lunes, 9 de enero de 2012

LA LAVADORA

            La lavadora, esa gran invento que nació para ser una fiel aliada del ama de casa, no es, en ocasiones, la infalible amiga que todos desearíamos tener en nuestro hogar. Y lo digo por experiencia. Hay veces en que una se acuerda del que la inventó, de su madre y de todos sus muertos.
            En principio, ya nadie se plantea (yo tampoco, no nos equivoquemos) el no tener una lavadora, y de hecho es uno de los primeros electrodomésticos que compramos para equipar nuestra vivienda. Básicamente porque no es plan de lavar la ropa en la bañera, y en las ciudades no hay lavaderos públicos. En los pueblos aún quedan, y puedo jurar que hay mujeres que los usan, pero sólo de pensar en el paseo hasta allí con el lebrillo de ropa a cuestas, el detergente y la tabla de surcos, ya me canso. Por no hablar de volver después de la sesión de frote, enjabone y enjuague cargando con todo, y encima mojado, que pesa mucho más. Vamos, que llegas a casa y pones un cartel: “AL QUE SE MANCHE, LO DESPELLEJO VIVO”.
            No puedo dejar de pensar que mis abuelas, bisabuelas, tatarabuelas y demás “buelas” antepasadas  lo hacían, con el agravante de que en León el agua tenía que estar en invierno como para chuparse los dedos. Así les salían a las pobres esos sabañones del tamaño de nueces, qué dolor, por Dios. Mi abuela paterna tenía la espalda hecha una “S” de cargar los baldes de ropa mojada en la cabeza. Eran unas heroínas aquellas mujeres. Pero yo no, yo soy moderna, comodona y cobarde, y por eso me compré una lavadora. Aunque de vez en cuando me la juega, la muy puñetera.
            Cuando yo era una pipiola recién casada, tardé un tiempo en darme cuenta de que el electrodoméstico, aunque parecía de manejo sencillo, no era tal. De hecho tuvo que venir mi madre, dos años después de haberla estrenado, a decirme que la estaba usando mal, que en la “A” estaba el prelavado, y que si después de la “A”, que viene la “B”, no volvía a ponerle detergente, la ropa quedaba más negra que los pecados de un político. Y era cierto, desde luego. Ay, las amas de casa experimentadas, cuánto valen. Pero la huella de aquellos dos años de mal lavado hizo que las sábanas, camisetas, camisas y demás de la época ya no volvieron a ser las mismas. Aunque bueno, de los errores se aprende, y sirvió para renovar ajuar y guardarropa.
            Luego está el tema de los colores. Ni se te ocurra meter algo de color con la ropa blanca, porque es un desastre que ya no tiene remedio. Eso sí, como experimentación cromática está muy bien. La ecuación es como sigue: blanco con rojo, todo rosa. Blanco con negro, todo gris. Blanco con amarillo, amarillento general. Blanco con azul, azulito cielo. Blanco con verde, verdecito hierba. Ahí no hay tu tía: el blanco con el blanco, y los colores entre ellos, y con un programa más suave. Las manchas rebeldes, por más que los anuncios te digan que el frotar se va a acabar, o que añadiendo un cacito de “oxiaxio kristal guay del paraguay” no hay huella que se resista, es mentira. O frotas, o ahí se queda. Palabrita del Niño Jesús.
            Ahondando en los misterios del electrodoméstico y su manejo (nivel avanzado), está el tema de la temperatura. Mucho ojito con eso. Si le pones mucha, te puede salir la ropa talla Barbie Superstar, y si metes blanco y le das en frío, va a ser que la mitad de la mugre se va a quedar en el sitio. En el punto medio debe estar la virtud, digo yo, aunque no siempre acierto.
            El programa de tejidos delicados no está presente en todos los ejemplares de lavadora, y es una triste gracia, porque cuando se te ocurre poner los jerseys de punto en cualquier otro programa salen únicamente aptos para vestir al chihuahua. Lo cual te deja con cara de póker, sobre todo cuando sale el perro vestido con el jersey favorito de tu chico, ese de cachemir que tanto estimaba porque se lo había regalado su madre, e inmediatamente se imagina que no puede ser casualidad. En esto de las lavadoras, desde luego, las casualidades no existen. Sólo existen tu inocencia y su mala leche.
            La lavadora tiene, además, la extraña virtud de no dejarse controlar por manos masculinas. Por alguna razón que no alcanzo a comprender, cuando ve venir a un hombre, oculta sus mandos, modifica sus programas, bloquea sus botones y jamás funciona. No lo entiendo, debe ser alérgica a los machotes, porque si no, ya me diréis qué explicación tiene eso.
            A pesar de todos los problemas que acarrea su manejo, es absolutamente indispensable tratarla bien, mimarla, ponerle anti-cal y decirle palabras bonitas. En caso contrario, te expones a venganzas terribles. ¿Dónde está el calcetín de rayas que perdiste hace dos meses? Ella se lo traga y no avisa, y un buen día te sorprende con una inundación por filtro atascado. Todo eso implica que en su mano mecánica y maléfica está el levantarte el parquet, inundar el piso de abajo, complicarte con los seguros y hacerte perder interminables horas esperando al fontanero, al técnico, al albañil, al del parquet, a los peritos de los seguros, al pintor que tiene que arreglar las humedades del de abajo… y así hasta límites insospechados. Así que, por el bien del bolsillo y la salud mental, conviene tenerla contenta.
            Sigo pensando que la muy ladina juega conmigo, pero aún así, no puedo, ni quiero, renunciar a ella. Aunque, ahora que no me oye, cuando inventen esa que tantas veces hemos visto en los anuncios, esa en la que metes una camisa toda roñosa y llena de lamparones, y te sale impecable, seca y planchada, la que tengo ahora se va a ir directita a la chatarra. Lo juro. Y ahora perdonadme, que mi preciosa, blanquísima y maravillosa lavadora ha terminado y tengo que tender la ropa. ¡Ya voy, princesa mía!

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