lunes, 16 de enero de 2012

NADIE NOS QUIERE

“Nadie nos quiere”. Así, a priori, en frío, puede dar un poco de pena la frase, pero no nos dejemos engañar. Todo depende de quién la pronuncie, y en qué circunstancias lo haga. Yo la escuché hace unos días, y no me eché a reír porque no estaba en disposición de poder hacerlo.
Hay cosas que, por poca gracia que nos hagan, hay que pasarlas sí o sí. Es necesario y ya está. Una de ellas es, por ejemplo, pagar los recibos de la luz. Por gusto, desde luego, mandarías a la compañía de turno más para allá del Rancho Grande por lo ladrones que son, pero con tal de que no te corten el suministro aflojas la mosca y te aguantas. Otra es, por no ir más lejos, ir al ginecólogo. No conozco a ninguna mujer que vaya por deporte, si vamos es porque no nos queda otra, pero desde luego preferiríamos ir a tomarnos un chocolate con churros en lugar de pasar revisión. Pues lo mismo, lo mismo, se podría aplicar a los dentistas, porque fue precisamente mi odontóloga la que pronunció esa frase: “A nosotros nadie nos quiere”.
Lo malo de esas cosas es que normalmente te las dicen cuando no puedes contestar. Imagináos el cuadro: tumbamiento bartolero en el sillón del dentista, boca abierta como un pajar, el salivero colgando de una de las comisuras (ffffsuuuuuuuuucssssssss), la señorita con sus guantes de látex metiendo el torno con la broca del seis en una de tus muelas (uuuiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiinnnnnnnnng), la luz dándote en los ojos, media boca dormida por la anestesia y aún así viendo las estrellas porque te está tocando un nervio con el aparatito (uuuuiiiiiiiiiiiing, uiiiiiiiiiiiiiiiiiiiing), y va y te suelta: “es que a nosotros, los dentistas, nadie nos quiere”. ¿Hay para contestarle o no hay para contestarle? Pues yo no lo hice. Soy así de cobarde.
El caso es que fui a esa clínica porque me la recomendaron. Bueno, por eso y porque de un lado ya no podía morder del dolorcillo que se me ponía, una de esas molestias que nunca auguran nada bueno y que son la señal de alarma que te indica “vete ya que luego será peor”. La consulta muy chula, todo muy bonito y bien decorado, varias salas clínicas, música suave, y revistas frescas (raro, raro, raro) en la sala de espera. Me llamaron enseguida, me tumbé y ahí empezó todo.
Comenzamos con las radiografías. ¡Huy! Ahí hay un agujero. ¡Huy! Ese empaste hay que levantarlo. ¡Vaya! Necesitas una limpieza profunda. Y dentro de mi cabeza los números de la caja registradora comenzaron a dar vueltas como locos al ritmo de su soniquete característico: “clin, clin, clin, clin, clin…” Continuamos para bingo. Tienes las encías no sé cómo (clin, clin, clin), hace falta hacer una radiografía panorámica para ver el estado del hueso (clin, clin, clin, clin), este nervio hay que matarlo (clinclinclinclinclinclin), hay que enfundar esta pieza (clinclinclinclinclinclinclin, la máquina registradora echando humo), vamos a empezar. A esas alturas yo ya no sólo tenía dolor de muela, sino también de bolsillo y cuenta bancaria. Y después de la tortura psicológica, comenzó la física.
Creo que ya os he dicho alguna vez que cuando me entra la ansiedad suelo hacer dos cosas: o ataco la nevera o me arranco por Doña Concha Piquer. El caso es que, como con la boca abierta y la dentista hurgando en ella no era cosa de comerme un bocata de chorizo, me arranqué a tararear “Ojos verdes” mientras ella le daba al torno. Y la tía, muerta de risa, me dice: “eres la primera paciente que he tenido que se pone a cantar mientras le hago una endodoncia”. Pero es que era eso o echar a correr, y a media faena no era plan de largarse. “No te pongas nerviosa, te he puesto dos dosis de anestesia, no te va a doler”. ¡¡Meeeec!! ¡¡Error!! Sí me dolió. Tercer jeringazo de anestesia, los pelillos de punta, el torno chillando (uuuiiiiiiiiiiiiiinnnnggggg), y yo venga de tararear y de tararear “Suspiros de España”. Al fin, me dice aquello de “no tenías que haber esperado tanto para venir, pero claro, es que a los dentistas nadie nos quiere”. Y tenía razón, desde luego. Nadie los queremos, pero todos los necesitamos, aunque nos pese.
Salí de allí con una cita para la semana siguiente, la boca de lado, la lengua gorda y un presupuesto todavía más gordo para todo lo que tiene que hacerme, pero como aún estaba temblando como un flanecillo y ya no tenía nada extraño jeringándome en la boca, me fui de la consulta cantando “La Bien Pagá” por lo bajinis.
Espero que no me oyera, porque no quisiera que se sintiese ofendida. Para la próxima sesión me tomaré una tortilla de valerianas antes de entrar, y a ver si el rato es corto y sólo me da tiempo a repasar “El Romance de la Reina Mercedes”, porque si tengo que echar mano también de “Tatuaje” y “La Maredeueta” significará que estoy al borde de un ataque de nervios. Eso sí, como me vuelva a decir que a los dentistas no les quiere nadie, se expone a alguna contestación muy heavy por mi parte. Que una tiene sus límites.

1 comentario:

  1. JA JA JA JA

    A mi los dentistas me crean desconfianza. Abres la boca y meten la mano... y siempre me quedo con la duda si realmente necesitaba un empaste doble, total... yo no he visto el agujero... ellos mandan. Hasta el taller mecánico me da más confianza porque al menos puede acompañarme mi padre...
    un abrazo a todos los dentistas... por cierto!!!

    ResponderEliminar