viernes, 13 de enero de 2012

EL BAILE FUNERARIO

            Cómo han pasado los años, cómo han cambiado las cosas… Me viene a la cabeza este bolero cada vez que miro atrás a través del espejo mágico que tengo la suerte de poseer.
            Efectivamente, habéis leído bien: yo tengo un espejo mágico que me ayuda a recrear cómo eran las vidas de los que vivieron antes que yo en el mismo lugar en el que yo me encuentro. Este espejo, que se nutre de recuerdos, de museos, dibujos antiguos, y sobre todo de libros, se llama folklore. Porque sí, el folklore bien entendido no es juerga y pandereta, sino vivencias y costumbres tan arraigadas que sólo hay que escarbar un poco en la tierra que pisamos para encontrar restos de esas raíces. A pesar de que casi ninguna de esas tradiciones se practica en la actualidad, es precioso y preciso conocerlas para saber quiénes somos y de dónde venimos.
            Una de las que más curiosidad suscita es la danza que tenemos en la zona de Valencia para enterrar a los niños pequeños. No, no penséis que es una aberración, sino todo lo contrario. Era una manera de consuelo que ahora somos incapaces de entender si nadie nos lo explica. Puedo imaginar que hace sólo un par de siglos la mortalidad infantil era altísima. Puedo imaginar un mundo casi sin hospitales, donde se paría en casa con ayuda de una partera, donde era raro poder conseguir antibióticos, donde los médicos cobraban y la gente pobre no podía pagarles, y aunque pudiera no había manera de que llegaran a tiempo la mayoría de las veces. Puedo imaginar los caminos, las escuelas, los juegos de los niños… No era extraño que en la mayoría de familias alguno de los pequeños muriese sin haber llegado a los siete años, edad en la que se hacía entonces la Primera Comunión. No había matrimonios entonces que se atreviesen a tener sólo un hijo o dos, como ahora, porque las manos eran necesarias en el campo, o en el mar, o en aquello que les diese de comer. Los niños no trabajaban para enriquecer a las multinacionales, sino para que la familia pudiese sostenerse; si el padre era herrero comenzaban de aprendices en la herrería, y si era panadero lo hacían en el horno. Si era agricultor, comenzaban a aprender a trabajar la tierra que habían de heredar, y si era pescador se entrenaban a la dura vida de la barca y las redes. Así funcionaba, y así salimos adelante entonces. Cuando uno de los pequeños moría, creían que iba directo al cielo, pasando a formar parte de la corte celestial de ángeles sin pasar por el purgatorio ni por el limbo, ya que ¿qué mal pudo hacer una criatura de menos de siete años en su corta vida? Ninguno. Y sin embargo, se ahorraba todos los sufrimientos de la vida adulta: el miedo, el hambre, la pena, el trabajo, el dolor de perder a quien se ama. No es que los padres tuvieran que estar contentos, desde luego, pero al menos podían creer que no todo era malo. Por eso los vecinos, amigos y familiares del pequeño bailaban en su velatorio, para despedir al niño que emprendía una existencia más feliz y aliviar el dolor. Y por eso se les enterraba rodeando sus pequeñas tumbas con flores, aunque fuesen margaritas del campo. Un ángel que se enviaba al cielo debía ir vestido de flores y alegría.
            Qué distintas son las cosas ahora, ¿verdad? Ahora elegimos vivir la vida y no tener hijos, o tenemos uno. Las más atrevidas, dos. Todo cuesta mucho dinero, criamos a los niños entre algodones para que nada los dañe porque hay tan pocos que no podemos arriesgarnos a perderlos, pero es que nuestra sociedad está construida de tal manera que sería impensable tener tantos niños como a una le gustaría. Eso sólo se lo pueden plantear los ricos. Ya no hacemos nada en familia, ni disfrutamos de nuestros hijos, los tenemos demasiado ocupados en labrarse un futuro mientras nosotros estamos demasiado ocupados en trabajar para pagárselo, ya no cantamos juntos en casa, ya no nos unimos a nuestros vecinos para hacer las cosas más llevaderas. A menudo ni siquiera conocemos a quien vive a nuestro lado, con la única separación de un tabique de ladrillos, más que de vista. Estamos más solos que nunca, y me da la impresión de que somos más pobres que nunca. Por eso no hay consuelo posible para unos padres que pierden a un hijo pequeño, y por eso pienso que, aunque no es cierto eso de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, sí que es bueno que miremos atrás de vez en cuando para recuperar la perspectiva.
            Una vez conocí a una mujer anciana que decía “yo no quiero morirme, y cuando lo haga me voy a llevar un gran disgusto”. Yo tampoco quiero morirme, pero cuando lo haga, quiero que después os vayáis de cena, que brindéis por mí, que recordéis mis chistes y mis cuentos, que sonriáis si en algún momento os hice felices o me quisisteis de algún modo, y que bailéis todos juntos. Que toquéis los que sois músicos, que cantéis los que sois cantantes, y que me enviéis a donde quiera que tenga que ir vestida con vuestras risas y vuestras voces, con la música de vuestros cuerpos y el cariño de vuestros corazones. Recuperad esa tradición por mí, y esa será la mejor despedida.
“La dança del velatori”, danza funeraria para el velatorio de un niño pequeño. Grup de Danses Santa Bárbara (Valencia).

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