miércoles, 11 de enero de 2012

PAN Y ARROZ

            Judith se casó muy jovencita. Fue la primera de sus amigas en pasar por el altar, y lo hizo en la parroquia de su novio, que estaba en otra provincia bastante lejos de la suya. Durante los preparativos, ya se dio cuenta de que había algunas costumbres distintas a las que conocía; algunas las adoptó, como la de dejarse coser una pequeña herradura dorada en algún rincón del traje. También respetó lo de algo azul, algo prestado… Lo de las tracas, como le daban miedo, lo eliminó de la lista.
            Pocos días después de volver a casa tras el viaje de bodas, una mujer de la familia la visitó y le entregó un paquetito. Contenía un trozo de pan del que se sirvió a los invitados en el banquete, y también un puñadito de arroz del que les tiraron a la salida de la iglesia. “Mientras guardes esto, nunca te faltará pan en la mesa y arroz en la despensa”. No es que creyera mucho en esas cosas, pero le pareció una tradición bonita, así que ocultó el pequeño paquete en un rincón de su armario y agradeció la atención con una sonrisa.
            Desde entonces, cada vez que había ido a ver casar a alguna de sus amigas, había recogido el puñadito de arroz y el pan para dárselo a la recién casada. Elaboraba una bolsita de tela, bordaba a punto de cruz las iniciales de los novios, dejaba secarse bien el pan para que no se enmoheciera, y luego lo metía todo en la bolsita. Por último cosía la abertura para que no se saliera ni un grano de arroz, la adornaba con un lazo y la entregaba a la amiga correspondiente con la esperanza de que nunca se viera en ningún apuro económico, para que no le faltase nunca el pan, ni a ella ni a la familia que acababa de formar.
            Sucedió que una vez asistió a dos bodas muy seguidas; hizo las dos bolsitas a la vez, pero a la hora de rellenarlas metió el pan de una de las novias con el arroz de la otra, y viceversa, sin darse cuenta de la confusión. Y sería casualidad, o vete tú a saber, pero antes de que hubiese pasado un año, una de las parejas tuvo que vender su casa porque ambos quedaron sin trabajo, y tuvieron que mudarse a casa de los padres de él. El otro matrimonio, que estaba intentando tener un hijo, resultó ser estéril. Al año siguiente, los primeros seguían en paro, y los segundos habían iniciado los trámites de adopción de una niña china, pero era tanto el dinero que les pedían que tuvieron que desistir, porque fueron incapaces de reunir tal cantidad.
            Judith, que a fuerza de preparar aquellos saquitos de pan y arroz había llegado al convencimiento de que realmente funcionaban, no podía creer cómo a esas dos parejas de amigos les podía estar yendo tan mal. Y una tarde que estaba visitando a su amiga desempleada, mirando el vídeo de la boda, se dio cuenta: el pan de aquella novia eran unos bollitos cuadrados, mientras que el de la otra eran redonditos, y además recordó el detalle de que la mitad del panecillo era integral, y la otra mitad blanco. Le pidió a su amiga la bolsita, descosió la abertura y… efectivamente, se había equivocado de pan. ¿Y si ese error era el causante de todos los problemas?
            En cuanto tuvo oportunidad le pidió a la otra chica su saquito, lo abrió también, cambió los panes y cerró ambas bolsas con hilo y aguja. Luego las entregó a sus respectivas dueñas, confiando en que todo se solucionase. Tal vez fuese una tontería, pero no podía dejar de pensar que quizá ahora que las cosas estaban en su lugar el resto de asuntos también irían, poco a poco, a su sitio.
            Un par de meses después, el marido de una de ellas encontró trabajo. Antes del verano, ella también consiguió empleo, y alquilaron un piso para poder vivir por fin solos. Y en el otoño, gracias a óvulos donados, la otra amiga consiguió quedarse embarazada.
            Cuando vayáis a una boda, si veis a una invitada que le está sacando fotografías al pan, no la toméis por loca. Es Judith, que prometió no volver a equivocarse nunca más.

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