sábado, 7 de enero de 2012

ELEGIR UNA CRIATURA DE LAS AGUAS

            La Madre Naturaleza, que ya sé que no lo sabíais y por eso os lo cuento, tuvo cuatro hijos. Uno de ellos era el que se ocupaba de ayudarla a cuidar del mundo animal, otro le echaba una mano con el vegetal, otro más era su lugarteniente en cuanto al aire y al reino de lo mineral, y el último era el que colaboraba cuidando del agua y de sus criaturas. Amaba por igual a los cuatro, y les consolaba y aconsejaba en sus problemas, compartía sus alegrías y sus penas, aliviaba sus enfermedades lo mejor que sabía, festejaba sus triunfos y asumía sus fracasos. Igual que cualquier madre.
            Marfluvio, que así se llamaba el hijo que la ayudaba con los ríos, los lagos, los mares y todo lo que en ellos habita, decidió un día seguir el ejemplo de su hermano Vegelio, y buscar una esposa con la que compartir su vida. La Madre Naturaleza, complacida, recibió a su hijo para aconsejarle. “Hijo, recorre despacio cada río, cada océano, mar, pantano y lago del planeta. En ellos viven, como sabes, criaturas de todos los tamaños y colores, con y sin pelo, con y sin escamas, sociales y solitarias, de sangre fría y caliente, carnívoras y vegetarianas. Obsérvalas con cuidado, y cuando hayas decidido, vuelve a verme”. Marfluvio emprendió su viaje, y al cabo de un año volvió a hablar con su madre.
            La Naturaleza no se extrañó de que su hijo volviese tan enfadado, pero aún así le preguntó el motivo de su enojo. Marfluvio bramó: “Madre, ¿cómo voy a perder tiempo buscando esposa con todo el trabajo que tengo? Recorriendo los mares he encontrado tantas manchas de petróleo y aceites, tantas basuras, residuos de todo tipo y porquerías flotando y hundidas en los fondos que no me ha dado casi tiempo de llamar a las criaturas para poder elegir a una de ellas. En los ríos he hallado más aguas envenenadas que sanas, y los animales que sobreviven en ellas lo hacen con dificultad, ocultando en sus cuerpos parte de la suciedad que beben a diario. Los pantanos están casi secos en su mayoría, y he visto grandes peces asiáticos destruyendo especies en los ríos de Europa, tortugas americanas colonizando embalses en Asia, plantas exóticas asfixiando lagos muy lejos del lugar en el que deberían estar, y un desorden tan brutal que no sé cómo remediarlo. ¿Qué puedo hacer?” La Madre Naturaleza suspiró apenada, acogió a su hijo entre sus brazos y le dejó llorar durante largo rato. Cuando se hubo calmado, le advirtió sobre el peligro que el ser humano representa para todos los reinos naturales, de los que abusa continuamente. Los explota, saquea y modifica a capricho, para alimentarse y enriquecerse, y a veces simplemente por diversión. El poder destructor del hombre había llegado a sobrepasar la capacidad de regenerarse y curarse a sí misma de la Madre Naturaleza, y sólo el propio hombre podría reparar tanto daño, pero hacía falta que quisiera hacerlo, y ese momento aún no había llegado. “Hasta entonces, mi consejo es que busques una esposa y trates de encontrar en ella descanso y felicidad, y dejes que el humano se dé cuenta de que nos necesita para seguir vivo”. Resignado, Marfluvio comenzó un nuevo periplo por las aguas del mundo, y al cabo de un año volvió al lado de su madre.
            “Creo que ya he encontrado a la compañera ideal para mí. Es una hembra de delfín. He visto en ella la simpatía, la habilidad, la inteligencia a la hora de comunicarse, la gracia en el salto y en el movimiento y la capacidad de aprender. Está presente en muchos de los mares del mundo, y creo que va a ser una gran esposa”. La Madre Naturaleza miró a los ojos a su hijo, y llena de calma y paciencia, le razonó: “Marfluvio, hijo mío, estoy segura de que la hembra del delfín sería una buena esposa, pero no la mejor para ti. Te he visto llorar de rabia por lo que el hombre está haciendo con los ríos y los mares. Los delfines son inteligentes y amables, pero también son esclavos de los que están destruyendo tu reino. El hombre no come delfines, pero los captura y los domestica, los convierte en bufones para su divertimento, los estudia y experimenta con ellos, y los hace saltar, girar y hasta aplaudir a su voluntad. Si piensas que una criatura que se deja someter con tanta facilidad merece desposarte, tómala. Pero si yo estuviera en tu lugar buscaría alguien más parecido a mí. Tú eres hijo mío, y por ello naturalmente salvaje. El delfín es todo lo contrario. Piénsalo”. Y Marfluvio tuvo que admitir que, una vez más, su madre tenía razón.
            Se acercó para consultar a su hermano Vegelio, que se hallaba con su esposa, la Margarita, en la ribera de un río, y siguiendo su ejemplo y los consejos de su madre, buscó y escogió. La elegida fue una criatura del mar, singularmente hermosa, presente en todos los océanos, callada y sencilla, pero que encerraba la belleza de los cielos y las aguas en su cuerpo. Un ser tranquilo pero con la capacidad de regenerarse a sí mismo, y de convertir un accidente en una oportunidad para crear nuevos seres semejantes a ella. Marfluvio supo al conocerla que no encontraría mejor compañera en todo su reino acuático que la estrella de mar, y con la bendición de la Madre Naturaleza la desposó.

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