciones, y se lo dijo a Julio. Él la tranquilizó y ocupó de nuevo el asiento del conductor. Le pidió que durmiera un poco, pero ella no habría podido hacerlo. La nevada arreciaba, era ya noche cerrada y aún tenían para, al menos, cuatro horas de coche. Las ruedas patinaron, pero Julio mantuvo el control.
            Sobre las ocho y media paró de nevar, el cielo se despejó y comenzó la helada. El termómetro exterior del coche marcaba los tres bajo cero. De seguir así se formarían placas de hielo, y no había ni rastro del camión quita-nieves con su dispensador de sal. Ahora era Julio el intranquilo, pero no dijo nada por no preocuparla a ella. Con suerte llegarían al pueblo antes de que comenzaran los problemas.
            Tomó la siguiente curva más despacio de lo habitual. Un conejo cruzó corriendo por delante del coche, y dio un frenazo instintivo para no atropellarlo. Perdió el control del vehículo por un momento, dos ruedas se salieron de la calzada, pero por fortuna aún pudo hacerse con la dirección y regresar a la carretera. El disco de villancicos seguía cantando alegre por los altavoces, pero los niños habían enmudecido y Violeta se había quedado pálida. Apagó la música, muy nervioso, tratando de recuperar el control de sí mismo como había hecho con el de su coche, pero las imágenes que habían pasado por su cabeza en el instante en que se salían de la carretera se lo impidieron: el coche dando vueltas de campana, los niños gritando mientras se golpeaban contra las ventanillas, el cuerpo amado de Violeta aplastado y sangrando, y él viéndolo todo lleno de impotencia, sin poder ayudar a su familia. La imagen del accidente que nunca ocurrió se apoderó de él y tuvo que arrimarse al arcén, poner las luces de avería y parar. Temblaba violentamente, incapaz de dominar sus nervios.
            Después de unos minutos que se hicieron interminables, se dio la vuelta. Los niños le miraban asustados, mientras Violeta recomponía su semblante para infundirles a todos un poco de tranquilidad. No se podían quedar allí, tenían que continuar su camino. Pero, ¿a costa de qué? ¿Tan importante era llegar como para arriesgar la vida intentándolo? Definitivamente no. Julio trasteó en el navegador: diez kilómetros hasta la salida de la autovía que daba acceso al pueblo más próximo. La pareja se miró, y ella asintió con la cabeza.
            “¿Mamá? Sí, estamos todos bien. Nada, mamá, que hay mucha nieve y está helando. Creo que es mejor que durmamos por el camino. No, no te preocupes. Claro que sí, llegaremos a comer. Ya, ya lo sé, nosotros también tenemos muchas ganas de veros. Precisamente por eso vamos a parar. Sí, también nosotros os queremos mucho. Buenas noches, dale un beso a papá y dile que esté tranquilo. Claro, mamá. Lo tendremos. Un beso grande”.
            Violeta colgó el teléfono y abrazó a Julio después de acostar a los niños en la habitación del hostal que habían encontrado cerca de la carretera. El precio del alojamiento era barato, comparándolo con el precio que habían estado a punto de pagar por intentar llegar al pueblo en aquellas condiciones. Al día siguiente saldrían con luz del día, la máquina ya habría pasado quitando la nieve y salando el camino para deshacer el hielo, y con toda la mañana por delante para hacer los escasos doscientos kilómetros restantes el viaje sería mucho más sencillo y tranquilo.
            Si vais a viajar para pasar estos días con la familia, por favor, tened cuidado. El mejor regalo que trae la Navidad sois vosotros. Felices días a todos.

jueves, 22 de diciembre de 2011

FESTIVALES NAVIDEÑOS

            Asistir a este tipo de eventos me pone un poco nerviosa. Más que nada porque lo habitual es que la gente que va a ver los festivales infantiles navideños no calle más que en el momento que sale su niño, lo cual estropea el trabajo de los chavales y de sus profesores. A estas cosas se tendría que ir con el mismo respeto que cuando uno va a ver a una orquesta sinfónica de a sesenta euros la entrada, porque subirse a un escenario a hacer lo que sea ya merece que a uno le escuchen en silencio. Pero bueno, me armé de paciencia y por contentar a mis vastaguillas allá que me fui.
            Como yo ya preveía, el auditorio estaba lleno. Y bastante alborotado. Puntuales como relojes, a las once de la mañana se abrió el telón para los niños de tres años. Veinte enanitos vestidos de rojo salen al escenario; aproximadamente un sesenta por ciento se quedan congelados ante el público, y ni se menean en toda la actuación. La música suena, tres o cuatro bailan con gracia, otros intentan seguir el ritmo sin éxito, una se echa a llorar como una Magdalena y el resto permanecen clavados en el sitio sin mover un músculo. Los vídeos graban, los flashes centellean, las mamás y los abuelitos aplauden, se cierra el telón.
            En ese momento se va la luz. Diez minutos de espera mientras se arregla la avería. A mi alrededor se desarrollan media docena de conversaciones distintas, a cuál menos interesante. La luz vuelve, pero la del escenario no funciona. Nos tragamos un disco entero de villancicos en inglés que apenas se abren camino entre el jaleo de la gente: “mira, esa es la chiquilla de Fulanito, cómo ha crecido”, o “fíjate, ha venido Sotano a ver la función, qué poca vergüenza, después de que no le pasa la pensión a la madre del chiquillo…” En fin, crónicas de un pueblo.
            Se abre el telón y salen los niños de cuatro años: de blanco y vaquero, gorritos de Papá Noël, riquísimos. Pero cantan sin cantearse del sitio. Eso si, uno grita efusivamente saludando a su madre a media canción: “¡¡¡¡Mami, mami, holaaaaaaa!!!!!” De segundo plato, una en inglés. Con ayuda de CD, of course. ¡Ah! Tenía truco: esta sólo la bailan. Claro, es que cantar como Mariah Carey con cuatro añitos es la mar de complicado. Eso sí, están para verlos, todos haciendo la conga por el escenario, pata p’acá, pata p’allá. Muy graciosos. Estas edades es lo que tienen. Lo mejor, con diferencia, la maestra a pie de pista realizando las coreografías para guiarles. Se cae el teatro de los aplausos. Dos de los nenes, mellicitos, son alumnos míos del jardín musical. Lo confieso, se me cae la babilla.
            Llegan los de cinco años. El telón se atasca. Cosas del directo. Siete más de mis niños sobre las tablas. A estos les hace más gracia el público que la canción que tienen que cantar. Uno de ellos parece John Travolta bailando, eso sí, la poesía se la saben de maravilla. Me encanta ver que la más tímida de mis chicas le va poniendo morro y va perdiendo la vergüenza.
            Seis años. Unos padres se van, otros llegan. El trasiego es incesante, la puerta no para. La pareja de presentadores merece capítulo aparte: él está que se sale, más animado que una cumbia caribeña, y ella derrocha tanta alegría como un calabacín. En el escenario, un poco más de lo mismo: canción navideña y niños con gorrito rojo bailando como posesos. El que siempre va a destiempo es otro de mis alumnos. Va a haber que trabajar muuuuuucho ese sentido del ritmo. Después, dos cursos juntos. Cuarenta y pico chavales, armados todos con pandereta. La golpean con tanta saña que no se oye lo que cantan. Eso sí, ruido han hecho un rato. Han sido los únicos que han conseguido disimular el gallinero del patio de butacas. Un lado y otro del grupo van con la letra cambiada, no sé cuál de los dos extremos va mal, se organiza un guirigay de espanto, pero las panderetas no paran, dale que te pego, chinpún, chinpún, chinpún. Hale, y ahora otra en inglés. Curiosamente, esta ha ido mucho mejor.
            Llega uno de los momentos estelares de la mañana: la clase de mi gordita pequeña. En inglés también. El maestro de la lengua de Shakespeare se ha pegado un curro de impresión, por lo que parece. Ojo a la cancioncita: “I want a Hipopotamus for Christmas”. Quiero un hipopótamo para Navidad. Porque… ¿qué regalo será más apropiado para estas fechas que un hermoso hipopótamo? ¿Qué se fumaría el compositor de la cancioncita? Digo yo que eso, muy normal, muy normal, no es. Mi niña, cómo no, inmensa. La mejor de todos, qué va a decir su madre. Que tiene la gracia por arrobas. A su lado hay uno de segundo que baila hip-hop que se las pela, ole el salero. En el medio del escenario hay un niño sentado en una silla; pobre, se rompió la pierna y no puede bailar, pero ahí está, cantando como un campeón.
            Dos abuelas que han entrado a media canción y no se aclaraban para sentarse me han estropeado el vídeo. Pacieeeeeencia.
            Me salto varios cursos con más de lo mismo y nada destacable hasta llegar a los de sexto, en cuyas filas milita mi vástaga mayor. Los once años de ahora son los catorce de antes. Están todos pre-adolescentes perdidos, llenos de granos y con reparos que antes no tenían. A medida que han ido desfilando los cursos por el escenario, el desparpajo ha ido disminuyendo en la misma medida que aumentaba la edad, hasta ser sustituido por una aplastante vergüenza que ata y limita cada cosa que hacen porque “me están mirando, y si hago el ridículo delante de todo el pueblo estaré socialmente muerto”. Eso sí, la más alta, la más guapa y la mejor, como siempre, la mía. Lo mismito mismito que han pensado las otras madres respecto a los suyos.
            El año que viene ya sólo vendré a ver a su hermana, y cuando se lo digo me contesta: “menos mal, mamá, porque estos festivales son un rollo”. Un rollo. Me quedo recordando su ilusión cuando hizo el primero, con tres años y el traje de pastorcita, luciendo su mejor sonrisa y aporreando una pandereta. Supongo que dentro de poco yo también seré “un rollo”, y ya no querrá venir conmigo a ningún sitio. Dios, qué pena da que crezcan.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

RAMBO

            A una pareja de recién casados le pasan muchas cosas en la cama. Pero una de las peores es que en ella se meta un tercero. A nosotros nos ocurrió, y superarlo fue de todo menos fácil.
            Un día de invierno fuimos al campo a coger olivas; la parcela era de mi suegro, y toda la familia estaba implicada en el trabajo. Volvimos a casa ya de noche, molidos, hechos polvo. Fatal. Nos fuimos a dormir sin más trámite que un casto beso de buenas noches, no estaban los cuerpos para líos, y cuando amanecimos nos dimos cuenta de que no habíamos dormido solos. Aparte de llenos de agujetas, estábamos cosidos a picaduras de pulga.
            Mi costillo se fue a trabajar más muerto que vivo, y con la molestia de las picaduras para acabar de rematar. Yo, en cuanto me quedé sola, comencé la cacería. Levanté la cama, pero no la encontré. Lavé con agua caliente las sábanas, subí las mantas a la terraza y las sacudí a conciencia, pasé la aspiradora por la habitación y luego fregué el suelo. Por la noche nos fuimos a dormir con recelo, y con el pijama de cuello alto abrochado hasta las orejas, pero confiando en que el intruso hubiera muerto en la lavadora, o pegado al mocho.
            Por la mañana comprobamos que no había sido así: la pulga seguía con nosotros, y se había despachado a gusto toda la noche. Maldiciendo por lo bajinis, me armé de toda la artillería pesada que tenía en casa y volví a la carga: sábanas fuera, vuelta al aspirador, y además pasé la vaporeta al colchón por los dos lados. Esta vez seguro que la maldita pulga había muerto.
            Cuando amaneció, la muy puñetera debía estar a reventar de sangre robada, porque nos puso finos otra vez. Terminábamos antes untándonos de crema de arriba abajo que poniendo sólo en las picaduras. Pero yo no iba a dejar que pudiera conmigo: volví a vaporizar el colchón, a lavar las sábanas, fregué toda la habitación con lejía, lavé las cortinas, y luego rocié el insecticida más fuerte que había en la droguería del barrio, cerré a cal y canto y tapé las rendijas de la puerta con papel adhesivo. No tenía escapatoria.
            Por lo visto, el bicho del demonio llevaba máscara anti-gas, porque por la noche se volvió a dar el lote a costa de nuestros cuerpos serranos; a mi costillo lo tuve que llevar a que le pincharan un tratamiento para que dejase de ser un botijo y volviese a tener la apariencia del hombre con el que me casé, y a mí me podía la impotencia de que algo tan enano me estuviese ganando la partida de esa manera tan vil. Cerramos la habitación y nos fuimos a dormir al cuarto de los invitados, cada uno en una camita, a ver si en un par de días o tres la pulga se moría de hambre allí sola, sin víctimas a su alcance.
            El sábado por la noche vinieron a cenar mis cuñados y sobrinas, y se morían de risa oyéndonos contar las aventuras de “Rambo”, que es el nombre que le pusimos al insecto. Les conté cómo la había acorralado (primera parte), vaporizado (segunda parte), gaseado (tercera parte), y de cómo estábamos tratando de rendirla por asedio. Vamos, fue la juerga padre imaginar a la pulga con melena a lo Stallone, con la máscara anti-gas, su mochila, sus cartucheras, y gritando “no me siento las patas, no me siento las patas, esto es un infierno…” Pero los que estaban bien jorobados por culpa del bichejo éramos nosotros.
            No pudimos más. Esa misma noche volvimos a nuestra cama, y dijimos: “Que sea lo que Dios quiera”. Pero Rambo ya no estaba. Por la mañana nos levantamos sin picaduras nuevas, y nos abrazamos contentos de que al fin hubiera muerto.
            Mientras estaba poniendo la mesa para la cena, llamó mi cuñada, y en cuanto oí su voz le dije, toda contenta: “Rambo ha muerto”, a lo que ella me contestó: “nooooooo, se vino con nosotros a casa, se nos ha metido en la cama y nos ha puesto a los dos las piernas como dos trajes de flamenca”.
            Ya sé que no hay que reírse de los males ajenos, pero no pude evitarlo. Mi costillo y yo abrimos una botella de cava y después nos fuimos a dormir.

martes, 20 de diciembre de 2011

OTRA DE ANÉCDOTAS GERIÁTRICAS

            Entre las muchas y variadas cosas que me ocurrieron durante mis años como auxiliar geriátrica en una residencia, hoy he escogido una acorde con las fechas navideñas en las que estamos ya inmersos.
            Jesús era un hombre delgado. Caminaba encorvado, como si siempre llevase a la espalda un enorme peso. Hacía ya varios años que había perdido la capacidad de hablar, y casi siempre estaba solo, sentado en su habitación, mirando la tele. Era viudo, y su único hijo vivía en Estados Unidos; en los casi tres años que anduve por allí nunca le vi.
            Era uno de los internos que cenaba en el primer turno, porque solía irse temprano a dormir. Creo que se aburría mucho, pero era imposible darle conversación, así que poco podía hacer yo. Me inspiraba mucha ternura aquel hombre. Casi solamente le veía sonreír si le daba un beso, así que le daba muchos cuando entraba y salía de turno, como si fuera mi abuelo. También era uno de los que se acercaba a la puerta de la cocina cuando, después de las comidas, lavaba los platos, vasos y cubiertos de los internos para dejarlo todo recogido. Era una tarea que podía llevarme más de una hora, y solía hacerla cantando; a veces me sorprendía al darme la vuelta y encontrar cuatro o cinco espectadores allí, y los besaba a todos antes de mandarlos a dormir.
            Una tarde navideña, ya cerca de Reyes, les puse la cena a los “tempraneros”, y a los no diabéticos les coloqué un platito con dos porciones de turrón, una figurita de mazapán y un polvorón. Jesús comenzó su sopa sin esperar a que yo le pusiera el babero y se manchó todo; le reñí como a un niño, y agachó la cabeza un poco triste. Yo seguí sirviendo mesas y atendiéndolos a todos, pelando frutas, dando pastillas, poniendo cafés con leche… en fin, lo habitual. Tardé en darme cuenta de que Jesús se estaba ahogando. Se había metido el polvorón a la boca todo entero, intentó tragarlo y se le atascó; cuando lo vi ya estaba de un color granate horroroso. Le golpeé en el pecho, y nada. No podía ponerle boca abajo yo sola, le metí los dedos en la garganta tratando de deshacer el polvorón, pero no podía. Al fin le puse de pie, me coloqué a su espalda, me cogí las dos manos cerradas sobre su diafragma y le di cuatro apretones que sentí que le iba a romper algo, pero era lo único que podía hacer. El maldito polvorón salió de su boca y cayó al suelo. Lo senté, le sequé las lágrimas y los mocos, le di un vaso de agua mientras el pobre recuperaba el color y el resuello, y me inflé a darle besos. El alivio que sentí en ese momento fue inmenso, creí que se me moría, y sólo podía pensar en que lo último que había recibido de mí había sido una riña por mancharse el jersey con la sopa. No me lo habría podido perdonar a mí misma nunca.
            Cuando se levantó de la mesa para irse a dormir hizo algo que nunca había hecho: se quedó de pie en medio del comedor, mirándome, y abrió los brazos. Me estaba pidiendo que lo abrazase. Lo hice, por supuesto, con suavidad para no lastimarle después de los meneos que le había dado un rato antes. Y él sonrió… y me pellizcó una teta.
            No pude reñirle y me eché a reír.

lunes, 19 de diciembre de 2011

LA FUENTE DE LA FELICIDAD

            Desde que era un comino, Luis había soñado con encontrar la Fuente de la Felicidad. Pensó que, si conseguía hallarla, todo el mundo conseguiría ser feliz y los problemas y conflictos del mundo dejarían de existir.
            A medida que iba creciendo y madurando, se iba dando cuenta de que su sueño no iba a ser nunca del todo posible, dada la variadísima naturaleza de los problemas que aquejan a las personas mayores. Problemas con difíciles soluciones que seguramente ninguna fuente, por milagrosa que fuera, conseguiría arreglar. Cuando no eran temas de dinero, eran de salud, o familiares, o de pareja, o accidentes, guerras… Pero aun así quería intentarlo, aunque no se le ocurría cómo. Pronto advirtió que en las farmacias existían remedios para muchas cosas, así que resolvió hacerse farmacéutico. Tal vez así consiguiera encontrar la Fuente de la Felicidad.
            Luis fue uno de los estudiantes más brillantes que recuerda la Facultad de Farmacia. Sacó la carrera a curso por año, con unas notas de escándalo, y todo movido por su afán personal de experimentar con cualquier cosa que le pudiera llevar a descubrir la ansiada Fuente de la Felicidad, el medicamento prodigioso que convirtiese a todos en personas felices. Pero no iba a ser fácil, porque ¿qué sustancia que no fuera una droga hacía que alguien sin trabajo y a punto de perder su casa fuese feliz, aunque sólo fuese por un rato? ¿Qué clase de compuesto químico se podía inventar para curar la vejez? ¿Y la envidia? ¿Qué pastilla podía crear que hiciese feliz a alguien que acaba de perder un ser querido? Cuantos más experimentos hacía, más frustrado se sentía, y a medida que iban pasando los años, su carácter se fue amargando bajo la sombra del fracaso. A pesar de todos sus esfuerzos, su empeño era del todo imposible, de modo que abandonó su meta y se limitó a una vida programada y carente de objetivos. La Fuente de la Felicidad no existía, y ya está. Punto.
            Años después, Luis se casó con una chica estupenda. Se querían mucho, y la casualidad quiso que, durante un viaje de fin de semana, en un hotel de la costa, descubrieran un  invento muy curioso. Les gustó la idea, y se regalaron una réplica del aparato en pequeñito para su aniversario de boda. Era una fuente de chocolate, de esas que se emplean para mojar trozos de fruta y nubes de azúcar. Como Luis era muy goloso, estaba encantado con su fuente. La utilizaban cada vez que alguien iba a su casa a merendar, o como postre en las cenas con los amigos, con la familia… Poco a poco, Luis se fue dando cuenta de que, cuando la fuente salía a la mesa, en todas las caras se dibujaba una sonrisa. Que él mismo, cuando la preparaba para usarla, ya lo hacía sonriendo, pensando en el buen rato que iban a pasar mojando fruta en el dulce y chorreante chocolate. Nunca había discusiones cuando la fuente hacía resbalar su contenido marrón oscuro, solamente risas, bromas y buen humor. Por un momento, quien trataba de pinchar un trozo de plátano o manzana en el palillo para sumergirlo en el chocolate caliente, olvidaba el paro, o la enfermedad, o la tristeza, o lo que fuese, y sonreía. Hasta el abuelo, con su Párkinson avanzado y sus muchos años, se reía con sólo ver a los niños de la casa felices, con las caras manchadas y metiendo los dedos bajo el chorro dulce.
            Hay un refrán que dice que a veces para encontrar una cosa hay que dejar de buscarla. Eso fue lo que le pasó a Luis: cuando dejó de perseguir la Fuente de la Felicidad, ella le encontró a él. Y es que la Fuente de la Felicidad no es más que una fuente de chocolate rodeada de cariño y de rostros queridos.

domingo, 18 de diciembre de 2011

SESENTA OSITOS

            Hoy le he dicho adiós a un gran amigo. Ya hace tiempo que lo veía venir, no podía resistir mucho más, estas cosas a veces son así, pero aún sabiendo lo que tenía que pasar, no he llegado a aceptarlo de verdad hasta que al fin ha ocurrido. En el momento en que he constatado que ya no estará más conmigo, me he sentado en la cama que tantas noches hemos compartido, lo he acurrucado contra mi pecho y me he puesto a recordar.
            Se llamaba “Sesenta-ositos”, y era un pijama estupendo. Fue un regalo de Navidad que me hicieron mi hermano Nando y mi hermana Sol hace la friolera de doce años. Como todas las prendas elegidas por Sol era bonito y estiloso a más no poder, con su cuello de pico, su corte recto y cómodo, su calidad de buen algodón y el ribete granate acabado en un lacito en el escote, y con sus sesenta simpáticos y navideños ositos de peluche repartidos por la casaca y el pantalón. Recuerdo que nosotros aquella Navidad regalamos a la familia la noticia de nuestro primer embarazo.
            No os podéis imaginar la cantidad de sueños que ha conocido ese pijama, las noches plácidas en que agradecía su comodidad, y las noches “guerreras” de llanto infantil y legañas en las que bendecía su calor cuando me tocaba saltar de la cama y hacer kilómetros de pasillo acunando cólicos de lactante. Recuerdo cómo se entretenían mis vastaguillas cuando no abultaban un metro contando ositos, sobre mi regazo una y abrazada a mis rodillas la otra, alargando así la hora de irse a la cama.
            “Sesenta-ositos” significaba muchas cosas. Significaba “ya llegó el invierno” cuando me veían sacarlo del cajón en el que veraneaba. También significaba “tarde de domingo” cuando me lo ponía después de comer para estar cómoda y calentita en casa. Era sinónimo de noches cálidas, de ternura y abrazos, de sábados por la mañana remoloneando, de arrumacos, de charlas a oscuras a media noche, de biberones de madrugada, de gripes empotrada en el colchón por la fiebre y de batallas de almohadas, de furtivas visitas de los Reyes Magos y del Ratoncito Pérez…
            Me ha dado mucha pena ir viendo su deterioro, pero a pesar de los remiendos que lo iban llenando, me resistía a dejar de usarlo; hoy ya ha sido imposible salvarlo, la cinturilla se ha roto, la goma se ha salido, y los agujeros ya son tan grandes y la tela está tan pasada que no ha resistido la aguja y el hilo, y se me deshacía entre las manos. Cuando he dejado de luchar y lo he dado por perdido, sus sesenta ositos me han mirado y, sonriendo, me han dicho “adiós” con sus bracitos de trapo sin mano.
            Ninguno de los otros pijamas que tengo me sienta bien. Uno me tira de la sisa cuando me doy la vuelta en la cama. Otro tiene el pantalón más incómodo del mundo mundial. Del otro se me suben las perneras cuando me muevo y me deja las canillas al aire… echo muchísimo de menos a “Sesenta-ositos”, voy a tardar en encontrar a otro que sea tan buen compañero de cama como él.
            Nunca te olvidaré, amigo, por abrigar y acompañar estos casi doce inviernos de mi vida en los que mi cintura ensanchó y estrechó, mi pecho amamantó y mi regazo acunó, y mis sueños y mi realidad nocturna pasaron de ser sólo míos a tener múltiples usuarios. Hasta siempre, compañero. Has sido un gran pijama.