viernes, 6 de enero de 2012

LA PIEDRA DE CAPRICORNIO

            Nereida nunca fue supersticiosa. No creía en los gatos negros, ni en la sal derramada, ni en las escaleras, ni en ninguna de esas historias. Siempre pensó que no eran más que cosas “de antes”, que además tenían su explicación dentro de los límites del sentido común. Un par de siglos atrás, conseguir sal no era fácil, no era cosa de derramarla. Y ya no hablemos de tener un espejo, sólo podían las ricas, y no todas, así que el hecho de que se te rompiera ya constituía una gran mala suerte de por sí. No pasar bajo una escalera podía evitar que te cayese encima una herramienta, tener las tijeras cerradas y guardadas te ahorraba el pago al afilador y algún corte fortuito… en fin, ella le encontraba explicación a todo, con lo cual el componente esotérico y sobrenatural de las supersticiones quedaba anulado.
            Cachondeándose un poco de su natural descreimiento, su familia le solía regalar cosas alusivas a la suerte, el horóscopo y la magia; Nereida se lo tomaba siempre con buen humor, e iba acumulando en un cajón figurillas de brujas, duendes, búhos, pequeñas llaves, colgantes en forma de ojo, de mano… Incluso se reía de sí misma diciendo que si el horóscopo tradicional la catalogaba de capricornio, y el chino lo hacía como rata, el resultado tenía que ser de lo más raro: ¿una rata con cuernos? ¿Una cabra con bigotes y cola larga? ¡Menudo timo! Pero todo cambió una Navidad, cuando entre sus regalos había un colgante con la piedra de Capricornio.
            El trozo de ágata, blanco con pequeñas vetas oscuras, tenía una forma extraña e irregular. Había sido pulida, y colgaba de una cadenita de plata por medio de una argolla. Por alguna razón, la piedra le resultó atractiva. Era suave y extraña, irregular y con un brillo precioso. Y por una vez varió su costumbre, y en vez de terminar en el cajón de los amuletos, el ágata fue a parar a su cuello, pero no porque fuera la piedra de Capricornio, sino simplemente porque le pareció un colgante bonito. Pese a ello, retó a su familia para que encontrasen el mineral que se asocia a la rata, prometiendo que, si lo hacían, también se lo pondría, aunque le costase más andar con tanta piedra encima.
            Unos días después, Nereida se llevó un disgusto: había perdido uno de los pendientes de oro que le había regalado Eduardo, su marido. Le dio mucha rabia, esos pendientes tenían un significado especial para ella. Guardó el otro con la intención de llevarlo al joyero y que le fabricase uno igual, y así volver a tener la pareja. Esa misma semana, al parar en un semáforo, el coche que llevaba detrás le dio un golpe. No hubo daños físicos, pero se quedó momentáneamente sin vehículo. Era un contratiempo, desde luego, aunque a fin de cuentas le pagaban la reparación y no había habido heridos que lamentar,  así que no era tan grave la cosa. A los cuatro días del accidente, encendió el horno para cocinar unas pizzas sin acordarse de que había guardado en él una sartén con aceite, y cuando se dio cuenta había un incendio en la cocina. La casa se le llenó de humo, y el jaleo fue tremendo. Nereida empezó a preocuparse. ¿Qué estaba pasando?
            Aún no había pasado un mes del incendio cuando la empresa en la que trabajaba presentó la suspensión de pagos y la despidió. Además, fue al aseo en un centro comercial, acababan de limpiar, y una salpicadura de lejía le echó a perder su mejor abrigo. No podía ser, de las navidades en adelante había ido encadenando un problema con otro, parecía que todo le estaba saliendo mal. Aquello no era normal.
            Cuando un ratero le robó el bolso de un tirón mientras caminaba por la calle, por primera vez en su vida empezó a pensar que algo le estaba causando una tremenda mala suerte. Le faltó llegar a casa y verla encharcada de agua por una fuga en el lavaplatos. Aquello era el colmo, y tenía que atajarlo cuanto antes, pero… ¿cómo? ¿Qué había hecho ella para merecer tanta contrariedad?
            Esa noche no pudo dormir. Daba vueltas en la cama pensando en cómo detener el ataque de la mala suerte, y de pronto una lucecita se le encendió: el problema era la piedra de Capricornio. Nunca había creído en esas cosas, y le había ido bien. Pero desde que de su cuello colgaba el ágata blanca no había cosa que no se le torciera. No iba a esperar a tener un nuevo contratiempo: al día siguiente fue con Eduardo a la playa y desde el borde del espigón tiró el colgante al mar.
            Poco a poco todo fue volviendo a su sitio, y la mala suerte desapareció. Nereida se prometió no volver a llevar encima un ágata en su vida. La única vez que había dejado de ser fiel a sí misma le había costado bastante caro, así que si a alguien se le ocurría regalarle otro amuleto o algo similar, el objeto iría directamente a nadar con los peces. Por si acaso.

No hay comentarios:

Publicar un comentario