sábado, 21 de enero de 2012

ELEGIR UN LUGAR DE LA TIERRA

            La Madre Naturaleza, que ya sé que no lo sabíais y por eso os lo cuento, tuvo cuatro hijos. Uno de ellos era el que se ocupaba de ayudarla a cuidar del mundo animal, otro le echaba una mano con el vegetal, otro más era su mano derecha en cuanto al aire y al reino de lo mineral, y el último era el que colaboraba cuidando del agua y de sus criaturas. Amaba por igual a los cuatro, y les consolaba y aconsejaba en sus problemas, compartía sus alegrías y sus penas, aliviaba sus enfermedades lo mejor que sabía, festejaba sus triunfos y asumía sus fracasos. Igual que cualquier madre.
            Aérgeo, el mayor de sus hijos, era el que tenía a su cargo la tierra y el aire. Fue el primero en existir, y los reinos de sus hermanos dependían del suyo. Él vio con complacencia cómo Vegelio desposaba a la margarita, cómo Marfluvio se casaba con la estrella de mar y cómo Faunavio se unía a la yegua, pero no entraba en sus planes seguir el mismo camino. Sin embargo, la felicidad de sus hermanos terminó por hacerle desear el mismo tipo de dicha que disfrutaban ellos, y empezó a pensar en elegir una compañera.
            La Madre Naturaleza ya lo esperaba. Los destinos de sus hijos siempre habían de ir en la misma dirección para que todo pudiese funcionar como lo llevaba haciendo desde siempre, así que cuando Aérgeo fue a pedirle consejo ya tenía muy meditado lo que había de decirle. “Hijo mío, la que vaya a ser tu esposa tiene que ser, como en el caso de tus hermanos, parte de tu reino. Ya sé que el aire forma parte de tus dominios, pero ninguno de los vientos es de fiar, como tampoco lo son las nubes, las nieblas ni las brisas; la tierra, sin embargo, es la que consolidará tu vida y tu felicidad. Elige entre todos los lugares el que más te guste y únete a él, pero ten siempre presente una cosa: tus hermanos y sus parejas deben poder visitarte allí, y tu esposa debe poder acogerlos a todos. Si no, surgirán los conflictos y el equilibrio que hay entre vosotros se romperá. Las consecuencias que eso puede tener son fáciles de imaginar: si desairas a Marfluvio y éste no deja a sus ríos discurrir por la tierra, las plantas de Vegelio morirán. Si ofendes a Faunavio y éste retira de ti a sus animales, toda la Tierra será un desierto. Y si es Vegelio el que se enoja y no deja crecer las plantas sobre tu reino, los animales de Faunavio morirán, las lluvias arrasarán la Tierra y la vida será imposible, todos desapareceremos. Lo entiendes, ¿verdad?” Aérgeo asintió, y se fue para comenzar su búsqueda.
            Valoró con cuidado todos y cada uno de los lugares de su reino que más le atraían. Uno de ellos era el Kilimanjaro, una de las montañas más bellas de la Tierra. Solía sentarse en la cumbre para contemplar sus dominios desde la altura, pero a pesar de que la amaba no podía escogerla. Ninguno de sus hermanos, ni tampoco sus esposas, podrían llegar hasta allí. También pensó en el corazón del Sáhara, otro de sus lugares favoritos, sobre todo de noche. El brillo de las estrellas era tan espectacular, y el silencio tan profundo, que le hacían sentir el poder del Universo al alcance de su mano. Pero también tuvo que descartarlo. Y el volcán Kilauea, en Hawaii, por el que sentía verdadera pasión por su fuerza y por su terrible belleza de fuego, también fue eliminado de la lista por razones obvias. ¿Qué otro lugar podía reunir la hermosura suficiente, dónde encontraría el fuego de las entrañas de la Tierra que le provocase esa pasión sin dañar a sus hermanos, qué paraje le regalaría el silencio y las estrellas, y a la vez podría albergar a Vegelio y su margarita, a Faunavio y su yegua y a Marfluvio y su criatura marina?
            Muchas veces, cuando se nos presenta un problema, ocurre que tenemos la solución frente a nosotros y no somos capaces de verla. Ella sabía que era la indicada para ser la esposa de Aérgeo, pero por más esfuerzos que hacía para que él se diese cuenta, no lo conseguía. Tenía que hacer algo para llamar su atención, de modo que se lavó la cara con el agua del Atlántico, peinó sus plantas con la brisa, y aclarando su garganta hizo sonar su voz. Ésta era tan profunda y hermosa que el mundo entero se volvió para mirarla, y también Aérgeo. Entonces ella tembló de emoción al cantarle, y dejó entrever su pasión con un volcán submarino; él se dio cuenta al momento de que al fin había encontrado lo que buscaba, y se enamoró.
            Todo el mundo natural fue testigo de aquella boda. Aérgeo miró a la novia, la isla de El Hierro, y se sintió orgulloso de ella. Y la isla, feliz, le juró amarle y respetarle hasta el fin de los tiempos.

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