jueves, 26 de enero de 2012

PATRICIA

            Todo empezó con un desengaño amoroso. Aquel chico llevaba a Patricia por la calle de la amargura, pero ella no conseguía dejar de correr tras él como un perrillo. Él le daba un día de amor, y al día siguiente se dejaba ver comiéndole la boca a cualquier otra que se cruzara en su camino; Patricia lo tenía en un pedestal, y si él era perfecto… si él era perfecto, entonces el fallo estaba en ella.
            Nadie espera de una muchacha de diecisiete años que sea perfecta, pero Patricia necesitaba serlo para que él no mirase a otras, para que no tocase a otras. Comenzó a fijarse en ellas, eran bonitas, con espectaculares cuerpos, melenas largas y una gran generosidad a la hora de dejar que él las disfrutase. Ella tenía que ser mejor. Quizá si cedía a acostarse con él, como le había pedido tantas veces, dejase de mirar a las otras. Lo hizo. No fue suficiente.
            Patricia se miró al espejo buscando el fallo. Algo había en ella que no estaba bien, y tenía que encontrarlo y suprimirlo. Dio varias vueltas frente al espejo, vestida sólo con sus braguitas y el sujetador. Las otras eran delgadas y espléndidas. Ella debía serlo también, y para llegar a esa meta le sobraban kilos. Tenía que actuar, y deprisa, antes de perderlo para siempre. Se sentó en su escritorio y se trazó un plan draconiano para reducir peso en el mínimo tiempo posible.
            Su madre empezó a notar que apenas comía, y que las ojeras destacaban en su cara más que sus propios ojos azules. Trató de hablar con ella, pero Patricia consiguió engañarla. No pasa nada, mamá. Los exámenes, que me tienen un poco absorbida. Estudio hasta tarde y no tengo apetito, pero me esforzaré en comer más. Comenzó a provocarse vómitos para que no fuesen tan evidentes sus ayunos. Un mes después, los pantalones se le caían. Lo iba a conseguir.
            Comenzó a usar ropa holgada, se ponía varios jerseys a la vez, porque tenía frío, y para que su familia no viese su cuerpo. A los dos meses su delgadez era notable, pero ella se miraba al espejo y se veía gorda. Él comenzó a rehuirla, y Patricia comenzó a espiarle. Seguía yendo con otras chicas, pero ya ni siquiera el sexo le servía para atraerlo. Tenía que adelgazar más.
            Tomaba café a todas horas, al principio con sacarina, después sin nada. Su pecho desapareció, las costillas eran evidentes bajo su piel, bebía litros y litros de agua y vomitaba todas las comidas en cuanto se quedaba sola. Comenzó a perder pelo, y se lo cortó para que no se notase. No tenía ganas de nada, no estudiaba. Hacía ejercicio continuamente para acelerar la pérdida de peso. Él seguía sin querer verla, es más, le pidió que dejase de perseguirle, que no le llamase, que no fuese a buscarle al trabajo. Para entonces, Patricia ya estaba en los huesos. Llegó la depresión, y se encerró en su cuarto a llorar. No escuchaba a sus padres, no quería ver a nadie. Hubo que sacarla de allí por la fuerza.
            El día que cumplía los dieciocho años estaba ingresada en una clínica, sedada, entubada y alimentándose contra su voluntad a través de sondas. Hicieron falta varios especialistas y más de un año de hospitalización para que volviese a comer, ganase peso hasta un nivel aceptable, curase su depresión y dominase la anorexia. Cuando volvió a casa aún estaba muy delgada, pero lo primero que hizo fue ir a buscarle a él, con una sonrisa pintada en la cara y toda la ilusión de volver a verle. Regresó llorando, y pidió volver a ingresar en la clínica, el único lugar en el que se sentía segura.
            Han pasado ya unos años de aquello. Patricia mantiene bajo control al monstruo de la anorexia, pero le han quedado huellas imborrables: una lesión cardíaca, osteoporosis y uno de los riñones tan dañado que apenas le funciona. No volvió a ver a aquel chico, pero sabe que en realidad no fue él el causante de su enfermedad, sino sólo quien encendió la mecha de la bomba que su cabeza llevaba dentro. Sabe que es una enferma crónica, igual que un alcohólico, un drogadicto o un ludópata, pero confía en que la ayuda del psicólogo y su propia fuerza de voluntad la mantengan a flote. La anorexia es un verdadero infierno.
            Durante unos años se habló mucho de esa enfermedad, pero ahora parece que ha “pasado de moda”. No es así, sigue habiendo muchas adolescentes, niñas y mujeres adultas que tratan de arreglar los problemas de su vida dejando de comer. No las olvidemos.

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