domingo, 15 de enero de 2012

LA TACONES

            Micaela era una buena cristiana. Iba a misa, era compasiva, caritativa y piadosa. Se preocupaba de ayudar a todo el mundo, y siempre trataba de ver el lado bueno de la gente. Según su forma de pensar, el ladrón seguramente robaba porque no tenía para comer, o porque había tenido una infancia difícil y estaba un poco desorientado. El malhablado blasfemaba y ofendía quizá porque nadie le había enseñado a hablar como las personas de bien, la prostituta ejercía su oficio porque, con toda seguridad, no había encontrado forma mejor de sacar a sus hijos adelante y se veía obligada a ello… en fin, según Micaela nadie es malo y dándole una oportunidad todo el mundo puede volver al redil.
            Sin embargo, sus vecinos de al lado habían acabado con su paciencia cristiana, y hacían que Micaela tuviera malos pensamientos. Deseaba que se marchasen, perderles de vista definitivamente para poder dejar de sufrirlos. Soñaba con que se divorciaban y se iban, o con que perdían sus trabajos y se tenían que ir a otro país, a ser posible muy, muy lejano. Todo eso iba contra sus más firmes principios morales, pero no lo podía evitar, porque la llevaban por la calle de la amargura.
            Sus vecinos de al lado eran tres: el matrimonio y una hija adolescente. Las paredes que los separaban no la protegían de los continuos ruidos, y la música alta, las discusiones, los ladridos de los perros y todo tipo de sonidos la martirizaban día y noche, hasta el punto en que muchas noches interrumpían su sueño con los portazos que daban independientemente de la hora que fuese. Estaba harta, y la paciencia se le estaba agotando.
            Lo que peor llevaba era la actitud de la hija, a la que apodaba “la Tacones”. Esa chica tenía tacones hasta en las zapatillas de estar por casa. Oía sus pasos por el dormitorio, que lindaba pared con pared con el suyo. Aquella chavala no conocía el significado de la palabra prudencia, ni tampoco la existencia de las pantuflas ni la de los auriculares, porque ponía la música a un volumen indecente sin mirar la hora. Eso sí, cuando volvía de madrugada el sábado por la noche (¡Blam! Portazo al canto. Tip, tap, tip, tap, tip, tap, los tacones por la habitación) no toleraba que nadie la despertara, y aporreaba la pared si a Micaela se le ocurría pasar la aspiradora mientras dormía la mañana. Cuando se levantaba (tip, tap, tip, tap, los tacones otra vez) ponía la música a todo volumen y le reventaba la siesta. La oía hablar por teléfono con sus amigas (no se podía ser más pija, o sea, tía, qué fuerte me parece), oía la vibración de su móvil sobre la mesita… Lo oía todo, y aunque en un par de ocasiones se lo insinuó y pidió un poco de respeto, sólo consiguió que las sesiones de música fuesen más largas y a más volumen, que los portazos fuesen más frecuentes y que aquella petarda no se quitase los tacones ni para ir a hacer pis. Era insoportable.
            Micaela soñaba con entrar a casa de sus vecinos con un hacha de leñador, pero no para hacer daño a nadie, sino para amputar los tacones de todos los zapatos de su vecina. Pero como aquello no podría realizarlo nunca, se tuvo que conformar con dejar que los años pasasen aguantando portazos, ladridos, taconeos y maratones discotequeras domésticas. Esperaba que la chica se echase novio, se casara y se marchara, y de paso se llevara al perro, así que el día que salió temprano a comprar el pan y la vio darse el lote con un chico en el portal, se alegró tanto que decidió ponerle a Cupido las cosas fáciles para que el mozo se llevase pronto a “la Tacones” y vivir al fin tranquila en su casa.
            Comentó el asunto con su confesor, y éste le dijo: “Micaela, ya sabes que Dios manda perdonar, no desear mal al prójimo y tener paciencia. A ver lo que haces”. Pero no, su intención no era hacer daño, sino todo lo contrario.
            Comenzó aflojando las bombillas del portal para que tuviesen más “intimidad” a la hora de despedirse. Continuó esparciendo un ambientador a base de aromas de vainilla y fruta de la pasión. Tenía que conseguir que se casaran cuanto antes, así que cuanto más se desearan, más pronto pasarían por la vicaría. Cuando veía a la pareja entrar junta en el piso o les oía hablar en la habitación de “la Tacones”, ponía música romántica a medio volumen, lo suficiente para que ellos pudiesen oírla.
            El plan de Micaela tardó un poco en hacer efecto, pero al fin, año y medio después, vio cajas de mudanza en el descansillo, y su corazón saltó de alegría. Discretamente, le preguntó a su vecina: “Huy, María, ¿os mudáis?” “No, es mi hija, que se independiza”. Se independiza. Y un pimiento. Se iba a “amontonar” con el novio, sin pasar por el altar. Y lo peor de todo es que era culpa suya, tanto había animado al amor que se le había ido la mano, y en lugar de casarse cristianamente “la Tacones” iba a vivir en pecado con su novio. Se sentía responsable de la perdición de la chica, y llena de remordimientos fue a consultar con su confesor.
            El sacerdote escuchó los escrúpulos de Micaela y trató de consolarla lo mejor que pudo. Intentó convencerla de que no era culpa suya, que la juventud de hoy en día era así y que poco o nada podía hacer ella para arreglar la situación, pero la pobre mujer no podía dejar de sentirse mal. Su preocupación duró un par de días, el tiempo suficiente para darse cuenta de lo bien que se estaba en casa sin escuchar el continuo taconeo, sin músicas a deshoras, sin móvil, sin golpes en la pared y sin portazos. Dormía la siesta y nadie la molestaba, no había sobresaltos nocturnos, pasaba el aspirador cuando le daba la gana y por fin era libre en su propia casa.
            Micaela llegó a la conclusión de que el amancebamiento no podía ser tan malo cuando a ella le había devuelto la felicidad. Como mucho, constituía un pecadillo menor, y seguramente Dios sabría perdonar su intervención en el asunto, así que guardó los discos románticos por si necesitaba volver a usarlos y, contenta, se fue a rezar un Rosario antes de acostarse.

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