martes, 3 de enero de 2012

DIETAS

            He aquí uno de los propósitos de año nuevo más recurrentes que existen: ponerse a dieta. Habitualmente viene acompañado de la coletilla “apuntarse al gimnasio”, pero el propósito es el mismo en ambos casos, perder kilos.
            Recuerdo que una vez, de niña, vi en una peli que dos sujetos se repartían a dos señoritas de vida alegre en una posada. Uno decía “la gorda, para mi”, y el otro contestaba que no, que la gorda era suya, que la flaca se la quedase él si quería, y si no, nada. Yo me quedé muy mosca, no me parecía normal que dejasen de lado a la “figurín” para disputarse a la más entrada en carnes. Mi madre me explicó que, en tiempos, la celulitis y los michelines colganderos en una mujer eran símbolo de salud y goce carnal a tutiplén. Y yo miraba a mi Barbie y no entendía nada.
            El caso es que hoy en día pasa al revés: la acumulación de kilos es un problema estético, por no hablar de otros temas como hipertensión, colesterol, arterioesclerosis, riesgo de accidente cardíaco, diabetes, y un sinfín de inconvenientes óseos y articulares derivados de combinar las carnes abundantes con la edad. A todo eso yo añado: autoestima por los suelos y serios problemas para encontrar tallas en las tiendas normales. Vamos, que a ninguna nos resulta agradable que la dependienta escuálida de la tienda de moda super-chachi-guay de turno nos mire de arriba a abajo y nos diga eso de “no hacemos prendas de tallas grandes, señora”. En ese momento lamentas no tener una escoba en la mano para hacer correr a la dependienta por toda la tienda arreándole en los lomos por lo mal que te ha hecho sentir, pero en verdad ellas no tienen la culpa. Sólo hacen lo que les mandan. Con bastante mala leche, pero lo que les mandan.
            Cuando llegas a casa después de una de esas jornadas de compras fallidas, cometes el error de pesarte (segundo de la tarde, el primero fue osar meterte en aquella falda lápiz tan mona con la que parecías una morcilla de Burgos), y te ves a ti misma intentando contener las lágrimas con los pies en la báscula. Entonces tomas la decisión: el día uno me pongo a dieta, sí o sí.
            Bueno, pues ya está. Ya pasó el día uno, y toca decidir a dieta de qué nos ponemos. Porque anda que no hay… todo es leer, y leer, y leer, y cada una te razona una cosa distinta, y todas parecen estar en posesión de la verdad absoluta. He visto de todo, hasta tal punto que no sé por qué camino tirar. He descartado la de los colores porque me parece una tomadura de pelo (un día todo alimentos verdes, otro día todos rojos, otro día todos amarillos, ni que una fuera un semáforo, leñe), y también la de los potitos, esa que consiste en alimentarse de papillas para bebés (no sé a qué lumbrera se le habrá ocurrido semejante cosa, pero se quedó bien descansado el tío). Está también la del CLM (comer la mitad), que me da a mí que me voy a quedar con hambre, así que va a ser que no. La de las proteínas me da la impresión de que debe ser tan hiperproteica como hiperaburrida, todo el día comiendo chicha, y ni una verdura, ni una fruta, con lo que a mí me gustan… no, definitivamente esa no la hago. Con la de las mil calorías te pasas el día con la báscula en la mano, casi tienes que pesar hasta el aire que respiras, menuda pesadilla. La drenante, venga agua, venga agua, que no digo yo que no haya que beber, pero tanto, tanto, no tiene que ser sano. Pobres riñones míos, van a pedir socorro, por no hablar de que cada cuarto de hora necesitas ir al váter, qué sinvivir, por Dios. Y lo de las tisanas adelgazantes, ni nombrarlo, por favor. Ya lo probé una vez, y el “suave efecto laxante” se tradujo en unos torzones que ríete tú de los peces de colores, qué rato más malo, peor que un parto. Sólo mencionarlas me dan sudores.
            Una amiga me recomendó: “Vete a un buen endocrino”. He pedido hora para el de la Seguridad Social, y la cita la tengo para marzo de 2013; probé con uno de pago, y sólo la primera consulta ya eran sesenta euros. Que va a ser que me hacen falta para otras cosillas, así que nada. Descartado el endocrino. Lo de ir a un dietista más modesto también lo probé, y me hizo comprar tantos potingues, fibras, infusiones y pastillas que me salía por un ojillo de la cara, y encima no perdí más que cien gramos en dos semanas. Lo único que adelgazó fue mi cartera, y de ahí no me importaría estar más gordita. No debió entenderme, yo le dije que quería perder culo, no poder adquisitivo.
            Varias conocidas mías han hecho la del sirope de savia. Ni me lo planteo, vamos. Una semana entera sin comer de nada, más que el jarabe ese y zumos de limón. Me imagino la tembladera de piernas que se te tiene que poner después de siete largos días sin comer; por mucho que me digan que no se pasa hambre, no me lo creo. Para mí que lo que pasa es que pierdes la costumbre de comer, pero en cuanto terminas y vuelves a las viandas te pones como una mesa camilla. No me convence.
            Voy a tomarme unos días más para pensármelo. Hasta que pasen Reyes, porque el roscón y el chocolate no los he visto contemplados en ninguna dieta, y sería una pena no probar la rosca tan hermosa y rica que hace mi madre. Además, le mete una moneda de dos euros como sorpresa, y voy a ver si los cazo para la hucha. Mientras tanto, me seguiré informando acerca de la dieta que voy a hacer. Si os cuentan de alguna que no prohíba los bocadillos de chorizo de mi pueblo, decídmelo enseguida, por favor. Quizá sea esa mi dieta ideal.

1 comentario:

  1. jajajaja, el roscón de Reyes no se puede quitar tampoco de las dietas!! Con lo rico que está, si no lo comes, es como si no fuera el Día de Reyes!! Y las dietas....comer sano y hacer deporte, nada más!! Feliz año!!

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