miércoles, 18 de enero de 2012

LA MALDICIÓN

            El grupo estaba un poco nervioso. Trataban de mantener el buen ánimo a base de bromas, pero las risas eran tensas. Unos a otros se daban fuerzas, repasando las letras y afinando las voces antes del salir al escenario. Los trajes estaban listos, el maquillaje había sido cuidadosamente aplicado, y todos estaban a punto. Se miraban con los ojos llenos de ilusión y el corazón bailando salsa con las mariposas de sus estómagos.
            Había tanto trabajo en aquellos disfraces como ingenio en las letras y magia en las melodías. Las guitarras ya estaban afinadas, y el bombo y la caja tamborileaban impacientes. El Paraíso hervía en murmullos. Era la hora.
            Antonio Pedro respiró hondo mientras pensaba en todo lo que habían vivido hasta esa tarde. No quería recordar la maldición, pero ésta rondaba su cabeza desde que había empezado a componer los pasodobles y los cuplés, desde que había comenzado a dar forma a la presentación y al popurrí. Él mismo la había conjurado en los carnavales anteriores, sobre aquellas mismas tablas: “Los años pares no sé qué te pasa a ti, los años pares que no me quieres ni ver, y para la final no estoy en tu menú…” Pero el año anterior era impar, y ganaron. ¿Y este? Este era año par, y había puesto la misma maestría o más en aquel trabajo.
            Los chicos no se atrevían a hablar de ella, pero en esos instantes la dichosa maldición se asomaba a todos los ojos. Con la que estaba cayendo tenían material de sobra para divertir y para emocionar, pero sabían que la gente tenía, más que nunca, hambre de carnaval; necesitaban que alguien les hiciera reír y olvidar, y todos los grupos habían echado el resto igual que ellos. No estaban seguros. Si no conseguían llegar a la final, el esfuerzo de tanta gente durante un año se quedaría sin recompensa.
            Antonio Pedro había echado mano de cuantos recursos que se le ocurrieron: contó con el sol de Cádiz y el aire del mar, con el reflejo de la luna llena en la Caleta y con todo el arte y la gracia del acento gaditano, con las inconfundibles voces de los chicos, el dominio de los guitarras y los percusionistas, con la sonrisa limpia de sus hijas, el genio del compositor de las melodías, la creatividad de los diseñadores y sastres, y con su propio duende. Toda la carne estaba a punto de lanzarse al asador, y aún así no estaba seguro. La maldición de los años pares volaba sobre ellos como un buitre calvo y feo.
            Desde que empecé en esto de la escritura y la fantasía, he conocido a casi tantos duendes, enanos, hechiceras, musas, hadas, dioses y brujas como cuentos he escrito. He tirado de contactos hasta llegar a Momo, el dios de la risa, y le he prometido una buena historia en su honor si les echa una mano. No hay cosa que más les guste a los seres mágicos que un buen cuento, así que puede ser que Momo le coloque una silla de montar al buitre y lo utilice para ver los carnavales desde arriba, y que desde allí deje caer su gracia sobre ese puñado de muchachos. Y puede ser que este año, aunque es par, los veamos en la final peleando por un premio. Si es así, Momo tendrá su cuento, Cádiz reventará de risa escuchando a la chirigota del Canijo en el Falla, y la maldición se irá volando para no volver.
            El final de esta historia está por escribir. Me muero de ganas de ver cómo acaba. A por ello, chicos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario