sábado, 28 de enero de 2012

LAS CINTAS DE TU CAPA

            Quizá porque te conocí vestido de tuno, aunque hace años que no te pones el traje de terciopelo negro, no puedo evitar, cuando te miro, pensar en las cintas que bordé para tu capa. ¿Qué habría pasado si no me hubiera esforzado con aquella primera cinta? No lo sé, tal vez nada, tal vez sí. Lo que sí sé es que la ilusión que puse en aquel primer trozo de raso azul cielo te empujó a averiguar si merecía la pena volver a Santander.
            Enamorarse de un tuno es enamorarse de algo más que un hombre. Es entrar a formar parte de la Historia, con mayúsculas. Es abrazar la tradición, el piropo, la canción, el requiebro, la noche, los claveles, el revuelo de capas y cintas, el rasgueo de una guitarra, el trinar de una bandurria. Es entrar en la parte más hermosa de la España en la que he nacido.
            Dice la tradición que en cada cinta que adorna tu capa llevas un trocito de corazón, y debe ser verdad, porque poco a poco te fui dejando el mío, a cachitos, en cada una de las que te bordé. Del resto, las que no salieron de mis manos, conozco la procedencia de algunas. De otras no, pero me da igual, porque desde aquel primer mensaje hecho de hilo, raso y esperanzas, toda tu vida ha sido mía.
            Durante cuatro años busqué los colores más innovadores para cada ocasión: cobre, amarillo fosforescente, verde mar, rosa pasión… e inventé para ti los mensajes más misteriosos, los más bellos que se me ocurrieron. “Una rosa pintada de azul es un motivo”, dice el bolero, y yo pinté para ti una rosa azul sobre una cinta blanco nacarado, porque mi motivo mayor eras tú, y sigues siendo tú. En otra te recordé aquel café con tostadas en la cafetería del Alisas, lo primero que compartimos. Ahora desayunamos juntos cada día, pero entonces… era distinto. Bordé una cinta color oro viejo con hilo negro y plata, y el texto en latín te recordaba lo mucho que me gustaba besarte. Esos mensajes no han caducado, ni lo harán, porque sigues siendo para mí la razón por la que me levanto cada mañana. Aunque la edad me haya hecho más gruñona, aunque los problemas que ahora tengo y entonces desconocía me roben a veces la sonrisa, sólo necesito recordar aquella primera ronda bajo mi balcón para que la ilusión regrese y me envuelva, y mis dieciocho años vuelvan a ser la edad que reflejen mis ojos. Aunque ya tenga arrugas en la cara y manchas en las manos, aunque mi carnet de identidad diga otra cosa, cuando me cantas los años se me borran y tú vuelves a ser aquel tuno rubio de mirada azul y beca roja y negra, y yo vuelvo a ser la azafata rubia con la gorrita de marinero que trataba de que todos aquellos gremlins con capa llegasen a los actos programados en el certamen, allá por el 91, en el Santander lluvioso en que la vida me había puesto.
            Bendigo cada día aquel marzo de frío y chubascos en que te vi llegar con tu traje de terciopelo. Ese traje que ahora duerme en un armario, junto con la capa llena de cintas que tantos pinchazos le procuraron a mis dedos inexpertos, es el testigo de lo que vivimos, y siempre, mientras conserve mis neuronas activas y en su sitio, recordaré tu imagen vestido con él. El día en que la edad o el Alzheimer me roben ese recuerdo, sólo me quedará sentarme a esperar el final de la vida. Una vida que ha merecido la pena porque la he vivido contigo.
            Por si no te has dado cuenta, te estoy diciendo que te quiero. Buenas noches, amor.

1 comentario:

  1. Que hermosa historia, espero que mi historia tenga algún parecido

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