jueves, 12 de enero de 2012

EL SAXO DE JACQUELINE

            Cuando Jacqueline se empeñó en estudiar saxo, sus padres no se opusieron. Bueno, realmente era inútil tratar de oponerse a nada de lo que su hija decidiese hacer, porque cuando tomaba una determinación, para bien o para mal tiraba adelante con todas las consecuencias. Así que, después de matricularla en el conservatorio, buscaron un saxofón para ella. En principio se tuvo que apañar con un soprano prestado, sus manos eran muy pequeñas y un instrumento mayor habría sido imposible de manejar, porque su constitución menuda se lo habría impedido. Pero Jacque creció, y al fin, viendo que era una fiera en los estudios musicales (y en los otros también, dicho sea de paso), no les quedó más remedio que comprarle un saxo alto.
            Ante la disyuntiva de adquirir un instrumento nuevo de peor calidad o uno de segunda mano pero primera marca, se decidieron por la segunda opción. Tenía que ser un buen saxo para que pudiera aguantar la persistencia de acero de aquel proyecto de mujer. Ella miraba la partitura tras sus gafitas de miope, se colgaba el saxofón del cuello y podía estar horas estudiando. A veces casi parecía que el metal dorado se iba a poner al rojo vivo por la velocidad de sus dedos y la vehemencia de sus pulmones. Tenía un nivel de autoexigencia tan severo que no se permitía a sí misma terminar el día sin haber completado su tiempo de práctica con el instrumento. Así un mes, y otro, un año, y otro, y otro más.
            El saxofón no crecía, pero Jacqueline sí, y aunque una fuerte tendinitis puso en peligro su último año de estudios, se sobrepuso a ella y por pura cabezonería terminó el grado de instrumento a la par que el bachillerato. Era hora de elegir por qué camino continuar. ¿Debía emprender una carrera universitaria o quizá debía intentar el grado superior de saxo? ¿Qué opción le daba más expectativas de futuro?
            Al fin se decidió por la universidad y aparcó a su compañero de tantos años. El saxo sólo salía ya de la caja cuando le ofrecían jornal por tocar, pero ya no se veían a menudo. Él comenzó a echarla de menos; ella estaba tan preocupada entre libros, clases y prácticas que no se daba casi cuenta de lo triste que estaba su instrumento. Para empeorar más las cosas, Jacque decidió comprar un saxo soprano, más pequeño y ligero, para salir a tocar por ahí con una charanga. Aquello fue ya la puntilla para el viejo instrumento, que quedó guardado en una buhardilla, olvidado y solo.
            Durante años, el saxo salió contadísimas veces de su caja. Solamente cuando el nuevo estaba en el luthier veía la luz; ya no recordaba la última vez que su adorada Jacque y él habían bailado abrazados, habían sonado y desfilado juntos. Había olvidado el placer de su boca llenándolo de aire caliente y haciéndole cantar melodías de fiesta. Y se volvió gruñón y huraño, se quedó sordo y perdió la voz. ¿Para qué la quería, si ella ya no le pedía nunca que cantase?
            Pero llegó un verano, y a Jacqueline le ofrecieron comenzar en septiembre a dar clases con el saxo alto en una escuela de música. Aceptó, y buscó a su viejo amigo. Lo sacó de la caja, pero él no quiso ni mirarla. A pesar de que lo limpió con mimo, le puso vaselina en el corcho y pasó papel de fumar por sus aberturas para liberarlo de los estragos del tiempo, a pesar de la caña nueva y de su empeño, él se negó a sonar. Estaba sordo y viejo, pero sobre todo, se sentía triste y traicionado por ella. Había perdido la alegría. Jacque decidió llevarlo a reparar, ponerle zapatillas y topes nuevos, y confiar en que los ajustes de un experto le devolvieran el sonido. Fue allí, en el taller del luthier, donde conoció al viejo oriental.
            Había sido fabricado en Japón, y regalado a alguien que apenas lo usó. Después de pasar más de veinte años en un armario, se lo habían prestado a un principiante para sus primeras clases, previo paso por el taller para una puesta a punto. El saxo de Jacque y el viejo oriental mantuvieron largas charlas sobre la soledad y el abandono mientras yacían desmontados en la mesa del luthier. Poco a poco se fueron haciendo amigos. Sus cuerpos ya no brillaban como los de los instrumentos nuevos, incluso lucían alguna que otra abolladura, y los dos estaban cansados de olvido y oscuridad, pero ya sabían cómo hacer para dejar de ser trastos de armario y volver a ser elementos de fiesta, fabricantes de alegría y provocadores de sentimientos, aquello para lo que fueron fabricados en su día. El viejo oriental animó al saxo de Jacque a perdonar a su dueña los años de inactividad, le enseñó que debía comprender y aprovechar el momento ahora que ella le pedía que volviese a ser un instrumento vivo en sus manos, y el saxo de Jacque animó al viejo oriental a tener paciencia con el principiante que le había tocado en suerte, a ponérselo fácil, a no desafiar su capacidad y a tratar de animarle siempre con pequeños progresos. Y quién sabe, a lo mejor alguna vez volverían a verse y cantarían juntos. Se despidieron con un abrazo metálico antes de volver a sus cajas, cada uno con la firme intención de hacer caso a los consejos del otro.
            Llegó septiembre, y Jacqueline montó su saxofón, lo afinó y lo calentó. Iba a recibir a su primer alumno. Estaba un poco nerviosa, pero confiaba en que todo fuera bien. Ahora era maestra, los niños eran su especialidad, así que estaba todo bajo control. Pero, para su sorpresa, la que entró por la puerta del aula era una mujer bastante mayor que ella. Nadie le había dicho que hubiera adultos entre los alumnos, pero bueno, no dejaría de poder enseñarle, aunque fuese más difícil que un niño. La alumna traía una maleta con su saxo, y Jacqueline se sentó con ella para explicarle cómo se monta el instrumento, cómo se humedece la caña y se engrasan los corchos, cómo se colocan y se ajustan la boquilla y el arnés… Las dos se quedaron boquiabiertas al ver a los dos saxofones dar saltos en sus estuches al reconocerse, porque la alumna traía al viejo oriental para su primera clase. A partir de ahí, todo fue coser y cantar. Bueno, mejor dicho, reír y tocar.
            Quisiera que los viérais ahora. Comparten metrónomo, vaselina para los corchos y charlas, confidencias y canciones, partituras, clases y carcajadas. La alumna ha progresado más de lo que esperaba, y la maestra… Bueno, la maestra es genial. Espero tenerla de profesora muchos años, porque si toco el saxofón es gracias a ella y a mi viejo oriental, que no me fallan nunca.

1 comentario:

  1. Jolín Sú, tu ahora no me ves pero me he emocionado. Un beso

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