jueves, 5 de enero de 2012

LOS REYES DE ENRIQUE

            Enrique no era un niño como los demás. Dio muestras de ello desde bien pequeñito, cuando se sentaba a mirar el telediario desechando las películas de dibujos animados que sus padres intentaban que viera. Cuando el informativo terminaba era capaz de repetir prácticamente todo el contenido de las noticias que había escuchado, imitando incluso el acento de los locutores.
            Su gran memoria y el desmesurado interés que mostraba por la actualidad y los noticiarios llevaron a sus padres directamente a la consulta del psicólogo: el niño no era normal. El diagnóstico fue claro: Enrique no sólo era superdotado, sino que además tenía una conciencia clara de la situación del entorno, lo cual le convertía en un sujeto peligroso, un contestatario en potencia, un futuro subversivo. Había que reprimirlo, modificarlo, cualquier cosa con tal de que no sobresaliese para que no pudiese desarrollar las ideas perniciosas que estaban ya germinando en él, tales como justicia social, desigualdades, reparto de la riqueza, educación pública de calidad…
            Lo primero que se recomendó a los padres de Enrique fue infantilizar su entorno. Nada de prensa ni informativos, y mucho menos internet, vade retro, Satanás. Teletubbies tampoco, que uno es invertido, una mala influencia. Disney Channel a todas horas, los Lunnis y Pocoyó, y con eso bastaba, de momento. Si quería leer algo, que fuera Teo se va a la escuela, o Teo se va al campo, o Gerónimo Stilton en el reino de la fantasía, que total ahí todo lo que salen son dragones, o sea, mentiras. Si volvía a preguntar por el 15-M o por la Primavera Árabe, se le debía indicar claramente que eso es cosa de mayores, y que él sólo tenía que preocuparse de aprender los ríos de España y las capitales de provincia. Los padres de Enrique, temerosos del potencial del niño, decidieron hacer caso.
            Llegó la siguiente Navidad, y Enrique, harto de esconderse para leer el periódico del abuelo, que se lo traía de estraperlo escondido bajo la bufanda, escribió su particular carta a los Reyes Magos. En ella no había juguetes, solamente pedía un saco de 25 kilos de carbón, pero no del de azúcar, sino de buen carbón asturiano, genuino y negro. El psicólogo, informado por los angustiados padres, no pudo objetar nada. No lo encontró peligroso, ni subversivo, ni revolucionario. Enrique se despertó el 6 de Enero, y bajo el árbol de Navidad encontró el saco de carbón que había pedido. Contento, se vistió y llamó por teléfono al abuelo. Pasaron el resto del día cuchicheando y escribiendo notitas.
            Al día siguiente, el anciano fue a buscar al niño con la carretilla. Entre los dos cargaron el saco de carbón asturiano, y se fueron a dar un paseo. Pararon en varios sitios, y cuando volvieron a casa el saco estaba vacío. Ante la pregunta de qué había pasado con el carbón, Enrique sonrió y pidió una película de Los Lunnis; el abuelo hizo mutis por el foro alegando no sé qué de la próstata, y ninguno de los dos soltó prenda.
            El psicólogo había recibido el primer trozo, con una nota: “Por tratar de convertir a los niños en borregos, Sus Majestades le obsequian con lo que se merece”. El director del banco de la esquina tenía otro trozo: “Por engañar a la gente, dejarlos sin casa y abusar para llenarse los bolsillos, Sus Majestades le obsequian con lo que se merece”. El alcalde también había recibido un trozo, así como el concejal de urbanismo, un juez y uno de los curas de la parroquia cercana. Finalmente, en la oficina de correos fueron enviados varios paquetitos destinados a Moncloa, Zarzuela, el Congreso, el Ministerio de Sanidad y el de Hacienda. El resto del carbón fue a parar a un campamento de inmigrantes ilegales, que lo quemaron en bidones de lata para calentarse aquella misma noche.
            Las navidades siguientes, Enrique, que no había olvidado el castigo ejemplar recibido por su particular “revolución del carbón”, en la carta a los Reyes Magos sólo pidió dos cosas: una flauta y un perro. Pensó que el saco de dormir debía esperar hasta su cumpleaños. Para no despertar sospechas.

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