martes, 10 de enero de 2012

EL TINTE DEL PELO

            Natalia era una fiera. Bueno, maticemos, era una fiera en su trabajo. Se trataba de una mujer competitiva e incansable, que sabía que nadie le iba a regalar nada y que tendría que esforzarse mucho para llegar a un puesto importante en la empresa de servicios en la que estaba empleada. Para no dejarse comer terreno hacía más horas que nadie, se iba la última y llegaba la primera, tomaba todas las decisiones, supervisaba todos los trabajos del personal a su cargo… estaba en todas partes a la vez, casi como los Reyes Magos, pero sin regalos. Ahora que había conseguido ser ejecutiva con despacho propio, no podía cometer ningún error.
            Ni que decir tiene que Natalia se levantaba trabajando y se acostaba trabajando, su casa habría sido un desastre de no ser por la asistenta, que iba tres veces por semana a limpiar y poner orden, y sobre todo a mantener todos sus trajes y blusas limpios, planchados y a punto. La imagen era importantísima para Natalia, y aunque no tenía tiempo siquiera de ir a la peluquería, por las noches se ocupaba de sí misma para estar perfecta al día siguiente: las cejas depiladas, las piernas también, la manicura hecha, ni una sola cana en su melena… No tenía pareja ni familia por falta de tiempo. La ejecutiva era solamente eso: una ejecutiva perfecta. En el camino para llegar a serlo se le había olvidado incluso ser persona.
            Una de aquellas noches, Natalia se puso en casa su tinte habitual para el pelo, y mientras le hacía efecto se sentó al ordenador para terminar unos informes. Inesperadamente, varios goterones del producto que le impregnaba la cabeza cayeron sobre el teclado de su portátil, colándose entre las teclas. Intentó limpiarlo, pero no pudo. Quitó varios botones, y luego le fue imposible volverlos a colocar en el sitio; el tinte comenzó a dañar el interior del ordenador, y al cabo de un rato dejó de funcionar. Trató de salvar los informes antes de que se perdieran, y se le ocurrió enviárselos a la oficina por internet para terminarlos al día siguiente sacrificando la hora de la comida, pero con las prisas los mandó a la dirección de su jefe directo, un amargado que ardía de ganas por quitársela de en medio a ella para poner en su lugar a su protegido, el pelota de Ramiro. Aquello sí que era una metedura de pata en toda regla, ahora él se daría cuenta de que no tenía los gráficos, balances e informes preparados para la reunión.
            Una tremenda angustia se apoderó de Natalia. ¿Y si su jefe no le dejaba pasar el error? ¿Y si perdía su imagen de ejecutiva perfecta e infalible? ¿Y si sus subordinados dejaban de respetarla cuando lo supieran? ¿Y si perdían el jugoso contrato que dependía de aquellos informes? ¿Y si la despedían? ¿Y si…? En cuestión de minutos su tensión nerviosa había subido hasta límites casi insoportables, le costaba respirar, temblaba como una hoja y le picaba horrores la cabeza.
Tardó en darse cuenta de que los picores se debían a que llevaba ya dos horas con el tinte puesto, y aunque metió la cabeza bajo el chorro de la ducha durante largo rato el escozor persistía. Se miró al espejo y se le llenaron los ojos de lágrimas. Grandes manchas rojas le cubrían la frente, las orejas y la nuca, y su melena rubia se había convertido en una especie de amasijo verdoso que ni siquiera con un litro de mascarilla fue capaz de desenredar. Los mechones se le rompían entre los dedos, y ella no podía parar de llorar.
Cuando consiguió serenarse trató de encontrar una solución, pero le fue imposible. Sin ordenador no podía averiguar ni siquiera cuáles eran las farmacias abiertas más próximas, así que se cubrió la cabeza con un gracioso gorrito de lana y salió a la calle. Se acercó a una farmacia, miró en el panel y vio que la más cercana de guardia estaba… lejísimos. Cogió un taxi y le pidió que la esperara. En la farmacia había tintes, tal vez pudiera disimular el desastre. El farmacéutico, sin embargo, no opinó lo mismo y se negó a venderle ninguno. Ni siquiera le dio una pomada, la envió directamente a urgencias, las quemaduras del cuero cabelludo demandaban una cura inmediata.
Cuando volvió a casa de madrugada, dolorida, derrotada y con la cabeza monda, lironda y llena de ungüentos y gasas, se dio cuenta de que su mundo se rompía. Perderían el contrato por aquel estúpido accidente, ella quedaría como una patosa inepta y la despedirían, tenía aspecto de leprosa, las quemaduras le escocían y su precioso pelo había acabado en el cubo de la basura de un hospital. Decididamente, todo lo que tanto esfuerzo le había costado conseguir se iba a esfumar, y lo peor de todo… lo peor… no quería reconocérselo a sí misma, pero lo peor de todo es que no tenía unos brazos en los que refugiarse para llorar. Nadie la consolaría, porque estaba sola. No era tan fuerte como creía. Ella, la ejecutiva brillante, la trabajadora incansable, la infalible Natalia, había sido derrotada por un simple tinte para el pelo.
Por la mañana no fue a trabajar. Llamó a la oficina, y le pasaron con el pelota de Ramiro. Se inventó una patraña acerca de un accidente con un producto de limpieza, le dijo que los informes por acabar estaban en el correo electrónico del jefe, que los terminase antes de la tarde, y que buena suerte en la reunión. Estaba segura de que cuando se repusiera de las quemaduras aquel impresentable ya habría colonizado su despacho, pero decidió que se ocuparía de él en cuanto se reincorporase. De momento, y hasta nueva orden, estaba de baja. ¿Qué podía hacer? Ya ni siquiera sabía en qué ocupar su tiempo ocioso, porque hacía años que no tenía de eso.
Después de tres semanas encerrada en casa viendo películas, llegó a tres conclusiones: que no se puede ser el mejor en lo que uno hace cuando eso se consigue a costa de no tener vida personal, que nadie se merece ponerse enfermo y no tener un hombro en el que llorar, y que Ramiro podía quedarse con su puesto, con su despacho y con su plaza de aparcamiento. Ya no le importaba, prefería perder sueldo y consideración laboral y ganar libertad.
Tengo que deciros que del incidente del tinte hace ahora cinco años, y Natalia es hoy una mujer mucho más feliz. Sale, se divierte, incluso tiene pareja. Y luce con orgullo sus canas, porque no se ha vuelto a teñir el pelo.

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