sábado, 14 de enero de 2012

ELEGIR UNA CRIATURA TERRESTRE

            La Madre Naturaleza, que ya sé que no lo sabíais y por eso os lo cuento, tuvo cuatro hijos. Uno de ellos era el que se ocupaba de ayudarla a cuidar del mundo animal, otro le echaba una mano con el vegetal, otro más era su lugarteniente en cuanto al aire y al reino de lo mineral, y el último era el que colaboraba cuidando del agua y de sus criaturas. Amaba por igual a los cuatro, y les consolaba y aconsejaba en sus problemas, compartía sus alegrías y sus penas, aliviaba sus enfermedades lo mejor que sabía, festejaba sus triunfos y asumía sus fracasos. Igual que cualquier madre.
            El hijo responsable de la fauna terrestre y los pájaros se llamaba Faunavio. Él cuidaba de los mamíferos, los invertebrados, los insectos, las aves, los reptiles… no había bestia en la tierra y los cielos que no conociera. Sabía dónde vivía cada una de las especies a su cargo, de qué se alimentaba y qué males le podían aquejar. Amaba a todas las criaturas por igual porque en todas había algo bello y bueno, aunque en apariencia fuesen feas o venenosas. Todas tenían su función, y él lo sabía.
            A Faunavio le gustaba sentarse a contemplar la vida de los animales, y con el paso de los siglos había aprendido a no sentir pena cuando un león cazaba una gacela, o cuando un águila apresaba un conejo, porque era consciente de que respetar el comportamiento de las bestias era la única forma de respetar y mantener el equilibrio. La gacela alimentaba al león, que cuando moría alimentaba a las hienas y los buitres, que cuando morían alimentaban la tierra, y ésta hacía crecer hierba nueva para alimentar el rebaño de gacelas… El milagro de la vida y la obra de su madre, la Naturaleza, se mostraban también en esos momentos, en los instantes dramáticos de la caza, de la lucha por la supervivencia.
            Un día, Faunavio se cansó de estar solo, y quiso compartir su vida con alguien. Necesitaba una esposa, y lo natural para él era elegirla entre las criaturas de su reino, el animal. Pero no sabía cuál de todas sería la mejor compañera, así que, siguiendo los pasos de sus hermanos Vegelio y Marfluvio, consultó con su madre sobre el tema. Ella le dijo: “hijo mío, tu reino está hecho de criaturas dispares, que aman, luchan y respiran, que cazan y defienden su territorio y su prole. Las cualidades de las esposas de tus hermanos no son las más adecuadas para ti; tú debes buscar una criatura que se te asemeje. No te fijes en su belleza exterior, sino en sus costumbres, para que pueda adaptarse a tu continuo viajar por la tierra cuidando de todos los animales. Debe tener la nobleza suficiente como para aceptar su destino, y debe poder mirarte sin juzgarte aunque no intervengas en lo que parece injusto. Tiene que ser inteligente y capaz de comprender tu rumbo errante, templada de carácter, generosa de corazón, y debe poder hacer que el resto de criaturas de la Tierra te vean como lo que eres: su rey y protector”.
            Faunavio pensó mucho en lo que su madre le había dicho, y viajó hasta que encontró a una leona. Le pareció digna de ser su esposa, creyó que reunía todas las cualidades necesarias, y la presentó ante su madre. La Naturaleza entonces hizo aparecer cerca de allí un cordero, y la leona abandonó al momento a su pretendiente para cazarlo. No lo pudo evitar, estaba escrito así en sus genes. Cuando volvió, ensangrentada y satisfecha, buscó una zona en la que daba el sol y se tumbó a dormir. Sin necesidad de que la Madre Naturaleza le dijera nada, Faunavio comprendió que se había equivocado. La leona tenía porte de reina, pero le faltaba todo lo demás.
Le dio vueltas durante mucho tiempo, pero el protector de los animales y las aves no encontraba ninguna criatura que se adaptase a los requisitos que su madre le había indicado, y un poco desanimado se retiró a pensar a su lugar favorito del mundo. El silencio, el frío y la soledad de la Pampa Argentina siempre le aclaraban las ideas. Allí tenía pocas especies de las que cuidar, y contaba con algo de tiempo para estar solo y madurar las cosas. Y allí la conoció, y comprendió que era ella, la única posible para él. La que le seguiría incansable, la que llevaba la nobleza en la mirada, la del carácter fiel y el corazón generoso, la que nunca juzgaría, la que siempre lo elevaría sobre el resto de animales como el rey que era. Contento y seguro, la llevó ante la Madre Naturaleza para que les otorgara su bendición. Y la madre, complacida, peinó la larga melena de la yegua elegida para entregarla a su hijo como esposa.

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