lunes, 2 de enero de 2012

ELEGIR UNA FLOR

            La Madre Naturaleza, que ya sé que no lo sabíais y por eso os lo cuento, tuvo cuatro hijos. Uno de ellos era el que se ocupaba de ayudarla a cuidar del mundo animal, otro le echaba una mano con el vegetal, otro más era su mano derecha en cuanto al aire y al reino de lo mineral, y el último era el que colaboraba cuidando del agua y de sus criaturas. Amaba por igual a los cuatro, y les consolaba y aconsejaba en sus problemas, compartía sus alegrías y sus penas, aliviaba sus enfermedades lo mejor que sabía, festejaba sus triunfos y asumía sus fracasos. Igual que cualquier madre.
            Un buen día, Vegelio, el hijo que se ocupaba del mundo vegetal, le pidió consejo. Quería casarse, y no sabía con cuál de todas las criaturas a su cargo hacerlo. La Madre Naturaleza le dijo: “hazlo con una flor, es lo mejor para ti. Busca entre ellas, admíralas a todas, habla con cada una, y elige aquella que más te guste”.
            Vegelio se tomó un año entero para elegir a la que iba a ser su esposa. Habló con flores de todos los continentes, del Edelweisss a la Rosa, de la Orquídea al Gladiolo, del Narciso al Nardo, de la Violeta a la Lila, de la Flor de Pascua al Hibisco de la China, de la Magnolia al Clavel. Admiró su belleza, sus colores, y también ahondó en su carácter, en su perfume y en muchas otras cualidades. Concluida su búsqueda, volvió a ver a su madre para comunicarle su decisión: la elegida era la Orquídea.
            La Madre Naturaleza le preguntó entonces: “Hijo, ¿qué razones te han llevado a elegir esa flor y no otra para hacerla tu esposa?” Vegelio le expuso lo que había encontrado en ella: era hermosa como ninguna otra, llena de colores, admirada y nada tímida, la reina de todas las fiestas, la más buscada por sus múltiples variedades. Estaba llena de clase y estilo, y además se podía extraer de ella la vainilla, esa esencia dulzona que tan apreciada es a la hora de elaborar deliciosos postres. Vegelio era muy goloso, y la gota de vainilla fue la que colmó sus expectativas e inclinó su balanza en favor de la Orquídea.
            Al escuchar su razonamiento, la Madre Naturaleza se echó a reír con carcajadas sabias y llenas de ecos antiguos. “Vegelio, hijo mío, qué inocente eres. La Orquídea es bella pero excesivamente delicada, no crece en cualquier parte. A veces precisa de complicados invernaderos para desarrollarse. Tiene estilo, pero sólo es fachada; dentro de ella no hay sinceridad, sino el engaño de su esencia dulzona, que disfraza su verdadero carácter ostentoso y vano. Vive sólo para ser admirada y deseada, pero no la encontrarás cuando la necesites. Ella no es la esposa que tú mereces”. Vegelio, contrariado, protestó. “Madre, he hablado con todas las flores del mundo, y todas tienen cosas bellas y otras que no lo son tanto. ¿Cuál piensa entonces que debe ser la escogida para compartir mi vida? ¿Qué cualidades debe reunir la compañera ideal, según usted?”.
            La Madre Naturaleza se sentó junto a su hijo, y le habló con ternura, como siempre que se disponía a enseñarle una nueva lección que había de serle útil en la vida. “Vegelio, hijo mío: una buena esposa es alguien que siempre ha de estar cerca de ti, alguien que se adapte a todos los terrenos, para que puedas encontrarla siempre que la busques. Debe ser una flor que, aunque no destaque entre las demás por su belleza y orgullo, sea agradable a todas las criaturas, sin venenos, sin espinas, que provoque un buen pensamiento en los demás siempre que la vean. Debe conformarse con poco, por si no puedes prestarle siempre toda tu atención; ten en cuenta que estás muy ocupado, no puede marchitarse en cuanto tú te des la vuelta. Debe ser humilde, porque así siempre te dejará en buen lugar, y debe ser alguien que no mienta, que enseñe todo lo que es y que te responda con sinceridad cuando te dirijas a ella. Piensa, busca, y cuando encuentres una flor así, no lo dudes y tómala como esposa”.
            Vegelio volvió a dar la vuelta al mundo buscando a su flor, y al término de otro año se declaró incapaz de hallar ninguna con las características que su madre le había indicado. Derrotado, se tumbó en el campo, para pensar cómo debía comunicárselo a la Madre Naturaleza. Una pequeña Margarita, de las muchas que crecían por allí, en los caminos, en los prados, entre las rocas, en el llano y en la montaña, le preguntó el motivo de tanto enfado. La flor le escuchó hablar, y después le dijo: “arráncame y deshójame; yo te diré si al fin conseguirás encontrar esposa o no”.
            La Madre Naturaleza recibió a su hijo, que al fin venía a presentarle a la elegida como su compañera de vida. Era ella, la que siempre está ahí, la que crece sin distinción en cualquier parte, la que se muestra sin ostentación consciente de que no es la más hermosa de las flores, pero que es sabedora de su pequeña belleza blanca y amarilla. Ella, la que a todos se hace amable, aquella a la que todos preguntamos nuestras dudas cuando necesitamos consejo y nos responde aún a costa de perder sus hojas, era, efectivamente, la Margarita.

4 comentarios:

  1. Querida Susana:

    Esto no es solamente el mejor regalo de Reyes, sino todo un homenaje a la Amistad. Gracias de forma continuada y recibe todo nuestro cariño.

    José Luis y Margarita

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  2. En esto del amor a veces lo tenemos delante nuestra y no lo vemos, porque queremos buscar la estètica y olvidamos la parte intrìnseca que es donde se guarda la esencia.

    feliz año 2012

    fus

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  3. Me ha encantado. Es verdad que no lo más bonito es lo mejor.
    Besotes

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  4. qué casualidad!!!me encantan las margaritas!!!
    qué bonita lección en esta historia.
    un abrazo!

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