domingo, 1 de enero de 2012

DEJAR DE FUMAR

            Todos los años desde hacía ya muchos, en la lista de propósitos para el año nuevo de Sofía se repetían los mismos conceptos: de este no pasa, voy a dejar de fumar. Y me apuntaré a un gimnasio y me pondré en forma, tengo que adelgazar. Y además voy a aprender inglés para poder viajar por el mundo y desenvolverme sin problemas. Cada Nochevieja se lo prometía a sí misma, se lo proponía firmemente, y todos los años lo incumplía. Seguía sin encontrar tiempo para ello, siempre había un montón de cosas más urgentes que hacer.
            Aquel año, después de las uvas, Sofía volvió a plantearse los mismos retos, sin saber que en los doce meses menos un día que faltaban para las uvas siguientes los iba a cumplir de verdad, aunque no por los motivos que ella imaginaba.
            La fiesta de Nochevieja estaba siendo genial, la más divertida de todas las que recordaba. Se lo estaba pasando en grande, la música era estupenda y le acababan de presentar a un chico guapísimo que no se cansaba de bailar. Era canadiense, o eso le había dicho, pero hablaba un correctísimo español; las copas iban cayendo una tras otra, el ambiente se fue desmadrando y al final, sin saber muy bien cómo, acabó lanzándose a sus brazos.
            Se despertaron por la tarde del día siguiente. No era su costumbre terminar en la habitación de un hotel con un casi desconocido, pero bueno, era adulta y libre, así que tampoco pasaba nada, ¿no? Se despidió de Jason, el canadiense, con una dirección de correo electrónico en el bolsillo, los zapatos de tacón en la mano y la intención de no contactar con él. Era guapo y le gustaba, pero Canadá estaba demasiado lejos como para plantearse nada más allá de la noche loca que habían compartido.
            De camino a casa se fumó un cigarrillo, y pensó que cuando se le acabase ese paquete de tabaco no debería comprar otro, y que al día siguiente iba a acercarse al gimnasio de su barrio para formalizar la matrícula. Lo del inglés… bueno, ya lo pensaría en febrero. Tampoco había por qué hacerlo todo de golpe, tenía un año por delante para buscar academia. Aunque, pensándolo bien, aún quedaba por disfrutar la fiesta de Reyes, así que lo de adelgazar y lo del gimnasio era preferible plantearlo a partir del día siete, ¿no? Antes de subir a casa lo pensó mejor, y entró al bar de debajo de su casa a por tabaco.
            El día en que el primer cigarrillo de la mañana le dio asco y ganas de vomitar supo que algo no iba bien. Pensaba que eso de los embarazos no planificados sólo les ocurría a las adolescentes, ella ya tenía treinta y siete años, y creía recordar que con Jason había tomado precauciones, aunque no estaba segura de si fue todo el tiempo o no… ¡malditos gin-tonics! Buscó la arrugada hoja de agenda en la que él le había apuntado su correo electrónico, pero luego decidió no decirle nada de momento. Para empezar, y antes de tomar ninguna decisión precipitada, tiró el tabaco a la basura y rompió la hoja de inscripción del gimnasio.
            Sofía valoró su situación: no tenía pareja, pero sí trabajo estable. Con el tema económico resuelto era más sencillo decidir. ¿Quería tener un hijo? Y sobre todo, ¿se veía capaz de tenerlo sola? Era algo que tenía que pensar con calma. ¿Pero qué era lo que tenía que pensar? Ya venía en camino, deshacerse de él no era una opción. Lo único que debía decidir era si comunicárselo al canadiense o no.
            A lo largo de los siguientes meses escribió varios e-mails a Jason, pero no le dijo lo del bebé. No sabía cómo iba a reaccionar él, y no sabía tampoco si quería compartir a su hijo con él. Prácticamente no le conocía de nada, ni siquiera tenía la certeza de que fuera soltero, y mucho menos de que quisiera ser padre. De todos modos, se apuntó a una academia para aprender inglés. Por si necesitaba viajar a Canadá.
            El embarazo de Sofía estaba ya entrando en su último trimestre cuando Jason se presentó en Madrid y quiso verla. Con eso no contaba, ¿qué iba a decirle? Él  esperaba encontrar la chica divertida que conoció en Nochevieja, no una mujer embarazadísima. Pero por otro lado, ¿tenía derecho a negarle el saber que iba a tener un hijo? Al fin, decidió quedar con él.
            La Nochevieja siguiente la pasó en Canadá, en casa de los padres de Jason. La pequeña India tenía tres meses y estaba preciosa, y sus abuelos paternos se morían por conocerla. La empresa de Jason le había concedido el traslado a Madrid por motivos familiares, y a pesar de que habían comenzado la relación por el final, no les había sido difícil enamorarse. Sofía se apuntó al gimnasio para recuperarse después del parto, su inglés había mejorado mucho y ya no fumaba. Mientras enseñaba a su suegra a preparar las uvas de la suerte para despedir el año, pensó que esta vez sí había logrado cumplir con los objetivos que se había propuesto doce meses antes. No se marcó ninguno nuevo para el año entrante. Solamente disfrutar de India, de Jason y de su buena suerte.

1 comentario:

  1. Que suerte tuvo sofìa, podria haberse quedado madre soltera, gordita, fumadora y sin trabajo.

    feliz año 2011

    fus

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