martes, 31 de enero de 2012

ORGULLO CASTELLANO

         Mi padre, entre tantas otras cosas, me enseñó de pequeña eso de que “no se es de donde se nace, sino de donde se pace”. Lo hizo para que dejase de llorar después de mi primer “transplante”, el que me arrancó de mi León natal para ponerme en Palma de Mallorca, una isla cálida y con un idioma nuevo, un lugar que al principio me pareció otro mundo, pero que acabé aceptando. Lo conseguí al fin… justo, justo, justo antes de volver a transplantarme.
            Desde que aprendí e interioricé ese refrán me ha resultado más sencillo aceptar los siguientes transplantes, que han sido unos cuantos, y me he mimetizado con los oriundos igual que si fuera uno más. Pero de vez en cuando llega algo, como un soplo de brisa, como un olor que recordamos de la niñez, y me invade de nuevo el orgullo de ser castellana. Y en semanas como esta es cuando recupero mi carácter mesetario para pensar de puertas adentro: ¡qué redaños tenemos!
            En semanas como esta, el Cid Campeador, uno de los más grandes héroes que ha parido España, cabalga de nuevo con doce de los suyos, (polvo, sudor y hierro) hacia un destierro a todas luces injusto, pidiendo asilo a los campesinos burgaleses, que se lo dan aún a costa de perder la propia vida, porque son como él: leales, duros y valientes. Y al fin, sobre la muerte, sobre el rey, sobre los moros y sobre todo lo que se menea, él gana, teniéndolo todo en contra, pero gana. Y sus tátara-tara-tara-tara-tara-tara-nietos, los jugadores del Mirandés, repiten su gesta, aunque no a lomos de Babieca y espada en mano, sino con calzón corto, botas de tacos y un balón de reglamento.
            No son muchas las ocasiones en que un equipo como el Mirandés puede cambiarse el nombre y llamarse “David”, el héroe que mató al gigante Goliath, como todos sabemos, arreándole una pedrada en todo el frontispicio. Pero ahora está pasando, y yo sé por qué es: Rodrigo Díaz de Vivar se ha cansado de que su Burgos no aparezca en los mapas más que por la Catedral, y ha decidido poner el orgullo de sus paisanos en el lugar que merece; el Mirandés ha sido su instrumento, su Tizona, su Colada y su armadura. Y ha insuflado en ellos el coraje que narraron los cantares de gesta para hacer que se hayan convertido en la admiración de toda España, pero sobre todo en el triunfo de los castellanos.
            En el Mirandés juegan un puñado de hombres hechos del mismo barro duro que aquellos hidalgos que formaban su ejército fiel, y Miranda entera ha olvidado sus problemas y su crisis para gritar como un solo hombre que la hombría castellana sigue tan viva como antaño, y que igual que el Campeador pudo con todo lo que se le puso delante, el Mirandés podrá con los leones de Bilbao.
            Lo siento por los vascos, pero todas mis fuerzas hoy se van con los de Burgos. No suelo tomar partido en estas cosas, pero mi sangre castellana me empuja a estar con ellos. Aunque perdiesen, nunca olvidarán las alas, el sueño que les han dado a los suyos. Y aunque hoy el equipo y los seguidores del Mirandés hayan ido a Bilbao en autobús, junto a ellos, con doce de los suyos, polvo, sudor y hierro, el Cid cabalga.
            Mamás, alimentad a vuestros niños con sabrosas morcillas de Burgos, y veréis hasta dónde llegan de mayores. Como poco, llegarán a semifinales de todo lo que se propongan. Seguro.

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