domingo, 22 de enero de 2012

LA TIENDA DE MAGIA

            Me llamó mucho la atención el rótulo de la tienda. Era de color azulón, con las letras en amarillo y muchas estrellas de distintos tamaños salpicándolo todo. “Tienda de magia”. ¿Qué habría dentro? Una lástima que pasara frente a ella en domingo y estuviera cerrada. Me iba a quedar con las ganas de entrar, pero como mi curiosidad es muy perseverante y me conozco, anoté la dirección para cuando volviera a pasar por el centro de Valencia.
            Al día siguiente, lunes, se me ocurrió algo urgentísimo que comprar allí cerca, así que cogí el tren y me planté ante la puerta azulona y amarilla. Yo tenía que saber, escudriñar, mirar y remirar. El dependiente, un hombre mayor, calvo y muy amable, me preguntó qué deseaba. “Nada, sólo tengo curiosidad. ¿Qué es lo que venden aquí?” El hombre me sonrió. “Vendemos ilusión, magia, sorpresa, asombro, misterio e imaginación. Mire cuanto quiera, y si necesita algo, ya sabe dónde encontrarme”. Y desapareció detrás de una cortina. Yo me puse a recorrer las estanterías abarrotadas de objetos, y mi fantasía comenzó a hacer de las suyas.
            Allí había de todo lo que uno pueda esperar ver en manos de un mago: jaulas, cajas, chisteras, varitas, barajas de naipes, cuerdas, pañuelos, flores de papel, conejos, palomas, pistolas de fogueo, espadas metálicas y de goma, monedas, billetes, pelotas de colores… Había también una infinidad de libros en los que venían explicados todos los trucos de magia conocidos. Hojeé alguno de ellos, concretamente el de “Trucos de cartas con baraja francesa”, y “Los aros y las cuerdas sirven para algo más que para entrenar delfines”.
            Continué curioseando por entre las estanterías de la tienda, y al fondo del local vi una vitrina que estaba cerrada con llave. En ella había lamparillas de aceite, todas pulidas y brillantes, hechas de latón. Me hicieron gracia porque eran copias de la lámpara que sale en la película de Aladino, y pensé que a mis hijas les podría gustar tener una, así que, viendo que su precio era razonable, decidí avisar al dependiente.
            Cuando compro un décimo de lotería, el lotero siempre me pregunta si quiero algún número en particular, y yo siempre contesto “deme ese que usted sabe que toca”; en esta ocasión pasó algo parecido. El dependiente me preguntó cuál de todas las lámparas quería, y yo le contesté riéndome: “pues deme la que tenga genio”. Él también se echó a reír.
            Cuando llegué a casa con mi regalo, las niñas se mostraron entusiasmadas. “¡Anda, mamá, es igual que la de Aladino!”. Y como habían visto la película, decidieron disfrazarse de princesas orientales. Sacaron mi tetera de Marruecos, el cojín brocado en oro y la alfombra imitación persa, y montaron su propio cuento de las mil y una noches. Lo malo vino cuando frotaron la lámpara: de ella comenzó a brotar un humo negro que nos dio un susto tremendo. Salimos corriendo, y los vecinos llamaron a los bomberos pensando que la casa se quemaba. Cuando llegó mi marido intenté explicarle lo que había pasado; era imposible que no se diera cuenta del incidente porque las cortinas, las paredes y el techo del salón estaban llenos de hollín. No me creyó, y frotó la lámpara para demostrarme que era imposible. Al instante, el sonido de una sirena estridente nos dio un nuevo susto. Los vecinos, alarmados, salieron dando gritos a la escalera.
            Era preciso devolver la lámpara a la tienda antes de que nos metiera en otro lío, así que la encerré en una bolsa y la dejé en mi mochila para llevarla al día siguiente a la vitrina de la que nunca debió salir. Con lo que no contaba yo es con la manía que tiene mi gato de dormir encima de mis bolsos. En cuanto la lámpara sintió el peso del animal, de ella comenzó a manar agua como de un grifo abierto. Por la mañana, cuando echamos los pies al suelo, el agua nos llegaba a los tobillos y las zapatillas flotaban por dentro de casa. Casi me da un ataque.
            Estuve toda la mañana arreglando el desastre y hablando con el perito del seguro, al que le dijimos que se había roto el lavavajillas (cualquiera intenta contarle la verdad, me habría tomado por loca). Y por la tarde me fui a devolver la lámpara. Al llegar a la tienda, el dependiente me sonrió. Creo que ya me esperaba. Le dije que aquel objeto estaba poseído, o maldito, o yo qué sé. Y él, que no parecía nada sorprendido, se limitó a guardar la lámpara en su lugar de la vitrina y a cerrar ésta con su llave. Luego fuimos hacia la caja para que me devolviera el dinero, pero yo no quería quedarme con la duda, y antes de irme le pregunté dónde estaba el truco, por qué aquel puñetero trozo de latón me había dejado la casa negra e inundada, y a todos mis vecinos en pie de guerra. Él, sin dejar de sonreír, me respondió: “es que usted me pidió una lámpara con genio. Y esta tiene mucho, pero que mucho genio”.
            Tengo que tener más cuidado con las cosas que pido en las tiendas. Nunca se sabe lo que puede pasar.

1 comentario:

  1. jejeje! qué curioso... a veces nos pasan cosas que sabemos que si las contáramos nos tratarían de locos, es porque somos a veces demasiado limitados. También me ha encantado!!!

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