miércoles, 25 de enero de 2012

MI PEQUEÑA FLOR

            Mi pequeña flor era una de las criaturas más dulces que yo he conocido nunca. Menudita, comprensiva, dulce, buena. Para ella no había nadie malo, creía en la gente, en el amor y en la vida, creía en la felicidad y en la buena fe. Soñaba, como soñamos todos, con formar una familia, con tener lo que todo el mundo tiene. Para ella la normalidad era sinónimo de dicha y alegría. Ayudaba a todos, quería a todos, y su debilidad por los niños hacía que todos los pequeños la adorasen. Cuando ella hablaba, el cielo entero sonreía.
            Llegó un día en que mi pequeña flor se enamoró, y vio en alguien lo que buscaba. Cupido se quitó la venda de los ojos y se la puso a ella, y a pesar de que ninguno de los que la queremos estábamos demasiado convencidos, tiró para adelante y eligió. Quise pensar que ella acertaba y yo me equivocaba, pero fue al revés. Durante un tiempo fue feliz queriendo creer que las cosas iban a cambiar, a mejorar, pero la flecha que el ángel del amor le había clavado se infectó, y la gangrena se fue extendiendo con el paso de los meses. Su clavel enamorado resultó ser un cardo, y cuando enseñó las espinas ya era tarde para volver atrás.
            No hace falta pegarle a una mujer para convertirla en una desgraciada. Basta con aislarla e ignorarla, es suficiente con mostrarse encantador con todo el mundo menos con ella. Mi pequeña flor comenzó a marchitarse poco a poco. Le faltaba la ilusión que era su alimento, sus ojeras cada vez eran más grandes y su cuerpo más pequeño. Y su perenne sonrisa, la que siempre lo iluminaba todo a su alrededor, se esfumó. Dejó de luchar y se resignó a que su vida solamente fuera eso, existir. Sin amar. Sin sentirse amada. La felicidad era un cuento de hadas, pero no era posible en la realidad.
            Fueron años muy difíciles, aunque ella no se lo dijo a nadie. No entiendo cómo pudo vivir así, el miedo que sentía de perder lo poquito que le quedaba de hermoso en su día a día mantenía su boca cerrada. Había apostado todo lo que tenía, y le había tocado perder, eso era todo. Pero de pronto, sin esperarlo, sucedió algo. Un rayo de sol se coló por entre las nubes negras de su cielo, como ocurre a veces en los días de tormenta, y esa luz se le metió dentro. Se aferró a esa esperanza, y sus pétalos se colorearon tímidamente otra vez. Quizá después de todo la felicidad soñada sí era posible, quizá la condena que la vida le había impuesto no fuera perpetua, quizá… quizá pudiera, después de todo, recuperar la sonrisa.
            El rayo de sol comenzó a tostar la piel de sus mejillas, y ese agradable calor le fue devolviendo las fuerzas, pero el viento cambió su rumbo, y las nubes negras volvieron a cubrirlo todo. El sol estaba escondido tras ellas, pero no podía asomarse. Y la pequeña flor, que pudo tratar de romperlas de un cañonazo, no lo hizo. No quiso dañarlas: las nubes, aunque ciegas y egoístas, no tenían la culpa. Pero algo en ella había cambiado. Se negó a volver a marchitarse, y el recuerdo del poco calor que había recibido de ese rayo de sol se le quedó escondido en las raíces. Luchó por no volver a helarse, recogió sus pétalos y esperó.
            Hay que ser muy valiente para vivir lo que mi pequeña flor vive, plantada en un jardín hostil, y mantener la cordura. Pero lo peor de su invierno ya ha pasado, sólo es cuestión de tiempo que las nubes busquen otros cielos y el sol vuelva a brillar. Y si ese día hacen falta mis manos para desenterrar sus raíces y que pueda trasplantarse a donde a ella le dé la gana, yo iré y cavaré. Hasta que ese día llegue, espera, pequeña flor, y mantén tus colores, aunque sea difícil. Ser dulce, cariñoso y bueno acaba teniendo su recompensa, y la tuya no tardará en llegar. Yo ya tengo una botella de buen cava en la despensa, de ese que solamente compro para celebrar las cosas que merecen la pena. Estoy deseando descorcharla contigo.

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