lunes, 30 de enero de 2012

EL TRANSPLANTE

            Mateo nació madrileño con acento andaluz. Algo bastante corriente en aquellos tiempos, por cierto, ya que aunque algún noble de neurona única piense lo contrario, los andaluces trabajaron, y mucho, para levantar España en los tiempos revueltos. Eso, el trabajo, determinó su primer transplante.
            Dicen que esas operaciones, cuando tienen lugar a corta edad, no son tan traumáticas, así que la primera amputación de raíces que sufrió Mateo fue bastante llevadera, y el madrileño con acento andaluz pasó a ser barcelonés con cierta gracia en las “eses”. Sus raíces nuevas se agarraron bien a la tierra, y creció sin más problemas. Lo peor vino con el segundo transplante.
            Empezar de cero con dieciocho años es un reto inmenso. Nadie que no lo haya sufrido puede saber hasta qué punto. Para Mateo no sólo cambiaron el aire y la luz, la tierra y el agua, sino también el ánimo y las ganas. Dejó atrás a los amigos, a las personas con quienes había elegido estar, y no encontraba las fuerzas para comenzar relaciones nuevas. Para combatir el rechazo que le produjo este nuevo transplante de raíces, se volvió más introvertido, y buscando apoyo y compañía para sobrellevar las horas encontró un amor que aún le acompaña: su cámara de fotos. Con ella en las manos, persiguiendo instantes irrepetibles de lo que ocurría a su alrededor, vagando a la caza de imágenes bellas o distintas, fue aprendiendo a amar su nueva tierra, aquella con cuyo acento habló desde niño, pero que por desconocida le había resultado hostil en un principio.
            Dice un refrán que “no se es de donde se nace, sino de donde se pace”. Y yo, como múltiple transplantada que soy, sé bien que no es del todo verdad, porque al final, cuando ya uno ha experimentado lo que es hacer el hatillo y tener que cambiar de aires, comprende también que es el amor lo que más nos ata, y por eso Mateo se quedó en tierra de olivares; le llenó el corazón una andaluza, y los dos arbolillos jóvenes que plantaron juntos fueron los que terminaron de consolidarle. A pesar de ello, de vez en cuando echaba de menos el aire del mar, y les hablaba a sus hijos de Barcelona.
            No es sencillo combatir la nostalgia, ni tampoco pasarse la vida soñando con mirar los paisajes que nos vieron crecer cuando los tenemos lejos, pero Mateo, que al fin había alcanzado la estabilidad laboral después de mucho esfuerzo y muchos oficios, no sabía qué hacer para dejar de echar en falta los escenarios de su adolescencia. Y una vez más su cámara, la fiel amiga que siempre le había acompañado, que había sido su refugio y seguía siendo una de sus grandes pasiones, le dio la respuesta. “Úsame”, le dijo. “Fotografía lo que añoras, cada detalle. Haz una escapada a Barcelona y lléname de sus imágenes. Y después de eso, busca aquí, en Jaén, aquellos rincones que signifiquen algo para ti. Con todas esas instantáneas, unas junto a otras, haremos un libro, y verás cómo entre los dos conseguimos que tus dos tierras se acerquen tanto que casi podrán tocarse. Pondremos bajo cada una de las fotos un verso, una frase, un pensamiento, un recuerdo feliz… lo que se te ocurra. Será como el teatro de tu vida”.
            Si vais alguna vez a Barcelona, o a Jaén, y veis un hombre serio haciendo fotografías y hablando con su cámara, no os extrañéis. Es Mateo, que está trabajando en el libro. Cuando lo tenga terminado le servirá para explicarles a sus hijos por qué es como es, y también por qué ha peleado tanto para no tener que transplantarlos a ellos. A veces las imágenes pueden explicar muchas más cosas que las palabras solas, y Mateo conseguirá, viendo a Colón señalar hacia un campo de olivos, sentir que las heridas del último transplante se le han cerrado para siempre.

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